Vivan la lentitud

reloj1. Vivan la lentitud. Vívanla. Alejandro Lillo nos recomienda lentitud. “Reivindiquemos la lentitud”, insiste. “Reivindiquémosla”, añade. “La lentitud. Entiéndanla como quieran, como conversación pausada, como método de reflexión crítico y reposado, como disfrute de los goces y dones que nos da la vida, como un intento de comprender el mundo que nos rodea, como una forma de aprendizaje, de enseñanza a nuestros niños, como una forma de vida que pone el énfasis en la reflexión, en el conocimiento razonado, en la necesidad de ir quemando etapas, en las pausas, en los silencios”.

reloj32. ¿Educación para la ciudadanía? ¿No estaremos reivindicando una Educación para la Ciudadanía avant la lettre? ¿Una morosidad y una amorosidad, una atención, un cuidado de sí y de los otros? El buen trato… “La rudeza, la ostentación de la violencia, los malos modos agresivos, el desplante chulesco, el insulto proferido a voces, el habla ordinaria y jactanciosamente inculta, la falta de delicadeza, los gritos soeces, beodos y afónicos, la conducta retadora y ruidosa. Siglos de humanidad y de cultivo de las bellas artes, milenios de educación y de formación, nos han mejorado y han permitido que puliéramos las partes más antipáticas de nuestro comportamiento”. Leer más

lalentituddelespia3. La lentitud del espía. De Alfons Cervera he leído distintas novelas, las dedicadas al ciclo de la memoria, con Maquis(1997) como vértice: relatos en los que lo pasado se recupera con lentitud morosa y tentativa y sesgada, al modo de William Faulkner. Narradores en tercera persona que adoptan el punto de vista de este o de aquel personaje; narradores en primera persona que se empeñan en recordar a partir de vestigios menores. ¿Lentamente? Con la lentitud del esfuerzo… Siempre leemos una “narración desacostumbrada y llena de lagunas que, lejos de entregarla a la lentitud del cansancio, la empujarán sin tregua en el recuento apresurado de palabras y personajes, de silencios…”. Eso se dice en El color del crepúsculo (1995).

Pero de Cervera he leído otras prosas, prosas poéticas simplemente exactas que hablan de la mirada. ¿Cómo miramos? La observación exacta es tarea lenta, minuciosa: se trata de adiestrar la pupila, se acostumbrarla a lo insólito, a lo ordinario y a lo inaudito. “Los hechos suceden sólo en la pupila avisada del hombre que mira”, leo en La lentitud del espía (2007). Allí quedan retenidos o alojados en su reflejo: en el espejo, “ese pedazo indigno de memoria”, la memoria evanescente que se desintegra, el lugar en “donde ya no hay carne, huesos, y la piel no es más que la tersura enferma de un tambor”. Según nos enseñó Georges Tyras (Memoria y resistencia, 2007), en ésta como en otras  piezas de Cervera hay ficción autobiográfica, restos de vida fantaseada; hay levedad referencial, huellas de un mundo existente; hay fragmentación, culturalismo e intertextualidad; hay autorreflexión, el examen del acto de escritura. Todo ello nos lo propone Cervera sin interrumpir el curso mismo de la narración, un curso lento precisamente, demorado, evocador: los hechos que el narrador mismo ha vivido o aquellos de los que se ha apropiado a partir del relato de sus mayores. Los hechos que atesora el hombre que mira.

maquinaescribir4. Javier Marías y la máquina de escribir.

