El relato preferido

thomasgradgrind1. La imaginación. ¿Cuál es el tema? ¿Hablamos del Gabinete? ¿Del nuevo cuerpo de gobernantes?  “Guiáte en todas las circunstancias y gobiérnate por lo real. No está lejano el día en que tengamos un cuerpo de gobernantes imbuidos de realismo y ese Gobierno estará integrado por jefes de negociado, realistas, que obligarán a las gentes a vivir de acuerdo con la realidad y descartando cuanto no sea realidad”, dice Thomas Gradgrind.

“Tenéis que suprimir por completo la palabra imaginación. La imaginación no sirve para nada en la vida. En los objetos de uso o adorno, rechazaréis lo que está en oposición con lo real. En la vida real no camináis pisando flores; pues tampoco caminaréis sobre flores en las alfombras. ¿Habéis visto alguna vez venir a posarse pájaros exóticos y mariposas en vuestros cacharros de porcelana? Pues es intolerable que pintéis en ellos pájaros exóticos y mariposas. No habéis visto jamás a un cuadrúpedo subirse por las paredes; pues no pintéis cuadrúpedos en ellas. Echad mano –prosiguió el caballero–, para todas esas finalidades, de dibujos matemáticos, combinados o modificados, en colores primarios, dibujos matemáticos, susceptibles de ser probados y demostrados. ¡He ahí el nuevo descubrimiento! Eso es realismo. Eso es buen gusto”, concluye Gradgrind.

2. La realidad. ¿Cuáles son las relaciones que se dan entre novela e historia, entre realidad y ficción, entre hechos e imaginación? La pregunta ha sido mil veces planteada y la respuesta no es sencilla. La buena ficción de un novelista ayuda a entender mejor las cosas que verdaderamente acaecen. Y la crónica esmerada de un reportero puede ser literatura sin realidad. No hay soluciones sencillas. Algunos creen que sí. Por ejemplo, Arcadi Espada, un periodista que lucha denoda y genéricamente contra el tóxico de la literatura o la imaginación. Lo real ha de ser descrito sin añadidos ni afeites. Lo real ha de ser presentado tal cual. Así se expresa en su Periodismo práctico (2008). Por eso, no extrañará que tome a Javier Cercas como el epítome de ese mal que denuncia, alguien que mezcla a sabiendas lo real y lo imaginado cuando se ocupa, por ejemplo, de la Guerra Civil. Para Espada “una novela es mucho más barata que un gran reportaje”. Es ésta una afirmación dudosa.

Una gran novela exige enormes dispendios: gastar la vida para recrear lo real, por ejemplo. Y una crónica requiere el esfuerzo de la imaginación controlada, prudente, si no quiere ser un calco embustero. Estoy leyendo a Javier Cercas: en su Anatomía de un instante (2009) –que dedica al 23-F– se plantea estas mismas cosas en su reflexión inicial y, desde luego, aborda qué tipo libro está escribiendo, a qué género adscribirlo: si una crónica o una novela, si un relato real o una narración con su parte imaginaria. Cercas se pregunta cuál es la fórmula que adopta: cuál es el relato que prefiere para contarnos hechos reales.

Lo real no es sólo lo que el periodista puede documentar, como empeñosamente nos dice Espada. También es aquello que no se consumó pero que estuvo alumbrándose en la imaginación de la gente. Habrá que conjeturarlo, pues. Difícilmente podrá hacerse un gran reportaje sobre lo que no fue efectivo. Pero aquello que no fue efectivo también tuvo su trascendencia real, su efecto. Otra cosa bien distinta es la pereza del periodista que para evitar el esfuerzo documental rellena con novelerías. Y otra cosa diferente es la habilidad del novelista que observa y recrea verosímilmente lo documentado. 

Thomas Gradgrind despotricaba contra la imaginación en Tiempos difíciles (1854), de Charles Dickens: el colmo de la broma literaria. Quien lo dice es un personaje inventado que sólo vive en el interior de una novela, pero ese sujeto tiene un perfil perfectamente real. Había gentes así en la Inglaterra victoriana. Las investigaciones históricas no hacen más que reforzar la impresión que causa Dickens con su imaginación.

3. La guerra.  ¿Y la Guerra Civil? ¿Cómo se ha incorporado el pasado convulso en la literatura reciente? O, en otros términos, ¿cómo se han representado imaginariamente la contienda y su recuerdo? Esto que les planteo no es una extravagancia, sino un asunto actual: no sólo por el debate público acerca de la memoria, sino por el peso que la ficción tiene en nuestros días.

En los años ochenta, en los noventa o en el nuevo siglo. Hay ya un repertorio de  obras nuevas que quedan, obras que asumen distintas tradiciones: las que vienen de André Malraux, de Ernest Hemingway, de Agustín de Foxa, de Juan Benet, de Camilo José Cela. Insisto: ¿cuál es nuestro relato preferido? ¿Quizá Beatus ille (1986), de Antonio Muñoz Molina? ¿O tal vez La casa del padre (1994), de Justo Navarro? ¿O El lápiz del carpintero (1998), de Manuel Rivas? ¿O Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas? ¿O Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez? ¿O Enterrar a los muertos (2005), de Ignacio Martínez de Pisón?

¿O tal vez Días de llamas (2000), de Juan Iturralde? Tengo pendiente para este verano –tiempo de larga lectura sin interrupciones– el disfrute de este último libro, libro con el que me obsequió Ana Serrano. Tanta es su generosidad amiga. También reservo para dicha estación los Partes de guerra (2009), de Ignacio Martínez de Pisón. Me faltan esas hermosas tardes, que decía Marcel Proust, “pasadas bajo el castaño del jardín de Combray; tardes de las que yo arrancaba con todo cuidado los mediocres incidentes de mi existencia personal, para poner en lugar suyo una vida de aventuras y de aspiraciones extrañas…!” Antonio Muñoz Molina está ultimando una gran novela –físicamente hablando— que trata de los prolegómenos de aquel conflicto. Supongo que, además, será una gran narración en el sentido propiamente literario. Quedamos a la espera y no revelo más. Ojalá me llegue para el verano.

Las novelas y los cuentos incorporan ese pasado doloroso a través de la memoria y de la imaginación de unas generaciones que vivieron la guerra sólo a través del relato de sus familiares. Las ficciones sirven también para rehacer la historia, sintiéndola indirectamente por quienes no vivieron esa convulsión. Las novelas son transfiguración de experiencias  y en ellas se recrea con personajes reales o inventados, con situaciones sucedidas o imaginadas, una serie de problemas que han definido parte de la historia pasada, en este caso de la historia española. Algunos de estos problemas son: la fatalidad, el cainismo y la violencia; la memoria inventada, las mentiras, la tergiversación del pasado; el heroísmo, la traición, el coraje en una guerra; los derrotados, la conciencia de culpa, el miedo y el silencio de los vencidos; la ucronía, la historia virtual de lo que pudo haber sido.

4. Los hechos. ¿Qué hacemos con la imaginación? ¿La desterramos?, según proponen ciertos periodistas o historiadores urgentes.  Si es así, diremos con ellos: “Pues bien; lo que yo quiero son realidades. No les enseñéis a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades. En la vida sólo son necesarias las realidades. No planteéis otra cosa y arrancad de raíz todo lo demás. Las inteligencias de los animales racionales se moldean únicamente a base de realidades; todo lo que no sea esto no les servirá jamás de nada. De acuerdo con esta norma educo yo a mis hijos, y de acuerdo con esta norma hago educar a estos muchachos. ¡Ateneos a las realidades, caballero!”. Eso decía Thomas Gradgrind. Yo, no.

51 comments

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  1. Isabel Zarzuela

    “En la vida sólo son necesarias las realidades. No planteéis otra cosa y arrancad de raíz todo lo demás”

    Entonces, este Thomas Gradgrind, es un poquito utilitarista ¿no? :-)

  2. Angel Duarte

    Póngale imaginación a la historia y tendrá, seguramente, un mal libro de historia. O, por decirlo con Espada, un libro barato. Pero quizá, sólo quizá, tenga también entre manos un gran libro. A secas.

    Lo que se compadece mal, con la historia y con la literatura, en la ausencia de talento.

    Abrazo sevillano, en una semana particularmente imaginativa

  3. Marisa Bou

    ¿Qué historias podríamos contar, los que vivimos una vida gris y anónima, si no las aderezáramos con un poco de fantasía? ¿A quién podría interesarle la historia de una funcionaria (de 8 a 15, más dos tardes por semana) si no le añadimos la aventura -inventada- con un genio de las finanzas (pongo por caso, ahora que está ‘de moda’ la economía) o un ingeniero en energía eólica?

    Si nos quitan la imaginación, mejor nos hacemos registradores de la propiedad, por poner algo bien aburrido…

  4. Pumby de Villa Rabitos

    Entre las múltiples ficciones que especuló la burguesía decimonónica está la de la fragmentación de la realidad. Es una aplicación bastante pedestre, torpe, del método científico que, por la misma época, comenzaba a creerse que con sus apenas cien años de andadura (siendo muy optimista) ya había alcanzado la edad madura. Bueno, el pobre Kant creía que con la Ilustración salíamos de la infancia para entrar en la madurez y ya veis, apenas si hoy día alcanzamos la adolescencia – y una adolescencia, encima, difícil, cerril –, pero como decía Ende, esto ya es otra historia.

    La cosa es que ellos creían que la realidad podía fragmentarse en pequeñas realidades para analizarla y actuar eficazmente sobre ella. Más que utilitarismo, Isabel, creo que es un tipo de política basado en la eficacia. En el mecanicismo. Hoy sabemos que las políticas eficaces no son eficientes. Sabemos que el pormenorizado, el obsesivo, estudio de un árbol, por más erudito que fuere no nos permitirá nunca conocer el bosque; éste es demasiado complejo. El salto de lo particular a lo general, que con tanto optimismo se pontificó en aquellos días y aún hoy reclaman algunos, resulta que no es ni tan sencillo, ni tan obvio, ni tan concluyente. Tampoco lo es la descripción de la realidad basada en ello. La complejidad es un elemento a tener en cuenta en nuestra nueva física pero es algo que eluden sin despeinarse nuestras gentes de letras. Y es paradójico porque esa complejidad también es aplicable a los seres humanos “per se” y en sus acciones. Especialmente aplicable a los seres humanos.

