0. Javier Marías. «Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio», leo en Mañana en la batalla piensa en mí (1994). Todo eso sucede «mientras viajamos hacia nuestra difuminación». ¿Cómo? «Lentamente», añade el narrador: «para transitar tan sólo por la espalda o revés de ese tiempo».
Hace dos años publiqué en este blog una entrada entusiasta. Estaba dedicada a Javier Marías, al ser nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua. Sé que es una persona que despierta grandes antipatías, incluso entre los lectores habituales de este blog. No sé por qué. ¿Será por sus opiniones contundentes?, por decirlo con Vladímir Nabokov.
Cuando me abandono a sus narraciones me recreo enormemente. Como así le está pasando a una buena amiga, que disfruta en estos momentos de Tu rostro mañana (2002, 2004, 2007). De esa novela he escrito en Ojos de Papel un par de reseñas, en 2005 y en 2007. Qué suerte tiene mi amiga: puede leer ahora, como nueva, dicha novela. Yo regresaré, a ella, a sus personajes y a su narrador, pero como un lector que ya ha leído esa prosa. En fin. Aquella pieza que publiqué en el blog hace dos años la titulé Cuatro buenas razones para leer a Javier Marías. Qué curioso: de casi todo hace dos años…
1. Dos años. El 6 de julio de 2006 reabrí el blog que ahora leen. Había tenido una primera etapa en bitacoras.com, que acabé cerrando tras un año (más o menos) de actualización diaria: una locura. Meses después y a petición expresa del director de Levante-Emv, Pedro Muelas, di inicio a la reapertura de dicha bitácora, en este caso en blogs.epi.es/jserna. Yo llevaba unos meses colaborando en ese periódico gracias a Juan Lagardera, jefe de Opinión: Juan había confiado en mí… saltándose, quizá, el reparo de sus superiores, que me veían probablemente como un articulista de El País o como un columnista prolijo. En aquel momento, sin embargo, mi colaboración semanal parecía gustar a los responsables de Levante-Emv: o, simplemente, me padecían en silencio… El caso es que a comienzos de julio de 2006 recibí una llamada del sr. Muelas pidiéndome la reapertura del blog, tan seguido, tan leído –me dijo– en su primera etapa. Era una forma, me insistió, de reforzar mi colaboración en el periódico. Recuerdo el escepticismo de mi respuesta. No sé si vale la pena, le dije. Quizá ya agoté mi carrera como blogger, le añadí. Recuerdo su insistencia, a la que finalmente cedí.
Fue un momento dulce para mí: escribía y corregía, me editaban. O, en otros términos, colaboraba en la prensa con alegría, con energía; y encima solicitaban que reactivase la bitácora. Le dije que sí, comprometiendo mi salud y comprometiéndome, además, a traer más bloggers a epi.es. Los incorporé, efectivamente, al cabo de unas semanas. Hoy, que yo sepa, ha habido deserciones bien justificadas entre aquellas personas que recomendé en Levante. Es un trabajo que no pagan, luego… no hay compromiso que ate. El periodismo ciudadano es una cantinela repetida frecuentemente en Internet: es uno de los modos que tienen las empresas periodísticas de no pagar a los colaboradores. ¿Un malentendido? Si no van a abonar nada –podríamos decirles–, entonces permítanme recolocar mi blog en un servidor distinto del que ustedes no puedan beneficiarse: desde luego, ya está bien de regalarles colaboraciones. ¿Sí? Aún estoy esperando alguna explicación de sus responsables…
Son minucias personales, me dirán; pero son a la vez miserias del mundo digital y editorial muy significativas. Te hacen volver a sentir el maltrato que siempre padece quien publica por primera vez, ese momento primero en que cuesta hacerte aceptar. Es como una orfandad… Qué efecto nos causa publicar por primera vez: suele ser una experiencia muy placentera, pero equívoca. Cuando ves impresos tu nombre y el texto de que has sido capaz te sientes, por un lado, fuerte; por otro, lamentas el resultado, siempre decepcionante, irrecuperable, una consumación. Lo inexpresado es todavía muy prometedor: estamos aún por realizar. Lo escrito, corregido y editado tiene algo de muerto, de amputado. Cuando publicas te desprendes y eso comienza ya a resultarte extraño, ajeno. Por eso, la publicación tiene también algo de arte funerario, de cierre. Editar es dejar de corregir, decía Jorge Luis Borges. Pero publicar es admitir que ya no llegarás a más en esa lucha concreta. Es una lección de modestia, pero es también una despedida.
2. Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás. «Cuando yo escribí y publiqué Los dominios del lobo«, dice Javier Marías en una de las páginas de Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás (2008), «y puse y vi mi nombre en letras de imprenta junto a ese título, hubo constancia de que lo había hecho, y, por así decir, empecé a sepultarme o empecé a contemplar mi propia espalda». A sepultarme o a contemplar mi propia espalda, a distinguir las huellas que como imprenta-impronta uno iba dejando: los libros o los artículos en papel no son los blogs, ni se les parecen. Un volumen te confirma y te retrata con una imagen en la que tu pose se detiene, se congela. Es una fotografía más o menos favorecedora sobre la que puedes volver sin alterar lo que vislumbras. Quizá podrás dar un sentido distinto cuando te vuelvas a ver (o a releer), pero lo dicho queda fijado irreparablemente.
Por eso, hay escritores que lucharon durante todas sus vidas para olvidar sus obras primerizas: Adolfo Bioy Casares fue uno de ellos. Incluso el propio Borges consiguió frenar la reedición de sus primeros libros de ensayos, muy criollistas. En vida lo consiguió. Salvando nuevamente las distancias, yo mismo he procurado olvidar el primer artículo académico que me publicaron: como yo estaba en el Servicio Militar, ese escrito mío salió sin corregir, propiamente sin editar, y el resultado fue previsiblemente desastroso. También he procurado alejarme de algún otro libro mío primerizo, anterior a la tesis doctoral. Fue entonces cuando comprendí eso sobre lo que Roger Chartier insiste una y otra vez: que una obra no es un libro; que un texto no es un volumen; que en un libro intervienen muchas manos, a veces literalmente; que incluso en un escrito del que creemos ser básicamente responsables la autoría se desdibuja.
¿Y en un artículo, en un artículo de prensa concretamente? Mi experiencia es ambivalente: por un lado concibes un texto sometiéndote a las limitaciones materiales que el periódico te impone, que son muchas; por otro, su publicación se hace en contexto, en un día determinado, con unas noticias propias de esa jornada, condiciones que no suelen ser las que motivaron tu escritura; finalmente, cuando lo editan para publicar, tu artículo sufre frecuentes e involuntarias alteraciones, erratas que incluso lo mejoran. Etcétera. Por tanto, la lectura de ese escrito está mediatizado por numerosas interferencias que rebajan tu ufana autoría. La autoría se desdibuja, decía antes; tu ufana autoría te la rebajan, añadía. De eso se trata, precisamente, crees ser eso, autor, y la verdad es que sólo posees un nombre modesto que no repite entera, totalmente, tu identidad.
3. Héroes alfabéticos. Tengo las primeras pruebas de imprenta de Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas, el libro que acabé semanas atrás y que aparecerá en unos pocos meses. Es un volumen de escritura y corrección, de retoques, de aleaciones: de partes concebidas en momentos distintos y con fines también diversos. Es un libro de lecturas. ¿De reseñas? Recuerdo el caso de Roger Chartier, cuyo libro El juego de las reglas: lecturas (2000) disfruté. En ese volumen, el historiador francés editaba las reseñas que había ido publicando a lo largo de varios años. Era una especie de mapa histórico personal, el repertorio de sus lecturas, el elenco de sus colegas: allí aparecen los historiadores que considera sus iguales. Como destacábamos y analizábamos Anaclet Pons y yo en La historia cultural (2005), Chartier acostumbra a publicar sus ensayos breves aquí y allá, a republicarlos en numerosas ocasiones adaptándolos a los contextos diferentes de edición. ¿Refritos?
