Escribir, corregir, editar

0. Javier Marías. “Cuando las cosas acaban ya tienen su número y el mundo depende entonces de sus relatores, pero por poco tiempo y no enteramente, nunca se sale de la sombra del todo, los otros nunca se acaban y siempre hay alguien para quien se encierra un misterio”, leo en Mañana en la batalla piensa en mí (1994). Todo eso sucede “mientras viajamos hacia nuestra difuminación”. ¿Cómo? “Lentamente”, añade el narrador: “para transitar tan sólo por la espalda o revés de ese tiempo”.

Hace dos años publiqué en este blog una entrada entusiasta. Estaba dedicada a Javier Marías, al ser nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua. Sé que es una persona que despierta grandes antipatías, incluso entre los lectores habituales de este blog. No sé por qué. ¿Será por sus opiniones contundentes?, por decirlo con Vladímir Nabokov.

Cuando me abandono a sus narraciones me recreo enormemente. Como así le está pasando a una buena amiga, que disfruta en estos momentos de Tu rostro mañana (2002, 2004, 2007). De esa novela he escrito en Ojos de Papel un par de reseñas, en 2005 y en 2007. Qué suerte tiene mi amiga: puede leer ahora, como nueva, dicha novela. Yo regresaré, a ella, a sus personajes y a su narrador, pero como un lector que ya ha leído esa prosa. En fin. Aquella pieza que publiqué en el blog hace dos años la titulé Cuatro buenas razones para leer a Javier Marías. Qué curioso: de casi todo hace dos años…

1. Dos años. El 6 de julio de 2006 reabrí el blog que ahora leen. Había tenido una primera etapa en bitacoras.com, que acabé cerrando tras un año (más o menos) de actualización diaria: una locura. Meses después y a petición expresa del director de Levante-Emv, Pedro Muelas, di inicio a la reapertura de dicha bitácora, en este caso en blogs.epi.es/jserna. Yo llevaba unos meses colaborando en ese periódico gracias a Juan Lagardera, jefe de Opinión: Juan había confiado en mí… saltándose, quizá, el reparo de sus superiores, que me veían probablemente como un articulista de El País o como un columnista prolijo. En aquel momento, sin embargo, mi colaboración semanal parecía gustar a los responsables de Levante-Emv: o, simplemente, me padecían en silencio… El caso es que a comienzos de julio de 2006 recibí una llamada del sr. Muelas pidiéndome la reapertura del blog, tan seguido, tan leído –me dijo– en su primera etapa. Era una forma, me insistió, de reforzar mi colaboración en el periódico. Recuerdo el escepticismo de mi respuesta. No sé si vale la pena, le dije. Quizá ya agoté mi carrera como blogger, le añadí. Recuerdo su insistencia, a la que finalmente cedí.

Fue un momento dulce para mí: escribía y corregía, me editaban. O, en otros términos, colaboraba en la prensa con alegría, con energía; y encima solicitaban que reactivase la bitácora. Le dije que sí, comprometiendo mi salud y comprometiéndome, además, a traer más bloggers a epi.es. Los incorporé, efectivamente, al cabo de unas semanas. Hoy, que yo sepa, ha habido deserciones bien justificadas entre aquellas personas que recomendé en Levante. Es un trabajo que no pagan, luego… no hay compromiso que ate. El periodismo ciudadano es una cantinela repetida frecuentemente en Internet: es uno de los modos que tienen las empresas periodísticas de no pagar a los colaboradores. ¿Un malentendido? Si no van a abonar nada –podríamos decirles–, entonces permítanme recolocar mi blog en un servidor distinto del que ustedes no puedan beneficiarse: desde luego, ya está bien de regalarles colaboraciones. ¿Sí? Aún estoy esperando alguna explicación de sus responsables…

Son minucias personales, me dirán; pero son a la vez miserias del mundo digital y editorial muy significativas. Te hacen volver a sentir el maltrato que siempre padece quien publica por primera vez, ese momento primero en que cuesta hacerte aceptar. Es como una orfandad… Qué efecto nos causa publicar por primera vez: suele ser una experiencia muy placentera, pero equívoca. Cuando ves impresos tu nombre y el texto de que has sido capaz te sientes, por un lado, fuerte; por otro, lamentas el resultado, siempre decepcionante, irrecuperable, una consumación. Lo inexpresado es todavía muy prometedor: estamos aún por realizar. Lo escrito, corregido y editado tiene algo de muerto, de amputado. Cuando publicas te desprendes y eso comienza ya a resultarte extraño, ajeno. Por eso, la publicación tiene también algo de arte funerario, de cierre. Editar es dejar de corregir, decía Jorge Luis Borges. Pero publicar es admitir que ya no llegarás a más en esa lucha concreta. Es una lección de modestia, pero es también una despedida.

2. Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás. “Cuando yo escribí y publiqué Los dominios del lobo“, dice Javier Marías en una de las páginas de Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás (2008), “y puse y vi mi nombre en letras de imprenta junto a ese título, hubo constancia de que lo había hecho, y, por así decir, empecé a sepultarme o empecé a contemplar mi propia espalda”. A sepultarme o a contemplar mi propia espalda, a distinguir las huellas que como imprenta-impronta uno iba dejando: los libros o los artículos en papel no son los blogs, ni se les parecen. Un volumen te confirma y te retrata con una imagen en la que tu pose se detiene, se congela. Es una fotografía más o menos favorecedora sobre la que puedes volver sin alterar lo que vislumbras. Quizá podrás dar un sentido distinto cuando te vuelvas a ver (o a releer), pero lo dicho queda fijado irreparablemente.

Por eso, hay escritores que lucharon durante todas sus vidas para olvidar sus obras primerizas: Adolfo Bioy Casares fue uno de ellos. Incluso el propio Borges consiguió frenar la reedición de sus primeros libros de ensayos, muy criollistas. En vida lo consiguió. Salvando nuevamente las distancias, yo mismo he procurado olvidar el primer artículo académico que me publicaron: como yo estaba en el Servicio Militar, ese escrito mío salió sin corregir, propiamente sin editar, y el resultado fue previsiblemente desastroso. También he procurado alejarme de algún otro libro mío primerizo, anterior a la tesis doctoral. Fue entonces cuando comprendí eso sobre lo que Roger Chartier insiste una y otra vez: que una obra no es un libro; que un texto no es un volumen; que en un libro intervienen muchas manos, a veces literalmente; que incluso en un escrito del que creemos ser básicamente responsables la autoría se desdibuja.

¿Y en un artículo, en un artículo de prensa concretamente? Mi experiencia es ambivalente: por un lado concibes un texto sometiéndote a las limitaciones materiales que el periódico te impone, que son muchas; por otro, su publicación se hace en contexto, en un día determinado, con unas noticias propias de esa jornada, condiciones que no suelen ser las que motivaron tu escritura; finalmente, cuando lo editan para publicar, tu artículo sufre frecuentes e involuntarias alteraciones, erratas que incluso lo mejoran. Etcétera. Por tanto, la lectura de ese escrito está mediatizado por numerosas interferencias que rebajan tu ufana autoría. La autoría se desdibuja, decía antes; tu ufana autoría te la rebajan, añadía. De eso se trata, precisamente, crees ser eso, autor, y la verdad es que sólo posees un nombre modesto que no repite entera, totalmente, tu identidad.