    La idea de que un periodista, o un historiador, o un sociólogo puedan actuar como un científico físico, que sean capaces de analizar una noticia, un hecho histórico o un fenómeno social, con la misma firmeza y asepsia que un cirujano usa su bisturí es sencillamente insostenible. No aguanta el principio del observador como modificador de lo observado. Y ello no va en detrimento del ser humano sino a su favor: pone en entredicho la visión decimónica de las cosas. El ser humano es bastante más que ese autómata anacrónico regido por principios mecánicos. Es un ser complejo mediatizado por tal cantidad de estímulos conscientes e inconscientes (entre los que está la imaginación, claro) que admitir un individuo unidimensional, dirigido exclusivamente por un cerebro presuntamente libre de pasiones y condicionantes, asistido sólo por la razón, entendida ésta como una especie de ordenador biológico al margen de cualquier otra cosa que no sea tangible, es, a la postre, engañarse.

    No se trata de reivindicar aquello del 68 de “la imaginación al poder” (bueno, que lo reivindique quien quiera) se trata de que, indefectiblemente, las personas en ningún caso son objetivas: interpretan la realidad. Lo harán con mayor o menor suerte, mejor o menor acierto, con más o menos intencionalidad pero siempre desde su subjetividad. Son, somos, materialmente incapaces de aprehender objetivamente pues, precisamente, nuestra fuerza como especie está en la diversidad de visiones, las propuestas diferentes para resolver problemas y las soluciones múltiples a iguales circunstancias: somos animales dotados de la habilidad de usar el cerebro con mayor habilidad y eficiencia que el resto de las bestias del planeta, sólo eso… y no es poco.

    Así pues, igual deberíamos hacer caso a Thomas Gradgrind y atenernos a la realidad. Primera realidad: la realidad no existe en si, se construye por su observador. Y, a partir de ahi, el resto.

  5. daalla

    Muy interesante y documentado tu post, aunque en el fondo creo que se trata de una discusión bizantina. Uno puede acercarse al conocimiento y a los hechos de muchas maneras, sin que unas anulen a las otras. Mi padre me decía de pequeño que no debía de leer novelas porque no aportaban nada útil. “Matemáticas es lo que debes de leer” argumentaba. Poco caso le hice porque soy de letras.
    Sin embargo sí que hay, y lo digo por simple observación empírica, una diferencia entre la gente de derechas y de “orden”, que suelen cursar carreras científicas y buscar un conocimiento meramente utilitarista, y los que nos consideramos de izquierda, más dados a estudios vocacionales, a utilizar más la imaginación y a gustar de la novela en detrimento de los antipáticos libros “serios”.
    En fin, que cada cosa tiene su momento y su lugar y que para gustos están los colores.
    Saludos.

  6. Isabel Zarzuela

    “La idea de que un periodista, o un historiador, o un sociólogo puedan actuar como un científico físico, que sean capaces de analizar una noticia, un hecho histórico o un fenómeno social, con la misma firmeza y asepsia que un cirujano usa su bisturí es sencillamente insostenible”

    Entonces… ejem… ¿¿¿La historia no es una ciencia??? ¡Pero cómo!¡Pumby! :-)

  7. Pumby de Villa Rabitos

    A ver Daalla, no simplifiquemos hasta esos extremos, lo que dices sobre que la gente de derechas tiende a las ciencias y la de la izquierda a las letras es una afirmación de lo más gratuita. Si aplicamos un razonamiento apriorístico, como el tuyo, al mismo tema le podríamos dar la vuelta argumentando justo al revés: que las derechas, crédulas donde las hubiese, con saber de historia sagrada, filosofía, teología y metafísica, o sea, de letras, ya iban servidas, mientras que en cambio las izquierdas, laicas y materialistas por definición, debían dedicarse principalmente a la ciencia empírica, base de toda razón, por lo tanto, a las ciencias. Y tampoco es eso, que vocaciones hay para todos los gustos y desde todas las perspectivas ideológicas.

    Así que no, la observación empírica en ningún caso demostrará tu aseveración, en todo caso, lo que demostrará es que en España hay más cancha universitaria para las letras que para las ciencias, lo cual es bastante coherente con el lamentable estado de la ciencia y la tecnología española y consecuente con el fatal nivel científico de los españoles. Los informes PISA nos lo reiteran edición tras edición. El “qué inventen ellos” sigue siendo una lamentable realidad que nos indica la situación real de España en el conjunto de Occidente.

    Sin ir más lejos, aquí, yo mismo, reúno todos los requisitos que podría reunir una persona de izquierdas y, en cambio, soy de formación científica y trabajo tecnológico… de ese tipo de trabajo que horroriza al Vaticano y espanta a la carcunda española: el que no necesita a su Dios para nada.

    En efecto, Isabel: la historia no es una ciencia; el periodismo no es una ciencia, la sociología no es una ciencia, lo que se llaman pomposamente “ciencias sociales” no son actividades científicas, son humanidades. Es cierto que algunas de ellas hacen uso de recursos científicos pero son sólo medidas de apoyo, no como objeto de su actividad. Para que exista una ciencia debe colegirse de una sucesión de observaciones empíricas y la aplicación de un método consecuente, unos principios y leyes generales. Las humanidades, precisamente por tener al ser humano como centro de su estudio no pueden extraer leyes porque el ser humano, dentro de los márgenes que le impone su información genética, goza de libre albedrío y este es impredecible.

    Lo interesante sería saber porqué, precisamente desde el XIX, los humanistas comienzan a tener vergüenza de su propia actividad y tratan de recubrirla de ropajes “científicos” ¡como si fuera vergonzoso tratar la incertidumbre que acompaña consubstancialmente al ser humano! Peor aún, precisamente en el XX, cuando la ciencia comienza a trabajar sobre los principios de incertidumbre del universo, los exhumanistas, devenidos neocientíficos sociales, más se empeñan en tratar de presentarse ante la sociedad como actores de una actividad irreprochablemente científica. Mienten a la sociedad, mienten a la ciencia y se mienten ellos. Mientras de las letras no surja una ley universal, no habrá ciencia social que valga. El resto son monsergas.

    Ah y no me vale como justificación la confusión entre “rigor metódico” y “ciencia”. Que las humanidades sean rigurosas no es sinónimo de que sean científicas sino de que se dejaron de camelos verborreicos – tan del gusto de los seminarios – y se aplican con interés en el desarrollo de unos conocimientos que afectan a las personas.

  8. Mary Wollstonecraft

    Todos los martes, entre las doce y cinco y las doce y diez del medio día, tomo café en una cafetería. Lo hago en la barra y tardo el tiempo justo de preguntarle por su padre al amable camarero que me lo sirve, ya sin preguntar, y que jamás olvida ponerme la leche fría, un vaso de agua sin hielo y dos bolsitas de azúcar, desde la segunda vez que entré allí, cosa que agradezco extraordinariamente y que me permite tardar muy poco en beberme el café. Detrás de mí, en las mesas, siempre hay grupos de gentes bastante jóvenes, evidentemente de oficinas próximas, que desayunan con más calma y charlan animadamente. El martes pasado oí un comentario a una voz femenina sobre las mujeres rubias; un comentario en el mismo sentido de cientos de chistes conocidos, de cuchicheos de morenas despechadas, de frases de hombres derretidos… Hablaba de una rubia en particular, de alguien a quien conocían todos los que estaban con ella y me produjo tal sorpresa que saqué mi cuadernito y la apunté: “Hay veces que me gustaría ser rubia para poder ser así de absurda”. Una pausa larga, como elaborando el pensamiento que no necesitaba más para resultar genial, pero añadió: “Es absurda, pero, como es rubia, no queda mal”.

    El absurdo inherente al color de pelo y el deseo de ser rubia para poder ser absurda como si, el serlo (absurda, no rubia), produjese toda clase de ventajas. Me pareció un hallazgo de frase, me alegró la mañana que pasé sonriendo en el recuerdo. Eso es imaginación, es una forma de decir las cosas cotidianas, sin inventarse nada, es un talento natural para narrar y despertar el interés del que escucha, sin necesidad de inventarse nada extraordinario, Marisa y es algo natural imposible de evitar.

    Dickens era un humorista extraordinario que podría haber creado un personaje singular y estupendo con una mujer que quiere ser rubia para poder ser absurda.

    Que duerman bien.

  9. Mary Wollstonecraft

    Perdón por las reiteraciones en “preguntarle” y “preguntar” y “Sin inventarse nada” y “sin necesidad de inventarse nada” y por los dos extraordinarios. No se puede correr al escribir.

  10. Ana Serrano

    Hace bien en guardar “Dias de llamas” para la pausa del verano, Justo, hace muy bien.

    “La casa del padre”, no conocía a nadie que la hubiera leído hasta ahora mismo. Me hizo una tremenda impresión.

  11. jserna

    Odio los libros de historia que remedan la prosa de las novelas, con arabescos verbales, con fantasía conjetural y con libertad inventiva. La historia nos ciñe, lo que no significa que descartemos la imaginación (que no es inventar, sino intuir y conjeturar lo que documentalmente no podemos probar por falta de datos). Y odio las novelas que sacrifican su trama y su mundo, la elaboración y la coherencia, al dato preciso y a la exacta documentación del erudito. Un libro de historia ha de constituir a sus lectores: idealmente ha de crearlos provocando en ellos un interés y un conocimiento que no tenían. No tiene por qué aburrir. La comunicación es decisiva. Una novela ha de atender también a sus lectores: idealmente ha de desconcertarlos produciendo en ellos un saber que ignoraban saber. En ambos casos, la imaginación no puede faltar. En la novela, la imaginación es la fuente que permite construir un mundo interno que no necesita ser copia exacta del mundo exterior. Sin embargo, las novelas están hechas por un creador que dispone a sus personajes en circunstancias parecidas a las nuestras, con pensamientos y conjeturas similares a las nuestras, con deseos y miedos parecidos. Por ello, nos proporcionan esquemas narrativos y analíticos que nos son útiles para conducirnos en el mundo real. En los libros de historia, hallamos un repertorio inagotable de experiencias humanas, de conductas sabias o ignorantes, de gestas pequeñas o grandiosas, de imaginación moral, que es como la llamaba Carlo Ginzburg. Esos libros también nos proporcionan vivencias con las que contrastar y conjeturar la propia, su época y la nuestra. Si me informo acerca de esas otras existencias es porque dichas vidas me sirven para analizarme. ¿Se puede escribir historia sin imaginación?

