Compromiso y distancia

1. La Guerra y nosotros. Lo fácil sería decir que es pura, puritita coincidencia. Se estrena Los girasoles ciegos (2008), de José Luis Cuerda, y prácticamente a la vez Baltasar Garzón pide información para censar a quienes fueron víctimas de la represión franquista. Pero no, no es el mero azar. Más allá de que aprobemos o no las acciones del magistrado, hay un momento, un contexto que une al juez con el film. Las circunstancias no son mera chiripa y un hecho forma parte de una cadena de hechos con significado común. Sorprende que tantos casos insepultos o tantos cadáveres sin identificar estuvieran pendientes. ¿Treinta años después hemos de ajustar cuentas con el pasado, con ese horror? Juan Planas expresa su extrañeza por este prurito moral que ahora nos ha dado, por las fosas, por los muertos. Aquí ya lo tratamos en una ocasión anterior a partir de una película documental titulada Santa Cruz, por ejemplo… (2005), de Günter Schwaiger y Hermann Peseckas,  un film que amablemente me remitió Ana Pavlova.

Comparto la sorpresa de Juan Planas, pero a la vez pienso en los hijos y en los nietos de las víctimas. Yo no tuve abuelos o padres sacrificados o represaliados en este o en aquel bando… o en la inmediata posguerra. Mi familia sobrevivió adaptándose al Régimen, formando parte de lo que se llamó el franquismo sociológico. Me libro, pues, de la herida abierta o personal que a tantos duele directa o indirectamente, pero ese hecho –que yo me libre– no permite escandalizarme por la pesquisa o por la inquisición que emprenden quienes se viven como damnificados. No es preciso invocar la memoria, fuente de contradicciones frecuentes. Creo, sin embargo, que debemos restituir a cada uno en su sitio.

Leí Los girasoles ciegos y en 2005 escribí unas palabras sobre ese libro sobrecogedor. Me sigue pareciendo un logro verbal, de un lirismo grave. Ahora quizá corremos el riesgo de agigantar el efecto de dicha obra: o por su excepcionalidad o por circunstancias ajenas al volumen. Tres o cuatro artículos de este fin de semana aludían a la versión cinematográfica o al libro del que procede la película. Antonio Muñoz Molina, por ejemplo, se distanciaba de este contexto para reivindicar otras novelas sobre la Guerra Civil que no son de ahora. Le sobra, quizá, algún aspaviento o generalización, pero comprendo lo que el autor jiennense decía. Hay una larga serie de ficciones publicadas tiempo atrás que han dignificado a las víctimas. No es preciso esperar hasta ahora. Igual que no es preciso limitarse a la ficción. También los documentales nos han enseñado lo que pretérito es y aún cuenta. El pasado mes de agosto pude asistir al preestreno absoluto de Hollywood contra Franco (2008), de Oriol Porta.

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2. Franco y nosotros. Hollywood contra Franco es un largometraje documental que directa o indirectamente trata el principal asunto del siglo XX: no el de la Guerra Civil Española, sino el de la potencial conversión de todo conflicto en guerra civil. No le sobra ni un minuto de metraje, todas las imágenes están plenamente justificadas y si hay algo reprochable en su desarrollo y montaje es que no haya más tiempo para recrearse aún más en el avatar personal y en el contexto histórico. No peca en ningún momento de didactismo ni tampoco deja las cosas por sabidas. No establece fáciles camaraderías con el espectador y no hace proselitismo. No hay guiños comodones ni tampoco superioridad moral del director. La suma de imágenes es exacta: este documental nos muestra filmaciones propias y clips de películas clásicas. Estos clips hay que tomarlos como retales con los que el director hace un nuevo tejido narrativo. No hay saltos injustificados ni incongruencias.

