Uno. Según las estadísticas que figuran en la parte derecha de su pantalla, este blog ha recibido más de 50 mil visitas desde que lo refundamos en wordpress el 25 mayo de este mismo año. El administrador interno dice: «solo un apunte: no contamos tus propias visitas a tu blog». Esto es, que no me cuenta: que no me tiene en cuenta cuando visito la bitácora. 50 mil visitas…, ¿son pocas o son muchas? ¿Y para qué sirve saber ese número? ¿Para venderme al mejor postor? «Con la que está cayendo, con los atentados, con las explosiones de gas, con los papeles de Guantánamo, ¿esto es todo lo que tienes que comentar?», me dirá mi crítico. Mi crítico soy yo mismo, claro. Y le daré la razón: la verdad es que esta precisión estadística no tiene la menor importancia. Pero me detengo en este número porque no sé si tiene algún sentido y porque es quizá el cómputo de un esfuerzo. De momento lo dejo aquí. Seguiré cuando esté más fresco. Añadiré uno tras otro…
Dos. Me pregunto qué tipo de blog he creado para que un personaje que dice llamarse «Kant» anide en este espacio. No puedo revelarles el nombre y, por tanto, estoy en inferioridad de condiciones. Tampoco puedo proporcionarles el correo electrónico. Podría hacerlo si quisiera vengarme: así llenarían su bandeja de entrada de mails insolentes. Él se sirve de un nick prestigioso para alancear a sus adversarios. «Kant». ¿Kant? ¿Imaginan ustedes mayor temeridad? ¿Compararse con un príncipe del pensamiento? Maltrata a sus cercanos, no sólo a sus contendientes. También fustiga a los que dicen ser amigos con su verbo altivo y ufano. ¡Si yo les contara las décadas de desdén que he debido soportar! ¿Qué me da para que yo soporte el trato que me inflige? Soy un ser necesitado de cariño, dice mi crítico. Pero un individuo que precisa el cuidado y la atención no busca un tratamiento impostadamente aristocrático. La verdad es que no me entiendo. Tampoco comprendo por qué este presunto amigo escoge ese nick. Su pose es la de un aristócrata rezagado, sobrevenido, la de un noble anacrónico. No sé por qué pero me recuerda a un muerto latente, a Drácula, que sobrevive patéticamente a la Europa feudal que es su cuna. Por eso no acabo de entender por qué rotularse así: la conducta de «Kant» contradice el comportamiento de Immanuel Kant.
Tres. Hay un capítulo de La aventura del pensar dedicado a Kant. En esas páginas, Fernando Savater precisa datos bien conocidos, referencias sobre la vida del filósofo que hallamos en cualquier enciclopedia. El autor donostiarra, sin embargo, los dispone de manera estratégica para crear un efecto: el del pensamiento a pesar del ejercicio cotidiano; o precisamente por ello: por la circunstancia ordinaria. «Nunca se movió de su ciudad, donde llevó una vida rutinaria», nos recuerda Savater. «Se dice que los ciudadanos de Königsberg ponían su reloj en hora cuando veían pasar en su paseo diario al profesor Kant, el individuo de hábitos más fijos y ordenados que se pueda imaginar. Sin embargo, la obra que escribió es profundamente revolucionaria». Nunca he entendido cómo se puede discernir sin la rutina, sin la circunstancia ordinaria, precisamente. Cuando estás en riesgo o cuando no hay estabilidad, el pensamiento se obtura. Estar permanentemente en candelero impide el discernimiento. Ejercer el pensamiento sintiéndose acosado no es precisamente recomendable. Nuestro amigo «Kant» se ha visto acosado por los amigos, parece. Ha decidido seguir pensando: para ello ha preferido mantenerse en su rutina, sin los sobresaltos del blog. Allí, en su cenobio, dando cuerda a su viejo reloj, oyendo el tictac, aguardando las campanadas. Los demás seguiremos aquí: poniendo nuestro reloj en hora.

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