  12. Alejandro Lillo

    Amin Maalouf recrea en su novela “Samarcanda” la vida de Omar Jayyam, poeta y filósofo persa nacido en el siglo XI.
    En un momento de la novela, un visir amigo de Jayyam, que admira los conocimientos y sabiduría de éste, le pide que escriba un libro definitivo sobre la medicina, la astrología, las matemáticas y las demás ciencias. Omar, tras escucharlo, le contesta:

    “Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas estas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es supérfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios? (…) Se recuerda lo que destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollaron ellos mismos será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan después. Ésta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no niega jamás aquellos que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis “ruba´iyyat”. ¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la astronomía, el enigmático susurro del universo. Pero ¡por favor, que no me hablen de verdad!”.

    Seguro que esta intervención no le agradaría nada al citado Thomas Gradgrind, pues toda ella forma parte de una ficción. Sin embargo, esta cita condensa y refleja la “realidad” con mayor brillantez que la que pueden transmitir miles de páginas escritas por eruditos tan sosos y aburridos como el Gradgrind ese.

  13. David P.Montesinos

    Maalouf y Jayyam… la combinación me invitó a soñar con tanto placer que, finalmente, quedé ligeramente despagado con “Samarcanda”. Creo que es un buen Maalouf, pero no el mejor Maalouf… bien traído en cualquier caso, Lillo.

  14. David P.Montesinos

    A vueltas con el asunto del día.

    La convicción de que la imaginación acompaña sin remedio al pensamiento aparece ya desarrollada en Aristóteles, lo cual ayuda a corregir el primero de los grandes excesos del maestro Platón, que condena a galeras –expulsados de su Calípolis soñada en La República- a poetas y retóricos. El que imagina, el que puebla su mente de “phantasia”, vive en un mundo doblemente falso, pues si la idea representa al ser, la “mimesis” que es el arte copia a la idea, doble alejamiento del ser verdadero, pues.

    “Los pensamientos no son sin imágenes”, dice el de Estagira. El problema es que reduce la imaginación a la categoría de abstracción sensible, algo así como una imagen que experimentamos sin que nuestros ojos nos la estén suministrando de inmediato. De esta forma, resulta que el gran sistematizador del saber que fue Aristóteles puso a los imaginadores “en su sitio”, le dio a la Poética un lugar subsidiario y servil en la gran tarea del desvelamiento de lo verdadero, que correspondía por tanto a los “saberes primeros”.

    La tradición intelectual de Occidente no ha superado este prejuicio instalado en el alma de las gentes desde tiempos remotos: “los que sueñan vestirán harapos”, decían en la Edad Media. El hecho de que los periodistas hagan suyo ese principio con tanta frecuencia suena por todas partes a engañifa, pues son ellos los mayores conocedores de aquello que Umberto Eco nos hizo ver al hablarnos de los efectos de verdad de las mentiras. “Que la verdad no te estropee una buena noticia”… la ingeniosa frase ha salido del horno caliente de las redacciones de los periódicos, de manera que acaso sea el periodista el más interesado en disimular su condición de mayor fabulador del reino. No hay más que coger el primer periódico que les venga a las manos para descubrirlo. Ya lo dijo Nietzsche cuando escribió todo un tratado sobre “cómo el mundo verdadero se convirtió en fábula”.

    Cuando a mi padre, de joven –ahora ha perdido lamentablemente ese hábito-, le veía mi abuelo leyendo relatos, le miraba con cierto desdén y exclamaba despectivo: “Bah, noveletes, quina pèrdua de temps”, lo cual por cierto no impedía al abuelo Arturo caer en la siniestra adicción y tragarse a bocados como un alonso Quijano del Barrio del Carmen toda la producción de Marcial Lafuente Estefanía. Curiosamente, las intuiciones más interesantes sobre la vida que mi padre me ha transmitido provienen siempre de relatos: “acuérdate de las ratas de La Peste de Camus, de la Muerte llevándosenos a todos por la ladera de una montaña en El séptimo sello, de Marco Antonio en la cara y la voz de Marlon Brando lanzando a los romanos el discurso más afilado y astuto de la historia…”Y resulta que todo esto en realidad no ocurrió, era ficción… ni siquiera es cierto que Tintin viajó a la luna antes de Armstrong y compañía, aunque, bien visto, ahora resulta que según ciertas leyendas urbanas tampoco fue verdad aquello y lo rodó Kubrick en su casa de campo.

    Filosofía, Historia… da lo mismo. Si creemos como Platón o Hegel que la vida es un juego en el que todo lo real es racional, sin duda debemos decirle adiós a los relatos, limitarnos a leer Ana Karenina en la cama para conciliar el sueño. El problema de quienes así piensan es que, probablemente, la empresa académica de búsqueda de una verdad desvinculada de narrativas y mitologías a la que suelen declararse fieles esconde el miedo a la complejidad de la vida humana. La novela nos permite entender que no somos, sino que estamos siendo…. Que no hay una sino muchas posibilidades, lo cual es ciertamente angustioso, pues nos pone ante la tesitura de fantasear con otras posibilidades. A través de Kafka o de Dickens descubrimos visiones del mundo cuyo horizonte es, sin duda, universal, si no no les adoraríamos como lo hacemos, pero se descubre solo a partir de existencias singulares, tan singulares, intrasferibles y únicas como mi propia existencia. También podemos desear un mundo “limpio”, no contaminado de relatos, ficciones, metáforas y desplazamientos del sentido de lo verdadero, un mundo sin novela, en definitiva, pero como dijo Monterroso, el problema de “irse al cielo es que desde allí el cielo no se ve”. No podemos pensar sin imaginación porque el ámbito de la verdad pura y objetiva es la mayor de las fábulas. Quien la defiende con mayor ahínco suele ser el mayor de los farsantes.

    Dos cosas. Recomiendo encarecidamente la reseña de Fuster que linkeaba Serna el otro día. Excelente reseña y oportuna publicación – a vueltas de nuevo con Obama- del viejo texto de Sombart :”¿Por qué no hay socialismo en los EEUU?” Recomiendo también, a vueltas con el asunto que nos ocupa hoy, el legendario “Las encrucijadas del laberinto”, de Castoriadis. También por supuesto “El ocaso de los ídolos” de Nietzsche.

    Una última cosa. El concepto de ciencia hoy dominante sí admitiría bajo su manto a las llamadas “Ciencias Humanas”, aquellos saberes surgidos sobre el objeto “hombre” que, como la Economía, la Antropología o la Psicología, trasladan la metodología y el horizonte veritativo de las ciencias físico-matemáticas al estudio de ese nuevo tema de los saberes objetivos surgido con el siglo XVII que es el ser humano. Los llamados saberes humanísticos, como la Filosofía, la Historia o la Filología, son anteriores a ese planteamiento que hace fortuna con la Revolución Científica del XVII. Lo que intento decir es que saberes como el historiográfico sí son científicos en la medida en que no aceptamos criterios de verdad estrictamente inductivos o deductivos como los que la Ciencia Nueva impone a partir de Newton. A partir de ahí, hacer Filosofía, por ejemplo, no es emitir puras opiniones improbables o especular sobre la nada, es instalarse en un horizonte de verdad donde la reflexión y la deliberación tienen máximo valor, y donde existen criterios de corrección y coherencia desde los que nuestro discurso puede ser juzgado. Por ejemplo: puedo explicar por qué creo que el berlusconismo supone un síntoma del fracaso del modelo democrático contemporáneo sin que la imposibilidad de aportar pruebas propias de un laboratorio de Física me condene a no “demostrar” de alguna manera lo que estoy sosteniendo.

    Eso le gustaría a algunos mandarines, que no pudiéramos investigar la verdad en Filosofía e Historia, así acabaríamos con tocapelotas como Umberto Eco, empeñado el tío pelma en demostrar que SÍ ES POSIBLE PENSAR CONTRA EL PODER. (Perdón al jefe por subir el tono al final, pero me sale de dentro esto último)

  15. Fuca

    Pues yo tampoco estoy de acuerdo con Thomas Gradgring (del que no he leído nada) en su reivindicación de la realidad como opuesta a la imaginación. ¿Qué sería de nuestras vidas si desterramos la imaginación? Me parece que en este punto coincidiremos todos los contertulios.

    Sobre nuestra Guerra Civil se han escrito muchas novelas; me extraña, Justo, que no hayas citado la de Almudena Grandes, “El corazón helado”; es una gran (por el número de páginas) novela aunque no magnífica, pero, desde luego, no desmerece comparándola con la de Manuel Rivas, Javier Cercas, Alberto Méndez…, creo que las supera. Al final del libro, aparecen las notas de la autora, en las que reivindica el término novela para su obra: “es una novela en el sentido más clásico del término. Es, de principio a fin, una obra de ficción, y sin embargo no quiero ni puedo advertir a sus lectores que cualquier semejanza de su argumento o sus personajes con la realidad es una mera coincidencia. Lo que ocurre es más bien lo contrario. Los episodios más novelescos, más dramáticos e inverosímiles de cuantos he narrado aquí, están inspirados en hechos reales”. Después cita varios episodios de la historia española reciente que parecen ficción pero, por desgracia, han sido verdad. Sólo hay dos excepciones. Me interesa la primera, la que tiene que ver con el golpe de Estado del coronel Casado, “el hecho más oscuro, peor contado y documentado, de toda la guerra civil. Al margen de los combatientes comunistas, que sólo pueden aportar el punto de vista de las víctimas, sus contemporáneos suelen pasar por él de puntillas, seguramente por miedo a ensuciarse”. Ella intuye que estos datos existen en alguna parte, pero no los encontró. Como en este blog hay muchos historiadores, os pregunto, ¿realmente estos datos existen o sólo se puede usar la imaginación y la intuición para relatar estos episodios?