En El País Semanal del pasado 14 de noviembre apareció un artículo titulado “Una región ocultamente furibunda“. ¿Su autor? Javier Marías. ¿Su objeto?  Deplorar el estado de los blogs españoles, su frecuente tono tabernario. Sin duda, el juicio de Marías es expeditivo e injusto: generaliza seguramente porque su experiencia digital es nefasta. Como él mismo revela y ha contado en otras ocasiones, no acostumbra a escribir con ordenador y menos aún a manejarse en Internet. De repente, el escritor tropieza con el mundo electrónico, con lo bueno  y con lo malo que hay: con la furia de la Red…

El texto de Marías ha sido objeto de debate en un blog vecino y amigo: El lamento de Portnoy. Creo que las opiniones de Marías sobre Internet no son definitivas: dependen de una mala experiencia, del malestar que provoca el insulto anónimo, como digo. Pero sé de lo que habla: eso, una mala experiencia en la Red, es algo que me planteé hace años en un artículo que titulé “¿Hay alguien ahí?”. Aparte de su juicio tajante,  interesa más la defensa que Marías hace de la lentitud, algo propio de viejos. Escribir en una  Olympia o servirse de herramientas de otro tiempo es un derecho que el Joven Marías tiene. ¿Es puro anacronismo? ¿Es una excentricidad?

Marías confiesa no tener ordenador, ni teléfono móvil, ni coche ni ninguno de esos adminículos o medios de la vida actual que nos aceleran o envalentonan. Dicho así, Marías parece un tipo contrario a la modernidad.  ¿Odia ferozmente el progreso, el éter, la luz eléctrica o el motor de explosión? Por lo que sé, Marías admite la civilización material y admite que no es sensato renunciar a los adelantos y a las mejoras que nos dan desahogo y que abrevian las operaciones más rutinarias de la vida. Pero civilizarse de verdad entraña un refinamiento moral, unas restricciones que regulen la relación de los humanos. A eso lo llamamos intimidad: un cobijo individual que garantice la supervivencia de cada uno; el derecho de cada uno a hacer lo que quiera y en el tiempo que quiera.

El derecho a la lentitud. ¿Por qué no?

bolido5. Lo escritores y la velocidad.

Intelectuales. La fascinación estética del fascismo

“…el poeta es algo así como ese aeronauta que corre sin miedo, con esplendidez, con ardor, con prodigalidad: no se contiene, sino que lucha y de la lucha es de donde surge la belleza”.  Leer más.

6. Colofón: silencio y lentitud, por Alejadro Lillo. Leer más.

23 comments

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  1. Anti-pedagogo

    Serna deberia aplicarse lo de la lentitud. Iba a comentar en el “post” de la educación y ya está en otro. Y lo de las “virtudes” parece de iglesia oiga!

  2. Isabel Zarzuela

    Estoy con Don Ramón: “una ciudadanía maleducada no suele tolerar a dirigentes maleducados”. Tenemos lo que hemos elegido. Ni más, ni menos.
    ¿Hemos elegido lo que somos?

  3. Isabel Zarzuela

    ¡Lapsus! Donde dije ciudadanía “maleducada”, quise decir “educada”. :-) Ustedes me perdonarán…

  4. Arnau Gómez

    La reivindicación que hace D. Alejandro Lillo de la lentitud, la pausa,el tempo lento, la comparto totalemente.Es más, la practico.En este momento, en el que casi todos van corriendo a ninguna parte,atropellando a los demás, sigo la estrategia siguiente: si estoy en una cola para subir al autobús o para pagar las vituallas del super, o veo como una persona intenta pasarme por delante de la cola del pescado, como si el pescado un segundo después ya estuviera podrido,me vuelvo hacia el rápido o mejor diría,hacia el abusón, que cree que todos somos tontos menos él y le digo “Pase, pase usted. Yo no tengo prisa”.Muchos se quedan mirándome,como si vieran a un marciano (quizá lo sea) y solo los más osados (normalmente, los más babiecas) se atreven a sobrepasarme. Los demás, muchos más, me dicen “Tu estás primero”.Y parece que un halo de bonanza nos invade a todos.

  5. Ana Serrano

    En mi foro, que procede del Marías (como procedemos Fuca, Portnoy y yo) y donde cuelgo todos los artículos de Javier Marías, he comentado el último y ese mismo comentario lo he mandado (con pequeñas recificaciones) a EP[s], veremos si lo publican. Lo que digo nada tiene que ver con que no esté de acuerdo con el tiempo pausado, con dedicarlo a cosas que parecen no merecer la pena y que suelen ser las que más la merecen.