Se rescata la vicisitud de un personaje que siendo hijo de su tiempo supo, sin embargo, hacerse a sí mismo como individuo peculiar y heroico, un individuo que se obstinó en elegir su vida por encima del destino que se le tenía reservado. Para ello debió hacer frente a las injurias de la historia y de los contemporáneos, de sus compatriotas. Con ser excelente la documentación del film, irreprochable desde el punto de vista histórico, lo mejor es el punto de vista con que el relato se cuenta: el relato personal y las declaraciones recogidas son fragmentos de un todo que se reconstruye en el montaje mismo del film. El director no incurre en moralejas o en ajustes de cuentas. Hemos de agradecerle, pues, que evite la arrogancia tan común del biógrafo sabelotodo: la jactancia de quien ha vivido después sintiéndose capaz de juzgar los errores o los empecinamientos del biografiado. De hecho, el film no es una biografía: es un ejercicio de microhistoria. Microhistoria no quiere decir algo pequeño o irrelevante, sino un caso en el que observar los retos humanos, un ejemplo en el que apreciar la respuesta del individuo ante las necesidades comunes o inauditas. 

Ésa es la historia de Alvah Bessie que aquí se cuenta. ¿Pero cuál es ese asunto principal del que hablaba al principio? La conversión de todo conflicto en guerra civil, ya digo. Desde el punto de vista del derecho, una guerra civil es algo más grave que un choque entre potencias rivales. Mientras los enemigos vecinos, mientras los Estados rivales aún se reconocen legitimidad territorial, al enemigo se le concibe propiamente con derecho y con derechos. Cuando el enfrentamiento funciona como una guerra civil, entonces la principal operación de combate es deslegitimar completamente al contrario: quitarle todo derecho, reducirlo al derecho particular del oponente.

La película nos narra la historia de Alvah Bessie, guionista de Hollywood, brigadista en España, comunista norteamericano. Pero nos narra también el efecto de esa acción, la consecuencia que esos hechos tendrán en su propio país para quien los protagonizó: estigmatización, persecución al acusársele de actividades antiamericanas. De héroe pasa a ser traidor, sospechoso de una felonía política; de estadounidense solidario a antipatriota que trabaja para el enemigo cuando el enemigo es el comunismo. Ya lo dijimos tiempo atrás. En la guerra del siglo XX, la categoría del enemigo adquiere un sentido nuevo y particular. En el conflicto de antaño, en las viejas guerras tipificadas por Karl von Clausewitz, al adversario no se le extermina por principio: se le desarma. Eso, como principio. Hay que evitar su poderío y su potencial amenaza, pero no hay que hacerlo desaparecer: hay que reducirlo hasta que deje de ser una amenaza, precisamente. Perdóneseme el tópico: la representación clásica de esa forma de conflicto es La rendición de Breda, de Velázquez. Se pone fin a una batalla como caballeros y entre caballeros. En cambio, en la guerra total del siglo XX, el sentido es otro. En época contemporánea y, especialmente, desde 1936, toda guerra es o acaba siendo una guerra civil: un choque entre los propios y los que dejaron de serlo, entre los compatriotas y los antipatriotas. En ese caso, a los enemigos ya no les asiste el derecho, pues son rebeldes, traidores, felones…

“Cada guerra adopta así la forma de la guerra última de la humanidad”, decía Carl Schmitt en 1932. “Y esta clase de guerras son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales y de otros tipos, convirtiéndolo así en el horror inhumano que no sólo hay que rechazar sino que aniquilar definitivamente”: por ser malo y feo además de enemigo, de hostis. “El enemigo ya no es aquel que debe ser rechazado al interior de sus propias fronteras”, precisa Schmitt. Alvah Bessie, que era un patriota y un estadounidense solidario, según él mismo se veía, acaba convertido en un hostis siendo sometido un trato de una “intensidad e inhumanidad insólitas”, ya que van más allá de lo político al degradarle, al convertirle en enemigo propiamente moral.

La historia que Hollywood contra Franco nos cuenta es ésa y su pequeña –o gran vicisitud— es el paradigma de lo ocurrido en el siglo XX, de lo que, por ejemplo, nos cuenta Jonathan Glover en Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX. Lo que sucede a miles de kilómetros ya no nos puede resultar indiferente, hemos de afrontarlo, pero sólo unos pocos idealistas se toman en serio esa evidencia saltando por encima de la comodidad personal. Lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia no sólo tiene efectos locales: tiene consecuencias distantes por las que pagamos un precio. Lo trató Carlo Ginzburg en uno de los capítulos de Ojazos de madera: “una bomba que mate a cientos de miles de personas puede producir remordimientos en quien la ha lanzado” ¿Por qué habría de producirlos -se pregunta Carlo Ginzburg- en personas comunes que están lejos, gentes a las que no se les puede imputar directamente la acción?