  16. Paco Fuster

    Justo: te copio -os copio- dos citas al hilo de tu comentario sobre el rechazo -que yo comparto- que te producen las novelas que buscan el rigor histórico o las historias que buscan el esteticismo de la prosa novelística. Son citas largas, pero muy jugosas.

    1.- “Quien en una novela busque sobre todo la verosimilitud ha elegido un camino equivocado y por ello, al leerla con la finalidad de incrementar nuestro conocimiento histórico, no tiene sentido buscar «hechos». Por el contrario, lo que la novela proporciona son «pistas» acerca de las condiciones de vida, las costumbres, los sentimientos y las ideas de una sociedad, pistas que han de ser comprobadas mediante fuentes de otro tipo, pero que quizá no habría sido fácil encontrar en primer lugar en esas otras fuentes. Y sobre todo pistas acerca de los sentimientos que compartían el autor y sus lectores. Aunque ciertos novelistas han realizado excelentes descripciones de las condiciones físicas de determinado ambiente social (las viviendas, las calles, las ropas), como regla general el interés histórico de una novela estriba sobre todo en las pistas que proporciona acerca de la manera en que se experimentaban íntimamente en una época los distintos aspectos de la vida: cómo se concebía la relación entre marido y mujer, cómo se sentía la muerte de un hijo, qué ilusiones y desengaños sentía un joven al comienzo de su vida independiente. Quien crea que estas preguntas no tienen relevancia histórica no tiene motivos para interesarse por las novelas, pero en mi opinión tiene un concepto muy pobre de la historia”.

    [Avilés “La novela como fuente para la historia: el caso de Crimen y castigo (1866)” en Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, H.” Contemporánea, t. 9, 1996, págs. 337-360].

    2.- Una comendia de Lope o de Calderón nos enseña más de cómo eran los españoles del tiempo de los Felipes austríacos que toda la historia política de la época. Parejamente, quien desee comprender el carácter francés no deberá ir a buscar su explicación en la historia, ni siquiera en la filosofía, del país vecino, sino en el Roman de la Rose, en Ronsars y Rabelais, en Malherbe y Boileau, en Chateaubriand y Victor Hugo. No es, ni mucho menos, desdoro de las bellas letras el señalarles un valor práctico como vías de acceso a la historia auténtica. Pero adviértase que cumplen ese fin útil sin proponérselo, sin darse cuenta de lo que llevan implícito en sí; más aún, dejan de cumplirlo en la medida en que se afanan por cumplirlo; pues lo que singulariza a la obra literaria -como a la artística en general- y la hace insustituible a quien la mira por ese lado utilitario es, cabalmente, lo que en ella hay de original y espontáneo, el hecho de que responde a una «íntima necesidad» del alma que la crea”.

    [Juan López-Morillas, “Hacia el 98: literatura, sociedad, ideología”, Barcelona, Ariel, pp. 195-196.]

    Tengo alguna más en esta línea (entre ellas alguna de tu libro sobre Muñoz Molina) pero lo dejamos para otra ocasión. Podría haber dicho sencillamente que pensaba lo mismo, pero nunca lo habría expresado tan bien como estas citas.

  17. jserna

    Pues sí: son dos citas muy pertinentes. Muy precisas. Muchas gracias.

    ¿Dices que que tienes alguna cita de mi libro sobre Muñoz Molina que va en esta línea? Vaya. Han pasado ya cinco años desde que lo publiqué. Qué barbaridad.

  18. Fuca

    Verosimilitud: creíble, que tiene apariencia de verdadero. Opino que una novela que no sea verosímil es una ficción fracasada. Me parece que el autor de la primera cita no tiene muy claro lo que significa verosimilitud.

  19. daalla

    Caramba Pumby de Villa Rabitos, tampoco es para ponerse así. Mi comentario no pretendía tener la misma hondura que el tuyo. El conocimiento empirico es el que se va adquiriendo mediante las vivencias y experiencias, asi que tambien es trasmitido por medio de las relaciones con la sociedad de tu alrededor. En consecuencia, yo tengo MI conocimiento empírico del mundo que tengo, distinto del tuyo y del de cualquiera. Y como empírico que es lo relativizo todo lo que haga falta. Me alegro de corazón de que seas de izquierdas y científico al mismo tiempo, lo cual no deja de ser una excepción a lo que YO conozco. Y me alegro tambiém, como de izquierdas que soy, de que asustes a la carcundia con esa combinación de vocaciones.
    Un saludo.

  20. jserna

    Fuca, por razones varias, tuve que suspender la lectura de El corazón helado, de Almudena Grandes, cuando llevaba cien páginas. Mientras estuve con ella me pareció una proeza narrativa. Me refiero a la decisión de escribir mucho –mucho– sobre hechos que aparentemente son remotos. No me desagradaba, pero tampoco me entusiasmaba. Luego me dio pereza regresar. No sabría precisar por qué.

    La verosimilitud no es un objetivo deseable en un novela. Esa meta expresa arruina muchas ficciones. La verosimilitid no es un objetivo: es un efecto.

  21. Paco Fuster

    La cita en esa línea que tengo apuntada de tu libro (hablas de Muñoz Molina, pero se podría decir lo mismo o algo parecido de Baroja):

    “El valor congnoscitivo, el valor que tengan las ficciones de Muñoz Molina para los historiadores, no dependerá de la cantidad mayor o menor de materiales referenciales, externos, que el escritor haya sido capaz de reproducir o de importar, la cantidad mayor o menor de pesonajes reconocibles o reales en los que se inspire o de los que tome algo en préstamo, la cantidad mayor o menor de «realemas», en palabras de Dolezel. De haber reflejo en el viejo sentido naturalista, no debería interesarnos la copia del mundo externo a partir del cual informarnos como investigadores. En primer lugar, porque para los historiadores cualquier documento propiamente histórico y no novelesco sería más fiable; y en segundo lugar porque no hay en Muñoz Molina una crónica objetiva, sino un retoque deliberado, una crónica múltiple y subjetiva, trastueque, aleación, vecindad, cambio y traslado de esos materiales, pero deformados por esa mirada observadora a la que antes aludíamos, depurados de acuerdo con el filtro de una memoria que es una y que es numerosa, la memoria del autor empírico y la memoria que atribuye a sus personajes, elaboración de un narrador que nos cuenta una verdad y que ha sido pensada imaginaria pero verosímilmente por el escritor”.

    [Justo Serna, “Pasados ejemplares”, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 49-50]

    *Por cierto el autor de la primera cita de antes es Juan Avilés (profesor de la UNED y crítico de “El Cultural”). Antes se cortó el nombre.

  22. Fuca

    Dices, Justo, que la verosimilitud no es un objetivo, es un efecto. No es contradictorio con lo que yo escribí: “una novela que no sea verosímil es una ficción fracasada”, es decir, que si el lector no percibe esa verosimilitud no es capaz de acabar la historia. Cómo tú muy bien escribías hace unos años hablando de la novela de Muñoz Molina y que lo recuerda la cita traída por Paco Fuster: “… una crónica múltiple y subjetiva […], elaboración de un narrador que nos cuenta una verdad y que ha sido pensada imaginaria pero verosímilmente por el escritor”.

    A la novela de Almudena Grandes, “El corazón helado”, le sobran muchas páginas; quizás sea por eso, Justo, por lo que no hayas regresado a esa historia. A mí tampoco me entusiasmó, pero eso en mí no es raro, pocas obras me entusiasman.

  23. jserna

    Pues quizás tenga razón, Fuca. El relato extenso, torrencial, tiene que estar muy bien justificado. Qué horrible eso que digo: “la cantidad mayor o menor de «realemas», en palabras de Dolezel”.

  24. La ratita presumida

    Vale, Justo, ya tengo los datos que quería saber.

    Me da un poquito de vergüenza decirlo, pero no conocía la existencia de ‘Pasados ejemplares’. Y para colmo, veo que está dentro de las referencias bibliográficas de ‘Héroes alfabéticos’.
    Por Ferrándiz ¡qué despistada soy!

  25. Pumby de Villa Rabitos

    Sabes, David, que una mutua manía nos une. No sé porqué no te caigo bien y, coincidiendo contigo, también te aborrezco sin que pueda racionalizar el motivo; sin embargo, inverosímilmente, una y otra vez acabo coincidiendo contigo, dándote la razón y posicionándome a tu lado. Puestos a ser un pejiguero (¿alguien sabe cómo se escribe esta palabra?) y buscar alguna diferenciación, más allá de tu gatofobia gaticida, tal vez mi propia deformación profesional me arrastra hacia una filosofía más materialista y a ti, por la tuya, a una más idealista. No se. Especulo. Desde luego, nos encontramos en Nietzsche donde tus mayores conocimientos de él y su obra suelen iluminarme. Sin embargo, en tu entrada de las 10’15 sí hay algo de más enjundia que te quisiera señalar. Es el tema de si las artes humanísticas pueden denominarse o no “ciencias sociales”. Creo que daría para un post específico el asunto así que no vamos a distraernos del presente; las posiciones de ambos considero que están claras. Defiendes con bastante más inteligencia de la que me he podido encontrar en otros colegas tuyos de letras la hipótesis del humanismo como ciencia aunque, sin embargo, nada de ello afecta a la mayor de mis argumentaciones: las humanidades no pueden emitir leyes generales cuando, precisamente, la emisión de leyes universales es lo que caracteriza a la ciencia y le da su razón de ser, su entidad. Dejémoslo estar pero, por favor, reflexiona/emos sobre la cuestión que vinculaba con ello: la de la vergüenza social que tienen los humanistas para presentarse a si mismos como una actividad no científica.