    Don Arnau, me he reído con su actitud con los frescos que se cuelan y me he acordado de lo que hacía mi madre, que ahora no estaría bien visto. Cuando era un hombre el que se le quería colar, le sonreía dulce y apacible y le decía: “Pase, pase: las señoras primero”. Se ponían más coloraditos… :-)

    http://www.emboscados.com/foro/viewtopic.php?TopicID=2299&page=7#19838

  6. Isabel Zarzuela

    Sra. Serrano, gracias por traer aquí el artículo de Javier Marías. Seguro que la presentación de su libro fue todo un éxito.

    Dice el afamado escritor: “No entiendo que tantos escritores tengan un blog propio y le dediquen, por fuerza, numerosas horas de su tiempo, porque me parece equivalente a esto: uno va a un bar, se sienta a una mesa y habla de lo que sea, y a continuación está expuesto a que cualquiera coja una silla y le suelte a su vez su rollo o -con demasiada frecuencia- sus imprecaciones (…) No sé, para mí sería una pesadilla tener que escuchar pacientemente a personas que no he elegido, y con las que en algunos casos no quisiera ni cruzar media palabra. ¿Cuál es la gracia de estas tertulias escritas? ¿Ver que uno provoca reacciones? ¿Tener la comprobación inmediata de que lo que expone no cae en el vacío? ¿Llevar una vida “interactiva” (y perdonen el adjetivo)? Debe de haber mucha gente solitaria, o que aguanta la soledad -ese gran bien- pésimamente. Pero lo que más me ha desagradado es el frecuente tono insultante de los comentarios y el veneno que a menudo destilan. Amparados en el anonimato cobarde de los llamados nicks, no hay asunto que no les merezca a unos cuantos blogueros toda suerte de improperios. No veo que se discuta ni argumente apenas, sino que más bien se lanzan denuestos y groserías como en las tabernas más zafias”.

    No sé si el Sr. Marías vive exclusivamente de los libros que escribe (bastante buenos, por cierto). Si es así, entiendo perfectamente que no pierda “numerosas horas de su tiempo” en mantener un blog, y las dedique, por tanto, a escribir libros.

    Parece que comparar los blogs con las tabernas, o con el hecho de entrar en un bar, sentarse en una mesa y hablar de lo que sea (como dice Marías) no es nada nuevo. Don Justo Serna en su artículo “El pensamiento ordinario. La experiencia del blog” (Pasajes de pensamiento contemporáneo, Valencia: Universidad de Valencia, otoño 2008) dice: “Ese ruido, anónimo o no, que pueden provocar los blogs ha sido objeto de repudio. En ocasiones de condena general: se ha llegado a comparar la bitácora electrónica con la antigua taberna…: ese sitio en el que los parroquianos murmuran y escupen arrojando al suelo huesos de oliva, restos de gamba, colillas y otras inmundicias” Tal y como dice Julio A. Máñez en su artículo “La entrada en la taberna” publicado en el País el 13 de diciembre de 2007. Y sigue comentando Serna: “Creo que es una generalización excesiva. La prensa concede un espacio a la opinión y en los periódicos publican periodistas, intelectuales, profesores, expertos (…) No sé si las dimensiones de esos textos sirven para abordar con profundidad las cuestiones que nos atañen o, si por el contrario, simplifican los hechos y sus interpretaciones.(…) Hay articulistas que descifran, hay otros que nunca aciertan, y hay otros …, pues otros que unas veces salen airosos del tema tratado y otras se atoran en la forma (fea, desaliñada) o el fondo (erróneo). ¿Deberíamos condenar el género por las torpezas, por las pifias de los articulistas?” Y añade D. Justo: “Tal vez, los millones de bloggers que cada mañana renuevan su bitácora, sólo cuando empiezan a pisar la dudosa luz del día, emprenden una tarea semejante a la de los Buendía: dan nombre a lo que les acaece, aventuran un significado, imaginan una función y un contexto, pero también escriben con urgencia con el fin de que no se les olvide para qué sirve ese objeto cuál, es su mención, quizá angustiados por la plaga bíblica que se cierne y que es el olvido o la muerte”.