3. Héroes alfabéticos. Tengo las primeras pruebas de imprenta de Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas, el libro que acabé semanas atrás y que aparecerá en unos pocos meses. Es un volumen de escritura y corrección, de retoques, de aleaciones: de partes concebidas en momentos distintos y con fines también diversos. Es un libro de lecturas. ¿De reseñas? Recuerdo el caso de Roger Chartier, cuyo libro El juego de las reglas: lecturas (2000) disfruté. En ese volumen, el historiador francés editaba las reseñas que había ido publicando a lo largo de varios años. Era una especie de mapa histórico personal, el repertorio de sus lecturas, el elenco de sus colegas: allí aparecen los historiadores que considera sus iguales. Como destacábamos y analizábamos Anaclet Pons y yo en La historia cultural (2005), Chartier acostumbra a publicar sus ensayos breves aquí y allá, a republicarlos en numerosas ocasiones adaptándolos a los contextos diferentes de edición. ¿Refritos?

No exactamente: un artículo es una escritura que se consuma según el todo al que se adhiera, según el entero del que forme parte. Chartier lo aprendió de numerosos maestros, pero sin duda fue Jorge Luis Borges quien le hizo ver la recreación de una prosa en función de su edición: cobran nuevos significados el cuento o el ensayo, el artículo y el texto breve, si esas piezas van a parar a volúmenes varios. Cuando eso sucede, cuando el mismo texto sale en libros distintos o en contextos diversos, ¿cuál es el original? ¿Cuál es el texto primero del que los restantes serían las versiones abreviadas, corregidas, aumentadas? Todos lo son o ninguno lo es propiamente, contestábamos en La historia cultural, puesto que los contextos de recepción y de uso son diferentes y cada uno de ellos les da un sentido propio, particular.

Salvando nuevamente las distancias, lo que me he propuesto en Héroes alfabéticos –ese libro próximo– es algo semejante: rehabilitar unos textos pasajeros, efímeros…, remendándolos, mejorándolos –si es posible– en virtud del volumen que ahora los reúne. Al juntar pieza a pieza, tengo la impresión de completar un puzzle que desconocía, que ha ido formándose de 1996 a 2007, sin plan alguno, sin un proyecto deliberado. O, como dice Javier Marías, cuando empecé a escribir “no sabía lo que sabía”. Mejor aún, cuando uno empieza a escribir con cierta libertad, sin las coerciones académicas, va exhumando cosas que ignoraba conocer  y va añadiendo otras que se siguen naturalmente de lo que ya sabía. Es un proceso verdaderamente interesante: uno avanza a tientas, observando, distinguiendo los indicios y rememorando lo que ya había leído o conocido. Es una forma de conocimiento, sin duda, pero es también una forma de autoconocimiento.    

Desde mediados de los noventa salí a publicar sobre temas que, por convención y por tradición, estaban vedados a los historiadores: la literatura narrativa y otras formas de ficción. Digo salí, como dicen los noveles, los primerizos. O los toreros. Perdón por el tópico pero es así: había que arrimarse y, para ello, había que salir del burladero, cosa que mis colegas no siempre están dispuestos a hacer. Desde mediados de los noventa (aunque ya antes había escrito alguna cosa sobre el tema), he querido reflexionar sobre la novela, sobre la creación, sobre el arte de la ficción: no como asuntos ajenos a la historia, sino como materialización cultural de la propia historia, algo que se condensa en ciertas obras. Leo una novela y ese libro es un artefacto concreto publicado en la colección de una editorial; tiene una cubierta con determinada ilustración: tiene determinados paratextos o leyendas que informan al comprador… Ese volumen me proporciona unas determinadas informaciones y otras no: otras me las hurta. Concibo mi relación con ese libro como una pesquisa: averiguaré datos de personajes y situaciones; me pondré en su lugar, procurando aprender de esa obra y de su autor. Cuando leo, quiero imaginarme dentro de ese mundo alfabético sabiendo lo que se me dice y buscando lo que el narrador no me transmite: he de aprender a vivir en esa isla con pocos pecios. O en ese bosque denso en el que no siempre es fácil orientarse. La imagen, ya tópica, no es mía por supuesto. La recupera Umberto Eco en un libro espléndido: Seis paseos por los bosques narrativos. Eso es leer para mí: sobrevivir con un poco de experiencia, con algo de olfato, con algo de vista, con algo de intuición, en ese mundo limitado, falto, carente, y a la vez repleto de noticias. Cuando estamos perdidos avanzando por un sendero o cuando rehacemos un hospedaje que nos salve del naufragio, no nos aventuramos a lo loco. Debemos obrar con prudencia: atentos a lo que ya sabemos pero habíamos olvidado por pereza o comodidad. Debemos probarnos también.

De repente, una parte de lo que he leído y una parte sobre lo que he escrito convergen y casan. Veo que ambas guardan entre sí una coherencia de la que al principio me creía incapaz. Seguramente es un autorretrato vicario, indirecto, desplazado (en términos psicoanalíticos): hablo de ciertos personajes literarios que me han sido decisivos. No soy exhaustivo, por supuesto, ni tampoco original. Sólo pretendo juntar a algunos de ellos para rendirles un homenaje particular, el de un historiador que admira el poder de la ficción. No es la historia novelada lo que me gusta: como decía Javier Marías en una página de Vida del fantasma (1995), esos intentos de biografía novelada o historia novelada son esfuerzos dificilísimos de los que raramente se sale con bien. Lo normal es que acaben siendo pastiches o híbridos que tratan de contentar o de satisfacer indiscriminadamente a públicos muy diversos. Prefiero, insisto, la novela que en sí misma tiene la historia sin énfasis, sin erudiciones abusivas, sin historicismos: sólo como un dato escaso de la experiencia de los propios personajes, que son en parte como nosotros. Decía E. M. Forster que concebía el Paraíso compartiendo una charla con sus escritores preferidos. Yo quiero imaginar el cielo como una conversación tensa y amistosa con mis héroes alfabéticos, gentes de épocas diversas, con culturas distintas, con retos varios. Quiero imaginármelos reprochándoles sus villanías o cobardías o celebrándoles sus audacias, que al final son también las que yo supongo mías.

4. Apuntes de un hombre solo. Prácticamente todo lo que he escrito en este post (desde las miserias del periodismo hasta el vértigo de la literatura) se ejemplifica en un caso extremo. Hay una imagen cierta que tomamos como resumen egregio de lo que arriba es tentativa modesta: un hombre solo que consulta y confronta varios periódicos al día para informarse y para descubrir las manipulaciones de la prensa; un hombre solo que lee varios libros –hasta ocho– a la semana para triturarlos, para sacar de ellos su alma; un hombre solo que escribe con libertad y desorden sus apuntes sobre temas diversos y aparentemente menores, como la cultura, como la literatura, como los folletines, como las novelas y los novelones; un hombre solo que reescribe, que corrige sin parar, ignorando si podrá editar lo que emborrona y añade, si habrá oportunidad para él. Ese hombre es… Antonio Gramsci.

Durante meses, Anaclet Pons y yo hemos estado leyendo y releyendo a Gramsci, reconstruyendo su itinerario, rastreando su biografía, representándonos su circunstancia personal. ¿Quién fue? Un líder obrero que en el contexto del bolchevismo se pregunta por la cultura, por las formas culturales de que se sirven los sectores populares. Un dirigente comunista que examina la formación, la instrucción, la transmisión de las clases distinguidas, como un heredero de la Ilustración. Un pensador que reflexiona sobre los intelectuales, sobre la prensa, sobre la comunicación, sobre las miserias y grandezas del periodismo. Pero Gramsci fue sobre todo un cerebro reducido a prisión por el régimen de Mussolini, alguien que en la celda aprende y escribe, consulta libros que Piero Sraffa le remite o le facilita; alguien que rehace su propio entorno  observando (leyendo) y anotando, corrigiéndose. Murió antes de ver editados sus apuntes, sus Quaderni del carcere. que empezaron a publicarse a partir de 1948. Inéditos, en efecto, por la circunstancia carcelaria, por el contexto político. Pero inéditos también porque Gramsci nunca dejó de corregir.