No exactamente: un artículo es una escritura que se consuma según el todo al que se adhiera, según el entero del que forme parte. Chartier lo aprendió de numerosos maestros, pero sin duda fue Jorge Luis Borges quien le hizo ver la recreación de una prosa en función de su edición: cobran nuevos significados el cuento o el ensayo, el artículo y el texto breve, si esas piezas van a parar a volúmenes varios. Cuando eso sucede, cuando el mismo texto sale en libros distintos o en contextos diversos, ¿cuál es el original? ¿Cuál es el texto primero del que los restantes serían las versiones abreviadas, corregidas, aumentadas? Todos lo son o ninguno lo es propiamente, contestábamos en La historia cultural, puesto que los contextos de recepción y de uso son diferentes y cada uno de ellos les da un sentido propio, particular.
Salvando nuevamente las distancias, lo que me he propuesto en Héroes alfabéticos –ese libro próximo– es algo semejante: rehabilitar unos textos pasajeros, efímeros…, remendándolos, mejorándolos –si es posible– en virtud del volumen que ahora los reúne. Al juntar pieza a pieza, tengo la impresión de completar un puzzle que desconocía, que ha ido formándose de 1996 a 2007, sin plan alguno, sin un proyecto deliberado. O, como dice Javier Marías, cuando empecé a escribir «no sabía lo que sabía». Mejor aún, cuando uno empieza a escribir con cierta libertad, sin las coerciones académicas, va exhumando cosas que ignoraba conocer y va añadiendo otras que se siguen naturalmente de lo que ya sabía. Es un proceso verdaderamente interesante: uno avanza a tientas, observando, distinguiendo los indicios y rememorando lo que ya había leído o conocido. Es una forma de conocimiento, sin duda, pero es también una forma de autoconocimiento.
Desde mediados de los noventa salí a publicar sobre temas que, por convención y por tradición, estaban vedados a los historiadores: la literatura narrativa y otras formas de ficción. Digo salí, como dicen los noveles, los primerizos. O los toreros. Perdón por el tópico pero es así: había que arrimarse y, para ello, había que salir del burladero, cosa que mis colegas no siempre están dispuestos a hacer. Desde mediados de los noventa (aunque ya antes había escrito alguna cosa sobre el tema), he querido reflexionar sobre la novela, sobre la creación, sobre el arte de la ficción: no como asuntos ajenos a la historia, sino como materialización cultural de la propia historia, algo que se condensa en ciertas obras. Leo una novela y ese libro es un artefacto concreto publicado en la colección de una editorial; tiene una cubierta con determinada ilustración: tiene determinados paratextos o leyendas que informan al comprador… Ese volumen me proporciona unas determinadas informaciones y otras no: otras me las hurta. Concibo mi relación con ese libro como una pesquisa: averiguaré datos de personajes y situaciones; me pondré en su lugar, procurando aprender de esa obra y de su autor. Cuando leo, quiero imaginarme dentro de ese mundo alfabético sabiendo lo que se me dice y buscando lo que el narrador no me transmite: he de aprender a vivir en esa isla con pocos pecios. O en ese bosque denso en el que no siempre es fácil orientarse. La imagen, ya tópica, no es mía por supuesto. La recupera Umberto Eco en un libro espléndido: Seis paseos por los bosques narrativos. Eso es leer para mí: sobrevivir con un poco de experiencia, con algo de olfato, con algo de vista, con algo de intuición, en ese mundo limitado, falto, carente, y a la vez repleto de noticias. Cuando estamos perdidos avanzando por un sendero o cuando rehacemos un hospedaje que nos salve del naufragio, no nos aventuramos a lo loco. Debemos obrar con prudencia: atentos a lo que ya sabemos pero habíamos olvidado por pereza o comodidad. Debemos probarnos también.
De repente, una parte de lo que he leído y una parte sobre lo que he escrito convergen y casan. Veo que ambas guardan entre sí una coherencia de la que al principio me creía incapaz. Seguramente es un autorretrato vicario, indirecto, desplazado (en términos psicoanalíticos): hablo de ciertos personajes literarios que me han sido decisivos. No soy exhaustivo, por supuesto, ni tampoco original. Sólo pretendo juntar a algunos de ellos para rendirles un homenaje particular, el de un historiador que admira el poder de la ficción. No es la historia novelada lo que me gusta: como decía Javier Marías en una página de Vida del fantasma (1995), esos intentos de biografía novelada o historia novelada son esfuerzos dificilísimos de los que raramente se sale con bien. Lo normal es que acaben siendo pastiches o híbridos que tratan de contentar o de satisfacer indiscriminadamente a públicos muy diversos. Prefiero, insisto, la novela que en sí misma tiene la historia sin énfasis, sin erudiciones abusivas, sin historicismos: sólo como un dato escaso de la experiencia de los propios personajes, que son en parte como nosotros. Decía E. M. Forster que concebía el Paraíso compartiendo una charla con sus escritores preferidos. Yo quiero imaginar el cielo como una conversación tensa y amistosa con mis héroes alfabéticos, gentes de épocas diversas, con culturas distintas, con retos varios. Quiero imaginármelos reprochándoles sus villanías o cobardías o celebrándoles sus audacias, que al final son también las que yo supongo mías.