Contrariamente a lo que creemos, distancia y proximidad son nociones ambivalentes y de la lejanía física no tiene por qué derivarse una falta absoluta de piedad. Alvah Bessie fue uno de esos seres morales (y no sólo políticos) que saltó por encima de la distancia sintiéndose implicado con la humanidad, uno de esos tipos comprometidos que no quiso quedar indiferente ante la inhumanidad. El siglo de la comunicación de masas le permitió enterarse, forzando su compromiso.  Las imágenes espantosas que servían los noticiarios que él veía subvertían la noción de lo cercano y lo lejano habituándole a tratar con seres extraños, distantes, con acontecimientos ajenos que irrumpían en su vida: ya no hay distancias. O, mejor, su marcha como brigadista le hace saltar la última distancia que queda sintiendo el ultraje franquista como una herida propia. Él está en guerra. Por el contrario, quien vive aliviado por la “la distancia”, opone Glover en otro pasaje de su obra, “no sólo reduce la simpatía. También reduce el sentimiento de responsabilidad”. No sólo eso: “al debilitar la repulsión emocional facilita el acto” a quien lo comete y facilita la desatención moral del espectador que no ha provocado personalmente el hecho atroz. Aquel que se escuda en la distancia puede vivir en la fantasía de que todo aquello que sucede en España no le concierne: por falta de responsabilidad directa. Es la indiferencia moral, es el retraimiento y es la ceguera voluntaria de aquellos compatriotas de Bessie o de otros europeos que quisieron seguir ajenos al espanto, al horror y a la muerte. Confortablemente instalados, ¿por qué deberíamos incomodarnos por algo que no hemos hecho, por algo que no tiene remedio, por algo que no sucede exactamente a nuestro lado?

La película muestra el temple heroico de Bessie: no tanto por su condición de brigadista, cuanto por su condición de resistente. Alvah fue alguien que supo oponerse a lo común, a la evidencia supuesta de la cosas, a lo que el destino, la fatalidad o el azar le tenían preparado. Supo remontar la corriente alistándose cuando muchos jóvenes no lo hacían y supo mantenerse firme cuando el Comité de Actividades Antiamericanas irrumpía en su vida, supo sobrevivir en un medio hostil y supo aceptar los efectos de sus decisiones. En pocas palabras, actuó como individuo responsable. Pero no era un sectario más. No era un militante obediente del Partido Comunista: supo abandonar sus filas cuando juzgó irrecuperable dicha organización.

Quizá en el film falte algo de autocrítica: tal vez la crítica de quien se supo un resorte más del engranaje comunista alentado por los soviéticos. Pero, a la postre, también aquí, el director evita la arrogancia de quien juzga a distancia y con el lapso de varias décadas de distancia. El punto de vista del autor está focalizado y, por tanto, es el propio Bessie quien se salva o se condena. A los héroes hay que pedirles clarividencia, discernimiento, coraje, generosidad, a la hora de tomar decisiones; no les vamos a pedir distancia, encima…: esa distancia que a nosotros nos salva para alivio general.

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Hemeroteca

1. Reseña de Justo Serna sobre El bolso de Ana Karenina, de Anna Caballé, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.

2. Reseña de Francisco Fuster sobre Paseos por Londres, de Flora Tristán, en Ojos de Papel, septiembre de 2008.

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23 comments

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  1. Eduardo Laporte

    Pues habrá que ver la peliculilla. Y sí, a Muñoz Molina le noté algo distante-aguafiestillas, en Babelia. No he visto la peli, pero vamos, intuyo que como toda adaptación al cine querrá agradar a ese público del cine que pide ciertas cosas -dramas-.

    Leí el libro hace año y medio y me viene a la cabeza sobre ciertos ambientes, el tipo aquel escondido en el piso de posguerra. Son relatos de posguerra civil, un género quizá no tan explotado, pero muy interesante. Fueron los años del miedo, de la calma ganada al hierro, de maquis aplacados a fuego. Quien los vivió (no precisamente, con cariño, la Esther Tusquets de “Habíamos ganado la guerra”) sabía que su vida corría peligro, por sus relaciones con tal bando. Fue una guerra silenciosa, entonces. Tengo ganas de ver la versión que ha hecho Cuerda. Me gustó “La lengua de las mariposas”, esta no tiene porqué ser floja.

