Críticas ejemplares

1. El criticón. “Un periodista cultural me preguntó recientemente sobre el futuro de la crítica literaria”, dice Germán Gullón en Una venus mutilada (2008), “sugiriéndome que con tanto blog los críticos éramos una especie a extinguir”. ¿Es así?  Gullón, que publica reseñas en El Cultural de El Mundo, dedica dicho libro a La crítica literaria en la España actual, que es como reza el subtítulo. Destina el volumen a ese objeto, a defender lo legítimo de la profesión: la de crítico literario, me refiero. Y dedica igualmente esa obra a mostrar su perplejidad ante la avalancha de lo electrónico, ante la popularización del juicio y de la opinión gracias a Internet, ante la mercantilización de lo cultural (el triunfo del best seller, vaya). 

“Le contesté simplemente que se equivocaba. Bien es verdad que el Web 2.0, la segunda generación de Internet, ha originado una proliferación de bitácoras escritas por aficionados, repletos de críticas y reseñas de libros, pero la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas, donde por lo general la ambición personal pisotea cualquier posible juicio objetivo”. Citando un par de libros, Gullón defiende al lector profesional frente al crítico amateur, ese aficionado que se expresaría en blogs y las restantes plataformas electrónicas. Por eso, añade tajante: “nada conseguirá en el inmediato futuro, y mi convicción es firme y fundamentada en la mejor investigación sobre el tema, sustituir a nuestros mejores periodista o crítico, que llevan tiempo leyendo y enjuiciando libros”.

¿Y la mercantilización de la literatura, el dominio del best seller? “Añadí después que tampoco la narrativa de entretenimiento, a la que en las páginas siguientes dedico bastante atención, las novelas negras o las históricas, acabarán con la literatura”. La conclusión a la que llega está establecida de antemano: “los malos presagios permanecerán incumplidos si atendemos a lo esencial, cuidar de que la calidad cultural sea respetada en el espacio público”.

Leo y releo lo anterior: me interesa y me inquieta. Me perdonarán si les dejo: si dejo sin responder esta cuestión…, de momento; y si este post también se alarga. Me voy a completar la lectura del volumen, que trata de las cosas que más me preocupan ahora, afirmadas –eso sí– en un tono  apocalíptico que no puedo compartir. ¿Cómo podría compartirlo si soy blogger y lector, si escribo reseñas para publicaciones en papel y para medios electrónicos? ¿Qué puedo replicar si me gustan el refinamiento literario y, a la vez, la cultura de masas? Todo ello, además, practicado a tiempo parcial, según las apetencias que yo tenga este o aquel día. Las páginas de Gullón “van dirigidas a debatir sobre la crítica española, que en mi opinión necesita un reajuste”. ¿Qué reajuste es éste? Insisto: me perdonarán que ahora calle: el sábado 12 de julio, a poqueta nit, regreso aquí y les cuento. Mientras tanto, les dejo con el blog de Germán Gullón

2. Demora. Es sábado, poqueta nit, y tras mi desconexión veo que Àngel Duarte aborda cuestiones que tienen que ver con este post: la crítica y el amateurismo. Tenía previsto desarrollar aquí mi lectura del volumen de Germán Gullón. Me permitirán no precipitarme. Deseo leer esa reflexión aparecida en El tinglado de Santa Eufemia. Retraso, pues, hasta el domingo la conclusión de mi post o, quién sabe, la redacción de uno nuevo…

3. Críticos ejemplares (domingo, 13 de julio). El libro de Germán Gullón se titula Una venus mutilada aludiendo con ello a Marcel Proust cuando éste afirmaba que la belleza periodística de un artículo de prensa no está en la literalidad de lo escrito, sino en la forma en que cada lector actualiza dicha pieza. Hasta que los destinatarios no hacen suyo el texto (lo dicho y lo no dicho, captando y comprendiendo su objeto), ese artículo está incompleto, separado, mutilado. Es el lector quien actualiza lo que tan escuetamente se escribe y, por tanto, es el receptor quien entiende y se atiene, quien entiende y añade, quien entiende y, eventualmente, corrige o se corrige. El crítico informa y dictamina, proporciona datos y enjuicia. No puede hacer eso desde la arbitrariedad, desde la pura subjetividad, desde el mero individualismo, avanza Gullón. Debe obrar con prudencia porque sabe que orienta el destino de un libro; debe empeñarse porque antes que él otros se esforzaron para materializar un volumen.  