5. Colofón. Mientras no hemos publicado esa página o ese apunte, un anhelo nos justifica: la convicción de que seremos mejores de lo que realmente somos. De momento no hay nada impreso, luego todavía no hemos arruinado una expresión o una idea. Cuando nos editan lo que escribimos y corregimos, un hallazgo nos sorprende: la constatación de que sabemos más de lo que creíamos saber. Eso, de momento, nos calma. ¿Y lo erróneo y la errata? “Los desconchados ya los repararé”, nos consolamos. “Es cierto que escribir me calma”, dice Julio Cortázar en Liliana llorando. “Será por eso que hay tanta correspondencia de condenados a muerte, vaya a saber. Incluso me divierte imaginar por escrito cosas que solamente pensadas en una de esas se te atoran en la garganta, sin hablar de los lagrimales; me veo desde las palabras como si fuera otro, puedo pensar cualquier cosa siempre que en seguida lo escriba”. Pero el resultado es decepcionante y no nos calma: a pesar de lo que descubrimos –no sabíamos lo que sabíamos–, lo que finalmente averiguamos de nosotros mismos no es ni la mitad de lo que cada uno creía merecer. Pero, para entonces, ya estamos condenados.

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Hemeroteca-Novedades

A. Entrevista a Justo Serna sobre Javier Marías. Léala aquí.

B. Reseña del nuevo libro de Javier Marías, Aquella mitad de mi tiempo. Al mirar atrás, Ojos de Papel, 8 de julio de 2008, por Justo Serna. Léala aquí.

52 comments

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  1. Paco Fuster

    La imagen del papel que has puesto me es muy familiar. Casualidades de la vida, acabo de terminar hace cinco minutos (escribo desde la biblioteca, donde llevo una horas trabajando) la reseña que tenía pendiente; si vieras las notas que tengo en hojas de libreta y el “guión” que me había hecho… Juro que ni yo me aclaraba de tantos tachones, correcciones, reescrituras, llamadas al margen y llamadas dentro de esas llamadas, que me remitían a textos en otras hojas y otro color de tinta para no confundirme. Ya te lo enseñaré, Justo. Bueno, de hecho tenía pensado llevarte pronto el original de mi artículo sobre Lejárraga (en relación a otro tema pendiente) que guardo -por extraño que parezca- como un tesoro sentimental, como una muestra palapable del trabajo que me costó escribir eso. Hay casi tanto texto tachado y reescrito en rojo (incluido finales alternativos, como el famoso capítulo de los Simpson en que matan al Sr.Burns), como texto normal, del que luego utilicé.

    No sé muy bien si me he adelantado a algo que vendrá en lo que queda de post (no entiendo mucho la relación de la imagen y el título con Marías y los dos años; supongo que lo entenderé cuando esté terminado el post), pero no he podido evitar desahogarme un poquito después del esfuerzo. Ahora comprendo perfectamente, la ponencia que imparíó Chartier en el curso al hilo de su libro “Inscribir y borrar”. No he hecho otra cosa en los últimos días -todos los que escribimos no hacemos otra cosa- que eso precisamente: escribir, borrar, corregir, tachar y volver a escribir. Una vez más me descubro ante el maestro Chartier; ¡cuánta razón tenía!

    En fin, supongo que ni Chartier, ni mis avatares en la redacción de reseñas tienen realción alguna con el post, pero si a alguien le da por leer a Chartier, ya habrá valido la pena.

    PS: Como experto en malentendidos electrónicos que soy (he protagonizado algunos dignos de análisis), les digo a todos que no vale la pena, que es perder el tiempo. Pero también es verdad que hay algunos -los menos- que son muy divertidos. Se podría escribir un libro de sociología a lo Foucault: “Historia del malentendido en la época electrónica”. Sería un best-seller.

  2. jserna

    Sr. Fuster, ha acertado plenamente: Roger Chartier y sus avatares –los de usted, de todos– escribiendo y corrigiendo reseñas, tomando notas, documentándonos y desechando datos son en buena medida aquello que aquí empiezo a plantear, y que iré concluyendo auxiliado por Javier Marías (y por el propio Chartier) a partir de mi experiencia. Dos años de este blog significan dos años de escritura que se plasma, que se publica, que se corrige, que se completa, que se contradice… en un proceso que no es exactamente como el del libro o el del artículo o el de la reseña. El blog es la reescritra o la corrección siempre posible (bueno, menos cuando la plantilla no se te subleva). En cambio, cuando aparecen el libro, el artículo o la reseña, ya no hay marcha atrás (salvo reedición): queda esa sensación de imprenta-impronta de la que habla Javier Marías en una página de su nuevo libro, Aquella mitad de mi tiempo. Como usted muy bien ha señalado citando al Chartier de Inscribir y borrar, la historia de la escritura no debe confundirse con la historia del libro: como tampoco la historia del libro debe confundirse con la historia de la lectura. Escribimos y borramos, reutilizamos los materiales, reciclamos.

    ¿Adónde iré a parar con este post? Salvando las distancias: cuando escribo a golpes, a trancos, a plazos, lo hago de manera semejante a como lo hace o a como lo dice hacer Javier Marías: escribo con brújula (según escribía en Literatura y fantasma). ¿Eso qué significa? Tengo una idea vaga del objeto que quiero abordar, del sitio al que quiero llegar: el resto del post es un tránsito, un itinerario por el que me aventuro sin saber con precisión cuáles son los mojones y las señales. O, en otros términos, escribo, me comprometo con unos primeros párrafos que contienen informaciones con las que después deberé ser coherente, y luego sigo escribiendo. Al final, con suerte, descubro lo que no sabía que sabía, como dice Javier Marías. Eso no significa que agrade a mi lector: puedo decepcionar. Uno no da para más: da lo que no sabía que podía dar, más o menos irrelevante. ¿Un ejemplo? Aparte del post que estoy escribiendo, pues… La plétora de Internet. Y tantos otros.

  3. Juan Planas

    El tiempo de la escritura, el de la lectura y el de la acción nunca coinciden (me reinterpreto a mí mismo porque siempre me sé otro) y es un prodigio asistir, advirtiéndolos, a esos desfases temporales porque son la esencia de toda creación: su imposibilidad, la imposibilidad del lenguaje de escapar a esos tres tiempos distintos y a la vez únicos, simultáneos. Por eso la realidad es un holograma (y yo sólo escribo por placer, como aquí, o porque me pagan). Saludos

  4. Ana Serrano

    Mi experiencia escritora ha sido siempre gratísima, en cuanto al hecho de escribir, algo que necesito para poder vivir; las poquitas cosas publicadas, en forma de libro, pese a los desastres de las otras manos por las que pasa antes de llegar a ese formato (salvo la tesis doctoral que fue un prodigio de buen hacer editorial), también ha sido grata, pero mi relación con los artículos, las entrevistas, las críticas, con las revistas con las que he colaborado, en fin, estoy por decir que ha sido denigrante y, casi siempre, gratuita. Figúrese, Justo, si a usted lo tratan así, cómo tratarán a alguien como yo.

    Pero vengo antes de que Justo termine a preguntar, llena de curiosidad: Paco Fuster ¿María Lejárraga, quizás? ¿Habrá algún modo de leer ese artículo? ¿Dónde se lo publican? Tengo vínculos recurrentes con ella, además de sentirme identificada en muchas cosas y tengo un interés muy especial en cualquier cosa nueva sobre ella que pueda no saber, aunque sería raro. ¿Sabe? ella y Falla (Don Manuel) eran los padrinos de mi suegro; las herederas de sus derechos, que como sabe (si es que es de María de quien escribe, que igual me estoy pasando) nada tenían que ver con ella, eran amigas de mi madre y un sobrino de ellas, compañero de mi hermana. De verdad que me gustaría muchísimo leer su artículo y felicidades por haberlo concluido.