    Sr. Marías: si ha tenido experiencias negativas con los blogs que ha visitado, pásese por este (con pseudónimo, si lo desea). Verá como cambia de opinión.

  7. jserna

    Gracias, Isabel, por reproducir esas palabras de mi artículo ‘El pensamiento ordinario’, referido a los blogs. Gracias a Arnau Gómez: detesto yo también a los trepas que van con prisa…

    Y,sí, he leído el comentario de Ana Serrano en ‘El Bosque’ y me parece más contundente y divertida su crítica a Javier Marías que la mía. Pero me gusta el Marías individualista (¿incluso anacrónico y excéntrico?). No me gusta el Joven Marías cuando generaliza.

  8. Juan Planas

    “Tal vez, los millones de bloggers que cada mañana renuevan su bitácora, sólo cuando empiezan a pisar la dudosa luz del día, emprenden una tarea semejante a la de los Buendía: dan nombre a lo que les acaece, aventuran un significado, imaginan una función y un contexto, pero también escriben con urgencia con el fin de que no se les olvide para qué sirve ese objeto, cuál es su mención, quizá angustiados por la plaga bíblica que se cierne y que es el olvido o la muerte”.

    Espectacular, Don Justo.

  9. jserna

    Jo, vaya. Gracias. Pero espectacular no es necesariamente un elogio. Ja, ja, ja. Puede ser artificio, fuego de artificio o humo (como la pedagogía para tantos antipedagogos).

    Un abrazo

  10. Juan Planas

    Era un elogio literario, Don Justo, para un pasaje algo más que pedagógico, revelador:-)

    Y no, Dª Zarzuela, no he encontrado ningún enlace al artículo completo en cuestión… Parece que la revista Pasajes no es dominio público. Lástima.

    Saludos

  11. Angel Duarte

    ¡Por Dios con lo del humo!!!
    No crea usted que pienso rectificar. En este punto, no. Mire usted, quizás si las reformas pedagógicas se hubiesen llevado a cabo sin las prisas que a muchos les embargan… estaríamos algo mejor en materia educativa.
    Esto de la educación es como los puentes, si se hacen con prisas, caen. Si los cálculos son erróneos, caen. Y, entonces, duele (esa querido Justo es la gran diferencia con, por ejemplo, la historiografía).
    En relación al blog y a la escritura… tengo que admitir que, lo primero, es tanto un lenitivo como un ejercicio práctico de respuesta urgente. Nada desdeñable.

    Saludos

  12. jserna

    Sr. Planas, no puedo colgar el artículo en la Red, pero le puedo mandar por e-mail copia en word si usted lo desea. También a algún otro amigo.

    Sr. Duarte, a un mal arquitecto se le cae una casa. Un mal historiador puede hacer daño: mucho daño. La mala historiografía es lo peor.

  13. Angel Duarte

    ¡Qué va! Se lo parecerá a usted porque es un profesional como la copa de un pino y porque, como un servidor, arrastra el legado judeocristiano. Pero, para bien o para mal, no es así. Simplemente, no lo es.

  14. jserna

    Gracias por eso de “profesional como la copa de un pino”. ¿Que arrastro el legado judeocristiano? A ver, qué remedio. No arrastro: me arrastro.

  15. Fuca

    No es buena época, querido Justo Serna, para hablar de educación; los enseñantes de Secundaria y Bachillerato estamos agobiados estos días con corrección de exámenes y evaluaciones y sólo tenemos ganas de desconectar de este mundillo, por lo menos es lo que pasa a mí, que tampoco me voy a poner a generalizar, como hace Javier Marías en su último artículo de EPS hablando de los blogs. Supongo que tiene razón en su crítica a muchos blogs, no lo sé, no leo ese tipo de blogs; sólo puedo afirmar que los espacios virtuales por los que yo navego tienen una calidad extraordinaria y que, si JM entrara en ellos, quedaría fascinado y pediría disculpas por su generalización.