En realidad, el protagonista del libro de Gullón no es uno, sino dos: el crítico y, también, el lector, ese lector que en el siglo XXI degusta obras propiamente literarias y libros de entretenimiento. Todo su volumen es un búsqueda denodada de una figura imprecisa: la del lector informado, la del lector con gusto, con juicio, con criterio. Todos podríamos ser ese lector, pero no todos podemos ser el crítico que se expresa en los medios: ese crítico es un lector especial que, por ser reconocido como mediador, se convierte en guía de numerosos destinatarios que lo siguen, que aprecian sus evaluaciones, que las aceptan. Ése es un momento de gran poder. La influencia hace del crítico una especie de oráculo –podríamos decir–, alguien cuyas palabras siempre breves y condensadas se interpretan, convencen o refuerzan, cambian u orientan. Contrae una gran responsabilidad, añade Gullón, porque escribe en medios masivos: los suplementos de novedades literarias que publican los periódicos o las revistas culturales.

Lo que propone Gullón es seriedad, entrega, formación, contención y dedicación, cosa con la que convenimos; lo que postula es que el crítico sepa asumir su responsabilidad actuando de mediador cultural:  no habla desde el solipsismo o desde el egotismo, sino desde un grupo humano amplio que espera sus dictámenes y eso le exige ser muy riguroso, muy escrupuloso con sus propios juicios, con sus críticas, unas críticas que han de ser ejemplares. También en esto convenimos. Pero este propósito es muy difícil de cumplir, de alcanzar, pues la tarea del crítico se desarrolla en un medio que no es la cátedra, sino la columna periodística. Es la suya una tarea pedagógica que debe ser entretenida y competente, ejercida además en prensa: con una mercantilización creciente del campo cultural, con una competencia de –y entre– los mass media cada vez más decisiva. ¿Qué hacer con los intereses de los grupos editoriales y con los objetivos de los periódicos?

Resulta un libro ambivalente. Por un lado, propone seriedad y rigor al crítico, alguien que debe escribir con cuidado, con entrega y con claridad, que es la cortesía no sólo del filósofo. Por otro, incumple su propio precepto: la obra que leemos está escrita con un metalenguaje que difícilmente entenderán quienes no sean universitarios; está redactada con sobreentendidos, con citas crípticas, con supuestos, especialmente dirigidos a connaisseurs, a enterados; tiene numerosas erratas que emborronan páginas y páginas…, páginas frecuentemente lúcidas y sensatas, algunas apocalípticas y otras razonables. Es una pena que la editorial Biblioteca Nueva haya publicado un volumen formalmente descuidado. No me sorprende, sin embargo, ya que tengo experiencia con ellos: mi libro sobre Antonio Muñoz Molina, publicado en la misma editorial, tiene algunas erratas (y errores del autor, que también hay, por supuesto) que son un verdadero espanto. Días atrás decíamos que un momento decisivo del proceso de escritura es, precisamente, cuando corregimos. Los autores deben mejorar su mecanografía nerviosa, pero los editores deben reinventar la figura del corrector. Digo reinventar, porque en el pasado los correctores formaban una divertida fauna que hoy ya no podemos consentirnos.

Recordaba Roger Chartier un viejo volumen del siglo XVII en el que se enumeraban los diferentes casos. Los había de cuatro tipos: “los graduados de las universidades, que conocen la gramatica, la teología y el derecho pero que, al no ser impresores, lo ignoran todo de las técnicas del oficio; los maestros impresores, que son suficientemente exactos en lengua latina; los cajistas más expertos, aunque no sepan latín, porque pueden pedir ayuda del autor o de una persona instruida; por último, los ignorantes, que apenas saben leer, empleados por las viudas de los impresores o por los libreros que no son ellos mismos impresores”. No sé a quién deberían emplear los de Biblioteca Nueva, pero los lectores (y los autores) nos merecemos un mejor trato. Y no basta con echar la culpa a los ensayistas que publican con precipitación: también en la Edad Moderna que estudia Chartier los escritores grandes eran muy libres y descuidados. Como dice Jorge Luis Borges en La supersticiosa ética del lector, “la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba”. Pero que aceptemos eso no significa que toleremos el fatalismo de la errata. También Borges zanjaba: “ni quiero fomentar begligencias ni creo en una mística virtud de la frase torpe y del epíteto chabacano”.