    Me llamó la atención un detalle que no es baladí: la primera revista de ciencias naturales que se publicó en España fue obra del botánico valenciano Josep Antoni Cavanilles. Sus tres primeros números se intitularon “Revista de Filosofía Natural”, a partir del cuatro pasó a ser la “Revista de Ciencias Naturales”. Pareciera como si fuera en esa segunda generación de ilustrados – sus coetáneos – cuando comenzara ese resquemor a que no se tomara en serio la filosofía (tal vez demasiado confundida con la escolástica más retrograda y la palabrería más vacua) y se prefiriera recubrir de “ciencia” las nuevas humanidades. Es interesante porque, en el caso que apunto, pareciera como si la Ilustración, como movimiento filosófico, amante-del-conocimiento, liberado (permítaseme el exceso) de la carga religiosa, retornara a sus orígenes occidentales, a la Jonia o la Hélade de Antes de Nuestra Era, donde filosofía y ciencia eran una misma cosa. Y, de hecho, desde el mismo Renacimiento hasta el XIX la figura del filósofo-científico es constante y definitiva. ¿Qué pasó, pues, en la segunda mitad del XVIII? ¿por qué las humanidades no se vindicaron con orgullo si no que se trataron de diluir en el nuevo movimiento científico? ¿qué tipo de “magia” creen las personas de letras que aporta la ciencia para que, hoy por hoy, ese giro de la filosofía a la ciencia (en vez de la expansión de la filosofía a la ciencia) en el que está inscripto Cavanilles no sólo se consolide si no que se reivindique cuando, precisamente ahora, los científicos – especialmente los físicos – retornan sus ojos a la filosofía?. Bueno, aquí lo dejo, me sumo a la propuesta de Fuca de dejar cuestiones abiertas para que le peguemos vueltas al asunto en la soledad de nuestros gabinetes.

    Decididamente, Daalla, lo hago mal. La escritura es traidora, al menos a mi me traiciona, y me temo que has leído en clave de enfado lo que sólo era una amigable recomendación. Como gato viejo que soy (me temo que ni tu madre leyó ya mis aventuras, imagínate si estaré apolillado) husmeé en otras intervenciones tuyas en la Red y vi igual pasión y compromiso en tus intervenciones. La pasión es buena, pero sabiendo aplicarla en el momento apropiado. Vamos, yo lo veo así. Así que traté, simplemente, de que mesuraras un poco tus intervenciones porque, cargado de razón puedes perderla toda por un rapto de apasionamiento. El ejemplo que te puse no fue para afearte ninguna opinión tuya, sólo para que vieras que se debe ser cauto a la hora de emitir juicios. A mi me da igual por mí, digo barbaridades provocativas sin que me tiemble el pulso, pero ya soy viejo y no tengo nada que perder, al revés, hasta gano unas cuantas risas poniendo de los nervios a reputados charlatanes, pero tu tienes por delante un camino largo y fecundo (o eso creo yo) que no deberías malograr. No me meto en la vida de nadie. No doy consejos. Sólo te aporto alguna idea para que consideres su oportunidad para tu propio provecho.

    Te mando, igualmente mi saludo más fraternal y te recuerdo un versito de Ramón Pelejero, alias Raimón, para que lo apliques a las gentes del ámbito científico: “som molts més dels que ells diuen i creuen”.

    Y con ello, otro saludo igual de fraternal y científico a Arnau Gómez, otro representante de la ciencia y la izquierda en este blog.

  26. daalla

    No sé cuántos años tienes Pumby, pero tienes razón. Mi madre no te leía. Lo hacía yo. Así que te agradezco lo de “el camino largo y fecundo por delante” pero me temo que soy tan gato viejo como tú o que, como decía mi abuela “cuando tu chochees a mi poco me faltará”. Es de agradecer también que te hayas tomado la molestia de “rastrear” mis opiniones en el ciberespacio. Te aseguro que sólo has visto comentarios mesurados y poco apasionados. Igual que tú soy capaz de mayor desmesura, mayor pasión y mayor indiferencia por las barbaridades provocativas que pueda proferir. Lo que no quita para que siempre intente no ofender a nadie. El comentario que nos ocupa esté en esa línea empírica a la que aludo y también pretende ser, en su levedad, un contrapunto a una discusión que ya dije que considero bizantina.
    Saludos y recuerdos a Blanquita y al Profesor Chivete.

  27. Fuca

    No te podemos decir cómo se escribe “pejiguero”, amigo Pumby, porque esa palabra no existe; sí existe “pejiguera”, con el significado de molestia, dificultad; así que “o que amola” sería un “pejiguero”, está bien escrito.

  28. David P.Montesinos

    Te caigo mal porque soy más sexy que tú. A mí tú, Pumby, por el contrario no solo no me caes mal sino que te leo habitualmente y te echo de menos cuando desapareces. En cualquier caso, me viene a la mente cierto cioranesco: “si tengo la desfachatez de creerme en posesión de la verdad es por qué nunca he amado algo sin a la vez odiarlo”. Mis relaciones con el mundo gatuno son de ese jaez. Tuve un gato. El gato amaba profundamente a mi ex-mujer, mientras que a mí me miraba con profunda desconfianza, pero nos respetábamos. Los gatos han sido a lo largo de la historia seres bajo sospecha y dotados de cierto halo mágico y misterioso, como explica el libro de Darnton que sin duda usted conoce. No me inquieta su antipatía por los de mi gremio, en realidad a mí también me molestan la mayoría de los filósofos. Sin embargo, debo decirle que el nombramiento de Angel Gabilondo como Ministro de Educación me parece un acierto de Zapatero. Gabilondo será crucificado de entrada por el sanedrín de la Cope y El Mundo por ser hermano de quien es… Ya lo verás, dirán que “Prisa ha metido a su hombre en el Gobierno y todas esas cosas”. Te digo esto por qué se trata de uno de los filósofos más reputados del país. Experto en Foucault, buen orador, buen tipo y un digno Rector para la Complutense.

    No sé si será para bien, pero la presencia de un filósofo en el gobierno podría servir para que de una vez por todas un gobierno socialista se dé cuenta de que a este país le han quedado pendientes muchos decenios de racionalidad deliberativa -y por tanto filosófica- para poder decidir que lo moderno es cargarse los viejos saberes fundamentadores y sustituirlos por saberes blandos y tecnocráticos (No sé si has oído que el gobierno inglés va a convertir Wikipedia en asignatura de Secundaria) Por lo demás, sí, hay mucho beato y mucha retórica hueca entre los de mi gremio. Y además, a la hora de escribir, suelen ser plúmbeos y abstrusos.

    No puedo discrepar de la argumentación sobre el tránsito de las Humanidades a Ciencias Sociales: describe un paisaje que se da históricamente. En el “Discurso del método”, ya en el XVII, Descartes, intentando sacar a la filosofía del campo de disputas en que se había convertido y reencaminarla hacia el orden de las ciencias, ya estaba apuntando al riesgo de que terminara disolviéndose en las llamadas ciencias positivas.

    En el siglo XX, Hempel y otros intentaron elaborar un discurso en favor de la construcción de un saber filosófico legaliforme, es decir, susceptible de someterse a criterios de verdad reconocidos por la ciencia normal de nuestro tiempo. Fracasó.

    El problema, en mi opinión, es que nos encontramos en un tiempo en el que el mapa de la Razón no está cerrado sobre sí mismo. Un filósofo es su tiempo en conceptos, dijo Hegel. Kant y el propio Hegel, como antes Descartes o Platón y después Marx fueron capaces de construir grandes sistemáticas de la verdad. Hoy no disponemos de una gran teoría criterial de la verdad. Es una tarea por hacer. Nuestro contexto epocal es complejo. Esfuerzos como el de Darnton o Ginzburg -leo historiadores por esto- contienen una apuesta filosófica en la medida en que tratan de establecer las condiciones de lo que es enunciable y lo que no, de lo que es susceptible de algún tipo de verificación y de lo que no.

    En las ciencias físico-matemáticas la definición de lo que constituye su objeto está elaborada desde Galileo… Con variaciones como las que se insinúan en lo que tú argumentas -pensemos en Heisenberg o en Einstein, “físicos” de repercusión filosófica indiscutible- las condiciones de enunciación de lo verdadero que estableció la ciencia del XVII siguen siendo válidos para esos saberes. En la Historia o la Filosofía el problema sigue abierto. De lo que no estoy tan seguro es de que la solución sea la renuncia, el dar por concluso el problema y asumir la no cientificidad del saber filosófico.

    Permíteme citar a Adorno, uno de los que -junto a Wittgenstein o Heidegger- me hizo entender que era viable, y aún más, imprescindible, seguir pensando filósoficamente. Filosofía hoy, lo digo de una vez, es pensamiento crítico. En la medida en que proyectamos un interrogante sobre lo que hacemos y lo que fabricamos, qué demandamos “legitimidad” a las instituciones y a las prácticas sociales, estamos haciendo filosofía.

    “Quizá el filósofo no busque la verdad en cuanto algo objetivo en sentido corriente, sino que busca más bien expresar su propia experiencia con los medios del concepto”.

  29. Marisa Bou

    David y Pumby son dos seres amenísimos. Disfruto mucho leyéndoles. Es como leer un tratado de filosofía. Y tampoco les falta sentido del humor.

    En cuanto al gatito, se ha llevado un buen pescozón de Daalla. ¡Bien! Creo que te ha salido un contrincante de muy buena talla…;-)

  30. jserna

    La mar de interesante, sí. La mar de interesante la discusión que han mantenido ustedes. Todos ustedes. Como dice Marisa, David y Pumby son, en particular, dos seres amenísimos. Me quito el sombrero: eso es una discusión del altura. Coincido básicamente con el gato en lo problemático de llamar ciencia a la historia y a las restantes humanidades. Prefiero la palabra disciplina (que le es próxima): subraya el rigor a que se obliga quien estudia, analiza, cuenta. En fin, como dice el jodido minino, la cosa da para un post específico.

    Y con David P.: qué quieren, es un lujo tenerle por aquí. Es un maestro de la ironía. Yo recomendaría que se hiciera una reedición –ilustrada– de ‘La juventud domesticada’, con añadidos y anexos, con nuevos sarcasmos.

    Por cierto, me alegro del nombramiento de Ángel Gabilondo: coincidí con él en un Tribunal de Tesis Doctoral –la de Josep Antoni Bermúdez, a la que David ha aludido alguna vez– y, en efecto, es una persona sabia, fina, leída. Ojalá le salga bien. Lo deseamos, lo esperamos, lo necesitamos.

