El pie del fotomatón. Tómenla como un ejemplo, pero mírenla. Ésta que aquí ven es la primera plana de El Mundo del pasado día 13 de marzo. Observen bien esa página. Hay en ella todo un estilo de informar, toda una forma de acceder al mundo. Cierren los ojos e imaginen por un instante que esa plana la vieran un marciano, un salvaje, alguien ajeno y un tipo distante. ¿Qué entenderían? ¿Cómo la enjuiciarían?
En una portada, los periodistas construyen un orden congruente. Avecindan las noticias, encajan la publicidad y distribuyen los reclamos del interior. Resumen lo real, recreándolo en poco espacio; adosan unas cosas a las otras y rehacen los hechos que juzgan relevantes. Todo, pues, parece objetivable y todo parece ser real. Para empezar, la ilustración de esta portada es una imagen de impacto: una fotografía policial. La foto de un presunto delincuente obtenida por la policía parece un documento inapelable: al retratado se le hace compartir un aire de familia reconocible, el de los forajidos atrapados.
Tiempo atrás ya analizamos aquí el género de la foto policial, las poses del detenido, su forzada normalidad o su aplomo desafiante, la ufanía que se le consiente o a que le empujan. Todo empezó hacia 1848, decíamos en un post anterior. Pero ahora, más que la imagen, habría que analizar el pie de la foto. Los periodistas de El Mundo no se conforman con el impacto de lo visual. Necesitan reforzar el sentido de lo que vemos o creemos ver. Han de redactar una leyenda.
«De gran corruptor a juguete roto«, titulan. «Envejecido, despeinado y con barba descuidada. Así se ve al principal imputado en el caso Gürtel, Francisco Correa, en la foto de su ficha policial, que anoche desveló en exclusiva VEO7, la TV de Unidad Editorial. El fotomatón es tan impcable que en él no queda rastro del gran corruptor que creció a la vera de Génova, aquel que fue testigo de la boda de Alejandro Agag y Ana Aznar con chaqué y pelo engominado. Su mirada asustada es ahora la de un juguete roto, como cualquier delincuente común», acaba esa nota. Por favor, reléanla.
¿Envejecido? ¿Despeinado? ¿Con barba descuidada? No parece que el retratado padezca tan grave deterioro como ese pie nos quiere hacer creer. ¿»El fotomatón es tan impacable que en él no queda rastro del gran corruptor que creció a la vera de Génova»? Sin duda, quien redacta no desea que lo real le estropee la descripción fotográfica con que fantasea: añade lo que la imagen no revela. ¿De verdad no queda rastro de «aquel que fue testigo de la boda de Alejandro Agag y Ana Aznar con chaqué y pelo engominado»? Habrá que comparar, ¿no?
¿Psiquiatría o folletín? Acudo a la página 5, que es el lugar en donde se desarrolla esta fotonoticia. ¿Y qué me encuentro? Un reportaje psicológico firmado por Ángeles Escrivá titulado «El crudo fotomatón policial«, ilustrado con dos imágenes del presunto delincuente.
Las observo una y otra vez y, la verdad, no veo a ese tipo destruido que quiere mostrarnos la periodista. No veo más que a la misma persona. Es cierto que en un caso dicho señor está vestido para una boda de postín, celebrada hace unos años; y, en el otro, se nos presenta como un detenido de ahora mismo, con ese desaliño característico, con ese desaseo típico que cualquiera de nosotros tendría si estuviera en su circunstancia. Pero, insisto, no distingo «la mirada asustada (…) de un juguete roto».
¿Un juguetre roto? Por favor, que alguien pare esta retórica… La novelería de la periodista y del periódico me disgustan. Empiezo a leer esa quinta página para congraciarme: «Conserva el tipo de la foto un punto soberbio en la mirada y la mantiene firme frente al fotomatón policial. Probablemente no sabe todavía qué es exactamente lo que tienen contra él y cavila a pesar de lo humillante de la prueba. Primero de frente, luego de perfil con los números del oprobio grotescamente pegados a su nuca, hoy cubierta de una melena rala y algo grasienta. Nada excesivamente grave si fuera un mendigo que ha superado los 60; nada excesivamente llamativo si se tratara de la prueba de vida de un mafioso del Este secuestrado por una banda rival».
No soporto más que el primer párrafo. ¿Pero por qué la periodista inflige este suplemento punitivo al presunto delincuente? ¿Pero por qué quiere hacer literatura con una simple foto de la que extrae conjeturas psicológicas sin respaldo? ¿Imita malamente a Gabriel García Márquez?
El periodismo actual y el venidero están en peligro.
Sigo leyendo. «La cuestión es que en esos momentos -poco después de iniciada la operación policial que le mantiene en prisión-, Francisco Correa es el mismo tipo que apenas horas antes presumía coqueto ante los amigos de sus 54 años y de sus tres horas diarias en uno de los más exclusivos gimnasios del barrio de Salamanca. Ni rastro de la gomina o el bronceado de otras fechas, la foto muestra el deterioro propio de quien lleva horas sometido a la incertidumbre y a la tensión; apenas preludia lo que, para el protagonista -hoy orillado como el gran corruptor- será el principio de un infierno de depresión y de tendencias autolesivas, según las autoridades penitenciarias».
¿Pero esto qué es? Cualquier manual de psiquiatría forense evitaría estos términos. ¿Cómo se le han ocurrido a la autora? ¿Quiere probarnos su perspicacia analítica, su certera predicción? Leo algo más: «El hecho es que, a estas alturas, suma razones para deprimirse. Las más obvias, la perdida de propiedades envidiadas por cualquiera y de su increíble nivel de vida. Las más inmediatas, su incapacidad para soportar los lugares cerrados o su intolerancia a los olores, o la absoluta soledad en la que se ha visto».
No sigo, no aguanto este folletín consolador. ¿A quien se dirige la periodista? ¿A un lector que envidia el oropel? ¿Y quién de nosotros soporta los lugares cerrados, los malos olores o la absoluta soledad? Me detengo. Ya sé cuál es la moraleja del cuento: los villanos tienen su merecido. Qué alivio.

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