Seguro que en este blog y, concretamente, en este post hay erratas dolorosas y errores que son imputables a mi ignorancia, pero en la blogosfera –esa que sentenciaba Germán Gullón con condena general– nos lo podemos consentir: la actualización frecuente nos lleva a esa escritura nerviosa que antes señalaba. Pero lo que no acabo de entender en el volumen de Gullón es lo expeditivo de su juicio antiblog: inicialmente, el autor parece mostrarse contrario a las bitácoras literarias (lugares “repletos de críticas y reseñas de libros” en donde “la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas…”); enuncia ese dictamen para no desarrollarlo o razonarlo. Eso no es una errata: eso es una inconsistencia. En su blog, Àngel Duarte nos hablaba con tino y con ironía melancólica de José Ortega y Gasset, de la filosofía en la prensa, con palabras que hago mías. Precisamente, el filósofo madrileño decía: “El crítico tiene que operar a la intemperie y a campo traviesa; al mismo tiempo que juzga una obra tiene que conquistar autoridad para la ley general que aplica”. Los bloggers deberíamos someternos a ese precepto. También Germán Gullón, que es crítico, que es blogger: es él quien cita este pasaje de Ortega al principio de su obra, un libro tan interesante y con el que tanto me he irritado en dos días de lectura provechosa.

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Aviso

Para el jueves 17 de julio por la tarde, como cierre de temporada en este blog, estamos organizando una “quedada” con las personas que lo frecuentan: tomaremos una horchata o cualquier otro refresco que ustedes quieran. Invito yo, por supuesto. Se celebrará en Valencia. Les anunciaré oportunamente el lugar y la hora.

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Nuevo post, martes 15 de julio, por la mañana.

20 comments

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  1. Alejandro Lillo

    A la espera de que este “post” avance, y como ando pluriempleado y sin apenas tiempo para disfrutar de este sitio, le comunico al muy ilustre señor Kant (trasunto de Voltaire) y a quien oyere y/o leyere, que no tengo inconveniente en explicitar, en esta realidad virtual, asuntos terrenales tales como el horario vacacional y de apertura de cierta librería, llamada Gaia, sita en la calle Daniel Balaciart nº 4, para conocimiento y disfrute de lugareños y extraños. Siempre con la aquiescencia y el beneplácito de la autoridad competente. Salud.

  2. Ana Serrano

    En, a lo sumo, diez-doce publicaciones, tengo experiencias tan curiosas y tan devastadoras casi todas, con ambos gremios: editores y críticos, que me figuro las cosas que les habrán sucedido a ustedes, pero no voy a contar nada, de momento, que ya me deben tener puesto “mote” aquí por mis constantes batallitas; sólo quiero decir que yo no tengo un blog, ni lo tendré jamás, pero tengo un foro pseudo literario en Internet y que ahí los contertulios, comentan sus lecturas; recomiendan, censuran y hasta se pelean airadamente. He comprobado que, en mi humildísimo criterio, puedo fiarme infinitamente más de mis amigos foreros que de la crítica literaria “profesional”: No cobran por hacer sus comentarios; tienen criterios firmes y solventes y ¡no me cuentan el libro!, cosa en la que suelen incurrir todos los críticos.

    Debemos recordar que la crítica periodística, como todo lo que aparece en las publicaciones periódicas “mañana servirá para envolver filetes”. Lo que pasa es que se tambalea la figura del crítico, me parece. Tengo una librería y antes venían los clientes con los suplementos literarios subrayados a pedir lo que allí se recomendaba; ahora es mucho más frecuente que traigan reseñas de blogs y de foros. Deben estar asustados :-)

  3. Germán Gullón

    El comentario me parece injusto,porque coge la primera frase del mismo y la utiliza como si el ensayo tratara sólo de la blogosfera y una condena de la misma. Quizás me expresé mal. El libro aborda problemas muy diversos, como por ejemplo, el del escaso espacio que tiene el lector para responder a la crítica institucional.
    Sí agradezco a Justo Sierra sus palabras, porque lo que sí digo es que las ideas expresadas en el libro no buscan identificar adversarios, sino gente que desee debatir las cuestiones culturales que a todos nos interesan.