  31. Isabel Zarzuela

    Pues yo también felicito (y agradezco) a David P. y a Pumby por ilustrarnos con tanta maestría y por querer compartir con nosotros sus exquisitos conocimientos.
    Es un placer leer a personas/felinos de tanta altura, de verdad. Imagínense poder charlar con ellos…¡uf!

  32. Alejandro Lillo

    Bueno, me voy a meter en el berenjenal.

    Es cierto que la frase de Avilés puede llevar a error: “Quien en una novela busque sobre todo la verosimilitud ha elegido un camino equivocado”. Cierto que la verosimilitud es un efecto a conseguir, no un objetivo de la narración, pero también es cierto que “verosimilitud” y “verdad” nada tienen que ver. La literatura muchas veces hace verosímil lo que en la vida real sería absurdo. Y hay “verdades” de la vida que nunca sería creíbles (“verosímiles”) en una novela. En cualquier caso, la larga cita de Avilés que tan gentilmente nos ha facilitado el señor Fuster me genera dudas. Me gusta más la de López-Morillas.

    Sigamos con la verdad. Esa compartimentación del conocimiento a la que alude Pumby es fundamental para entender la deriva de nuestras “ciencias” y nuestras “letras”. Casi añoro ese saber clásico indiferenciado al que él hacía alusión antes, ese saber aristotélico en el que se fusionaba ciencia y filosofía. Aún así, esa tradición no ha quedado tan atrás en el tiempo, pues Goethe desarrolló una teoría del color bastante brillante. Lo que sí es cierto es que en el mundo de hoy existen grandes especialistas en asuntos muy concretos del conocimiento y del saber pero que no tienen la capacidad de lanzar una mirada al conjunto. Eso es un problema. Y muy gordo. Porque aísla. Nos aísla, nos impide ver el conjunto y formarnos, por tanto, una idea cabal de lo que nos rodea, de nuestro saber. Por eso, por ejemplo, la doctrina de Marx es tan incómoda, porque rompe esos cajoncitos aislados en los que hemos convertido el conocimiento. Marx lo mezcla todo porque, como decía magníficamente Pumby, es así como se presenta el mundo real, un “totum revolutum”. Este saber contemporáneo nos aleja cada vez más del pensamiento Humanista y Renacentista, y no es fácil resolver el problema, pues lo cierto es que nuestro saber es ingente, y resulta prácticamente imposible que una sola persona pueda innovar en disciplinas tan dispares como la ´fisica y la historia, por ejemplo.

    Pero bueno, lo que está claro es que la ciencia, aparte de desarrollar leyes universales, es capaz de reproducir el objeto de su estudio en el laboratorio, aislando y modificando los distintos elementos físicos, pudiendo así observar los efectos que se producen de manera individualizada. Ya lo hizo Boyle y, desde entonces, podemos, en una vitrina estudiar como se forma el vapor de agua. Y podemos mantener constante la temperatura y la luz y aumentar la humedad para ver qué pasa. Y luego podemos controlar la humedad y la luz y aumentar o disminuir la temperatura etc. etc. Eso, evidentemente, no lo podemos hacer con las ciencias sociales ni con las humanidades, aunque creo que durante algún tiempo sí que existía esa esperanza. Yo me aventuro, y creo que uno de sus posibles orígenes está en Voltaire, quien, no lo olvidemos, fue el introductor de Newton (y por tanto del pensamiento ilustrado) en Francia. Creo que Voltaire sienta las bases de un tipo de historia que bebe de la ciencia inglesa. La clave está en su obra “El siglo de Luis XIV”. Cierto es que Vico, ese gran representante –tan ignorado- de esa “otra” ilustración, defiende otro tipo de historia. Frente a Voltaire y su historia basada en el progreso y en la convicción, al modo de las ciencias naturales, de que se podrá conocer todo, la de Vico se basa, si no recuerdo mal y a grandes rasgos, en la dificultad/imposibilidad de conocer realmente otras culturas, períodos históricos que nos son alejarnos en el tiempo y/o en el espacio.

    De todos modos, a más allá de estas relaciones entre Humanidades y Ciencias, me gustaría llamar aquí la atención sobre una Ciencia Social de la que no se ha hablado y que en nuestro mundo aparece como la más perfecta e infalible de las ciencias: estoy hablando de la Economía (¡ohhhh!). La economía y el mercado son la solución a todos nuestros problemas. Se trata de un entramado perfecto que, fíjense, él solo se autorregula, y desarrolla sus propios mecanismos para traer el paraíso a la tierra. Dejen hacer a los economistas, dejen hacer al mercado, esa “mano invisible” que todo lo controla, que todo lo gobierna. El gran debate que han mantenido Pumby y don David habría que reubicarlo y aplicarlo al análisis de este fenómeno de la economía, fenómeno que nos lleva a mal traer y que aún así continúa manteniendo practicamente las mismas posiciones que hace 150 años (si no peores).

  33. Isabel Zarzuela

    Por cierto, David, la historia que cuenta con su ex gato me recuerda a una novela de Colette, que leí no hace mucho tiempo, titulada ‘La gata’. Narra las aventuras y desventuras del triángulo amoroso formado por una joven pareja y la gata que el esposo aporta al matrimonio, ‘Saha’. En este caso, la rivalidad se produce entre la esposa y Saha.
    Puedo imaginar la tensión que existía entre su ex gato y usted, :-).

    Interesante también su intervención, don Alejandro. Ya sabe: “la ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda” ;-)

  34. Pumby de Villa Rabitos

    Gracias por tu información, Fuca. Mi siempre odiado “corrector automático de Word” me indicaba “pejiguera” pero no me daba como correcto el masculino. Todo aclarado, gracias de nuevo.

    Dentro de las propuestas para futuros posts, David, estoy por proponerle a Serna alguno de tema gatuno en general o, no, no, mejor – como diría Patricia Conde – otro más… inquietante… – bueno, esto último lo debía decir Miki Nadal – “H.P Lovecraft y los gatos o el taimado misterio que se mueve por nuestras habitaciones”.

    Inicialmente, yo también me alegré del nombramiento de Gabilondo. Realmente, es el único nombramiento que me pareció sensato en el desconcierto que Zapatero ha sumido su gestión. Lo que pasa es que luego recordé a Boecio, gobernando a golpe de filosofía, diálogo y búsqueda de entendimiento entre todos y concluyendo sus días, precisamente por su talante deliberante, encarcelado, apaleado y decapitado. Espero que no sea el caso del nuevo ministro porque, la verdad, comienzo a dudar de la sensatez del “emperador”.

    Marisa, Marisa, Marisa… Daalla, o David, o Serna o tu misma, hasta el ánima bendita católica esta que tenemos esporádicamente por aquí, NO son mis contrincantes. Si en alguna ocasión usé el símil de los gladiadores lo hice por su figura alegórica, no porque me considere “en combate” contra nadie. Sólo hablamos (virtualmente), coincidimos o discrepamos y, salvo algún momento de arrebato, puntual y explicable (tal vez no justificable) que encona la situación, solemos emplear la lectura del otro para contrastar nuestros propios conocimientos o sumar a estos lo que desconocíamos que, en mi caso, no es poco.

    Bueno, Alejandro, pretendía no proseguir con la cuestión de humanidades “versus” ciencias (ojo, ese “versus” está bien puesto: las humanidades “hacia” las ciencias) ya dije “up supra” que consideraba los diferentes postulados ya expresados y definidos así que, como no íbamos a encontrar la solución, ni nos íbamos a poner de acuerdo, al menos en la forma (creo que compartimos el fondo, aunque con perspectivas diferentes), lo dejábamos como estaba añadiendo, eso sí, la bellísima cita de Adorno que David nos ha regalado.

    No obstante, vista tu intervención, querría aclarar algún detalle respecto a tu exposición. Me parece injusto otorgarle a Aristóteles fusión alguna entre filosofía y ciencia. Considero que desde el origen del pensamiento occidental, incluso en sus fuentes directas asio-africanas, filosofía y ciencia son una única cosa (en el caso egipcio, hasta la teología estaría en el mismo envase). El propio concepto “filo-sofía” así lo indica. La cuestión está en saber cuando, porqué y por quién se produce esa ruptura, si me permites la expresión, “contra natura” que lleva a especular y, posteriormente a concretar el desgajamiento de la ciencia de la filosofía como paso previo a su persecución. Creo que con el asunto de la persecución ya te estoy dando pistas de ese cuando-por qué-por quién. En efecto, es el cristianismo, reforzado con cuanta escuela idealista – platónicos y estoicos principalmente – vivió el final del Mundo Clásico, quien promueve esa ruptura y ese rechazo a la ciencia. Y es lógico. Con ciencia, la teología, la escolástica, la credulidad y la palabrería, no tienen cabida. Sin cabida en la sociedad ¿para qué iglesias, sacerdotes y charlatanes?

    Cuando con el Renacimiento la perseverancia humana por recuperar su libertad – conculcada por milenio y medio de obscurantismo cristiano – devuelve al ser humano su dignidad de ser autónomo, pensante y libre, el viejo mundo greco-romano comenzó a reconstruirse y no sólo con las letras (el latín repristinado, la recuperación de los estilos literarios olvidados, el Derecho Romano, las artes plásticas clásicas…), también la ciencia y la tecnología. Y ello se produce en un mismo paquete filosófico. El filósofo es científico. Sólo pensar en el siglo XVII, o sea, antes de la Ilustración pero con un Renacimento ya muy maduro, con un par de tipos como Pascal – con quien, filosóficamente no coincido – o Leibniz – a quien debemos, entre un millón de temas científicos más, el cálculo binario, o sea, el fundamento de nuestros actuales ordenadores – ya debería marearnos por sus paortaciones indiferenciadas científico-filosóficas. Y no son, ni remotamente, excepciones de su tiempo, son puntas de icebergs.

