0. El pasado y el recuerdo. La escena la hemos visto muchas veces. En la vida real, en el cine, en las novelas. Alguien achacoso, por ejemplo un anciano que conserva la lucidez, parece estar dispuesto a hablar; se acomoda y comienza a contar a su nietecito lo que ha sido el pasado, su pasado. Son, por supuesto, las batallitas del abuelo, sí: las guerras en las que luchó o sobrevivió milagrosamente, las penurias a las que se sobrepuso con tenacidad, las estrecheces que pudo soportar. Es la memoria como fuente de identidad, ese relato que ordena el caos de la existencia y que hace congruentes los hechos que se han vivido o que creen haberse vivido. El anciano se explaya y sólo desea que se le escuche. Habla de su propia experiencia, de la vida, del amor y de la amistad, de lo que era el miedo y la esperanza. Habla de su siglo. Cuando cuenta hace memoria, ya digo, y obra como protagonista que fue de los hechos o, al menos, como testigo. Vio, observó y ahora rememora aquello. ¿Qué hay de cierto y de verificable y de documentable en lo que cuenta? Él testimonia y, salvo que incumpla el pacto con el oyente –con su nieto, por ejemplo–, no cuenta embustes. Narra los hechos, los personales y aquellos otros en los que no participó pero que eran la circunstancia histórica. Inserta, pues, su vida en un contexto más amplio.
Conforme digo esto estoy rememorando una escena que tuvo lugar hace cuarenta años. Sentados a la mesa camilla, con el ruido de fondo de su aparato de radio, un artefacto gigantesco, mi abuelo me cuenta sus batallas, en efecto. Me relata su estancia en África, en aquella guerra de Marruecos de la que salió exhausto y hambriento, me cuenta su siglo. No creo que me mienta: creo, sin más, que recuerda lo que puede, lo que él vio y lo que la vejez le deja rememorar. Estoy seguro de que embellece sus hazañas personales, esas gestas guerreras que me detalla, pero estoy seguro, también, de que no cree hacerlo, de que cree ser fiel a los hechos. Él como tantos otros ancianos recuerda un recuerdo. O, como decía, el narrador de Soldados de Salamina, «lo que acaso me contarían que ocurrió no sería lo que de verdad ocurrió y ni siquiera lo que recordaban que ocurrió, sino sólo lo que recordaban haber contado otras veces». ¿Dónde está el pasado, ese pasado del que mi abuelo sólo recordaba lo que había contado otras veces?
Es un tiempo inerte, desaparecido, irreproducible. En las viejas series televisivas, a los jovencitos se nos hacía soñar con El Tunel del Tiempo , aquella emisión en la que soñábamos con desplazamientos históricos, con felices o angustiosos anacronismos, con intervenciones providenciales que cambiaban el curso de las cosas. Insisto: el pasado es algo inerte, algo fatal, algo que no puedes reproducir. Pero quedan vestigios, unos pocos restos de unas acciones que emprendieron nuestros mayores. O nuestros antepasados remotos. Quedan huellas pretéritas, incluso materiales, que se rememoran con un sentido actual, no siempre coincidente con el que tuvieron.
1. Acabo de leer Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster. Y acabo de escribir una reseña para Ojos de Papel. En esta novela, su protagonista, un tal August Brill, dedica páginas y páginas a relatar su vida joven. ¿A quién se la cuenta? A su nieta. Ambos están en la cama: él padece un insomnio pertinaz, razón por la cual se dedica a contarse ficciones. Las noches son para eso: para narrarse historias no sucedidas. Hoy, por el contrario, es el pasado personal lo que va a relatar: se lo cuenta a su joven nieta, que lo interroga, que lo interpela, que quiere saber más. Quiere averiguar lo que fue la juventud en los años cincuenta y sesenta, lo que fue la rebeldía y la sumisión. Pero sobre todo lo que quiere compartir es el dolor de la muerte: su joven compañero ha muerto en Irak: como también ha muerto Sonia, la esposa de Brill. Son dos viudos tumbados, dos parientes que se acogen y que se cuidan, que se cuentan. Esperan aliviar el dolor silencioso que ambos tienen. Pero sobre todo esperan mitigar el escándalo de unas muertes siempre tempranas e indescifrables. La circunstancia novelesca es un expediente que a Paul Auster le sirve para narrar la pequeña historia de la generación de posguerra: esos años de contracultura y de lucha por los derechos civiles. Resulta algo inverosímil la situación: la de la cama, me refiero. Pero no es impensable, desde luego. Un anciano relatando su pasado que, a la postre, es su pasado; una nieta ya baqueteada por la vida.