    Acabo de llegar de evaluar a alumnos de 4º de ESO y 1º de Bac., alumnos de 16 y 17 años; sólo un 10% aprueban todas las asignaturas, está claro que algo pasa en el sistema educativo, algo falla. Mi postura coincide con casi todo lo que expusieron aquí nuestros contertulios Justo Serna, David Montesinos y Ramón. Otro día quizá pueda participar en este debate con calma, con lentitud, hoy no, prefiero leer los “Héroes alfabéticos” de JS, lo tengo en casa desde hace días y sólo pude hojearlo y ojearlo, me parece que me va a gustar. Espero poder vivir esa lentitud recomendada por nuestro amigo Alejandro Lillo a partir de mañana. ¡Empiezan las vacaciones! Disfrútenlas todos ustedes (yo diría que las disfrutéis todos vosotros, ya sabéis por qué).

  16. Juan Planas

    La experiencia caótica de poner orden y amueblar el espacio con nombres, la de enfrentarse a las propias palabras sintiéndolas como externas y ajenas para, así, situarse simultáneamente en ambos lados del conocimiento, en su confrontación y en su yuxtaposición, -pero no en su síntesis, añado-, las citas de Cioran y su Breviario de Podredumbre, la danza entre lo privado y lo íntimo… No tiene desperdicio su artículo, Don Justo. Ninguno.

  17. Alejandro Lillo

    Resulta curioso, don Justo, esa coincidencia en los términos “silencio y lentitud” que usted ya utilizara más de siete años atrás y yo hace apenas unos días. Debo reconocerle que me llena de orgullo.

    Sin embargo, creo que la lentitud, más que un derecho – que también – debería ser una exigencia. Intentaré explicarme.

    Hace unos meses un operador de telefonía móvil lanzó una campaña publicitaria en la que se sintetizaba nítidamente el modelo de sociedad en el que vivimos. Es una síntesis impagable. En el anuncio aparecían distintos jóvenes afirmando lo ventajoso que era, entre otras cosas, disfrutar de las comodidades en el hogar de los padres y a la vez volver a casa a la hora que les diera la gana. El anuncio es una especie de paraíso juvenil, del deseo de todo joven: hacer siempre lo que le venga en gana sin tener que rendir cuentas a nadie y a la vez gozar de todas las comodidades y las cosas buenas que tiene vivir en familia y mantenido por los padres. El eslogan final era: “Lo quiero todo y lo quiero ya”. Bueno, toda una declaración de intenciones.

    Como es evidente que en esta vida no se puede tener TODO, no profundizaré en este asunto. Estando de acuerdo en el primer punto convendrán conmigo en que el súmun del absurdo es querer tenerlo YA. Esas dos palabras, que por separado son bastantes peligrosas, cuando se juntan son pura dinamita. Y cuando ambas se dirigen a los jóvenes, nitroglicerina. Las dos unidas, “todo” y “ya”, nos conducen inevitablemente al campo semántico de la prisa, de la impaciencia, de la precipitación. No se puede tener todo ya. Sencillamente no se puede. Pero ese es el mensaje. Y dirigido especialmente a los jóvenes.

