Hace muchos años, cuando cursábamos el COU, un profesor muy preocupado por nuestra formación nos pidió un trabajo especial. Debíamos escoger tema para una exposición oral. De lo que se trataba era de reunir materiales y organizarlos con el fin de pronunciar una conferencia allí mismo, en el aula. El tema era efectivamente libre, toda una audacia del profesor, algo que agradecíamos aquellos bachilleres que salíamos del franquismo.
Elegí un asunto político por entonces en boga, condicionado como yo estaba por mi lectura semanal de Triunfo, una revista de la que aquí ya hablé: El Frelimo y la independencia de Mozambique. Recuerdo haber iniciado mi charla de un modo obviamente periodístico: como si fuera un reportero presente en el lugar de los hechos, yo describía el reemplazo del pendón, cómo se arriaba la bandera de Portugal. El proceso de descolonización estaba consumándose, nuevos Estados aparecían en la escena política y esos actos tenían un futuro prometedor que atraía a los jovencitos de entonces. Al menos a mí. Pero recuerdo más.
Alguien que hoy frecuenta este blog pronunció entonces una conferencia sobre El conflicto palestino-israelí. Nos impresionó con su erudición de metralla y con su correcta impostación. Algún otro amigo abordó un tema extravagante sobre el que nadie había reparado hasta entonces: Highlands, de Escocia. Charlar sobre dicho asunto con aplomo tenía mucho mérito y revelaba a un tipo osado. Había que vernos: muchachos de quince o dieciséis años hablando en público, documentándose, haciendo como que sabían sobre los temas más abstrusos o absurdos.
De todos los que intervinieron, aquel que más nos entretuvo y admiró fue R.C. Permítanme preservar su identidad nombrándolo por sus iniciales. Nos sorprendió con la aparente simpleza del objeto, con su alegre desvergüenza, con su audacia expositiva, vaya. Nadie sabía tanto de esa cosa que él trataba; a nadie parecía interesar; pero, al fin, todos quedamos muy favorablemente impresionados. Fue tal su elocuencia que nos cautivó con su ordinaria desenvoltura. ¿El tema sobre el que conferenció? Aún lo recuerdo: El deporte de la escopeta.
Visto ahora, aquel episodio puede parecernos una de estas dos cosas: desenvoltura cinegética o intuición política. Àngel Duarte se felicita del desparpajo de R. C. En cambio, Isabel Zarzuela se sorprende de lo avezados que éramos aquellos muchachos. Precisemos. R. C. no hablaba de la caza en términos metafóricos. Probablemente no sabía quién era Miguel Delibes, entonces tan admirado por mi padre. R. C. era un joven acostumbrado a pegar tiros. Pero tiros de verdad y sin justificación: disparaba a las aves o a los platos. ¡Plato! Y no pedía perdón por ello, ni se lamentaba, ni se avergonzaba. Justamente lo contrario de lo que a mí me pasaba: siempre tan dengoso con mi rifle de perdigones.
En realidad, R. C. estaba orgulloso y eso me asombraba. Y… me sigue asombrando. Llamaba «deporte de la escopeta» a las prácticas de tiro o a abatir aves. O sea que pensaba que era una actividad lúdica, competitiva, bien justificada, con reglas. No le faltaba razón: la caza, por ejemplo, forma parte del proceso de civilización. Pero qué quieren: practicada ahora, en nuestra sociedad, me sigue pareciendo algo pretérito o postizo o algo que hiere mi sensibilidad animal. Exactamente como las corridas de toros. La tauromaquia es también una actividad tradicional y lúdica, con normas, incluso estéticamente peculiar. Sin embargo, me parece una práctica anacrónica, incluso extemporánea; una práctica en la que el hombre se prueba con animales, con finura o con ensañamiento, pero con un propósito: abatir piezas. Ah, y digo lo anterior sin ser vegetariano.
Pero, bueno, regreso a R. C. La caza mayor era su ambición. Como la del ex ministro de Justicia español, Mariano Fernández Bermejo. Exactamente igual. Leo lo que dice Daniel Gavela en El País: «como cazador de larga trayectoria, siento una piedad enorme por el ministro Bermejo, a quien no conozco de nada pero en el que intuyo una pasión ciega y no sobrevenida por la caza, como corresponde a un tipo de pueblo». He leído un par de veces esas palabras y el artículo del que las he extraído, titulado «De una escoba salió un tiro«. Confieso no comprender muy bien a qué alude. No me refiero al sentido político de la tribuna, que es una defensa de un ex ministro que ha cometido alguna falta y varios errores en el desempeño de su cargo. Ha cometido alguna falta y varios errores –ya digo–, pero no sé si se merecía la dimisión por aquélla o por éstos. O simplemente le han hecho pagar más de lo que debe. Días atrás resultaba sarcástico ver a Federico Trillo reclamando ostentosamente la dimisión del ministro Bermejo. ¡Manda huevos! Vaya, ahora que lo pienso también escribí un artículo sobre él y, de paso, citaba a un viejo amigo…
Punto y aparte, que me enredo. Digo que al leer el artículo de Gavela no he comprendido a qué se estaba refiriendo el autor con eso de la «pasión ciega y sobrevenida por la caza, como corresponde a un tipo de pueblo». Gavela confiesa ser también de pueblo, dando a entender que no hay ultraje alguno en esa calificación. Releo otra vez dichas palabras. De repente también recuerdo que R. C. era –es– de pueblo.
