A qué nos lleva el futuro

bladerunnerapartamentosbradbury0. Apartamentos Bradbury. Leo un artículo de Juan Planas sobre el futuro, sobre lo que el devenir era para nosotros: por ejemplo, para aquellos que éramos niños en los sesenta. Yo creía haber llegado tarde a la edad dorada de la ciencia-ficción, esa década de producciones cinematográficas (1950-1960), que analizó Javier Memba. Como decía un personaje de Manuel Vázquez Montalbán (Tres novelas ejemplares), “he nacido tarde, simplemente. Cuando yo nací había acabado la aventura, el derecho y el deber de la aventura”. Fíjense: según ese dictamen habrían acabado la aventura y, también, la recreación de la aventura por el cine.  Me irritaba esa conclusión culturalista de Vázquez Montalbán: era de uno de sus personajes, sí; pero era también un juicio habitual en el escritor. Quizá, por eso, el capítulo que le dedico en Héroes alfabéticos es el menos complaciente… No sé.

A finales de los años sesenta, el futuro aún podíamos vivirlo… Por esas fechas, pensar en el 2000 nos daba vértigo. Los muchachos nos creíamos transportados a un mundo de ensueño: aquel futuro era “un decorado más o menos ingenuo, un lienzo sicodélico de robots domésticos y viajes interestelares”, añade Planas. Leo eso y, claro, pienso inmediatamente en 2001 (1968), la película de Stanley Kubrick, que aquí ya comentamos en un post titulado, precisamente, Nostalgia del futuro. El futuro era un sitio aseado, de superficies planas y tacto metálico, de plásticos duraderos y silencios agudos. No había polvo ni inmundicias: tampoco pasiones ni multitudes. Solos, en el espacio, con nutrición artificial, sin sexo diario, jugando una inacabable partida de damas o de ajedrez, teniendo por rival a  una computadora omnisciente, que así se llamaban: computadoras. Pero, en un determinado momento, ese ordenador frío, calculador y servicial dejaba de ser aparato ancilar para convertirse en un humano más, en un tipo engreído y emocional, con el amor propio alterado. A partir de ese instante, el futuro era ya imprevisible. Para algunos, quizá era el nacimiento de un hombre nuevo, incluso de un superhombre. Para otros muchos, era la ruina misma de la existencia.

Una vez fuimos creciendo, ese devenir empeoró. En parte se hizo pesadilla y “el futuro empezó a perder, poco a poco, su rostro amable y a mostrar sus fisuras descarnadas, a confundirse con la claustrofobia, con los libros ardiendo en las hogueras, con la soledad y la asfixia de un planeta arrasado por el hombre y el hambre, por la locura y el vértigo”, dice Juan Planas. Eran las contrautopías del Novecientos, claro, aquellas obras que nos aturdieron en la adolescencia:  las novelas de Aldous Huxley, de George Orwell, de Ray Bradbury. Pero eran también las películas de Ridley Scott: aquel Alien (1979) fundador y aquel Blade Runner (1982) del que tantas versiones acabamos viendo. El futuro siempre era nocturno y húmedo, con lluvias contaminadas y bíblicas que formaban charcos inmundos: un porvenir de rascacielos desahuciados, con aparatos averiados y humanoides amenazantes. Goteras perpetuas, gases que escapan, fisuras o grietas de un mundo arruinado, aguas mefíticas que no pueden achicarse. Eso era el futuro a comienzos de los ochenta: como vivir en los Apartamentos Bradbury.

Continuará en otro post.

5 comments

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  1. Juan Planas

    Gracias por releerme. No resulta fácil conjugar mis intereses personales o literarios con la realidad vertical y estrecha de una columna… pero persevero;-)

    Por lo demás, siempre regreso a esa cancioncilla, daisy, daisy. ¿Nostalgia del futuro? Sí. Y consciencia del presente, también.

  2. jserna

    ¡Por los clavos de Cristo! No me agradezca la lectura de sus escritos. La vida del columnista es estrecha y vertical, sí. Ahora mismo, precisamente, empiezo a escribir mi columna para El País…

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