1. El blog (15 de julio de 2008). Nos vamos despidiendo: hasta el 5 de septiembre, en que regresaremos con nueva temporada del blog. Repaso lo escrito y lo pensado en el curso que ahora acaba, y no puedo más que estar satisfecho. Si me permiten decirlo, he de reconocer que los últimos meses han sido la mejor temporada de esta casa. Al inicio de Los archivos…, en 2005, convencido de que había que atraer lectores, renovaba el post todos los días. El precepto que rige en estos sitios electrónicos es el de que hay que actualizar la bitácora frecuentemente, incluso muy frecuentemente, para así crear y mantener una audiencia modesta o grande pero casi siempre voluble o volátil.
¿Atraer, crear y mantener una audiencia? ¿Cómo? ¿Cuáles son los asuntos que interesan a quienes puedan leer un blog? Si nos atenemos a lo que los medios registran o a lo que suponemos relevante, el desconcierto puede ser mayúsculo. En Internet, la chiripa de Google hace que te visiten exploradores inesperados. En las tripas de este blog, en las entrañas de la plantilla de que me sirvo, hay una pestaña dedicada a las estadísticas. Allí compruebas desde dónde te visitan, desde qué enlaces. Compruebas también cuáles son las palabras-clave que los internautas escriben en los buscadores. Esos robots rastrean la red y, por hache o por be, siempre te traen nuevos lectores que agradeces porque algunos se quedan para frecuentar esta bitácora.
Cuando yo empecé en esto de los blogs, en ese lejano 2005, me había preocupado previamente de averiguar las palabras-clave del año anterior, esas voces más repetidas por los internautas en sus rastreos. Merrian-Webster, un gran editor de diccionarios y de textos de referencia, hace una selección anual con las diez palabras más destacadas, esas que han estado en boca de todos durante meses y meses. Pues bien, el primer puesto de la lista de aquel 2004 lo ocupaba la palabra blog. Le seguían: incumbe, electoral, insurgente, huracán, cicada, pelotón, partisano, soberanía y defenestración. ¿Defenestración? ¿Ustedes creen que me atuve a lo que esa lista proponía? Los intereses de las personas mudan y son frecuentemente insondables por mucho que los publicistas o los asesores políticos crean tener la clave de nuestros deseos. En la red, menos aún. En general, los internautas somos poco fieles y no suele haber compromisos firmes. Paul Mathias —un filósofo francés de quien Anaclet Pons y yo incluimos un artículo en el próximo número de Pasajes, dedicado a Internet– habla de la sensación de vacío que tantas veces experimenta quien escribe en la red o para la red.
2. Avatares (15 de julio de 2008). «¿Por qué participar en un sistema comunicativo dentro del cual la voz no llega y en cuyo interior lo escrito sigue siendo esencialmente ilegible?, ¿por que hacerlo en un sistema donde los interlocutores que pretendemos conseguir no tienen otro estatuto que el de avatares…?», se pregunta Paul Mathias. Cuando escribimos un comentario aquí o en otros sitios electrónicos, ustedes y yo sólo somos eso: avatares, una reencarnación parcial, virtual, incluso ficticia de quienes de verdad somos en el mundo real. ¿De verdad?
El nombre es un rótulo que permanece pero nuestra identidad es menos estable de lo que pensamos: obligados como estamos a desempeñar papeles diferentes en espacios distintos, a encarnar figuras variadas según vayamos por aquí o por allá, conduciéndonos de acuerdo con normas que también cambian. Hasta los atavíos con que nos revestimos también nos modifican: si llevas o no llevas americana; si te anudas o no te anudas la corbata; si vistes o no vistes de sport o casual…
Perdonen la obviedad: uno cree ser siempre el mismo y a uno puede que lo vean esencialmente igual, pero cada uno de nosotros obra de acuerdo con las exigencias del contexto. Nos sentimos bien cuando no nos fuerzan a cambiar completamente, cuando podemos actuar según quien creemos ser. Por debajo de la indumentaria y de las exigencias, quieres pensar que hay un fondo inmóvil del alma –como dije en cierta ocasión citando a Robert Musil–, algo que te justifica y que permanece efectivamente. Lo demás son afeites que recubren o cosméticos: una segunda piel, vaya.
Sin embargo, a poco que quieras ser coherente, te das cuenta de que ese objetivo es básicamente contextual. También son contextuales los avatares electrónicos tras los que nos emboscamos al escribir en la red, aun cuando empleemos el nombre propio. De hecho, en los blogs todos somos avatares de dudosa y fluida identidad que se prestan a un juego, personajes en parte ficticios. Por eso, no le falta razón a Paul Mathias cuando dice en ese artículo que en la red «los únicos lectores de los que estamos realmente seguros son los robots, no los hombres»: los «programas de almacenamiento de Internet que compañías como Google o Yahoo dirigen con fines comerciales perfectamente transparentes».