  2. Paco Fuster

    ¡Hola a todos! Intervengo de momento con un comentario breve para constatar simplemente que, pese a la crisis, sigo vivo todavía y con ganas de empezar el curso. Me alegro mucho de ver que seguimos los de siempre (un abrazo a todos) que y se ha incorporado gente nueva (un saludo para Berta).

    Sobre el post de hoy poco puedo decir: no he leído el libro de Méndez y tampoco he visto la película. Eso sí, estoy totalmente de acuerdo con Justo: por una parte me sorprende que Garzón reclame justicia ahora (pensaba que después del debate sobre la memoria histórica tendríamos unos años más tranquilos), pero por otra comprendo perfectamente a los afectados. No sé si aportará mucho a la comprensión de la película, pero pongo un enlace que he visto hoy a una entrevista (en formato video) al director y a la protagonista de “Los girasoles ciegos”:
    http://www.elboomeran.com/video/94/los-girasoles-ciegos/

    Sobre las reseñas, dos cosas. Agradecer -por supuesto- el enlace a mi reseña sobre “Paseos por Londres” (recomiendo a todos este libro porque es muy interesante, no sé si mi reseña habrá logrado transmitir ese interés) y decir que he leído la reseña sobre “El bolso de Ana Karenina” y me ha provocado interés en el libro. Por lo que he leído en la reseña, el formato del libro (breves perfiles biográficos de mujeres muy distintas) es muy parecido a uno que leí de Rosa Montero -“Historias de mujeres”- y me gustó mucho. Dice Anna Caballé en la notícia de ABC enlazada en la reseña, que es un libro “de piscina”, por ese formato liviano que facilita la lectura interrumpida y espaciada. Yo anadiría que es “de tren”. Yo el de R.Montero lo leí así. Cada día leía un breve capítulo en el trayecto de mi casa a Valencia. Lo que no entiendo mucho del libro es el título. Supongo que tendrá su explicación, pero sin saberla, no lo veo acertado para un libro que intenta comprender 47 vidas diferentes.

    De todas formas, de la reseña de Justo me ha gustado sobre todo y especialmente el primer párrafo. Estoy totalmente de acuerdo con la afirmación: “El mayor goce lector es el que se da sin previo aviso, aquel que llega sin haberlo sospechado: el que nos procura el libro del que no sabemos nada”. Eso mismo me ha sucedido a mi este verano con algunos libros y artículos que he degustado, en concreto con un artículo que he leído no menos de diez veces. Estoy de acuerdo con todo el párrafo, con el proceso de empezar un libro pendiente de encontrar un pasaje concreto que ya conoces, para leerlo en su contexto y ver si es el típico pasaje llamativo de contraportada, o si -como sucede con los buenos libros- es un ejemplo más de los muchos momentos brillantes del texto.

  3. Pavlova

    No están poniendo nada bien la película. Los fragmentos que he visto no me gustan nada, pero tengo que verla. Es un libro magnífico y especial, sobre todo especial y me gusta mucho el delirante Cuerda; no la lengua de las mariposas (salvo fragmentos muy específicos) sí Amanece que no es poco, que me deslumbró absolutamente. Veremos.

