Javier Sahuquillo, El historiador entrevisto

Entrevista realizada por Javier Sahuquillo en el curso 2006-2007.


De todas las profesiones que pudo haber elegido, ¿Por qué eligió ser historiador? ¿Es algo innato?

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¿Innato? Hablar de innato en la elección de una carrera y en la dedicación profesional me parece un exceso, incluso aunque sólo lo planteemos como posibilidad. Hay en cada uno de nosotros ciertas inclinaciones, gustos o preferencias. Desde niño me gustó leer: tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales. Como mi padre, que lleva miles de libros leídos y fichados; como mi abuelo paterno, que devoraba un periódico cada día (El Debate), un abuelo al que sus vecinos llamaban Canalejas, por esa propensión a perorar con ciertas dotes intelectuales… Me recuerdo a los diez años leyendo las cubiertas de la prensa y de las revistas en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto? Hagamos un poco de psicoanálisis salvaje. Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que viene después de otro hijo… muerto. En la guerra, la muerte convierte en héroe al fiambre: en cambio, la supervivencia del soldado no es heroica. Véase, por ejemplo, Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood: los supervivientes arrastran un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió tu compañero? ¿Por qué sobreviviste tú? Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un mundo que juzgas peligroso y hostil, y del que no te puedes fiar. Ese sentimiento suspicaz me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué? Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Para mí, la historia es saber de qué va esto, cuál es el origen del presente que tengo: un presente que, por un lado, me acoge y, por otro. me hostiga.

Dentro de su obra tiene una parte dedicada a la microhistoria, para los no versados en este tema ¿Qué es exactamente la microhistoria?

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La microhistoria no es la historia pequeña ni la investigación de vuelo gallináceo. La realidad histórica no se resume en gestas titánicas que dejan huella definitiva y heroica. Lo habitual, lo ordinario, es la epopeya cotidiana: sobrevivir en contextos siempre hostiles o limitados o insuficientes. Los seres humanos emprenden acciones y a esos actos realizados les dan un significado. Dichos hechos se dan en contexto, esto es, se enmarcan en una circunstancia histórica particular en la que hay espectadores que aprueban o desaprueban, que interpretan. Los hechos son infinitos y sus efectos son infinitesimales, pero esas acciones no son irrelevantes para quienes las emprenden. Por lo general, cada acto es una reanudación de un empeño humano: cada vez que actuamos repetimos acciones antiguas, persistentes, inacabadas, o intentamos hacer algo distinto ante problemas que perduran. Hacer algo o interpretarlo es dar significado.

La microhistoria examina a los individuos del pasado: cómo otorgaban sentido a lo que hacían, cómo tipificaban sus actos. Los seres humanos saben que cuando emprenden una acción no ejecutan un acto nuevo: intuyen o saben fehacientemente que ese acto ha sido intentado o repetido desde épocas anteriores. ¿Con qué sentido? ¿Con que finalidad? El microhistoriador pone en contexto esos actos humanos tratando de comprenderlos. Es la suya una empresa hermenéutica. Insisto: examina qué hacen los individuos, qué significado le dan a lo que hacen y qué contexto cultural es el que enmarca esa acción.

También tradujo con Anaclet Pons la obra de Carlo Ginzburg Il formaggio e i vermi: El formatge i els cucs. ¿Qué influencia tiene en usted la historiografía italiana?