  5. Paco Fuster

    Tres cosas:

    1.- La idea de los escritores que lucharon durante todas su vida contra sus obras primerizas es muy cierta. No lo recuerdo bien, Justo, pero creo que en el dvd que te grabé con entrevistas había una a M.Rodoreda (quizá el caso más conocido en la literatura catalana -por la importancia de la autora – de este tipo de comportamiento voluntariamente amnésico), en la que la autora catalana trata precisamente este tema. Ella escribió cuatro obras de juventud (“les quatre innombrables” las llamaba Rodoreda) que siempre quiso expulsar de su curriculum. Cuando en la entrevista se las recuerdan, no quiere ni nombrarlas. De hecho, no quiso incluirlas en vida en sus obras completas y sólo han sido reeditadas en 2006 por la fundación que lleva su nombre. En este enlace pueden leer un breve artículo en el que se explica:
    http://www.elmundo.es/papel/2006/07/14/catalunya/1997226.html

    2.- En el seminario de la semana pasada, Chartier también trató el tema de la autoría (citó el famoso artículode R.Barthes sobre la muerte del autor) y de las múltiples manos que intervienen en la creación y edición de un libro. Dijo más o menos eso, que el hablamos del escritor como el autor de un libro, aunque muchas veces nada tiene que ver con el resultado final. Ya no digamos si intervienen traductores…

    3.- A Ana Serrano: evidentemente sí, María Lejárraga. Hace unos días la citaba (por una cosa totalmente distinta) en el blog de Àngel Duarte. Me alegra mucho que la haya reconocido y de que comparta conmigo la enorme admiración que tengo por ella, no estoy acostumbrado a que la gente la conozca. Mi artículo está aprobado para publicarlo en Claves, pero dudo mucho que lo hagan pronto porque hace poco salió el de Obama. Lo hubieran publicado antes de no ser por lo de Obama que estaba de actualidad entonces y desplazó a la pobre Lejárraga. Yo espero que lo publiquen en 2008, pero no lo sé seguro. Es un trabajo sobre el socialismo de M.Lejárraga, pero visto su conocimiento del tema, dudo mucho que le aporte cosas nuevas: usted sabrá seguro más que yo sobre ella. Si le interesa mucho el tema, contacte conmigo via correo (En Internet está mi dirección) y podemos hablar de nuestras lecturas. Y gracias.

  6. jserna

    ¿Traductores, me dice, sr. Fuster? Precisamente, antes de volver a Javier Marías, que fue traductor y algunos de cuyos personajes-narradores lo son; antes de regresar al blog y al desprecio de Levante-Emv (¿desprecio?), uno de los últimos aspectos que trataré en este ‘post in progress’ es el de nuestra experiencia como traductores: como traductores del ‘nuevo’ Antonio Gramsci. Escribir, corregir, editar…

  7. Marisa Bou

    Anuncio a los contertulios: mi escayola me ha abandonado.
    Han leído bien: ABANDONADO. Sin ella, ha vuelto el dolor. Pero, sabiendo que es pasajero, lo sufro contenta de poder utilizar ¡mis diez dedos!
    No he tenido el placer (o no) de publicar nada, porque tengo en mí misma mi más feroz crítico. Cuando he escrito algo con intención biográfica, no he conseguido reconocerme en lo escrito. Y cuando creo que estoy escribiendo fantasía, acabo encontrando rasgos de mi vida en el relato.
    Pero hay dos razónes por encima de todas: la pereza y la inconstancia. Cuando escribo algo, lo hago de un tirón, como si se desprendiera de las puntas de mis dedos directamente, sin que mi cabeza tenga constancia previa de aquello que voy a escribir. Es algo así como un arrebato, que lógicamente es breve (de ahí la pereza) y, como no puede una estar “arrebatada” constantemente, pues eso, soy inconstante…
    lo que hace que no tenga una obra con entidad (ni calidad) suficiente como para ser publicada.
    Para mí, leerles a ustedes está significando aprender a leer, dar un nuevo sentido a mis lecturas.

  8. Paco Fuster

    Bueno, quería decir -obviamente- Sra. Serrano (me faltó la “a”), doña Ana. Como no puedo borrar, le reescribo y lo corrijo aquí. Perdón por el lapsus, por los múltiples lapsus de mis comentarios.

  9. Ana Serrano

    Enhorabuena, Marisa. Que vuelvan sus deditos al estado anterior y sin dolor, ya verá como es un plís plás. Me alegro mucho. La escayola con el calor es doblemente incómoda, creo, que nunca he estado escayolada, por fortuna y tocando madera.

    Traductores, Javier Marías… El otro día en El País, Marías el chico escribió una hermosísima y generosa necrológica. Les pongo el enlace que parto en dos porque se sale del recuadro debido:

    http://www.elpais.com/articulo/Necrologicas/Elke/Wehr/
    traductora/literaria/elpepinec/20080705elpepinec_1/Tes

    [Como el enlace se rompe y no lleva a nada, les pongo el link que Ana Serrano copiaba. Perdonen esta intromisión entre corchetes. Fdo.: JS]

    Gracias, Paco Fuster, por su atención y por darme su correo. Le escribiré y, de todos modos, estaré pendiente de Claves, que compro con frecuencia. Siempre la anuncian en El país y según sus contenidos la compro o no. En cuanto vea lo de María Lejárraga lo haré, aunque usted me de el privilegio de la primicia. Lógicamente, usted sabrá mucho más de ella que yo, que conozco, sobre todo, anécdotas familiares y la confirmación de que todo el mundo conocía en su época la historia inconcebible, sobre todo en una mujer avanzada y de enorme talento como ella, de su escritura “por cuenta ajena” y de la actitud bellaca de Martínez Sierra y de la Bárcena. Todos lo sabían, todos miraban para otro lado y todos trataban a Gregorio con normalidad. Con esa pareja y adláteres, se podría hacer un tratado completo de los usos y costumbres de la época.

  10. Ana Serrano

    No se preocupe, Paco Fuster; si en algo puedo ser “la reina” es en fallos de tecleo. Gracias, de nuevo.

  11. Kant

    ¡Felicidades, doña Marisa!… hala, a darle a la tecla…

    Sr. Fuster, brillante, honradamente.

    A ver, doña Ana, creo recordar que fue ud y doña Francisca (Fuca para uds) las dos personas que con más vehemencia he escuchado – leído – tratar de don Javier Marías. Una entrega que llegó a cuestionarme mis propias lecturas de JM. De hecho, para este verano pienso releerlo con otro talante (ya sabe como somos los sectarios, unos irresponsables). Dado que nuestra dama galaica – y fan del sr. Veyrat – se despidió para irse de merecidas vacaciones y que, por ende, es seguro que no la podremos tener en este “post”, ¿no podría ud extenderse en la cuestión que don Justo nos plantea desde la perspectiva de una bonísima conocedora del autor en cuestión?

  12. jserna

    Doña Marisa, como todos –o casi– dicen por aquí: bienvenida a la tecla.

    —————–

    Sr. Kant, he intentado abordar la última obra de Javier Marías en una reseña que acaba de aparecer. Quizá le pueda servir para releer al autor con mayor simpatía, no sé. De todos modos, depende de qué obra lea o relea. Yo reflexiono sobre la última. La reseña la anuncio en el post.

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    Ustedes me perdonarán, pero me resulta imposible acabar el post esta misma tarde (como era mi propósito). Mañana miércoles, por la mañana, concluyo.