    No entiendo ni comparto la distancia de Muñoz Molina en su artículo, pero me ha emocionado muchísimo la cita que hace de dos autores a los que conozco, admiro y quiero: Juan Eduardo Zúñiga y su Largo noviembre en Madrid y Juan Iturralde y Días de llamas. Pero no es bastante; no es casi nada y, aunque nadie mío fuera asesinado en aquel tiempo, la represión entre los míos sí fue bestial. Queda mucho dolor, mucho sentimiento de injusticia y de que la transición se hizo, una vez más, gracias a la renuncia de los mismos de siempre y no acabamos, no se acabará nunca mientras sigamos mareando la perdiz; por eso, la acción de Baltasar Garzón me parece ejemplar, como siempre. Es alguien que me resulta profundamente antipático y a quien admiro igual de profundamente. Acabemos de una vez. Que localicen todas las fosas, que se den los restos a los deudos y acabará la historia. No se pide nada más, aunque ayer leí algo en El País que me conmovió: “Garzón podría llegar a concluir que el general Franco y su régimen, tanto durante la Guerra Civil como en la posguerra, cometieron crímenes contra la Humanidad”. Eso sí que sería magnífico; eso es lo que se ha hecho en todos los países que han tenido un régimen como el nuestro (ninguno tan largo); eso sí ayudaría a cerrar las heridas porque taparía la boca, al menos un poquito, a los que siguen insistiendo en que barbaridades se hicieron en ambos bandos y en que no se puede negar que Franco hizo cosas buenas. En Alemania, hacer apología del Hitler puede llevarte a la cárcel. Aquí, retirar una estatua del genocida resulta una labor de titanes. En fin, esperemos. Qué más da un poco más. Llevamos esperando la vida entera. Morirán los maridos, las mujeres, los hijos, padres y hermanos de los asesinados, pero, los que no vivimos aquello, pero sí el dolor de quienes amamos, continuamos aquí, esperando, aguantando la afrenta que supone la acusación de que queremos abrir heridas. Aquí no hay más herida que la nuestra y está abierta; lo que queremos es cerrarla, que nos dejen llorar a nuestros muertos sin sentirnos culpables. No hacemos daño a nadie ni pretendemos nada más que tener, al fin, lo que todo el mundo tiene. Hay que pasar el duelo y no nos han dejado. Benditos sean el juez Garzón y sus “salidas de tono”. Ya va siendo hora, a ver si es posible. No sé de que tienen tanto miedo.

  4. Miguel Veyrat

    Gran entrada, Justo, “in bellezza” y “con motto”. No he visto la película, y quizás no la vea por los cortes que ya he visto y la fragmentación a que está reducida. Me quedaré con el impacto que me produjo el libro en su día.
    Gracias por anunciar la legada de la historia de Alvah, que recupera aquel “no pasarán” colectivo y ya injustamente olvidado que dieron los intelectuales y artistas americanos en su día antes de convertirse en brujas que cazar y lapidar. Y un magífico ejemplo moral de lo que significa “implicarse”. Algo que también hemos olvidado en este país tan “centrado” últimamente.
    Y así, bendita aunque tardía la iniciativa de Garzón, de quien Eduardo Laporte decía en su blog hace unos días que por fin había leído a Juan Gelman… Lo importante es, por supuesto, que por fin se haya enterado de que antes de curar y vengar las tragedias chilenas y argentinas, es preciso arremangarse y ponerse a trabajar sonre las heridas que aquí laten todavía sin cerrar.

  5. jserna

    Pues sí. Es deliberado, “Paco”. Pongo a Franco con cámara, a bordo del Azor, indolente, estival y marinero, descansando de sus trabajos y sus días, de su atareadísima agenda de Jefe de Estado. ¿O no? El Teniente General Francisco Franco Salgado-Araujo deploraba el poco trabajo del Caudillo, su predilección ociosa. ¿Recuerdan aquellas páginas de ‘Mis conversaciones privadas con Franco’. Sigue siendo el mejor libro sobre el franquismo, sobre su naturaleza, sobre su psicología, sobre su desarrollo, sobre la agonía que ya se presumía en 1971…

  6. Julia Puig

    Buenos días, a todos. Me alegro de volver a leer no sólo las reflexiones de Justo sino también de volver a recuperar la escritura de Miguel Veyrat, Pavlova, Paco Fuster, Eduardo Laporte…,bienvenida Berta. Es para mí un lujo leerles.

    Leí en su día los Girasoles Ciegos, me encantó. No he visto la película. ¿Hablar de memoria? Mi abuelo está enterrado en una de esas fosas perdidas, ¿dolor?, siempre. Su memoria quedará siempre en la familia. Fue un hombre de la cultura, del teatro y activo político de su época. Hace tan sólo unos días nos llamaron de un periódico de Valencia para realizarnos una entrevista; su objetivo: conseguir una fotografía junto a una persona de avanzada edad que participó en el bando contrario. La simplista intencionalidad del periódico era sencillamente demostrar “que no existen rencores en las generaciones actuales”. Pueden imaginarse nuestra reacción, quizás, también simplista. Bueno…