Algunas de las palabras que se dicen tienen un sesgo tópico: es como si las hubiéramos oído mil veces, como las hubiésemos leído miles de veces. El abuelo es un crítico literario ya retirado: ha leído mucho y, seguramente, se le han pegado los modos y maneras de los personajes de ficción. Habla como un personaje de ficción, incluso como un tipo de folletín que se sabe inserto en esa historia. «Empecé a parecer un personaje de novela del siglo diecinueve: matrimonio inquebrantable en su baúl, estimulante querida en otro, y yo, el gran ilusionista, plantado entre los dos, con la astucia y la habilidad de no abrirlos nunca al mismo tiempo», le confiesa a su nieta. El baúl también es una imagen muy previsible. Aún lo es si con ella nos referimos al pasado: un arcón en el que se guardan cosas que ya no se usan y que ahora descubrimos para el nieto sorprendido. Esas objetos guardados son metáfora de la vida y de la memoria. Ya digo: algo tópico y, a la vez, conmovedor.
2. El siglo XX explicado a los jóvenes. Digo «abuelo relatando el pasado a los nietos» y pienso inmediatamente en El siglo XX explicado a los jóvenes, del historiador francés Marc Ferro, que acabo de leer. El anciano le cuenta a su nieto de diecisiete años la pasada centuria. ¿Y cómo lo hace? ¿Obra como historiador u obra como abuelo? La verdad es que el volumen me ha decepcionado: me ha decepcionado pensando en los jóvenes, en muchachos de dieciocho años, por ejemplo, que es la edad común de quienes acuden a las clases de Historia del mundo actual (materia que imparto en la licenciatura de Periodismo). Aparentemente está concebido a partir de las preguntas del nieto. En realidad no hay diálogo alguno. El presunto nieto formula cuestiones muy generales que el autor aprovecha para responder en cinco o seis páginas sin interrupción alguna. No es un diálogo mayéutico, desde luego: no presupone inquietud en el joven, sino un saber que está en el anciano y que entregaría a manos llenas. Por eso lo que leemos son larguísimas exposiciones inducidas por preguntas de pega. Es decir, auténticos monólogos sin interlocución. El recurso del nieto podría habérselo ahorrado el autor, desde luego. Hay un cierto desorden, un desorden que estaría justificado si de verdad fuera fruto del diálogo; y hay una exposición llena de supuestos, de datos sobre los que no se informa y que difícilmente conocerá o entenderá un joven de diciesiete años. Ni siquiera el glosario y la cronología finales ayudan.
Tomemos, por ejemplo, 1914, una fecha sobre la que Marc Ferro es especialista. Leamos. «1914: Comienzo de la Gran Guerra (Primera Guerra Mundial). Asesinato en Sarajevo del archiduque Fernando de Austria, heredero al trono austríaco. Economía de guerra (hasta 1919). Estados Unidos se convierte en prestamista de países europeos. Incorporación de la mujer al mundo laboral». Punto. Por favor, lean otra vez lo entrecomillado. O es un repertorio de tópicos a los que les falta hondura o es un elenco de evidencias supuestas que no llegan en 1914. No se puede equiparar el dato concreto que sucede a fecha fija y el proceso social que necesita un siglo verdaderamente. La mujer –dicho así– necesitará todo el siglo para incorporarse de veras al mundo laboral. Por eso, un joven que lea la última frase de esa entrada cronológica puede muy bien pensar que la generación de su bisabuela ya trabajaba…
Pero no sólo hay desorden en el librito de Ferro: hay respuestas muy perezosas que parecen un copypaste de entradas enciclopédicas y de frases mil veces repetidas. En fin. Lo más interesante y discutible de este pequeño volumen figura al final del recorrido, justo cuando el nietecito le pregunta: «Se creía que el siglo XX iba a ser el siglo del progreso: ¿de dónde venía esa ilusión?» Desde luego resulta muy extraña esa pregunta pronunciada así por un joven de diecisiete años. O bien el muchacho plantea de ese modo la cuestión porque tiene numerosas lecturas: pero entonces es raro que un interlocutor documentado calle durante seis páginas. O bien el joven formula la pregunta de esa manera porque se convierte en portavoz de un tópico del que no sabe más: por eso enmudece ante el abuelo sabio que repite respuestas: enciclopédicas («las repercusiones de la mundizalización y de la uniformización de la producción y del consumo han tomado el relevo a las guerras mundiales, a las revoluciones y a la lucha de los pueblos colonizados por su independencia») o triviales («el miedo al futuro ha tomado el relevo de la esperanza en el progreso. ¿No será porque los progresos de la ciencia y de la técnica parecen no tener ya sentido?»).
Ah.
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Lecturas y más lecturas:
1. Novelistas: Paul Auster en Ojos de Papel
2. Historiadores: Eric J. Hobsbawm en Clionauta

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