  13. Alejandro Lillo

    Unos breves apuntes…

    El mundo, sin duda, depende de sus relatores, hoy más que nunca, si es posible afirmar algo así. Ahí reside la genialidad del narrador, en ese contar lo que otros no ven, en ese descubrir mundos, experiencias y sentimientos nuevos en lo cotidiano. Es la famosa mirada del escritor, la originalidad, en fin, de lo que se relata y de cómo se relata. Una cualidad que parece estar atravesando sus horas más bajas.

    Marías es un buen representante de esta particular mirada.

    La genialidad del editor: descubrir esa mirada en el escritor, lo que de auténtico y particular – pero también de universal – hay en lo narrado. Eso nunca ha sido una tarea fácil ni siempre a sido el criterio a seguir a la hora de editar un libro. Que le pregunten a García Márquez y a sus Cien años de soledad.

    Que todos los dioses del Olimpo protejan la visión como editor de Lagardera.

    “Cuando ves impresos tu nombre y el texto de que has sido capaz te sientes, por un lado, fuerte; por otro, lamentas el resultado, siempre decepcionante, irrecuperable, una consumación. (…) Lo escrito, corregido y editado tiene algo de muerto, de amputado. Cuando publicas te desprendes y eso comienza ya a resultarte extraño, ajeno.” No puede expresarse mejor, Justo. En mi caso, amo y odio a un tiempo el texto escrito. Lo quiero mío, pero a la vez lo rechazo, siento la necesidad de expulsarlo, de alejarlo de mi. Siento que si no sucede así no podría seguir viviendo, avanzando… Es una sensación sumamente extraña y contradictoria.

    Sobre los Héroes alfabéticos estoy muy impaciente Justo, muy impaciente.

    Para acabar: cuando escribo por encargo me pasa algo parecido a lo que le sucede a Juan Planas. Disfruto mucho escribiendo, pero tal vez no emprendería esa monumental (al menos para mi) tarea si no recibiera dinero a cambio. En ese sentido el señor Fuster lleva toda la razón cuando afirma: “el original de mi artículo sobre Lejárraga (…) que guardo -por extraño que parezca- como un tesoro sentimental, como una muestra palapable del trabajo que me costó escribir eso.” A mi, señor Fuster, no me resulta extraño que lo guarde, pues comprendo el inmenso trabajo que exige escribir un texto, y más aún si es de corte científico.

    Sin embargo, cuando escribo, por voluntad propia, la cosa cambia. Disfruto mucho haciéndolo, pero ya ha pasado a ser una necesidad, casi existencial. Muchas veces puedo engañarme y pensar que escribo lo que realmente quiero, pero se que no es así. Creo que es precisamente en esos momentos en los que menos autor me siento de lo que escribo, pues en mi cabeza hay miles de voces que quieren expresarse y que no son la mía (les ruego que no piensen que estoy loco. De la azotea estoy, para bien o para mal, como el resto de mortales del planeta, es decir, un poco “tocao”, pero nada más). Lo que quiero decir es que cuando escribo un artículo, (aun resultándome extraño como ya he descrito), lo siento más mío que cuando realizo un texto literario, de los primeros de los cuales, por cierto, siento una profunda vergüenza.

  14. Paco Fuster

    Así es, don Alejandro. Escribir un texto cuesta mucho. De todas formas, también es raro: los originales de los otros artículos que he escrito no los he guardado, ni siquiera se me pasó por la cabeza. En este caso concreto que guardo se juntaron dos temas diferentes: por una parte, el cariño especial que le profeso a la protagonista de mi texto y al propio texto que escribí sobre ella, por lo que disfruté leyendo la bibliografía y porque hacía mucho tiempo (años incluso) que tenía en mente ese trabajo; pero también es verdad, que hay una parte de testimonio y prueba. Quiero decir que -pese a que nunca me ha pasado ni creo que me pase- siempre tengo la sensación de que cuando escribo algo y se publica habrá alguien que lo lea y diga: “Eso, eso está hecho en un momento, lo primero que se le ha ocurrido”. Por eso y aunque sólo sea para mi (nadie más lo ha visto), guardé ese original (son hojas de libreta arrancadas, que nadie crea que lo tengo enmarcado) para demostrarme a mi mismo el trabajo que me costó hacerlo.

    Además, esto también se puede relacionar con otro aspecto muy interesante que cita Justo: el hecho de que muchas veces -escpecialmente en el caso de los primeros textos- nunca nos gusta el resultado final una vez publicado. A mi me dijo una profesora amiga que lo mejor en esos casos es no volver a releerlo porque además de ver que te haces mayor, te asalta la sensación inevitable de pensar que ahora, si pudieras volver a escribirlo, canviarías muchas cosas. Por eso, si algun dia se publica ese texto y me asalta tal sentimiento, siempre podré volver a ese original y perdonarme a mi mismo viendo que en ese momento, lo hice lo mejor que supe o, simplemente, ya no daba para más.

    No lo pensé esta mañana, pero en una de las entrevistas (soy muy aficionado a ver entrevistas a escritores y artistas, de esas que hacía Televisión Española en los setenta, el programa “A Fondo”) que más veces he visto en mi vida, una que le hicieron a C.J.Cela, también sale el tema de los originales. Cela habla sobre el manuscrito de “Viaje a la Alcarria” e incluso lo enseña, bien encuadernado y guardado con un enorme cariño por su parte, debido seguramente a eso mismo del trabajo que hemos mencionado. Aquí se puede ver (al final, a partir del minuto 4:20):

  15. Paco Fuster

    Perdón: donde dice “canviarías” (llevo unos días escribiendo en catalán) debería decir “cambiarías”. Me resisto a escribir en el Word y luego copiarlo aquí pero vistos mis contínuos lapsus (discúlpenme, insisto), me lo tendré que replantear. O eso, o fijarme más.

  16. Juan Planas

    No he intentado nunca -o no lo recuerdo al menos- huir de mis primeros libros; al contrario, me reconozco en ellos, en lo poco bueno y en lo mucho malo que les encuentro. En ellos reconozco -a veces, incluso con sonrojo- mi propia voz y una angustia que -sin ser la de ahora y sin saber cuál es mayor- es también parte mía.

    Pero hay un tema, algo marginal, o no, que sí que me preocupa. Uno quisiera, desde siempre, poder -y poderse- ofrecer completo y sin embargo eso no es posible. ¿Cómo lo disimulamos? Fingiendo que la vida es una obra en marcha, una sucesión de fragmentos inacabados y sucesivos: lo he afirmado en muchísimas ocasiones y sin embargo, ahora, ello se me antoja o revela un concepto vacuo, anodino y lleno de resignación. Será una reacción contra la impotencia ante la creación, contra ese saber que, hagamos lo que hagamos, no estamos creando nada. Eso me ocupa, me preocupa, me sume en el desconcierto… La fascinación por lo inacabado, ¿no será un subterfugio, una trampa, un atajo absolutamente inútil? ¿O no será, también, la prueba irrefutable de que el ego para sobrevivir necesita trascenderse, mixtificarse, ser otro cuando no puede ser sí mismo -y de hecho no puede porque no se alcanza?

    Ya lo dijo Píndaro:

    Ojalá llegues a ser quien eres.

    Bueno, o algo así:-)

    Saludos

  17. jserna

    O, según dijo Goethe (eso parece), “ten cuidado con lo quieras ser de mayor, porque puedes acabar lográndolo”. Una referencia, por cierto, que hacía suya Javier Marías en uno de sus artículos más simpáticos: “La dificultad de perder la juventud”.

  18. Kant

    Felizmente recuperada la sra. Bou, deberemos concentrarnos ahora en la recuperación de la doña Miranda… “Força!”

