1. Franz. Hay momentos en que todo va deprisa deprisa; hay días en que todo se desborda. Te sientes como una hormiga. Como la hormiga de Arnau Gómez. ¿O como el insecto de Franz Kafka? Mueves tus patitas, corres, pero el mundo te resulta gigantesco. No sabes qué hacer porque eres inoperante. Al final dependes de la benevolencia de los otros. Nos sucede a menudo, ¿no es cierto? Les ocurre a quienes tienen mucho trabajo y a quienes simplemente observan el mundo.
Aunque no te dejes amedentrar, las cosas van a toda velocidad… Por ejemplo, leo en El País que mente y máquina se fusionan. Sí, ya sé que es un titular periodístico, un reclamo que simplifica e imanta. Pero es que las cosas están pasando así. Ayer mismo, sin ir más lejos, me deleitaba con un artículo de Manuel Rodríguel Rivero. El escritor aceptaba el cambio en nuestros hábitos de lectura: nuestra distinta forma de acceder a los textos en diferentes soportes. Está bien que un intelectual diga esto. Normalmente, quienes profesan de tales suelen lamentar el estado o el porvenir del mundo. Demuestra sensatez.
2. Jean-Paul. Digo intelectual y pienso en Sartre, tal vez provocado por el regalo que Isabel Zarzuela me ha hecho llegar esta misma semana. Me manda los enlaces de una entrevista fechada en 1967. Son seis. Aquí los tienen:
-primero, habla del intelectual europeo;
-segundo, habla del político, de la Guerra de Vietnam, del Imperialismo;
-tercero, habla de los Juicios de Núremberg, de la Justicia internacional;
-cuarto, habla del creador, de Flaubert, de lo que significa sacar algo que no existe;
-sexto, habla, en fin, del compromiso y libertad, de lo que significa todo ello.
El intelectual… Hace más de cuarenta años de esa entrevista. Lo que allí se trata es algo antiguo pero perfectamente presente: el mundo y su observación, la realidad y su transformación. Sartre está persuasivo (aún no ha coqueteado con los maoístas) y algunas de sus posiciones vaticinan el 68. No siento nostalgia alguna de un autor al que he frecuentado, sobre el que he escrito alguna cosa y algunas de cuyas obras sigo leyendo. Es, simplemente, la observación de otro mundo distinto. Desde luego, hay que ponerse en guardia ante la fascinación que el filósofo francés puede provocar. Pero, si escuchan bien, de lo que Sartre habla es del futuro. Parece tratar el presente. No es así. Lo que de verdad le angustia –y lo expresa con sutileza– es el porvenir, que dura mucho, sí. Desde Aldous Huxley, desde Georges Orwell, desde Ray Bradbury, el futuro nos produce ansiedad…
3. Fran. Me escribe un amigo que reflexiona y ejerce de intelectual práctico, un amigo que marchaba con premuras. Ha debido frenar, precisamente, para que la marea no lo arrastre. Hablamos de la velocidad y le hago llegar un viejo artículo mío. Le reproduzco un párrafo. «Los ordenadores nos hacen navegar a toda pastilla por la Red, a velocidad de vértigo y toleramos mal los plazos de espera. Los teléfonos móviles nos hacen sortear obstáculos y distancias, y ya no parece haber espacio remoto ni mundo aparte. Los vehículos, esos cacharros de grandes cilindradas que pilotamos con vértigo placentero, nos trasladan sin freno y sin límite, y hasta el espacio más recóndito o abrupto puede ser escalado por poderosos todoterrenos. La velocidad, la tiranía del tiempo real, insiste Paul Virilio, es el signo de nuestra época y es el rasgo que se marca indeleble en nuestra piel, en el mundo de ahí fuera y en los confines del ciberespacio. ¿Y por qué llama tiranía al vértigo de la velocidad? Porque el tiempo real, la creencia de que es posible hacerlo y lograrlo todo a la vez, aminora la reflexión en beneficio del reflejo, del puro automatismo, de la ilusión sin freno. Reflexionar es cosa de hombres, de seres humanos, y el tiempo real sólo es cualidad de Dios. Nos recordaba el propio Virilio que los atributos de lo divino son la ubicuidad, la instantaneidad y la inmediatez, es decir, la visión total y el poder absoluto. Dios no reflexiona, no calcula, no se abisma melancólico en sus dudas, no se demora, no se interroga, lo es todo a un tiempo y no tolera el retraso o la distancia».
Este amigo me habla del gobierno del mundo. Nada menos. Tiene una duda: que ese mundo pueda ser gobernado. Entiendo su zozobra. Pero es que ése es uno de los rasgos de nuestro tiempo. No es posible hacerse un esquema
suficiente del estado de cosas, como en el siglo XIX o en tiempos de la Guerra
Fría. Todo camina a golpes de incertidumbre (y no sólo de riesgo). Nuestro presente es cada vez más azaroso, más dependiente de la comunicación y de los espacios de la comunicación, que a la vez se multiplican, se entreveran, se
refuerzan y se contradicen. Finalmente, la disponibilidad de ciertos
recursos ha aumentado nuestra presunta omnipotencia. También es algo
que tiene que ver con la comunicación. Lo queremos todo ya, de inmediato. Pero esa supuesta omnipotencia provoca angustia y multiplica justamente lo que no hacemos.