    El otro día hablaba del Leonardo científico que ha sido tozudamente ocultado (y con él, nos bajamos al XV) pero podemos llegar a nuestros días, considerándonos hijos del siglo XX. Desde Max Planck al presente, sólo la mecánica cuántica ha dado profundos pensadores que han potenciado ese vínculo originario entre ciencias y letras; pero podríamos seguir con astrónomos, investigadores médicos, ecotecnólogos… miles de intelectuales, de observadores y críticos de la vida y del devenir humano, provenientes del mundo de la ciencia… que el de las letras ignora. No es que no existan, sencillamente, es que los presuntos científicos sociales no atienden la evolución del pensamiento cuando el referente llega, precisamente, del mundo de la ciencia. Lo cual, por otra parte, no deja de ser paradójico y, en todo caso, significativo de la impostura intelectual de las pretendidas ciencias humanas actuales.

    ¿Y de la economía?… “marededéusenyor”, Alejandro ¡a quien has mentado!… La nueva iglesia del capitalismo, el nuevo sacerdocio del sistema, los charlatanes redivivos… cómo me hacen sufrir los economistas que, irremediablemente metidos en ese ámbito, tratan de hacer las cosas “de otra manera”. Eso no da para un post, eso es un blog entero…

  35. Jack

    Pumbi quiere insultarme llamandome ánima bendita católica esta que tenemos esporádicamente por aquí. Yo creo en Dios y lo he dicho aqui. Soy creyente. Tanto le molesta?

  36. Pumby de Villa Rabitos

    En efecto, Jack, como dice Paco, no me seas llorón. Y tampoco presuntuoso. No me refería a ti. Los creyentes como tu no me preocupan, es de otro tipo de católico, muy alejado de ti, del que hablo.

    Además, aquí de insultar, nada. A no ser que consideres que ser un alma bendita católica sea insultante. Yo, desde luego, no lo considero así.

  37. Marisa Bou

    ¡Vaya, minino! ¡No te me sulfures, porfa! Cuando dije “contrincante” -que ya sé que significa rival- debí decir “oponente” -que sostiene opinión contraria- para evitar que se te erizara el lomo y soltaras un bufido. Rectificado está.

    Ten en cuenta que lo escribí mientras me frotaba las manos (¿habrá cosa más dificil que escribir y frotarse las manos a la vez?) con fruición anticipada por los sustanciosos debates que se podrán degustar entre Daalla y tú. A eso, y no a batalla alguna, me refería, querido gato.

    ¿Habéis visto el colmo de los colmos en este blog? ¡Un troll metiéndose con otro troll! Cosas veredes, amigo Sancho…

  38. sergio

    El problema que algun dia habrá que analizar es el excesivo valor concedido a la ficción y/o la novela( a partir del XIX es la novela el genero de ficción por antonomasia). Un señor/ora se sienta a escribir y al cabo de unos meses/años pare un especimen ficcional que bautizamos como novela. El prestigio de dicho especimen ha “devenido” en el sistema de valores estéticos occidental,de tal calibre que ya podemos decir que novela es igual a literatura. Eso se lo debemos al siglo XIX y principios del XX. Pero nunca antes lo fue y quizá no volverá a serlo nunca. Es un género ligado a una clase social y a un tipo de lectora(y, a veces, lector).
    Ya desde el principio se quiso subsumir la Historia (con mayuscula) a la historia relatada.Por ejemplo en Galdós o en Tolstoi. Pero siempre se tuvo muy clara “la profunda mentira ficcional”. El problema surge cuando determinados periodistas en pleno siglo XX novelan un suceso y pretenden dotar de rango historico y veraz un relato inventado en casi todos los detalles. Galdós en los Episodios Nacionales lo tiene muy claro: hace pedagogía historica con seres inventados. Nos enseña el catecismo nacional con ejemplos. Los curas lo han hecho desde siempre.Pero Truman Capote pretende darnos un relato objetivo y real, a “sangre fría”. Es una diferencia abismal.Se quiere unir en uno al reportero de la “verdad” con el novelista tradicional.
    A mi no me importa demasiado esa polémica. Cada uno hace lo que mejor le parece. Lo que quisiera subrayar es la necedad de seguir creyendo que los ilustrados o los renacentistas eran unos imbeciles literarios porque no habían erigido un altar a la diosa “novela”. Ni es eterna, ni es necesaria, ni es el mejor género literario, ni es imprescindible para una buena “formación”,ni es maestra de la vida.Todo eso lo sabía bien Cervantes cuando se cachondea del hidalgo para que los lectores pasen un buen rato. Si le hubiesen dicho que estaba fundando un género “magistral” para el futuro, hubiese dicho: ¡¡pero de qué vas, colega!!

  39. David P.Montesinos

    Buf, cuántas cosas.

    Recuerdo, sí, la lectura de la tesis de Bermúdez que Justo compartió con Gabilondo. Se me quedó grabada cierta afirmación de éste, que ustedes entenderán mejor si les digo que la tesis versaba sobre Foucault: “Un muy buen trabajo, sí, pero creo que falta homosexualidad en esta tesis”. En realidad, aparte de lo que pudo tener de humorada provocativa, creo que criticaba la costumbre de elaborar crítica de las ideas filosóficas descontextualizándolas por completo de experiencias o circunstancias vitales que, a poco que uno lea con detenimiento, inciden decisivamente sobre el discurso que elabora el autor objeto de la investigación. Ojalá tengamos, por fin, un buen ministro de educación, con el asunto de Bolonia por medio y la crisis general de la red escolar pública lo tiene bien pero que bien crudo. Me resisto todavía a duras penas, Pumby, a creer que el Emperador va desnudo… no sé, no es que crea que ZP sea un certero gobernante, es más bien que siempre tardo en entender qué es exactamente lo que pretende en cada situación. Para mí es un personaje misterioso.

    El tema de Vico que saca Lillo es digno de tratamiento serio. Creo que es, como él insinúa, una figura injustamente olvidada. Las líneas de interpretación que esboza fueron posteriormente desarrolladas por el cíclopeo esfuerzo de Hegel, de ahí quizá el postergamiento del autor italiano. No obstante, es un autor del XVII, y es posible que sin la semilla que él sembró no se hubiera desarrollado después todo un modelo de filosofía de la historia que todavía preside toda la problemática del pensamiento actual,incluyendo las de aquellos que jamás han leído a Hegel. En este sentido, asuntos como el de la polémica entre Popper y Kuhn respecto a la verdad y el progreso en las ciencias a través del tiempo surgen al hilo de la posibilidad de construir un gran lenguaje universalmente válido -una koiné, dirían en la antigüedad- capaz de interpretar -o no- la historia como algo más que una colección de hechos inconexos.

    En relación a cosas que he dicho antes, no digo que Aristóteles fusione ciencia y filosofía. En todo caso es que el desgajamiento aún no se ha producido en su tiempo. Aristóteles habla de la Metafísica como Ciencia Primera, es decir, como el primero de los saberes teóricos. En fin, dejo esto que les va a parecer un rollo.

    Un apunte sobre lo que dice Lillo de los economistas. Sí, nos dan motivos para desconfiar de ellos. Por eso creo que hay que leer a Krugman y a quienes amenazaron con lo que ahora está pasando y no se les hizo caso, un poco como ese sismógrafo italiano que dijo que iba a haber un terremoto y lo tacharon de payaso. Los textos de Krugman analizan actualmente con enorme lucidez el estado de las cuestiones económicas, sin poner un solo paño caliente a la gravedad del tsunami que acaso no ha hecho más que empezar y del cual, por cierto, España tiene todos los números para ser víctima propiciatoria. Quizá no debemos abandonar la Ciencia Económica, sino aprender a hacer caso a quienes son capaces de explicar cómo cambiar las pautas que rigen el capitalismo mundial y no a aquellos cuyo optimismo se ha revelado como irresponsable y estúpido. En este sentido, les recomiendo cualquier texto y el blog de Juan Torres, ojo a este personaje que llega a llamar criminales a muchos de los grandes popes de la economía mundial.

    La intervención de Sergio es interesante porque dice cosas que ninguno hemos dicho, aunque en mi caso, no las digo porque no las comparto,lo cual no quiere decir que no añada luces nuevas y sugerentes al tema original del post. Solo un par de matices. Hablar en favor de la potencia cognitiva del relato no equivale a declarar imbéciles a ilustrados o renacentistas -de hecho, Lillo ha nombrado a Voltaire y Pumby a Leonardo-. Tampoco creo que Cervantes escribiera el Quijote para que los lectores se cachondearan con el hidalgo. En todo caso son quienes rodean al hidalgo y su escudero, todos esos que jamás han soñado con ser caballeros andantes, los que terminar resultando irrisorios.

  40. Paco Fuster

    Amigo Montesinos: me alegra ver que te gustó mi reseña de Sombart.

    Y una cosa sobre Vico. El otro día tuve una reunión -precisamente en tu Facultad, en el Depto. de Filosofía- con un grupo de trabajo al que me he incorporado este año. En ese grupo estoy trabajando codo con codo (yo en la parte de Historia, ella en Ética y Ciudadanía) con Amparo Zacarés, una profesora de filosofía que hizo su tesis doctoral sobre Vico.

  41. jserna

    Ya lo dije, pero repito algo señalado por Nietzsche. Es algo que conecta con lo observado por David P. Montesinos. “Poco a poco”, dice Nietzsche en Más allá del bien y del mal, “se me ha ido manifestando qué es lo que ha sido hasta ahora toda gran filosofía: a saber, la autoconfesión de su autor y una especie de memoires no queridas y no advertidas”. En el filósofo –añade— “nada, absolutamente nada es impersonal; y es especialmente su moral la que proporciona un decidido y decisivo testimonio de quién es él –es decir, de en qué orden jerárquico se encuentran recíprocamente situados los instintos más íntimos de su naturaleza”.

    O sea.

  42. sergio

    Sr. David Montesinos:
    La potencia cognitiva del relato es obvia. Pero tambien existe una potencia cognitiva en la poesia, la comedia, el ensayo y, si me apura, en las actas notariales de la época. Lo que pongo en duda es la “divinización” única y exclusiva de un género a expensas de todo lo demás.Y si no, haga la prueba del algodón cultural:
    “¿Qué novela estás leyendo” -dice él.”Ultimamente sólo leo algún ensayo de divulgación científica”- dice ella.”Ay, veo que ya no te interesa la literatura”- dice él.”No,no, justamente leo ensayo porque me gusta la literatura ¿conoces a Montaigne?”-dice ella. “Ah, bueno, pero eso no es literatura”- dice él.
    En este sentido hablaba yo de la tiranía de la novela.
    Otra cosa. ¿De verdad piensa usted que Cervantes creía que sólo eran irrisorios los que rodeaban al hidalgo?. Venga ya. Leamos los textos sin las gafas de color de la crítica romántica y del energúmeno bilbaino.
    De todas formas, sr Montesinos, agradezco su deferencia en contestarme.