    Es posible que, como dice Hobsbawm, para la Historia reciente deba existir “un tiempo de frontera entre la Historia y la memoria”, para luego reconstruir la Historia. Pero no debemos olvidar que la memoria puede ser deleble y que ésta es sólo fruto del recuerdo sometido al abismo del tiempo. Creo que sólo a través de la investigación histórica podemos llegar a la realidad palpable de una época; para ello, sólo hay que extraer de las fuentes la verdad de un acontecimiento y, luego, transmitirla correctamente. Estoy un poco cansada de los injertos políticos y las manipulaciones sobre el tema.

    Mi lectura reciente ha sido el premio Azorín “Pólvora negra” de Montero Glez.

  7. jserna

    Muchas gracias, Miguel.

    Bievenida, Julia. Tremenda la simpleza con que pueden obrar los periodistas incultos y apresurados: fuerzan la realidad, fabrican la noticia y dan sentido a lo que ellos mismos crean. Decía Fernando Pessoa –seguimos con él– que para que un hombre pueda ser distintiva y absolutamente moral, tiene que ser un poco estúpido, y para que un hombre pueda ser absolutamente intelectual, tiene que ser un poco inmoral. A los periodistas ignaros les faltan ambas cualidades.

  8. Miguel Veyrat

    Gracias por recuperar la palabra “ignaro”, sobre todo aplicada a mis antiguos compañeros periodistas, sobre todo a quienes hasta ahora llamaba simplemente impostores y son capaces del planteamiento que denuncia nuestra querida Julia Puig, de cuyo abuelo sé también algunas cosas. A propósito, “ignaro” encantaría a Kant, perdido aún entre las brumas de Latveria, supongo, ¿o entre los vapores del Courvoisier?

  9. jserna

    Miguel, poco a poco se van incorporando –o añadiendo– lectores y amigos. Por ejemplo, Paco Fuster (un saludo). A Kant habrá que arrancarlo de su retiro de Corona. Tiene algo de cenobita. Siendo un caballero antiguo, cortés y atento, a veces le da el pronto misántropo.

  10. Miguel Veyrat

    Ya, no quisiera provocarle, pero la opinión del sabio y venerable Kant acerca de Macarthy y el macartismo contemporáneo nos sería indispensable en nuestro actual contexto.

  11. jserna

    ¿Demasiado largo? ¿Incomprensible? Uf, por un momento temí que este post pudiera ser taquigráfico y evidente.

  12. Kant

    Bienhallados sean todos ustedes, amables contertulios. De nuevo con ustedes. Lamento no haber estado en el momento de la inauguración de la nueva temporada pero dos motivos de peso me lo impidieron. Si me lo permiten, les informo de ello (a quien no le interese puede pasar, si le place, al párrafo siguiente). El primero obedece al propósito que llevé a cabo entre finales de julio y finales de agosto y sus funestas consecuencias para mi cuerpo. Creo que el sr. Paco Vila ya les informó de mi interés por hacer la ruta Corona-Kiel-Kiev-Corona. Un homérico periplo en moto por Alemania y Ucrania que, una vez concluido, con mi edad e inconsciencia, me obligó a un imprescindible reposo. Mis lumbares ya no son lo que fueron. El segundo tal vez fuera consecuencia del primero por lo obligado del descanso, quietud, soledad o, como sugiere don Justo, consubstancial en los individuos como yo. Retirado, pues, a mi cenobio, me descubrí paseando por sus amplias estancias envuelto en los efluvios de la misantropía – tal como me delataba acertadamente el sr. Serna – en todo caso y sin exceso, sólo acompañado – como muy bien adivinaba el sr. don Miguel Veyrat – del sabor del armagnac en mi paladar. Finalmente, hace un rato, puse en marcha mi ordenador y entré para ver cómo les iba la cosa. Veo que bien. Me alegro. Espero que hayan pasado uds. unas vacaciones reconfortantes.

    Don Miguel, mucho espera de mí y mucho me demanda. Prefiero, si a ud. no le molesta, lanzar alguna de las ideas que me sugiere el texto de don Justo y, tal vez, con ellas, sumadas a otras intervenciones previas en la misma línea, podamos encontrar algo referido a la materia por la que me pregunta.