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¿La historiografía italiana? Yo creo más bien que es la cultura italiana la que me inspira de manera especial, justamente porque no es hegemónica aunque resuma lo mejor de las tradiciones occidentales: el humanismo, el idealismo, el individualismo burgués, pero también el arte, la preocupación por el detalle, por la imagen y por su sentido. Si hay un autor de la cultura italiana que me ha influido especialmente, ése es Umberto Eco. Lo escribí y lo repito. Hace veintitantos años que apareció Il nome della rosa (1980), traducido poco tiempo después al castellano y a tantas y tantas lenguas. Lo leí en 1983. Me lo había recomendado un compañero de la mili, un tipo refinado y al que imaginaba cultísimo, aquel que se ocupaba de mantener abierta la escueta biblioteca de la sección en la que yo mismo servía al Rey. Mientras un servidor se ocupaba de archivar notas de prensa y de transmitir a los periódicos inverosímiles crónicas de juras de bandera y de renovación de juras, mi compañero leía y leía sin parar, en aquel cuartucho angosto en el que se agolpaban unos pocos volúmenes que nadie consultaba, informes militares del Ceseden, enciclopedias añosas y un maravilloso Pascual Madoz completo, un Diccionario. Yo conocía a Umberto Eco por haber consultado algunas de sus obras mientras acababa la carrera. Mis estudios no tenían nada que ver con la semiótica, pero el fenómeno de la comunicación me interesaba sobremanera… Cuando leí El nombre de la rosa, quedé simplemente anonadado. Se trataba, además, de una ficción que estaba en consonancia con el giro historiográfico que inspira Carlo Ginzburg con Il formaggio e i vermi. Pertenecen al mismo contexto y a la misma ciudad… La Bolonia de comienzos de los ochenta. Hacia 1988 yo estuve en aquella ciudad durante un curso académico tratando de absorber el espíritu de aquella Universidad, la misma en la que habían coincidido Ginzburg y Eco. La preocupación de ambos por la historia cultural, por la comunicación, por la semiótica y el arte, por el detalle observado e interpretado; la variedad de sus respectivos referentes académicos, de sus nutrientes intelectuales; la atención prestada al fenómeno de la lectura y de la recepción…, todo ello me interesó vivamente.

Sobre la Historia siempre se han dicho y escrito muchas cosas, llegándose incluso a poner en tela de juicio su cientificidad, pero si usted tuviera la no siempre fácil tarea de fabricar una definición diría que la Historia es…

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Yo no creo que la historia sea una ciencia, pero sostengo y defiendo la historia como disciplina, como un conocimiento que ha de ser riguroso, metódico, ordenado. En cierta ocasión me preguntaron si la historia era una ciencia exacta. ¡Exacta! ¿Una ciencia exacta? ¡Ni pensarlo! Es una disciplina sometida a reglas, rigurosa. O al menos aspira a serlo. Quiero decir: es un saber fruto de la investigación, desempeñado por profesionales, no por amateurs, un saber que a la postre tiene como principio la búsqueda de la verdad. Afirmar que puede ser una ciencia… exacta me parece una exageración.

Historia y Cultura han ido siempre ligadas, pero, ¿es la cultura un producto de la historia o la historia es un producto cultural?

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No creo que pueda responderle a esta pregunta. Hace unos años, Anaclet Pons y yo mismo publicamos un volumen dedicado a La historia cultural. La pregunta que usted me formula está básicamente respondida en el primer capítulo de ese libro.

Para Joan F. Mira en su libro Sobre ídols i tribus la cultura vendría a ocupar el espacio dejado por la religión cristiana en la Edad Moderna, pasando a convertirse en una nueva religión de masas financiada por el Estado con sus templos, sus ídolos, fetiches y rituales. ¿Hasta qué punto está de acuerdo usted con el Sr. Mira?

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No he leído dicho libro y, por tanto, no sé hasta qué punto estoy o no de acuerdo.

Además de historiador y profesor de la Universitat de València, colabora o ha colaborado con diversos periódicos ¿Le ha picado siempre el gusanillo periodístico?