    Digo jóvenes porque la mayoría de los mensajes que llegan a todos los ciudadanos en nuestra sociedad están dirigidos exclusivamente a los jóvenes. Pensemos en la publicidad. Fíjense en la vallas, en las cuñas de radio, en los folletos informativos, en los anuncios de televisión. Analícenlo una noche en su casa. Seré benévolo: en el 85% de los anuncios el/la protagonista de los mismos no aparenta más 30 años. Y desde luego en el 99% no pasan de los 40. Sean los anuncios de lo que sean, esta regla se cumple a rajatabla. ¿Por qué? Simplemente porque las personas comprendidas entre los 5 y los 25 años son el sector que más consume, no sólo por ser el más influenciable y desprotegido, sino por la enorme capacidad que tienen a su vez para influir sobre sus padres y amigos (unos padres que se sienten culpables por no prestarles atención y que, para compensarlos les permiten todos los caprichos; unos amigos que están tan influenciados/saturados de deseos y caprichos como ellos, retroalimentándose unos a otros). Aquí deberíamos preguntarle a David P. Montesinos, conocedor en profundidad del tema, y autor de un excelente ensayo que recomiendo vivamente: “La juventud domesticada”. De toda esta técnica de marketing, Burguer King es realmente el rey. Fíjense en sus anuncios: todos dirigidos a los niños, con el objetivo de atraerlos, sabedores de que tras ellos irán sus padres, y de que, cuando esos críos se hagan mayores, volverán con sus propios hijos.

    Piensen ahora en la moda, en las películas de cine, en las series de TV: todo destinado a jóvenes. Luego volveré sobre eso. Lo que creo que queda claro es que tenemos un mundo dirigido exclusivamente a ellos, pero a un tipo determinado de jóvenes. O mejor, a un modelo de juventud muy particular. Es la juventud como prisa. O la prisa como juventud. Entendido todo como irreflexión, como aceleración, como precipitación, como impacienta, como inmadurez, pero también como el disfrute de la vida, como una apología de la disparidad de experiencias, de la fiesta y la diversión sin límite, tal y como queda reflejado en el anuncio que comentaba al principio. Así actúa el capitalismo: destaca esos valores juveniles (juventud, prisa, diversión, inmadurez, irreflexión, impaciencia, fiesta, precipitación, alegría, belleza) y olvida otros de más peso, cuestionadores de lo heredado y generadores de madurez y responsabilidad, por no mencionar el esfuerzo.

    Juventud y prisa van de la mano. Confundimos y asociamos la una con la otra pues todo lo que nos rodea nos insiste y nos machaca constantemente con esa idea, con esa vinculación. Sin embargo la niñez y la juventud pasan, la gente se hace mayor, envejece. ¿Cómo se explica que todo en este mundo siga centrándose en los jóvenes cuando son un segmento relativamente pequeño de la población? La magia del capitalismo: hacernos sentir a todos los demás jóvenes. Estos valores juveniles trascienden a toda la sociedad, y los adultos pasan a ser adolescentes eternos. ¡Ta-chan! El paraíso del consumismo: un único perfil de cliente, el joven. No resulta muy difícil. Al fin y al cabo, el machaque al que han sido sometidos de niños es incesante y perpetuo a lo largo de la vida, y cuando llegan a adultos no conocen otro mensaje que se le pueda comparar en potencia y constancia. Basta pulsar algunas teclas y es suficiente. Por eso nadie en los anuncios pasa de 40 años, y cuando aparece alguna persona más mayor es para hacer gracia y para comportarse como un verdadero niño. La gente adulta no existe para los publicistas, ni para las compañías cinematográficas, ni para los programadores de TV. Por no hablar de las operaciones de cirugía, de los tratamientos de belleza (para hombres y mujeres, que en eso, en el consumo, sí hay igualdad), ni de la tiranía que todo eso produce y que por todos es conocido. Pero esos atributos de la juventud, esa prisa, esa celeridad, esa inmadurez se multiplican por doquier: la moda cambia cada cuatro meses, las empresas no quieren parar, quieren seguir ganando, ganando y ganando más dinero, rápidamente, sin pausa alguna; las series y programas de TV están en parrilla un par de semanas. Si no triunfan de inmediato las quitan. Lo mismo pasa con el cine. Recuerdo que cuando era pequeño había pelis que estaban 50 semanas en cartel. Eso hoy es impensable. Tienen que ganar todo el dinero en el primer fin de semana de proyección, porque luego van a ser sustituidas por otras. Y éstas por otras, y por otras, y por otras. Por cierto, a este respecto, cuando el maestro Spielberg rodó Tiburón lo tenía muy claro. Para él las películas tenían que tener un comienzo electrizante y espectacular que dejara al espectador sin habla. Y el resto del film debía ser un comienzo tras otro, ese mismo comienzo repetido una y otra vez, así hasta el final del metraje. Vaya maestro el Spielberg.