  4. Paco Fuster

    Yo lo que no entiendo de las citas del libro de Germán Gullón que reproduce Justo es las categorías que emplea. En primer lugar, me gustaría que el Sr.Gullón u otra persona nos explicará que se entiende por “periodista cultural”, si se refiere a un peridista muy culto o a uno que opina sobre cultura. Lo digo porque normalmente -quizá prejuzgo por mis propias y escasas experiencias- el nivel cultural de los periodistas españoles deja mucho que desear. Sobre todo, en el caso de esos polemistas profesionales que pueblan las tertulias e igual hablan sobre la crisis económica, que sobre Obama o el calentamiento global.

    Y luego también le diría al amigo de Germán Gullón que los críticos no pueden ser una especie a extinguir por el simple motivo de que no existen como especie. Hasta donde yo sé, en ninguna facultad o escuela te dan el título de crítico literario, crítico de cine o musical. Cualquiera -incluidos los “bloggers”- puede ser crítico literario, siempre y cuando tenga lo que define a un crítico: un juicio propio y personal, o sea, un espirítu crítico. Luego la calidad de las críticas ya es una cosa más o menos objetiva y díficil de medir.

    Yo que he escrito algunas críticas-reseñas de libros, hice una breve y modesta incursión en el difícil terreno de la crítica musical. Lo hice porque no me gustaban las críticas que leía y porque creía que yo lo podía hacer mejor. En este sentido, siempre pongo el mismo ejemplo. Uno de los mejores y más reconocidos críticos musicales de España, Diego A.Manrique, llegó a la crítica musical por pura casualidad. No es que no tenga el “carnet de crítico” (ese que parece tener el periodista cultural que cita Gullón), es que ni siquiera estoy seguro de que haya estudiado periodismo. Sin embargo, todo el mundo coincide en señalarle como una de los mejores y en tenerlo como un referente.

    Les dejo un enlace a una entrevista que le hicieron a Manrique el año pasado. Allí explica cómo pasó de simple lector de crítica musical, a trabajar como crítico en el mismo medio que él había había criticado por la baja calidad de sus críticas:
    http://www.duendemad.com/primerplano/Diego_A__Manrique_7.html

  5. Alejandro Lillo

    Las continuas erratas en los libros me resultan inadmisibles, lo mismo que las malas traducciones. Ambas representan una total falta de respeto, tanto hacia el autor de la obra como hacia sus potenciales lectores. Una cosa es cometer un error y otra descuidar un aspecto fundamental de la edición de un libro. Como lector, todas esas carencias las tomo muy en cuenta. Hace poco leía un libro sobre la vida de un grupo de rock de los setenta, Led Zeppelin, editado por Ma Non Tropo en 2008. No arrojé el libro por la ventana porque el nivel de errores cometidos en la edición de la obra era directamente proporcional a mi interés por este grupo musical, pero la verdad es que resulta indignante. Gastarse 23 euros (afortunadamente no lo compré) en un libro tan plagado de inexactitudes… ni qué decir tiene que no tengo la más mínima intención de comprar ningún otro libro de esa misma editorial. El problema es que existen muchas, tal vez demasiadas, editoriales que descuidan sobremanera esos aspectos formales, decisivos sin embargo a la hora de atraer al lector: Biblioteca Nueva, Ma non Tropo, Losada (cuya traducción de las obras de Lovecraft es sencillamente lamentable), y algún que otro librito de Akal, del que mejor sería ni hablar…
    Por contraste, editoriales como El Acantilado, Libros del Asteroide, Minúscula, Siruela, Pre-Textos y otras muchas editoriales que sería prolijo enumerar aquí, honran el oficio de editor, y con él a la literatura en general, pues respetan el duro – ya lo comentaba con Paco Fuster hace no mucho – trabajo del escritor y tratan al lector como se merece.
    Sobre la tarea del crítico literario, ya opinaré más adelante, pero digo yo que los profesionales de este ámbito también tendrían que denunciar (si no deben obediencia a nadie) todas estas malas e incorrectas prácticas de las editoriales.
    Por cierto, tal vez el año pasado, ¿no hubo una polémica con un importante crítico literario del Babelia en relación con la última novela de Bernardo Atxaga?