    El tema de la recuperación de los cuerpos de los asesinados por el franquismo, motor primero del “post” al vincular la obra de don Alberto Méndez con la última iniciativa de don Baltasar Garzón (que no es, en absoluto, santo de mi devoción, vaya por delante ello), me exige un posicionamiento inequívoco, hasta radical, con el tema: ¡ya era hora! Y lo era por dos motivos, uno, por cerrar las heridas abiertas (¿quién es el estulto que habla de “reabrir”? En España, sólo unos cuantos, los menos, las cerraron y otros, los más, se quedaron con ellas abiertas). Y dos, por aplicar la sabiduría popular al caso para descubrir al felón por el principio de “quien se pica, ajos come”. Era realmente irritante aguantar a toda la caterva de fascistas cotidianos, cripto franquistas, reaccionarios de toda grey e involucionistas contenidos, revestidos de “liberales”, remojados de “demócratas” y presentados a la sociedad como algo diferente a los asesinos que acabaron con el anterior régimen democrático “manu militari”. No ha hecho falta señalarlos con el dedo, ellos mismos se han delatado con su oposición, frontal o soslayada, a la medida. Lo dicho, ya era hora.

    En Italia, como en España, se jugó al olvido, al perdón, al pasar página… Y ya ven uds qué par de perlas nos ha dejado el alcalde de Roma y el ministro de Justicia italianos en estos últimos quince días: la vindicación del ejército de Mussolini… ¡cuando combatía contra las fuerzas italianas democráticas, tras 1943! Pasar página, perdonar, olvidar… se hace cuando la Equidad y la Concordia presiden los actos. Y ni en la Italia postfascista ni en la España postfranquista, ambas Diosas, impusieron su presencia. A corto plazo, demócratas bienintencionados y carcas gatopardianos, dicen enterrar el pasado cuando lo único que hacen es sembrar vientos y, a largo plazo, ya sabemos que sólo se pueden recoger tormentas.

    Reflexionemos pues sobre este ambiente de los que no creen prioritario recuperar cadáveres – o sea, contabilizar muertos y contrastar la cifra con la de los habidos, recuperados y contabilizados en el bando traidor y que constan en la Causa General – de los que “no quieren reabrir”, de los que encuentran otras prioridades “en el futuro”… Creo que ahí está nuestro pequeño, provinciano, ruin y cruel macarthismo, tan lerdo que es capaz de delatarse ante la sociedad sin ni siquiera darse cuenta que lo hace.

    Por cierto, me pasa como a don Pedro ¿cuándo se estrena el corto? ¿o ya se estrenó y me lo perdí?

  13. Berta Chulvi

    Buenas noches y gracias por las bienvenidas. Del post lo único que objetar es la letra tan pequeña. ¡Justo me siento miope y vieja, frunciendo el ceño y alejando el portatil! Más allá de esa menudencia: magnífico el post y fantástico el debate.

    Totalmente de acuerdo con Pavlova. Y dire más: creci en los 80. Es decir, soy fruto de la generación que fue víctima de la desmemoria histórica y creo que las consecuencias intelectuales y políticas de ese olvido colectivo que fue la transición han sido gravísimas. O sino…díganme: ¿Cuál es el campo abonado en el que ha crecido el desinterés por la política?

    Recuerdo ahora una entrevista con Pedro Ruiz, no el humorista sino el que fuera rector de la Universitat. En el viejo claustro de la nave me explicó (soy periodista) como entre el desinterés por la política que muestran nuestro jóvenes es la herencia directa de la creencia que sembró la dictadura sobre la maldad de la política. El eslabón de esa cadena es el ejercicio de olvido masivo que impuso la transición. Me pasa como a Pavlova: el rechazo que me genera Garzón es tan profundo como el respeto que me despiertan sus acciones. No sé si ha llegado la hora de restituir a las víctimas ¿Cabe restitución? No lo creo. Nadie ni nada sustituye a un padre, hermano o marido. Pero si ha llegado la hora del aprendizaje colectivo que debió haberse producido, al menos, en la década en la que yo crecí. Mentras las heridas se taponen con el olvido pragmático, quedarán ahogados nuestro sueño de vivir y ver crecer a nuestros hijos en una sociedad plenamente democrática.