4. Apuntes de un hombre solo. Prácticamente todo lo que he escrito en este post (desde las miserias del periodismo hasta el vértigo de la literatura) se ejemplifica en un caso extremo. Hay una imagen cierta que tomamos como resumen egregio de lo que arriba es tentativa modesta: un hombre solo que consulta y confronta varios periódicos al día para informarse y para descubrir las manipulaciones de la prensa; un hombre solo que lee varios libros –hasta ocho– a la semana para triturarlos, para sacar de ellos su alma; un hombre solo que escribe con libertad y desorden sus apuntes sobre temas diversos y aparentemente menores, como la cultura, como la literatura, como los folletines, como las novelas y los novelones; un hombre solo que reescribe, que corrige sin parar, ignorando si podrá editar lo que emborrona y añade, si habrá oportunidad para él. Ese hombre es… Antonio Gramsci.
Durante meses, Anaclet Pons y yo hemos estado leyendo y releyendo a Gramsci, reconstruyendo su itinerario, rastreando su biografía, representándonos su circunstancia personal. ¿Quién fue? Un líder obrero que en el contexto del bolchevismo se pregunta por la cultura, por las formas culturales de que se sirven los sectores populares. Un dirigente comunista que examina la formación, la instrucción, la transmisión de las clases distinguidas, como un heredero de la Ilustración. Un pensador que reflexiona sobre los intelectuales, sobre la prensa, sobre la comunicación, sobre las miserias y grandezas del periodismo. Pero Gramsci fue sobre todo un cerebro reducido a prisión por el régimen de Mussolini, alguien que en la celda aprende y escribe, consulta libros que Piero Sraffa le remite o le facilita; alguien que rehace su propio entorno observando (leyendo) y anotando, corrigiéndose. Murió antes de ver editados sus apuntes, sus Quaderni del carcere. que empezaron a publicarse a partir de 1948. Inéditos, en efecto, por la circunstancia carcelaria, por el contexto político. Pero inéditos también porque Gramsci nunca dejó de corregir.
5. Colofón. Mientras no hemos publicado esa página o ese apunte, un anhelo nos justifica: la convicción de que seremos mejores de lo que realmente somos. De momento no hay nada impreso, luego todavía no hemos arruinado una expresión o una idea. Cuando nos editan lo que escribimos y corregimos, un hallazgo nos sorprende: la constatación de que sabemos más de lo que creíamos saber. Eso, de momento, nos calma. ¿Y lo erróneo y la errata? «Los desconchados ya los repararé», nos consolamos. «Es cierto que escribir me calma», dice Julio Cortázar en Liliana llorando. «Será por eso que hay tanta correspondencia de condenados a muerte, vaya a saber. Incluso me divierte imaginar por escrito cosas que solamente pensadas en una de esas se te atoran en la garganta, sin hablar de los lagrimales; me veo desde las palabras como si fuera otro, puedo pensar cualquier cosa siempre que en seguida lo escriba». Pero el resultado es decepcionante y no nos calma: a pesar de lo que descubrimos –no sabíamos lo que sabíamos–, lo que finalmente averiguamos de nosotros mismos no es ni la mitad de lo que cada uno creía merecer. Pero, para entonces, ya estamos condenados.
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Hemeroteca-Novedades
A. Entrevista a Justo Serna sobre Javier Marías. Léala aquí.
B. Reseña del nuevo libro de Javier Marías, Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás, Ojos de Papel, 8 de julio de 2008, por Justo Serna. Léala aquí.



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