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Desde pequeñito me gustaba estar informado, incluso de las cosas más triviales. Leía tebeos, pero también revistas del corazón y periódicos. Los leía superficialmente. Quiero decir: leía las cubiertas de la prensa que estaba colgada en el quiosco cercano a mi casa… Como antes le indicaba. Sigo haciéndolo: me informa todo lo que puedo y hasta la noticia-basura me interesa. Sin embargo, si usted me pregunta como historiador y como profesor, la respuesta es distinta. Lo que ahora hago es otra cosa: es expresarme en esa prensa asumiendo como historiador y como profesor una responsabilidad pública. Mis colegas no siempre se han tomado en serio esta tarea pedagógica…: la responsabilidad pública que tienen al crear opinión. El pasado sigue ejerciendo sobre nosotros una influencia determinante, nuestras imágenes de épocas anteriores siguen todavía afectando a nuestro comportamiento, a lo que somos en la actualidad. De hecho, los medios de comunicación o los políticos, entre otros, desentierran una y otra vez fenómenos de décadas atrás. Entonces, el historiador tiene una responsabilidad grave, gravísima, que no es otra que la de encauzar la opinión a propósito de ese pasado y, por tanto, la de evitar tópicos, estereotipos, falsedades. Desde este punto de vista, una manera bastante eficaz de intervenir en la creación de opinión, lógicamente, es a través de las tribunas, columnas de la prensa en donde, de algún modo, uno reflexiona públicamente y en voz alta sobre aspectos de la actualidad pero vistos desde una óptica histórica, desde un enfoque de historiador. De ese modo, se ponen en relación épocas distintas: intentamos ver los parentescos de significado que hay entre los hechos de pasado y los hechos actuales. Pero, atención, sin forzar las analogías.

Uno de los errores más graves en los que puede incurrir quien observa el pasado es el del anacronismo, la mezcla indebida de hechos o de fenómenos que no son del mismo contexto. Confundir datos, informaciones o procesos asimilándolos como si éstos fueran idénticos o pertenecieran a una misma época son licencias o deslices o traspiés que un historiador profesional no puede cometer. Establecer analogías históricas con cierta cautela es, sin embargo, un recurso frecuente de los profesionales. Hay semejanzas, qué duda cabe, entre actos del pasado y acciones del presente. Hay similitudes entre hechos de otro tiempo y acontecimientos de ahora. Bajo determinada perspectiva no hemos cambiado tanto: tropezamos con barreras parecidas y cometemos yerros análogos. Ahora bien, el historiador riguroso suele ser prudente, incluso receloso, con estas aproximaciones, pues para hallar la similitud entre hechos distantes es preciso saltarse los contextos, palabra de orden entre los investigadores.

Usted tiene un blog abierto, una bitácora que es una tribuna de opinión.¿Qué es lo más destacado de su experiencia como blogger?

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Tuve un blog a lo largo de 2005. Lo cerré. Ahora, desde mediados de 2006 tengo uno nuevo. El blog lo concibo como diario personal, que no íntimo y, como tal, en él se expresa un yo fracturado, un yo que se despliega casi todos los días en trozos cuya totalidad ignora. Insisto: quien escribe es un yo que no habla necesariamente de su intimidad, aunque reconstruya partes de su autobiografía. Tomo el blog como un laboratorio en el que ensayar esbozos de otras escrituras. O lo tomo también como una agenda pública en la que opinar sobre el mundo, en la que tomar apuntes valiéndome para ello de un pensamiento ordinario, según decía John Stuart Mill en su diario. Yo, que soy historiador, me tomo mi blog como el cuaderno de un cronista. El mejor cronista es como un buen historiador, como el histor de la Grecia clásica: el que ve y el que investiga porque no sabe lo que ve, porque no se explica bien qué es lo que distingue, o porque lo que ve no es exactamente lo que creía saber. El mejor cronista es como un buen novelista que escribe lo que sabe pero eso que sabe lo ignoraba hasta el momento en que se desdobló en palabras. Se trata, pues, de una experiencia muy interesante que se ha visto enriquecida por las aportaciones de algunos lectores excelentes. Tengo un selecto comité de lectura que glosa o critica o censura mis textos con amistosa colaboración. Algunos de los mejores momentos del blog y la prosa más rigurosa y sensata se deben a ellos, a esos lectores.

Y ya para finalizar, ¿Si alguno de sus hijos quisiera seguir sus pasos le animaría a hacerlo o preferiría que se dedicara a otra cosa?

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Yo les animo a que sigan sus propios pasos y propensiones, pero con rigor y con exigencia, con amor propio y con autoestima. Mis hijos leen bastante, pero no porque les salga del alma (cosa difícil hoy en día, con reclamos audiovisuales muy poderosos), sino porque es una disciplina que se impone y a la que te acostumbras. Leer es demorar la respuesta, matizarla. No se lee por puro placer, sino por necesidad: por necesidad de documentar el mundo y de insertarse significativamente en él.

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