Bruma

Justo Serna

“Tenía la intención de irme a la mañana siguiente, pero por la mañana seguía todavía la bruma”.  Richmal Crompton

 

           Mira las dos píldoras que están sobre la mesilla. Son dos comprimidos de un preparado milagroso. Eso dicen. No es un ansiolítico, apunta el escritor en su cuaderno. Es un hipnótico y según parece no esclaviza. Es droga saludable, añade. Ayuda a vencer la última resistencia del insomnio. El escritor, que sobrevive a unas ocupaciones imprecisas, quiere dormir. Pero quiere también experimentar el aturdimiento narcótico de dicho fármaco, la extraña euforia que provoca. Eso dicen.

 

            Quiere tomar el medicamento con el ánimo de aguantar el primer sueño: lejos de relajarse, prefiere mantenerse en vela, anotando incluso. Sabe que hay futbolistas que emplean ese preparado para dormir, para abreviar el preámbulo del sueño, pero también para permanecer despiertos, para aturdirse, para saltarse la contención, las nociones y la rigidez. El escritor  traga los comprimidos. Se ayuda con un buche de agua. Seguramente lo hace con la esperanza de creerse mejor, de despertarse atlético incluso.

 

            Cuando horas después abre los ojos, el desconcierto es patente: el escritor  no sabe dónde está. No hay problema, anota inmediatamente. Despierta en la habitación de un hotel, de un hotel lujoso. Eso parece. En una habitación recargada y cursi, sí. Lamenta la decoración solemne, las falsas antigüedades, la moqueta con arabescos. ¿Pero qué hace en ese cuarto? Aún tendido sobre la cama alcanza el prospecto del medicamento y lee: quien lo toma puede padecer amnesia anterógrada.

 

            Recuerda que la tarde anterior estuvo de visita en casa de un amigo: otro insomne que escribe para alcanzar la obra que le justifique. Retirado en su viejo caserón evita prodigarse en público. La verdad, es un tipo muy extravagante: irrita su desdén de lo ordinario. Una pose, sin duda; una impostura.

 

            Pero no es eso lo que quiere recordar el escritor. Quiere saber qué hace en esa habitación. Toma la libreta, revisa su anotación. Erudiciones de farmacopea. Nada más. No hay  registro alguno que detalle, ni descripción realista. No hay palabra sobre el hotel. ¿El hotel? Se incorpora y mira el suelo. Le da vértigo. Vuelve a hojear el cuaderno y lee: “el suelo, que recién acababa de pisar, había perdido su sólida textura de mármol antiguo y asemejaba una especie de bruma en el aire, un enorme y profundo pozo abierto a la oscuridad y al vértigo”. No comprende.

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