Habría que leer o releer a Herbert Simon, premio Nobel y autor de la teoría de la racionalidad limitada. Es muy sencillo y aleccionador lo que nos enseña. No podemos pensar en dos cosas a la vez, dice. Hemos de ordenarlas sucesivamente, añade. Hemos de centrar la atención en pocos problemas, insiste. Hemos de manejarnos con preferencias que no siempre son comatibles, precisa. Recuerdo haber leído Naturaleza y límites de la razón humana con arrobo, con auténtico arrobo. Nos describe exactamente: esa omnipotencia en la que queremos creer; esa limitación que no nos admitimos. El resultado es una extrañeza, una conducta incierta. Yo me reconozco en ese diagnóstico.
4. Gregor. Pero esa cosa que dijo Simon, esa extrañeza de quien aspira a la razón olímpica siendo sólo un pequeño insecto, ya la había anticipado Franz Kafka. Esa zozobra del que no sabe cómo enfrentarse al mundo. ¿Qué representa el monstruoso insecto de Kafka? ¿Un tipo racional que reconoce con lucidez y con amargura lo que es? ¿O un ser enajenado que ignora empeñosamente su limitación? Vamos a dejarnos de metáforas. Gregor Samsa es un bicho. Punto y aparte.
¿Punto y aparte? Es un insecto, cierto, pero es alguien que razona y está atrapado en un cuerpo prestado que no reconoce. ¿Entonces? Alguien se preguntará que qué tiene que ver Kafka con Sartre. ¿Que qué tiene que ver? La desorientación, el desamparo, la soledad, el desconcierto están en La náusea y están en La metamorfosis. Hay esa angustia en ambas obras, pero no es menos verdad que el Sartre de 1967 ya no es el autor de aquella novela.
5. Antoine. Tiempo atrás releí La náusea. La había leído por primera vez en 1975. Han pasado ya muchos años. Quedé impresionado por aquella lectura adolescente. Luego, cuando he vuelto sobre ella me he fijado en detalles a los que entonces no daba importancia: el hecho de que el protagonista, Antoine Roquentin, fuera historiador.
Se trata de un peculiar historiador que observa la realidad y se angustia porque, precisamente, no la entiende. Su trabajo, además, le va pareciendo absurdo. Poco a poco, Roquentin asume la nada que lo forma; el hecho simple pero decisivo de que la existencia preceda a cualquier significado, a cualquier concepto del que servirse. Me impresionó el personaje de Sartre, casi tanto como Samsa, el insecto de Kafka.
Pero sobre todo me impresionó el hecho de que este historiador abandonara su propia investigación, el archivo. Que renunciara a devolver a la vida a un personaje histórico sobre el que investigaba. Que renunciara a todo con la determinación de crear de verdad, de inventar un ser en una novela, en una ficción, y por tanto carente de existencia, justamente.
Me fijé en la forma de La náusea, el género del diario, del dietario del tal Roquentin, tan parecido a la escritura del blog de hoy, una bitácora de un devenir que se expresa conforme la existencia se vive… y que, más allá de las revelaciones íntimas, es toda una confesión del desgarro que es siempre vivir o del estupor que es la muerte a la que vamos. “Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos”, como harían un historiador o un periodista: atribuyéndoles significado, pensándolos como conceptos, aplicándoles “nombres genéricos, como Ambición, Interés”. Pero la anotación de Roquentin va a ser una convulsión y ese orden conceptual se le desmoronará. ¿Para qué seguir, pues?
Escribir algo totalmente inventado, se dice. “Tendría que ser un libro; no sé hacer otra cosa. Pero no un libro de historia; la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro existente. Mi error era querer resucitar al marqués de Rollebon”. Se trataría, en efecto, de escribir “otra clase de libro” y no un diario como el que ha llevado. “No sé muy bien cuál, pero habría que adivinar, detrás de las palabras impresas, detrás de las páginas, algo que no existiera, que estuviera por encima de la existencia”, algo que careciera de referente y de concepto, que no pudiera revertirse sobre el mundo real.
Volveré a leer La nausea. Sin duda. No sé qué me deparará, pero estoy seguro de que la relectura me incomodará entre tanto libro irrelevante de hoy, entre tanto concepto que apacigua, que clasifica y que destiñe lo real, lo primero: el Yo. “Ahora cuando digo yo, me suena a hueco”, dice Roquentin. “Ya no consigo muy bien sentirme, tan olvidado estoy. Todo lo que me queda de real es existencia que se siente existir. Bostezo dulce, largamente. Nadie. Antoine Roquentin no existe para nadie. ¿Qué es eso: Antoine Roquentin? Es algo abstracto”. Sólo un nombre, podríamos añadir, un rótulo bajo el que se acumulan experiencias que desparecerán. “Un pálido y pequeño recuerdo de mí vacila en mi conciencia. Antoine Roquentin… Y de improviso el Yo palidece, palidece, y ya está, se extingue”.
Ya está. Punto final.
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