    No era cuestión de simpatía lo de mi lectura de don Javier Marías, sr. Serna. No es que me resultase antipático por nada en especial, ni siquiera por su ascendencia – tan plúmbea, impostada e impostora ella – o algunas de sus opiniones sobre la sociedad civil y los derechos ciudadanos. Al contrario, obsérvese que si el otro día trazaba el comparativo entre los firmantes del Manifiesto de marras y los que se desmarcaban del mismo y de ello inducía el encefalograma intelectual que representaban unos y otros, don Julián se integraba en el segundo grupo. Además, si tuviera que leer sólo los autores con cuya ideología coincido poco interés iba a encontrar en sus obras y poco, por no decir ningún, nutriente para mis neuronas (y es un vicio que compartimos, don Justo). Bueno, perdón, que me disperso. Lo que le decía, sr. Serna, es que, sencillamente, su lectura no me conmovió ni en un sentido ni en otro en el momento que lo leí a finales de los ochenta, principios de los noventa. Tiempos de galerna para mí. Obviamente, las circunstancias personales del lector – en este caso yo, claro – debieron ser componente fundamental de esa percepción, así que, modificadas las mismas y alentado por las palabras de las damas reseñadas “ut supra” y las suyas propias, estoy decidido – en cuanto acabe el libro que llevo entre manos – ha retomar a don Julián.

    Por cierto, don Justo, cita ud un artículo del sr. JM – “La dificultad de perder la juventud” – que creo que es la fuente de algún comentario jocoso que tuvimos la bailarina Pavlova y la brumosa doña Francisca. ¿Podría darme la fuente donde conseguirlo o el enlace, si lo hubiese?

    Don Alejandro, independientemente de sumarme a su ansia por ver el nuevo trabajo de don Justo – ilustrado por Víctor Serna, cuyas cualidades como fotógrafo ya hemos podido contrastar en el “blog” – me gustaría apuntarle algo del mundo real, no de este virtual en el que nos movemos: personas como doña Marisa, don Justo o los diversos universitarios que aquí concurren, tienen muy fácil conocer el horario de su librería pero otros que vivimos más alejados del mundanal ruido – yo, por ejemplo, ya sabe en Corona, algo distante de València – sólo puedo descubrir que los sábados de julio no atiende por encontrarme – o encontrarse, un amigo al que envié con un encargo – la puerta cerrada. Pregúntele al “magíster” de este “blog”, claro, pero yo creo plenamente en su generosidad y presupongo que no le sabrá mal que emplee apenas un par de líneas del “post” correspondiente para decir, por ejemplo, “la librería GAIA, sita en la calle Daniel Balaciar, número tal, de la ciudad de València, permanecerá cerrada por vacaciones del tal al cual de agosto”. Nos haría un favor a todos.

  19. Kant

    Vale, vale, vale… me pasó como al sr. Fuster… deberé fijarme más: perdonen la confusión de “Julián” (padre) con “Javier” (hijo) y olvídense de la reiteración “fuente” y “fuente”… en fin…

  20. Ana Serrano

    Perdone, Señor Kant, por mi silencio, pero llevo una racha de trabajo frenético y de preocupaciones sin cuento.

    Pero… me alegro de que me haga esa pregunta :-). Verá: Fuca (Francisca para usted) y yo sí hablamos aquí de Javier marías, pero creo recordar que fue porque usted, en un cometario sobre el escritor, dijo algo así como que doña Francisca lo amaba (refiriéndose, evidentemente a su obra) y yo, un poco en broma, le aclaré que tuviera cuidado con los términos porque Marías el chico tenía una especie de club de fans que sí que lo amaban literalmente con el que nada tenía que ver Doña Fuca (Francisca para usted). En cuanto al autor, como tal escritor, no recuerdo haber dicho nada y aprovecho para aclarar algo que me parece que no lo está. Incluso Justo, nuestro amable anfitrión, una vez que hizo aquí un amabilísimo comentario sobre unas entreguitas que le envié de mi novela por entregas, dijo algo así como que se notaba que yo era lectora cuidadosa de Javier Marías; nada más lejos de la realidad. Verá:

    Durante un año frecuenté, habiendo llegado a él por casualidad, el foro de Juan Benet. Al cerrarse ese foro, de la mano de otro forero, forofo, naturalmente de Marías, me fui a su foro, en el que permanecí otros dos años, hasta que también se cerró (voy cerrando foros) y un amigo informático creó otro, El bosque, anunciado aquí por Justo, con su generosidad característica, del mismo formato que el Marías, para acoger a los damnificados y me lo regaló. En el Marías conocí a amigos estupendos (hace más de seis años) entre ellos nuestra Fuca (Francisca para usted) y en El bosque, como recuerdo del lugar del que procedemos, cuelgo todos sus artículos y las noticias relevantes sobre él. Quizás todo esto haya llevado a la confusión sobre mi entusiasmo por las novelas de Marías, pero debo decir que leo todos sus artículos, con los que suelo coincidir; que me hace gracia esa cosa adusta (creo que fruto del miedo a los fans y de la timidez) que tanto molesta a otros; que hay vínculos amistosos y familiares por todas partes míos con los Marías (no Javier); que fui compañera de Álvaro y mi hijo del hijo de Álvaro y mi padre de Don Julián etc. pero que sólo he leído una novela de Marías y “Miramientos”. No soy, por tanto, no puedo ser, una experta en Marías, pese a la simpatía (y a veces rechazo) que le tengo y a que me encantó esa novela que leí suya.

    Por todas estas conexiones que le cuento, infinitas veces he pensado que debía de leer más obra del autor (tengo todo lo que ha escrito y mucho dedicado, eso sí, figúrese), pero hay un rechazo enfermizo en mí, que nada tiene que ver con el pobre Marías que nada me ha hecho y que expliqué en su propio foro. Si tiene paciencia y nada más que hacer, le pongo el enlace en que lo explico, pese a que me da cierto miedo, puesto que usted ha dicho que sabe quién soy, yo no quién es usted y últimamente (desde hace 6 años) todo lo que hago o digo se vuelve en mi contra, pero aquí estoy, con mi nombre real y lo dicho está en la red.

    Un saludo cariñoso y perdone el mamotreto.

    http://javiermarias.es/foro/viewtopic.php?TopicID=1843&page=1#13830

  21. Ana Serrano

    Juan Planas Says:
    Julio 9, 2008 at 12:02 pm

    La cita de Goethe la podría firmar también Marx (Groucho, claro:-)
    ___________

    Je, je, sí, es que todos los grandes tienen puntos en común.

  22. Kant

    Nada, nada, no se preocupe, doña Ana, lo entiendo perfectamente, yo también tengo ataques laborales de ese tipo, de los que rompen la marcha sin misericordia y se acumulan y asfixian. Me hago cargo.

    Sí, ciertamente la cosa es como la narra aunque, por mi parte, incorporé de mi propia cosecha, dada alguna extraña – y errónea – premonición, un gusto suyo por el autor superior al que nos explica. Por lo tanto, entiendo su argumentación, no por más prolija menos interesante; así que déjese de tildarlo de “mamotreto” que no lo es. Por tanto, aunque tenía otras cosas que hacer, más me impacientaba leerla, y eso he hecho siguiendo su enlace. No me defraudó en absoluto. Le agradezco el detalle.

    Por lo demás, sabe que no debe temer de mi máscara. Mejor estaría sin ella, sin duda, mas razones que no vienen al caso me la retienen puesta en esta incómoda situación de, cuando tener que llamar a alguien gaznápiro, hacerlo con la mala conciencia de que se me creyese cobarde (lo cual me irrita aún más) y cuando la francachela impera entre los contertulios, haber de recluirme en mis aposentos penumbrosos. Es mi sino…

    De la misma forma que la honorabilidad va ligada a la intransigencia – como bien nos informa don Rafael Sabatini – no concibo, radicalmente, traicionar una confianza personal como la que ud generosamente deposita en mí al trasladarme el enlace en cuestión. Tampoco creo que el resto de contertulios, si hiciera uso del mismo nexo, fuese a cometer tropelía alguna con sus opiniones pues, como hemos visto, cuando en este “blog” se han producido malos entendidos se han podido resolver (casi) siempre sin necesidad del rebuzno si no al amparo de la razón. Así que no creo que nada de lo que nos expone se vaya a volver en contra suya, al revés, considero que mejor explica su argumento.