  6. Arnau Gómez

    Como no soy un intelectual,solo un profesional de una materia extraintelectual, es por lo que me puedo permitir decirles (a algunos) que los comentarios son totalmente extraprofesionales (fuera de la profesión intelectual).No se busquen en las entretelas.Permítanme decirles que están en la extraprofesionalidad.

  7. jserna

    Agradezco a Germán Gullón su respuesta, su cortesía, pero le pido que no introduzca erratas en su contestación: no soy Justo Sierra. Equivocarse en el nombre del interlocutor es un lapsus… bien freudiano y, si una parte de la crítica que hago a su libro es precisamente el número tan abultado de erratas, entonces se confirma lo que decía sobre aquello que lastra su volumen. Ya lo señalaba en el post cuando citaba a Borges: quienes escribimos tenemos derecho a la errata, a la página imperfecta, pero el lector tiene derecho a que se las eviten.

    Por otra parte, podemos convenir en que el tema de los blogs no es finalmente el objeto del libro, sino un aspecto muy secundario, porque el auténtico tema es la figura del crítico. Convengamos en que los blogs no son, en efecto, la cuestión principal del análisis, pero su condena mayoritaria (“la mayoría…”) está en la primera página del prefacio, en donde se anuncia el asunto principal, el desarrollo previsible del volumen. Por tanto, la pregunta es si Germán Gullón emplea la condena de los blogs como aderezo, como ornamento, para tratar otra cosa olvidándose de las bitácoras. Sin embargo, yo no creo que sea un recurso secundario del que se olvide. Reaparece de vez en cuando a lo largo de sus páginas: “Abominamos la banalidad de buen parte de lo acontecido en el campo cultural”, dice Gullón en la página 63, por ejemplo, utilizando terminología de Pierre Bourdieu. “Por razones que un psicólogo debiera de investigar”, añade, “los españoles (a imitación americana, y con el resto de Europa empeñada en emularla) aceptan sin reparo el vivir sumidos en un basurero verbal y digital”.

    Este diagnóstico es una hipergeneralización. Quizá sea cierto que hay basura verbal y digital, pero no se puede decir que “los españoles [o sea, todos o la mayoría] aceptan sin reparo el vivir sumidos en un basurero”. ¿No es esto una generalización a la que le faltan los documentos que lo prueben? En realidad, el problema del libro es ése: hay dictámenes seguramente fundados e incluso razonables con los que podemos convenir que, sin embargo, se desinflan a causa de una generalización indebida.

    Creo que podemos compartir ciertos aspectos que aparecen en la obra de Germán Gullón. Primero, el “aprecio a los juicios críticos discretos”, es decir, la valoración del papel de crítico y la necesaria prudencia reflexiva y analítica a la que obliga. El crítico debería evitar ser mero resorte de “una asamblea de famosos, una red de amistades”. Lamentablemente, eso no siempre es así: pues los periódicos españoles –que son redes de intereses materiales– pueden premiar al afín frente al disidente, pero el disidente no puede comportarse como una ‘Prima donna’, amparándose en el poder personal que le proporciona la red mediática en la que se inserta. Podemos convenir, en segundo lugar, en que el crítico tenga la “honradez” como divisa, dice Gullón. Sin embargo, según añade, echamos en falta una figura: la de quien mantenga “honesto el proceso”, la de quien “sopese con rigor lo acontecido en el sector”. Si eso no es otra generalización, sino un diagnóstico preciso, por qué Germán Gullón acaba su libro destacando las tres o cuatro figuras de la crítica española que son, precisamente, los más influyentes críticos de la prensa española. ¿Emplea todo un libro muy interesante (e irritante) para alabar la honradez de los más influyentes? Pero, entonces, eso se compadece mal con los dictámenes tan pesimistas que ha ido enunciando. Seguro que tiene razón al salvar la honradez de los críticos que menciona. Pero es curioso: quienes son objeto de ditirambo son mencionados; en cambio, quienes son objeto de andanada son aludidos con perífrasis incomprensibles para el lector común. Además, ¿ser honrado no es el punto de partida? ¿Tanto se ha degradado la crítica literaria en España para que una virtud común, para que una mera obligación, se celebre?

    En todo caso, como decía en el post, durante un par de días he estado leyendo ‘Una venus amputada’. Los márgenes de mi ejemplar están repletos de anotaciones, exclamaciones, interrogaciones. Como lector he discutido con el autor subrayando, corrigiendo, polemizando. El libro es esa Venus amputada que señala el autor. En los márgenes que yo he escrito he querido ponerle los brazos, las extremidades. El autor me perdonará.