Si R. C., Mariano Fernández Bermejo y Daniel Gavela son de pueblo y por eso tienen una pasión ciega por la caza, entonces es que abatir fieras es algo rural. Vamos, que en el medio urbano no lo entendemos porque no nos queda el atavismo de capturar piezas para la supervivencia. La lucha por la supervivencia es la condición misma del orden natural, si queremos decirlo con un darwinismo salvaje. En efecto, el proceso de civilización suaviza nuestros conflictos y la violencia se sublima con otro tipo de competiciones o de objetivos. Por eso, la caza y otras artes de matar quedan como atavismos más o menos bellos que aún no escandalizan enteramente. Son un eco de lo que fuimos, un rescoldo de tiempos menos pacíficos. De la guerra también se puede hacer arte, ya saben. Es un conflicto con normas en el que las piezas a abatir son otras. O todas.
Si sigo los presupuestos de Gavela (la caza como algo de pueblo), la conclusión que extraigo es cada vez más incomprensible. Pero no irreal o infundada. El propio autor acaba su artículo con unas bellas palabras de aire nostálgico que me devuelven a R. C., al pasado, al atavismo: «En cuanto a la caza, poco que añadir. Hoy todavía no pido perdón. Nací en ambiente cazador y me curtí, siendo niño, en las partidas más bravas y furtivas del oeste leonés, entre Laciana, Fornela y Los Ancares. No está la caza para muchos tiros. No hay caza sin libertad y casi toda España es una finca parcelada en la que rumian pienso todas las especies. Tampoco gasten mucha pólvora contra los cazadores porque somos especie en extinción. Vamos a morir de fuego amigo o de tristeza».
La impresión que yo he tenido todo este tiempo, cada vez que veía al ministro Bermejo vestido para una montería, era la de la sorpresa: como ocurría con R. C., me asombraba su desenvoltura. Se hacía fotos para Jara y Sedal o se retrataba con las fieras muertas. En ellas no parece sentir inquietud alguna porque no comete un acto que la sociedad repruebe. De igual modo, si hubiera sido un taurófilo empedernido y le hubieran dejado, podría muy bien haberse retratado en la plaza, con un morlaco muerto a pocos metros, la pieza abatida por el torero. ¿Que a los toros se asiste de espectador y en la caza se va a disparar? Bueno, en ambos casos, lo que resulta bello y se contempla es la lucha del hombre y del animal, con resultado de muerte. Lo que me llama la atención es la indignación que las monterías de Bermejo provocan, su afición cinegética –su exhibición fotográfica–, y la poca repugnancia que las corridas provocan. ¿Nos habríamos escandalizado si hubiéramos visto a un ministro en la Presidencia de la Plaza, fumándose un puro descomunal y autorizando las suertes, si es que el destino mortal de un toro es una suerte?
Hacia el final de su artículo dice Daniel Gavela: «casi toda España es una finca parcelada en la que rumian pienso todas las especies». Ya no hay partida en donde cazar ni espacio en el que disputar por la pieza. Hemos pasado de los viejos montes comunales en los que los nativos mataban para la supervivencia a una propiedad circundada, cerrada –parcelada, finalmente–, en la que los animales rumian. Qué curioso: ésa era la tesis de E. P. Thompson en Whigs and Hunters…
España como un gran establo. No me disgusta esta imagen de Gavela, como tampoco me desagradan sus palabras, sensibles, solidarias con un cazador. Tiene, además, la finura de no hacer metáforas con el hecho cinegético, metáforas tan previsibles y ordinarias como las del «cazador, cazado» o las de «Bermejo abatido», titulares que he leído en otros medios. Pero lo mejor y lo más nostálgico es el final. «Vamos a morir de fuego amigo o de tristeza». Lean otra vez esa frase, por favor. Yo lo dejo ya por hoy, un poco más triste. Voy a ponerme a cubierto, que veo fuego cruzado, amigos.
Punto final. Haré todo lo posible por volver a charlar con R. C.

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