    Acépteme mi más cariñoso saludo.

  23. Ana Serrano

    Siempre me desarma usted, Señor Kant y no por lo que podría parecer: su atención a mis pobres escritos, su amabilidad para conmigo y sus explicaciones y consuelos, de verdad innecesarias, puesto que confío plenamente en ustedes y lo que me incomoda no es no saber quién es usted, ni que usted sepa quién soy yo; lo molesto para mí es esa disparidad. Por lo demás, sólo lamento su reclusión durante las francachelas, no desconocer su identidad, algo a lo que, desde que ando por internet, ya hace muchos años, estoy acostumbrada. Pero digo que siempre me desarma por los términos que emplea y que me vuelven a la infancia remota. Varias veces le he dicho que tal o cual palabra que usted a puesto aquí, la usaba mi padre; hoy es gaznápiro, de uso diario por mi madre (me lo llamaba a mí, vaya por dios) y que jamás he oído a nadie más que a ella. Parecerá una tontería, pero me ha emocionado leérsela más que cualquiera de las otras cosas amables que me ha dicho y ya me tiene comiéndole en la mano, como suele. Y es que llevo una racha reblandecida y afeminada; hace poco llegué al llanto al despedirme de Beba Piglia, la mujer de Ricardo que se marchaban ya a su tierra después de los muchos homenajes: me abrazó y me dijo una expresión cariñosa argentina que siempre me decía mi madre, sin saber siquiera que lo era y que la había heredado de la suya. Ay, esas cosas familiares y los olores, la dichosa magdalena…

    Naturalmente que acepto y agradezco, además de devolvérselo, su saludo.

  24. Ana Serrano

    ¡¡Reóstatos!!, que decía una tía mía muy mirada para las palabrotas. Vengo aquí y, sin siquiera releer, me salta a la vista un fragmentito de lo que he escrito: “Varias veces le he dicho que tal o cual palabra que usted a puesto aquí,”. Esa “a”, por San Pascual Bailón, esa “a”… Qué bochorno ¿Cómo ha podido ser? Que mi teclado no reaccione a la mayoría de las pulsaciones y que las es y las aes las tenga que poner después no me parece que sea. No sé. Ustedes disculpen.

  25. Kant

    Es ud quien me rinde, doña Ana, con su donosura. Me alegro pues que mi pobre verbo le aporte algún bienestar, aunque sea anecdótico y le agradezco, de verdad, su comprensión para con mi embozo.

  26. jserna

    Impresionante intercambio verbal entre el sr. Kant y la sra. Serrano. ¿Ustedes se imaginan mayor cortesía? Esas palabras y esos tratamientos queremos imaginarlos como propios de otra época, más antigua y seguramente mejor: como la conversación de un Salón del Setecientos. Sin embargo, pensarlo así sería anacronismo o melancolía. Adivinen por qué.

  27. Ana Serrano

    :-) Lo ha vuelto a hacer, Señor Kant: “Donosura”. No le diré más que uno de mis osos infantiles (no me gustaban las muñecas; me encantaban los osos), se llamaba Donoso y se lo puso mi padre ante mis dudas (A un cangurito me lo puso Sacuntalo, excuso decirle, precisamente a usted, por qué). Callo ya, que luego me tildan de variadas cosas no santas.

    Don Justo: sabe usted que su amigo Kant y yo, extremamos, con un pizquitina de guasa, nuestros intercambios prosopopéyicos. Podemos hacerlo, eso sí, porque ambos nos movemos bien en lo barroco y rococó y creo que a los dos nos divierte y nos gusta, aparte de nuestra natural amabilidad y donosura :-) Tuve un amigo (no es que haya muerto, como casi todos, es que ya no lo es), que siempre me decía que yo era una progre, pero… del XIX.

    Y, en fin, mi querido amigo, le acojo en mi salón del diez y ocho (el setecientos ya me queda algo lejos) y le beso la mano en justa reciprocidad a tenerme invitada en su blog y a su condescendencia para con mis desmanes verborreícos.

    Je, je. Mil gracias y un abrazo, Justo. Perdón por la bromita.

  28. Ana Serrano

    En serio.

    Me fascina su nuevo post (odio esta palabra) y estoy entusiasmada con cómo nos lo cuenta, con toda esa pasión, esa alegría y esa desesperación. Es algo que siempre me ha inquietado: el hecho de crear y cómo se produce en cada uno. Modos todos tan distintos como lo somos los hombres (lo siento por las feministas pedagógicas, pero lo seguiré diciendo siempre así). Durante tres largos años, hice toda la sección de música de una revista literaria y, en todas, una entrevista; 33 entrevistas, casi siempre a creadores, a muy pocos intérpretes porque lo que a mí siempre me ha interesado, como digo, es el hecho de la creación. No ha habido nadie que me haya dicho lo mismo: desde el que sufre sin tasa, hasta el que disfruta desbocado, pasando por el frío técnico. Mozart y Beethoven; la felicidad y la tortura, pero siempre, absolutamente siempre, en todos, la insatisfacción. Eso que dice usted de que, una vez editado (interpretado, en el caso de los músicos, que las partituras se siguen retocando ya impresas y en los atriles), ya no hay solución y siempre nos parece imperfecto, sobre todo, que no refleja lo que uno quiso hacer. Todos afirman que siguen creando para alcanzar decir lo que quieren decir y que suene, que los otros lo reciban como a ellos les “suena” dentro. El más prosaico (el frío y técnico, claro), me decía que era como la caballería a la que le ponen a cierta distancia una zanahoria para que ande a alcanzarla y que nunca la alcanza, por eso se sigue escribiendo, componiendo. Por eso, ante la imposibilidad de corregir algo ya editado, se hacen otras orquestaciones, auto citas ¿refritos? Los pintores sí que no pueden hacer nada, una vez expuesto el cuadro y pintan otro y se escribe otro libro y otra música con ese masoquismo luminoso que les embarga a ustedes. Un verdadero privilegio esa apasionada tortura.

    Y el asombro de los propios creadores hacia los modos de los otros: el poeta actual que desprecia la rima; el que rima que afirma que el actual no sabe rimar; los que dicen que sus personajes los llevan a donde quieren y el citado Marías que dice que vamos, hombre, hasta ahí podíamos llegar; yo llevo a mi criatura a donde quiero yo. Los muchos musicólogos que se pasan la vida investigando y jamás publican nada a la espera de un dato que no llegará nunca… El espectáculo de la creación y cómo tratan ustedes de explicarla (tampoco lo logran) es uno de los más fascinantes.

    Nuestro hombre del Renacimiento que, al ser español, casi nadie conoce y aún menos tiene la fortuna de ser su amigo, mi primer entrevistado, Ramón Barce (desde entonces lo es mío y lo tengo como una medalla inmerecida), me dijo una cosa preciosa (no dice nada que no lo sea): Al preguntarle que por qué componía, si nadie le entendía, me contestó que “No se puede explicar. Es una cosa ciega, un impulso ciego lleno de asechanzas.” Y a mi pregunta: -Pero a usted le gusta todo: la percusión, los instrumentos tradicionales, la voz… es decir, que aunque sea una tortura componer, disfruta con ello-: “Me gusta todo, pero componer no es una tortura, es una dificultad. Hay días que sale un trocito y… Lo que es una tortura no es el hecho físico de componer, que me es agradable; es el hecho de la búsqueda, de la inseguridad, de la duda, el que uno va a oscuras”.