  8. David P.Montesinos

    El de los lapsus freudianos con respecto al nombre del interlocutor es un fenómeno con larga tradición literaria. El pequeño problema es que no es freudiano, no es inconsciente, sino perfectamente deliberado, al menos cuando dicho interlocutor se revela como oponente. Conozco una infinidad de autores -artistas, escritores…- cuya incapacidad para digerir las críticas rebasa los límites de lo patológico. A nadie le gusta que le digan que lo que hace es un bodrio. Sin embargo, cuando detectan en lo que hago ciertas imperfecciones, pasajes que se deslizan hacia la inconsistencia, sombras de confusión, aporías, callejones sin salida, erratas…, si no soy capaz de aprender de ello y de agradecer, además, que el crítico haya tenido la generosidad de leerme, entonces es que no solo merezco la crítica sino que, además, quedo indefenso ante ella en el futuro, pues seguiré por orgullo mal entendido aferrándome a ellos.

    Y lo del “lapsus” en cuestión tiene mala baba. Tuve un maestro de matemáticas que me llamaba “Daniel” en vez de David para ningunearme, aquel procedimiento, que reproducía con frecuencia con otros compañeros, formaba parte de una estrategia dictatorial basada en la humillación. Recuerdo también cuando -creo que por las críticas de Izquierda Unida en relación a los Gal, la Otan o los conflictos del Gobierno con las centrales sindicales- el entonces Presidente Felipe González llamó varias veces el “Señor Alcazar” al diputado Alcaraz, muy sutil, ¿verdad?

    También hay lapsus no deliberados, verdaderamente freudianos, yo suelo tenerlos, todo sea dicho.

    Por cierto, si acudo a la quedada e invita usted pienso beberme la cosecha, usted verá Señor Sierra.

  9. Pavlova

    Don Daniel, el Señor Sierra ha dicho que paga la primera ronda, o eso se sobreentiende, no se pase.

    A ver. Aviso: batallita. Yo tenía un tío (aristócrata, para más señas) que llamaba José y María a las dos personas de servicio más próximas a él y su mujer, se llamaran como se llamaran. A mi hermana, un profesor de literatura, que no soportaba que hubiese leído más que él, en lugar de Lourdes, la lamaba siempre Lucas, con lo cual, además del desprecio que suponía cambiarle el nombre, le daba uno masculino, lo que en aquel momento, casi era ya un insulto y yo, para terminar, jamás he sido llamada por mi nombre en 25 años por la persona con la que convivía. No hay desprecio mayor que el de aparentar no retener nuestro nombre. La basura no tiene nombre.

  10. jserna

    Juan Planas, David P. Montesinos, Pavlova, Alejandro Lillo, Ana Serrano, Arnau Gómez, Paco Fuster y las otras personas habituales o frecuentes como Miguel Veyrat o Àngel Duarte o Javier Moreno o Marisa Bou o Miranda y tantos otros amigos les agradezco su presencia y amabilidad. Quienes puedan venir el jueves a las 19:30 horas (o después) a la terraza de Valencia que se anunciará serán debidamente invitados. Si no pueden, busquen una horchatería de pega (como dice Juan Planas) o auténtica y recuérdennos.

    Al señor Kant también se le espera. Especialmente.

  11. Kant

    Don Alejandro, permítame puntualizarle que el oficio de volteriano, en este “blog”, le pertenece por derecho propio a Don Miguel Veyrat. Él, desde esa atalaya luminosa de la esencia intelectual de Voltaire, encendió luces prohibidas en una televisión paupérrima y gris para alumbrar a quienes padecíamos en silencio las hemorroides del franquismo. Por lo demás, gracias por la información sobre su librería y que la autoridad incompetente tenga a bien no tener más ocurrencias que las estrictamente necesarias.

    En cuanto hace a la materia del “post”, en más de una ocasión y con el arrebato que me caracteriza cuando desnudo el acero, he expresado mi incomodo con los “profesionales” de la crítica, así que trataré de no dejarme arrastrar por mis más bajos instintos y, si la cosa no va a más, me contentaré con sumarme a la propuesta de don Justo – por más moderada que sea – y a afirmarme con doña Ana en sus opiniones en la misma materia.