  43. Alejandro Lillo

    El tema es fascinante, digno de un análisis profundo, que nos llevaría a adentrarnos en las raíces de la civilización occidental, obligándonos precisamente a practicar esa fusión que hemos defendido en este post entre ciencia y filosofía. Por tanto, sin entrar a fondo en la materia sí me gustaría esbozar algunos rasgos que, aunque inevitablemente incompletos, creo fundamentales para entender cómo hemos llegado hasta aquí.

    1- Constatar una de las grandes contradicciones de Occidente: la dificultad (y en muchos casos la actitud negativa) que tiene la civilización occidental para analizarse a sí misma, para conocerse a sí misma, cuando, por otro lado, se esfuerza continuamente por comprender y dominar el mundo y el universo. El pensamiento europeo, que recuerda lo que le conviene y olvida lo que no se ajusta a su Idea, ha buscado –y lo sigue haciendo- convertirse en la civilización estándar del mundo. Tal vez ya no bautizamos por la fuerza a bárbaros depravados ni a aborígenes descarriados, pero seguimos occidentalizando a golpe de conceptos.

    2- Dicho esto conviene hacer una matización. Es cierto, Pumby, que con la llegada del cristianismo (luego hablaré de él) la ciencia no tiene cabida y que hasta el Renacimiento no se empieza a recuperar el camino perdido. Sin embargo, en el mundo árabe y/o musulmán los siglos IX, X, XI y XII están plagados de grandes sabios y eminentes personalidades, que no sólo conservan y acumulan el saber griego y romano, sino que lo difunden por todo el entorno mediterráneo y lo desarrollan: química, física, medicina astronomía, matemáticas, filosofía, alquimia, poesía, astrología… La abundancia de nombres y las cotas de progreso en las artes y las ciencias alcanzado son asombrosas. Y también son, generalmente, muy desconocidas y, por tanto, poco valoradas. Ya saben que precisamente la recuperación de los textos clásicos griegos y romanos en el Renacimiento no proviene de lo conventos y monasterios en donde estaba encerrado el saber durante la Edad Media cristiana, sino de las traducciones árabes de esos textos, conservadas por esa cultura y llagadas a península itálica gracias al intercambio comercial con Oriente. Así que nada de que los monjes conservaron y protegieron la civilización occidental o la cultura clásica. Más bien la prohibieron, la monopolizaron, la secuestraron. De todos modos, la Edad Media no es tan oscura como puede aparentar.
    3- Pumby habla de humanidades versus ciencias entendiendo “versus” como “hacia”. No puedo estar más de acuerdo. De hecho creo que es el derecho romano el que sienta las bases del método y del pensamiento científico moderno. Pero para ello, tenemos que hablar de la Iglesia. Porque con la iglesia hemos “topao”. Resulta que mientras el imperio romano se desmorona, su única religión oficial, la Iglesia Católica Apostólica y Romana, se mantiene en pie e incluso se refuerza convirtiéndose y autoproclamándose heredera de los valores y el espíritu del imperio romano. El cómo lo consigue es otro tema, aunque ya les digo que tiene que ver con el culto a los muertos, unos muertos muy especiales: los santos. La cuestión es que la Iglesia se autoproclama y se apodera del pensamiento romano, viciándolo y modificándolo a su antojo y según sus intereses, intereses que aún mantiene y que se basan en un precepto muy sencillo: identificarse plenamente con la cristiandad, colocando al Papa como al jefe y fundamento no sólo de la Iglesia, sino de todo el orbe cristiano e introduciéndose así, en nombre del dogma y la moral, en todos los lugares, en todos los países, en todas las conciencias y en todas las almas. Pero además resulta que una institución tan rígida y centralizada como la Iglesia, necesita de un poder centralizado, fuerte, unitario e imperial para hacer crecer su ascendencia e influencia sobre los creyentes. De ahí su éxito con los romanos, su colaboración con el Imperio carolingio, sus esfuerzos por resucitar el Sacro Imperio Romano Germánico, y su total descalabro con la feudalización de Occidente (por no hablar, ya en época contemporánea, de su apoyo al nacionalismo y a las dictaduras autoritarias y centralizadas en varios países del mundo, entre ellos España). La cuestión -que me disperso- es que la Iglesia utiliza el derecho romano, sus conocimientos sobre el derecho romano que se estudia en sus universidades, para aplicarlo a la teología y, de paso, colaborar en la reconstrucción administrativa del Imperio (recordemos a los missi dominici de los francos). Recuerden la escolástica, la Universidad de Bolonia, los glosadores y su estudio del Corpus Iuris Civilis. Se trata de formar a juristas religiosos para cohesionar y formar parte de las escalas administrativas necesarias para recrear ese imperio añorado y dominar todas las almas. ¿Pero qué pasa con ese proyecto de dominación total y absoluto? ¿Por qué fracasa? Pues porque en universidades como las de Bolonia estudian personajes de la talla de Dante y Petrarca. Así, cuando llegue el momento del humanismo, los famosos juicios de Dios cederán el paso a argumentaciones propias del derecho romano basadas en pruebas y argumentos racionales, en indicios verificables empíricamente. En ese derecho romano, monopolizado y conservado por la Iglesia durante siglos, y utilizado en su propio beneficio, pero que acaba por escapársele de las manos, está uno de los orígenes del método científico, del pensamiento científico moderno. En el derecho romano, no se me entienda mal, no en la Iglesia católica.

  44. Alejandro Lillo

    Usted me perdonará, don Sergio, pero uno no da abasto, ni siquiera en los días festivos. Me ha interesado mucho su intervención, que en parte comparto y en parte no. Intentaré comentarle algo a en el transcurso de la tarde.

  45. Pumby de Villa Rabitos

    Parece raro pero en un mundo, el actual, en el que el Islam se presenta como un espacio de intransigencia e ignorancia, en España, a pesar de todo, sigue gozando de un respetabilísimo prestigio. Es un mito. Como el de Al Ándalus. Es producto de la contraposición medieval de una Europa estrecha, atrasada, sucia y torpe (la Edad Media fue más obscura de lo obscura que nos dicen que fue) con una Casa del Islam bendecida por los saberes del mundo clásico grecolatino, del persa y del hindú. Pero, ojo, se trata de un brillo por contraposición a la obscuridad Occidental, no porque pudiera brillar por si misma de la mano del Islam. La indudable pléyade de científicos y humanistas islámicos del medioevo cristiano existieron, sin duda, pero también, buena parte de ellos, sufrieron olvido, persecución, martirio y muerte en demasiados periodos históricos que Mediana Azahara la destruyeron los fanáticos llegados del desierto, no cayó de vieja.

    El problema es que el Islam, como religión mosaica que es, lleva en si misma la simiente de la intolerancia. La misma que los cristianos y los judíos. Lamentablemente, nos da por confundir la apertura de mente de las culturas mediorientales (mesopotámicos y persas fundamentalmente), con una aportación “progresista” del Islam. Y no. Son súbditos islámicos que actúan contra los principios del Islam los que pueden desarrollar su ciencia y tecnología. De hecho, se llegará al extremo de que el monoteísmo musulmán se verá tan amenazado por ese desarrollo científico que actuará contra quienes les estaban dando una superioridad socioeconómica y científica abrumadora respecto a la Casa Cristiana. Es un lógico principio de estupidez muy propia de los mosaicos ¿O por qué crees que el mundo islámico, que brilló de tal forma en aquellos siglos, se apagó? ¿por las cruzadas?… La cultura islámica, digamos, “renacentista”, murió como Ayax, por su propia mano, asesina de si misma, al negar el camino liberador de creencias irracionales y atavismos anacrónicos al que conduce la ciencia, al perseguir con mayor saña que el propio Santo Oficio a quienes estaban planteando un mundo sin dios.

  46. Alejandro Lillo

    Don Sergio, lo de la tiranía de la novela es cierto en algunos ambientes; en otros, lo que se produce es el desprecio de la novela. Desde luego, lo que no se puede es confundir la parte con el todo. Quien considere que la literatura se reduce a la novela se equivoca, cosa que, creo, aquí nadie ha afirmado, como creo que nadie considera mal a los ilustrados por no leer novelas, entre otras cosas porque, como usted apunta, el éxito de la novela necesita de unas condiciones que en el XVIII apenas se estaban esbozando.

    Con lo que no estoy para nada de acuerdo es con su afirmación de que la novela “ni es eterna, ni es necesaria, ni es el mejor género literario, ni es imprescindible para una buena “formación”,ni es maestra de la vida”. Fíjese que yo sí que creo que es necesaria y que es imprescindible, si no para tener una buena formación (¿Qué es una buena formación?), sí para tener una formación completa, y que, en muchos casos, sí es maestra de la vida, aunque no la única, como es obvio. Dicho esto, le digo que lo mismo opino del ensayo, de la poesía y del teatro.

  47. sergio

    Sr. Lillo:
    Es evidente que no se puede tirar por la borda la tradicion cultural que significa “la novela”. Mi intención al subrayar o entrecomillar esas frases, no era otra que llamar la atención sobre la ambigüedad del termino “literatura”,que suele ser claramente limitativo.El origen de mi obcecación en el ataque no era otro que despojar del aura de elitismo literario que parece rodear a todo lo ficcional a expensas de cualquier otro género.Admitamos que es buena para una formacion completa e incluso “maestra de vida” pero sigo creyendo que no es eterna,ni necesaria, ni el mejor género literario. Lo que no conozco, al menos en ambientes cultos, es el desprecio hacia ella.Cuando se habla de novelerías con desprecio, el hablante se refiere a todo lo que agrupamos bajo el epígrafe de literatura.

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