3. Queridos lectores (15-16 de julio de 2008). ¿Seguro que Paul Mathias tiene razón? Aquí se reúne un selecto comité de lectura; aquí somos así de raros. Hablando de raros: es extraordinariamente gentil, amable, Àngel Duarte cuando a Anaclet y a mí nos llama raros en una entrada de su blog. Es un modo cariñoso de afear la conducta a tantos de nuestros colegas, los historiadores, que no suelen tener blogs y hasta alardean de ello, con ese desprecio por lo nuevo y por lo vulgar, ¿quizá? En el fondo, esa actitud displicente que muestran tantos académicos hacia Internet — de la que hablábamos días atrás– es, otra vez, un miedo antiguo: el pánico a la máquina, a ese robot que ya tendríamos en el jardín y que amenazaría con adueñarse del resto de la casa. Es también una prevención ante los cambios acelerados: ¿qué pasará con el saber académico si los conocimientos del historiador se desparraman por la red? Hay que tener en cuenta que los universitarios solemos ser celosos vigilantes de lo que escribimos, tal vez porque pensamos que siempre hay alguien interesado en apropiarse de ello. ¿Pero no era un queja frecuente de los académicos la poca difusión de nuestros saberes? ¿En qué quedamos?
En parte, los reparos son incapacidad para adaptarse a la revolución tecnocientífica que está en marcha y de la que habla con gran finura el filósofo Javier Echeverría en la entrevista que le hacemos para Pasajes. Algunos se aferran a lo ya sabido, a lo ya conocido, a lo ya experimentado. Con ello sobreviven en un medio académico en el que se creen inmunes o a salvo de la ordinaria irrupción de lo digital. Pero acometer lo ordinario es el primer precepto del historiador. Averiguar cuál es el contexto habitual de las cosas, cuál es el espacio concreto de lo que sucede: hacerlo propio para explicarse los hechos, para interpretar las acciones humanas. Y lo que hoy nos sucede es la expansión de la cibercultura: la interconexión, la interactividad, la conversión de los internautas en emisores y receptores en un entorno propiamente inmaterial, en una esfera en la que lo externo llega sin necesidad de salir, en un dominio en el que lo lejano y lo cercano se mezclan. Por eso, he querido titular así mi contibución a Pasajes con un artículo que habla de una vivencia concreta, personal: El pensamiento ordinario. La experiencia del blog. Sin duda, las cabales reflexiones que el historiador Àngel Duarte acaba de publicar en su blog apuntan en una dirección semejante y expresan un sentimiento común de intervención.
Lo digo con mis propias palabras. Nuestra intervención tiene dos objetivos. El primero, pensar al tiempo que se escribe, averiguar lo que no se sabía que se sabía, materializar un pensamiento haciendo el esfuerzo de expresarse: es decir, plasmar una idea que aún tenía el prestigio de lo inexpresado. El segundo, crearse interlocutores, una red de discusión, de consulta, de interpelación: aquí lo hemos logrado con personas de diferentes extracciones, de distintos intereses, de variadas inclinaciones y lecturas que aquí vuelcan. Quiero mencionar especialmente a Marisa Bou, a Arnau Gómez, a Alejandro Lillo. Esto es sumamente placentero y enriquecedor. Los meros avatares, que es como el cibermundo nos llama a todos nosotros, son también figuras del saber y de la experiencia que dominan la expresión: veáse aquí quienes aparecen como Miguel Veyrat o Kant o Fuca, que se expresan con generosa cultura, con cortesía antigua y con la severidad del preceptor. Pero esos avatares que así firman pronto son contestados con ironía y ternura, que son los rasgos polemistas de David P. Montesinos o de Juan Planas o de Pavlova. Con ello suele iniciarse una controversia que tiene que ver o no con lo que el blogger había planteado. Intervenir en un blog argumentando, rastreando enlaces pertinentes y sabios, buscando pruebas… es un modo de ser generoso, de ofrecer a manos llenas: eso es lo que tan frecuentemente hace Paco Fuster, tan insultantemente joven y razonable.
Pero, dicho eso, inmediatamente me corrijo. Que los académicos asumamos lo concreto para intervenir, que procuremos adaptarnos a las nuevas tecnologías para experimentar, no significa que abandonemos los libros, los viejos medios de formación. Seguimos leyendo. Seguimos leyendo libros tentativamente. «Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta. Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Ésta prodría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara», escribe Ricardo Piglia en El último lector (2005). Es a lo que aspiro…
Nos vamos de vacaciones, pero no cerramos. Volvemos el 5 de septiembre: ese viernes actualizaremos el blog, dando inicio a una nueva temporada. Por todo lo vivido y comentado, gracias. Hasta entonces, justamente porque no cerramos, pueden revisar algunas de las entradas mejor acabadas o algunos de los post con los comentarios más refinados e irónicos.
Aviso. Jueves 17 de julio por la tarde, como cierre de temporada en este blog, gran «quedada» con las personas que lo frecuentan. Tenemos selecto servicio de bar y cafetería con horchata o con cualquier otro refresco. La invitación corre de mi cuenta…,siempre que no se me amontonen (no creo). Se celebra en Valencia ese 17 de julio (aciaga víspera), a las 19:30. El lugar de la invitación es la Heladería La Jijonenca sita en la Calle Guardia Civil, de Valencia, famosa por su espléndida horchata y por sus «fartons» caseros.



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