    No sé si será por el verano o mi incipiente senectud, pero sigo encontrando más coincidencias que disidencias con el resto de contertulios. Reafirmo, así, especialmente, la duda del sr. Fuster sobre el concepto “periodista cultural”, algo que, con demasiada asiduidad, actúa como oxímoron. Por lo demás, suscribo sus opiniones. Como las de las siguientes aportaciones del sr. Lillo y sr. Gómez… ¡sapristi, me estoy apolillando!

    Afortunadamente, el sr. Montesinos me da para poder reñir a alguien… ¡pero también por la vía moderada!… ¡Madre de Dios, Isis!… cómo estoy… Bueno, en fin… Le decía, don David, que tan poco hay que ser tan incisivo con el pobre don Germán que, por demás, ha tenido la deferencia de dar la cara para defender su obra. Sin ir más lejos, yo mismo, la semana pasada, confundí, por un lapsus, a Julián y a Javier Marías. Probablemente, las conexiones neuronales creadas por la grafía de dos nombres aparentemente tan semejantes tuvieron más que ver en ello que la magia ocultista del sr. Freud o que una mala intención del sr. Bullón…. epa, perdón, Gullón (lo siento, me lo pusieron muy fácil).

    Bueno, puestos a subrayar – me lo recordó don Alejandro – quiero decirles que ya retomé al citado don Javier Marías (a ver qué tal se me da, catorce o quince años después) y que lo hice tras concluir una de las obras más abominablemente traducidas que han caído en mis manos: “La estatua de bronce” de Lindsey Davis. Habría para desnasar al “tradutore, traitore” y condenarlo a galeras por dos años tras recibir azotes en plaza pública. Sólo la fuerza de la autora y el interés de la narración permite seguir adelante con la lectura de la obra. Es inconcebible que el editor, EDHASA nada menos, contratara a semejante merluzo (so pena que fuera su cuñado, claro).

    Una última cuestión les dejaré pendiente. ¿Desde cuando la cultura no ha sido mercantil?… ¿Creen uds. que don William Shakespeare habría llegado a fin de mes si no abarrotaba su teatro? ¿o que don Miguel de Cervantes habría escrito la segunda parte de “El Quijote” si el mercado no hubiera sacado ya ediciones piratas? ¿conoceríamos a Homero si no hubieran repetido sus versos generaciones y generaciones de marinos, pastores, guerreros y brutos de toda estirpe de los siglos obscuros de la Antigüedad?… Occidente, la cultura Occidental, se creó, creció, se reprodujo y vive en los mercados y gracias a la gente vil ¿o qué creen que era el Foro, un centro académico?… era donde se vendían gallinas y coliflores, prostitutas y literatura… como en cualquier Grandes Superficies de nuestros días. Pierda toda esperanza de posteridad el autor excelso de ediciones de quinientos ejemplares que a ella aspirara, pues si algo perviviere de nuestros días serán las obras que la tozudez de la gente común y corriente, sencilla y tosca, haga pervivir. Más se perdió en Alejandría. Pienso en los autores que tienen mayores posibilidades de alcanzar ese Olimpo y tiemblo… ¿qué idea se harán de nosotros las futuras generaciones con semejante herencia?… pero no por eso puedo negar que ese listón bajo, ese gusto torpe y fácil, esa chabacanería simplona no hace más que indicar cual es la sociedad real occidental de nuestros días… una sociedad simplona y chabacana. Después de todo, no irán tan desencaminados nuestros herederos. Hoy, ahora, no deberíamos confundir la excepción – que las hay – con la regla, ni la ilusión, el espejismo intelectual, con la realidad cultural. La realidad, como dice la agente Scally, “esta ahí afuera”, démosle la cara aunque sintamos, como el abismo del sr. Nietzsche, que cuanto más lo miremos, más nos mira él a nosotros. Es que no hay más…

    Y saliendo del tema del “post”, quiero agradecer a don Arnau su espléndida idea de la “quedada horchatera” y a don Justo, organizador y aglutinador de la misma, su tremenda generosidad para con todos y, claro, para conmigo. Respecto a mí, sólo es explicable porque ignora la cantidad abusiva de cadáveres descuartizados que alberga el congelador de mi destartalada mansión – otrora cenobio – de Corona. Evidentemente, no podré acudir a la cita (como todos uds podían presuponer). Sin embargo, no quiero por eso privarme de decirles lo que les hubiese dicho si me hubiera desenmascarado: que ha sido un placer y un privilegio poder departir, discutir, divertirme, escribir, leer, y estar con todos uds – incluso con los que tienen un humor más corto – en esta temporada del “blog” del sr. Serna que ahora acaba. Espero verlos a todos en nuestro reencuentro tras el verano.