    Con los libros pasa lo mismo. Se editan cientos de libros todos los días, y el 99% no dura en las librerías más de 2 ó 3 semanas. Pero analicen el fútbol, el deporte que más engancha en España. El equipo de cada uno tiene que ganar siempre. Los aficionados parecen no comprender que se trata de una competición, que hay rivales y días buenos y malos, cansancio etc. No hay consideración alguna. No se tolera una derrota – que es, además de impaciencia, frustración. Pero se gane o se pierda, a los dos días vuelve a haber otro partido – de nuevo la prisa – y todo comienza de nuevo, como las películas de las que habla Spielberg. Así nos pasa la vida.

    Podríamos seguir con la comida rápida, con los macroconciertos “Rock in Río”(clavadito a Woodstock pero con cientos de tiendas de marca, zona de Internet y juegos, bares, piscinas, hoteles, para toda la familia, claro), con los centros comerciales, ¿no los asocian todos a la prisa, al agobio y… a la juventud? ¡Si hasta los presentadores de TV y de la radio no contemplan las pausas al hablar! ¡Si ninguno de ellos – excepto Gabilongo – para al hablar cuando llega a un punto! ¡Si incluso cuando nos vamos de vacaciones parece que vamos perdiendo el culo, que tenemos que verlo todo con prisa y sin parar, que nos preocupan más las fotos y los vídeos para enseñárselos a los amigos y familiares que el disfrute del viaje en sí!

    Esa asociación perversa entre juventud y velocidad, hace, por ejemplo, que nos sintamos mejores por comprarnos un determinado coche, más jóvenes, guapos y listos, creermos que estamos disfrutando de la vida, exprimiéndola al máximo. Pero, repito, es una prisa que descarta unos caracteres de la juventud y fomenta otros: la irreflexión, la impaciencia, el inconformismo ilógico (ese “lo quiero todo y lo quiero ya”), una prisa engañosa que nos hace creer que siempre seremos jóvenes y que eso es velocidad, experiencia continuada, disfrute sin fin. Es una prisa insolidaria y egoísta, un “ahí os quedáis”, “después de mí el diluvio”. Pero eso no es vivir con intensidad. Así no se vive la vida en toda su profundidad, en toda su riqueza. Es un engaño, pura superficialidad y, en el fondo, vacío. Es una “prisa” que provoca que nos despreocupemos por las cosas que tienen que ver precisamente con la reflexión, el esfuerzo, la moderación, el conocimiento y el disfrute profundo y verdaderamente intenso de la vida. Pero eso no interesa.

    ¿Acaso la celeridad con la que unos libros sustituyen a otros, acaso la escasa duración de las películas en cartel no es una reivindicación de la juventud en el sentido que le hemos dado? A las dos semanas las películas son viejas y hay que cambiarlas por otras más jóvenes. Las otras ya no sirven, los efectos especiales están anticuados. ¿Acaso son mejores las unas que las otras? ¿Qué las hace mejores? La novedad, su juventud. Nada más. Así sucede con todo. Lo viejo se deshecha, no tiene valor en nuestro mundo. Lo viejo es aburrido y soso, solo produce risa y desprecio, en el mejor de los casos indiferencia. Pero es que nadie se siente viejo, nadie se detiene a reflexionar sobre el sentido de todo esto, nadie se detiene porque si no le pasan por encima. Y así surge la prisa como (aparente) antídoto contra el aburrimiento, como diversión sin límites, como (vano) intento de evitación de la vejez, asociada, en este mundo de locos, no a la serenidad, la sabiduría y la paciencia, sino a la descomposición y la muerte.

    Lo que les decía. Reivindiquemos la lentitud.

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