  14. Pavlova

    Bienvenida, Berta. Yo no la había saludado, perdóneme, llevo unos días un poco desbaratada, atontada, quejumbrosa.

    “Nadie ni nada sustituye a un padre, hermano o marido.”

    No Berta, no, nada ni nadie puede sustituirlos. Tampoco nada podrá cerrar la herida de los que, sin perder a nuestro padre, crecimos junto a él aterrado, escondido, machacado y con ese sentimiento de ser especiales, con la extraña dualidad de que lo que era hermoso en casa, en la calle le podía costar la libertad o la vida a tu padre. A nosotros, a los niños del miedo y la mentira, sólo nos va a consolar que los otros puedan llevarles flores a los suyos, a los que tuvieron aún peor suerte ¿o no?

    Ese ambiente claustrofóbico, aterrado, del último relato de Los girasoles ciegos, nos conmueve hasta lo más hondo porque, de un modo u otro, lo hemos vivido todos y de modo más sutil, más refinado y menos entendible para esas gentes de las que nos habla a las que han enseñado el rechazo a la política. En mi casa, mi madre, cosía a máquina para ayudar a la mísera economía familiar, pero los domingos no y había que explicar a la niña asombrada que “los de fuera” consideraban pecado coser los domingos y si se hacía algo que “los de fuera” consideraban pecado era que uno era rojo “y pueden denunciarnos y papá iría a la cárcel”. ¿Qué restitución hay a esa sensación, a esa forma de vida? No hay ninguna posible, ni yo quiero vivir recordando aquello. La vida está hacia delante, pero que no lo nieguen, que vivan con ello como nosotros hemos vivido con lo nuestro, que no pretendan robarnos también, ignorando o negando, la realidad de nuestro dolor, de nuestro miedo y nuestros muertos. Se delatan. Tiene razón Kant, se delatan. No tienen el valor de afrontar su responsabilidad, la que han hecho suya encubriendo, justificando, minimizando los hechos de sus antecesores.

    A veces pienso que los que perdieron aquella guerra y los que les sucedemos somos afortunados porque conservamos intacta nuestra dignidad.

  15. Angel Duarte

    El post, espléndido. Los comentarios, muy lanzados.
    Por una vez estuve de acuerdo con Muñoz Molina, en lo esencial (de hecho, me suele pasar excepto cuando escribe de toros y/o se le escapa ese decir clericalote y empalagoso). La del silencio es una falsedad que por más que se rebata continuará siendo operativa. Tenemos que creer, para quedarnos tranquilos, que durante la transición fuimos engañados. Bueno, vale. Cada uno se consuela como puede, pero por mi parte insistiré: los límites o déficits de la transición fueron otros, no el del silencio cómplice o mendaz sobre nuestro pasado.
    Ni he leído el libro, ni he visto la película. Todo se andará. Y, finalmente, respecto de las fosas: el conocimiento de lugares, hechos, nombres… a mí no me parece nada mal, al contrario, siempre que sea por iniciativa de las familias o de las amistades. Las causas generales siempre me han producido aversión. Y, el uso del tema para reabrir la casuística de las dos Españas, me parece lamentable. Debo ser un criptofascista. Lo siento.

  16. jserna

    Gracias Àngel y gracias a los críticos. Faltaría más. Kant, como siempre, es un razonador sutil con quien hay que discrepar. Relean lo dicho por nuestro Ilustrado particular. Yo, que soy tan moderado, no puedo dejar de hacerlo: de releerlo y de discrepar, ya digo.

    Pero no era de eso de lo que quería hablarles. Me anuncia Oriol Porta en correo particular que ‘Hollywood contra Franco’ (no es un corto: es un largometraje) se presenta en el próximo Festival de Valladolid estando previsto su estreno para finales de año. Ya les avisaré.

    A las 14 horas, nuevo post (salvo que ustedes me digan lo contrario).

  17. Kant

    No le diré lo contrario, don Justo, sólo remacho lo que apostilla: discrépeseme. Pero con argumentos. Si los hay. Reconocimientos huecos de evidentes perversiones pueden satisfacer a quien los emite pero, desde luego, no aportan justificación alguna a su postura.

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