    Apéndice. Les ruego, eso sí, un brindis con “fartons” (preferiblemente de marca Polo) empapados en horchata a nuestra propia salud, la de todos, los presentes y los ausentes, los legales y los ilegales, los de este continente y los de cualquier otro, un brindis por nuestra patria, la humanidad.

    Ritual e instrucciones. Para hacerlo, deberán tomar un “fartó” nuevo, lo mojarán tres (o siete) veces en el preciado oro blanco líquido y, empuñándolo como una espada, todos en pie, dirán con voz potente: “salut in pluribus”. Y seguidamente, sin reparo ni pudor, le darán un bocado iniciático “a mos rodó”. Seguro que pasan un verano estupendo. O, al menos, con ritual horchático o sin él, es lo que les deseo.

  12. Paco Fuster

    Sr.Kant, su apunte sobre las instrucciones para comerse un “fartó” me han hecho recordar un célebre texto de Estellés que me trae, a su vez, muy buenos recuerdos (me recuerda a Vicent Borrás, mi profesor de literatura catalana al que ya he citado aquí anteriormente). Es un texto en el que Estellés explica el gozo y el placer casi orgásmico que siente al comerse ritualmente no un “fartó” con horchata, sino un “pimentó torrat”. Espero que les guste. A mi me encanta:

    Res no m’agrada tant
    com enramar-me d’oli cru
    el pimentó torrat, tallat en tires.

    Cante llavors, distret, raone amb l’oli cru, amb els productes de la terra.

    M’agrada molt el pimentó torrat,
    mes no massa torrat, que el desgracia,
    sinó amb aquella carn molla que té
    en llevar-li la crosta socarrada.

    L’expose el plat en tongades incitants,
    l’enrame d’oli cru amb un pessic de sal
    i suque molt de pa,
    com fan els pobres,
    en l’oli, que té sal i ha pres un sabor del pimentó torrat.

    Després, en un pessic
    del dit gros i el dit índex, amb un tros de pa,
    agafe un tros de pimentó, l’enlaire àvidament,
    eucarísticament,
    me’l mire enlaire.
    De vegades arribe a l’èxtasi, a l’orgasme.

    Cloc els ulls i me’l fot.

    ————–

    Es una lástima que no pueda venir, Sr. Kant.

  13. Laia F.

    ¡Con el misterioso señor Kant hemos topado, amigo Paco!

    Parece ser que nos tendremos que aguantar las ganas de conocerlo. En persona, claro. Porque en letra impresa, espero seguir conociéndolo durante mucho tiempo. Los deliciosos ratos que me ha hecho pasar con su amenísima escritura, son algo impagable, por lo que siempre estaré agradecida a Justo, que nos proporciona interlocutores de tanta calidad, cultural y humanamente hablando.

    Por supuesto, querido amigo, que haremos ese brindis fartonero con usted, cada uno de nosotros poniéndole un rostro en nuestra imaginación, excepto aquellos que, conociéndole, nos hacen trampa a los que no tenemos el placer…

    Disfruten todos de sus vacaciones, ¡pero no se me vayan por mucho tiempo, que me dejan desconSOLAda!

  14. Marisa Bou

    Me he descubierto: yo también utilizo un alias, de vez en cuando. No sé lo que ha pasado, pero mi anterior comentario salió con el nombre de Laia F. No se asuste, señor Serna, soy yo, y el jueves sólo me tomaré una horchata, Laia ni siquera vendrá.

  15. Marisa Bou

    Bueno, ahora ha desaparecido el texto que firmé como Laia. No lo tenía guardado, n recuerdo con exactitud lo que decía…

  16. Marisa Bou

    Gracias, señor Serna, por recuperar mis palabras (o las de Laia). Tal vez el señor Kant podría pensar que ha hecho una nueva conquista. Lo siento, soy la misma Marisa de siempre. Jajaja.

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