    Uno va a oscuras, pero van ustedes llenos de pasión en busca de la luz y nos regalan eso. Caray.

  29. Ana Serrano

    Aviso:

    Con el mayor descaro y mala educación, para que se vea que soy una mujer de mi tiempo, a la que no le tiembla el pulso por hacer tropelías, me llevo a mi foro y sin permiso (para que vea que no se me puede dar la mano porque me tomo el pie), su nuevo artículo sobre Marías, pero también con el mayor de los agradecimientos, eso sí, claro.

  30. Pavlova

    Sosiégese, Anaserrano, que es que parece enteramente que le están dando cuerda, y a éstas horas que son mías.

  31. Kant

    Como siempre, soberbia su aportación, doña Ana.

    Y un auténtico océano de sugerencias cuanto nos escribe. Me llamó poderosamente la atención el tema de la obra de quien no la tiene, esto es, del creador que no publica. Aunque, casi por lo mismo, pero visto en daguerrotipo inverso, la del desvergonzado mediocre que lo logra y, en su osadía, pontifica y aun se convierte en maestro de nuevas generaciones. Dos opciones confrontadas. Por un lado, el placer de crear y el de publicar/editar, el de vivir del disfrute de uno mismo ya sea por placer propio, íntimo, ya sea por la relación que traza con la sociedad a través de un intermediario – el libro, el concierto, la representación… – Ello, antepuesto a la ambición por crear y por publicar, convertido en un todo inextricable, el ansia enfermiza por verse reconocido socialmente en algo, por tratar de ser alguien en el mundo dada la vida plana del autor, dadas sus ínfulas, su fracaso humano… mmm… realmente interesante.

    Tal como me vino a la cabeza cuando ud. nos habla de la singularidad de su amigo, el sr. Barce, posiblemente lo mejor, el mejor producto humano, las creaciones más perfectas y atractivas, queden durante décadas en cajones (o CPU) hasta que finalmente algún trapero, de una posterior generación, las adquiera como papel viejo (o material informático reciclable). Y mientras, en nuestras aulas, en nuestros medios de comunicación, tediosos papagayos, engreídos pusilánimes, maestrillos de la cara dura y gentuza de toda grey alternen con los auténticos maestros – que también los hay – en pie de igualdad, incluso amilanando a éstos con su altanería. Una reflexión para el escepticismo, pues. Lo siento.

  32. jserna

    La entrevista vicaria

    He recuperado una entrevista insólita que me hicieron en febrero de este año y que ustedes no conocían. Quizá no tenga mayor importancia, pero dado el tema que estamos tratando he pensado que valía la pena exhumarla. En ella se me pregunta por la condición de articulista de Javier Marías. Qué cosas tan raras pasan. Alguien tiene interés en preguntarme sobre un tercero. Decía Borges: “que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”. O de toda entrevista… vicaria: en ésta también respondo con despreocupación paradójica y evidente.

  33. Marisa Bou

    Doña Ana, debo decirle que lo que motivó mi aparición por este blog, además de mi relativo conocimiento de Justo y mi absoluta admiración por él, fué el descubrimiento de este agradable lugar fuera del tiempo, donde el lenguaje se usa en toda su riqueza y extensión, sin concesiones a ese nuevo uso sincopado y abreviado de la lengua que hoy se usa y abusa.
    Además, coincido plenamente en sus adjetivaciones a nuestro “misterioso” y encantador amigo Kant, de escritura amena y placentera, como las del resto de los contertulios, poetas que me han hecho apreciar la musicalidad de sus palabras, incluso cuando no riman. Y hasta cuando muestran su gran amabilidad y cortesía con aquellos a quienes nos cuesta más comunicar. ¡Les quiero, hermanos!

  34. Kant

    Un nuevo acicate sobre el autor me da ud, don Justo, con la entrevista vicaria que nos facilita.

    Es un placer coincidir con ud, sra. Bou, aunque ahora le recrimine que se exceda en mi valoración como redactor; no soy profesional de las letras – como delatan mis demasiadas flaquezas sintácticas y gramaticales en general – sólo disfruto escribiendo, jugando con las palabras. ;-)

  35. Ana Serrano

    Marisa querida, para resultarle costosa la comunicación, es usted de lo más efusiva y nos envuelve siempre en una sensación próxima y grata.

    Señor Kant… me abruma usted de un modo que no sé qué decirle (y mira que para dejarme a mí sin palabras no sirven casi ni el sueño ni la anestesia). Gracias.

    Me asombra, Justo, que fuera usted capaz de unas respuestas tan lúcidas, tan conocedoras y profundas sobre nuestro autor ante unas preguntas tan… raras. Lo más desagradable de Javier Marías, quizás casi lo único, para mí, son sus forofas; esas criaturas obcecadas, enamoradas, que parece que no leen a nadie más que a Marías y a quien Marías recomienda y que llegarán a no admitir que su amado está calvo. Ellas son, en mi humilde opinión, quienes hacen de Marías alguien antipático. Reconozco, claro, que su origen y sus gentes son algo que producen tanta envidia que, a cierto sector, es lo que les hace odiarlo, pero no son esos los que me interesan. En fin, lo que quiero decir es que sus opiniones, su modo de expresarlas y hasta el aceptar esa entrevista, rescatan a Marías del pozo de melaza en que tratan de introducirlo, aunque él no se deje. Con personas como usted, Marías brilla donde y como debe de brillar en un nivel de igualdad con su crítico, que no babea y que le devuelve las alas que él tiene para volar, en grata charla juntos, mientras los demás disfrutamos de esa complicidad.

    Ahora sí, no tengo más remedio que pedirle permiso: ¿Me autoriza a llevarme a mi foro su entrevista? Mis marianos estarán encantados y el foro se hermoseará.

  36. jserna

    Un honor, sra. Serrano: un honor que usted se lleve la entrevista. Fijése qué raro es todo. ¿Qué hago yo respondiendo por Marías? Si yo le contara cómo me plantearon esa entrevista… Pero no, he de ser reservado.

  37. Juan Planas

    Don Justo, te lo puse en mi blog, pero mejor repetirlo aquí como respuesta a tu colofón: son ciertos esos anhelos, esas convicciones, ese consuelo, esa decepción y esa condena (que consiste en volver a empezar, ahora los anhelos, luego las conviciones, el consuelo, la decepción… y suma y sigue:-)

    Saludos

  38. Pavlova

    Señor Planas: Leo ahora, totalmente fuera de tiempo y de lugar, la explicación que me dio en el tema anterior sobre que no había contencioso en usted. Pido perdón a los demás por contestarle aquí; no tengo otra manera. No me refería en absoluto a usted en lo que escribí sobre las descalificaciones integrales hacia alguien. Yo hablaba de Félix de Azúa y de la virulencia con que se le atacaba, sin resquicio alguno.

    Lamento el malentendido, pero, que yo recuerde y hasta ahora, nunca me he dirigido a usted.

    Gracias.

  39. Pavlova

    Veo también que ya lo había aclarado allí. Perdón por la reiteración, pero es que me limité a hablar sobre el post de Justo y a los comentarios sobre él de los demás, no a lo que estaba ocurriendo en él blog. En ese sentido sólo le pedí a Justo que hiciera una nueva entrada cuanto antes.

  40. Kant

    Ah, el señor Félix de Azúa y su exabrupto de ayer en El País (¡cáspita con “los liberales”!… cuanto celo de novicio acumulan) Así que a guisa de “post data” del presente “post” y sin necesidad de hurgar en ninguna herida, decirles que me comunica el reporter Tribulete que don Juan José Millás también se desmarca del Manifiesto de marras. En efecto, cuanto más tiempo pasa más se delimitan los perfiles de tirios y troyanos.

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