Henry James

Releyendo a Henry James

Justo Serna, 2005

(Publicado originariamente en Los archivos de Justo Serna, primera etapa, 16 de junio de 2005)

A Anaclet Pons

Me parece admirable la labor de la editorial Alba, su paciente reconstrucción de un fondo cultural que a todos pertenece, el patrimonio escrito de la humanidad y que con cuidado y dedicación nos presentan sus responsables. Por ejemplo, su colección de ensayo contemporáneo, que dirige con mano firme Luis Magrinyà, es siempre sorprendente y cualquier volumen que ustedes escojan no les defraudará, un empeño por tratar lo que de verdad nos preocupa, nos inquieta, nos conmueve.

 Por otra parte, la reserva de clásicos que la editorial Alba reúne es ya inconmensurable y entre los autores de los volúmenes publicados encontramos a Henry James, a Chéjov, a…, no esperen que agote una nómina de autores que son, efectivamente, ‘varones blancos muertos’, como en ocasiones se les vilipendia, escritores a los que debemos lo mejor de nuestra formación, ese caudal de ideas que les tomamos en préstamo y que nos ayudan a madurar.

Lo bueno de los clásicos es que abordan lo que siempre nos emociona y alarma y atrae. De ellos nos vienen los ejemplos con quienes nos medimos y de ellos proceden las imágenes más perdurables. Un clásico no es una obra enterrada, sino aquel texto que ya no podremos leer, sino releer, como decía Borges: ese mentira tan frecuente (“estoy releyendo…”) es rigurosamente cierta cuando la aplicamos sobre esos libros. Han sido tan influyentes, nos han suministrado tantas ideas o metáforas duraderas, nos han legado un lenguaje tan denso, del que incluso ignoramos su procedencia u origen, que cuando abrimos por primera vez sus páginas tenemos siempre la sensación de que ya las habíamos frecuentado.

 Estos días he regresado, ahora sí, a una nouvelle de Henry James, En la jaula, publicada por Alba hace justamente diez años, casi un siglo después de que apareciera en inglés. Y he regresado cuando un amigo, A. P., me habló con entusiasmo de otra novela de James que acababa de disfrutar. Leer (o releer) hoy En la jaula (1898) no es una labor de exhumación arqueológica: es, por el contrario, un modo de describir lo que justamente nos pasa, lo que es condición humana, nuestro modo de percibir malamente las cosas, con ofuscación y error, con aciertos y desaciertos. Se trata de una metáfora de la mirada, de la mirada inquisitiva y creadora. ¿Qué se nos cuenta y desde qué perspectiva? Ya verán…

 Relatada en tercera persona con la perspectiva de su protagonista, En la jaula es la historia de una joven humilde en un Londres victoriano, una joven empleada de Correos y ocupada de expender sellos y de dar curso a los telegramas que le encargan. Enclavada su oficina en un barrio elegante, Mayfair, sus usuarios son la clase distinguida de la City. La muchacha vive su existencia aceptando las diferencias sociales, la fatal insignificancia, el futuro que le espera con un tendero poco atractivo, parlanchín, mediocre, calculador, como corresponde a todo comerciante británico. ¿Se puede sobrevivir aclimatándose a esa circunstancia?

 Lo tolerable o intolerable dependen de las expectativas, de la percepción que tenemos, de lo que aguardamos de un porvenir en el que querremos ver cumplidos nuestros sueños. La joven protagonista de En la jaula no acepta, en el fondo, la existencia insignificante que el destino le ha impuesto y, por ello, cultiva su imaginación con novelas ‘de medio penique’, novelas prestadas en las que se relata la vida elegante. Ese tóxico de la ficción infectará su vida y, por eso, comenzará a reparar en los telegramas a los que da curso y en los clientes que acceden hasta la Oficina. “¿Qué no producirá la percepción embotada de una muchacha con un cierto tipo de alma al ser estimulada?”, nos dice el narrador.

 Los telegramas –ya lo sabemos, pero hay que decirlo en estos tiempos de mails instantáneos y copiosos– son esos textos en los que con pocas palabras, con una sintaxis entrecortada, se relata y se describe un pormenor, un hecho corriente o accidental o excepcional, que alguien quiere transmitir. Efectivamente, con escasos caracteres y con una buena dosis de imaginación, esta joven empieza a conjeturar sobre las vidas de los usuarios remitentes, sobre sus relaciones amorosas, sobre sus conflictos. Como nos dice el narrador, “no tardó en comprender que, a primera vista, las palabras no le daban lo que ella quería, aunque pronto recordó que su perspicacia consistía la mitad de las veces en captar justamente lo que no se veía a primera vista”.

Pero estas cosas no se las reservará para sí: de ellas hablará con una persona ante la que se sincera. Se trata de la viuda de un clérigo con la que tiene cierta amistad y que conoce a estos clientes distinguidos gracias a su trabajo y a sus servicios de jardinera. ¿Quién sabe más acerca de esas clases elegantes? ¿La viuda que los trata y que frecuenta sus hogares o la muchacha que sólo vislumbra? La joven intervendrá en la vida de algunos de los usuarios de Correos valiéndose de esos pocos datos y de sus inferencias e imaginación. ¿Qué consecuencias se derivarán de ese conocimiento cierto o errado? No seguiré revelándoles las cosas que en la nouvelle se cuentan y que le dan intriga emocional al relato.

Si la leemos bien, esta novela es una metáfora acerca de la experiencia humana, acerca de lo poco que llegamos a conocer. La ambigüedad y la escasez de los datos con que la joven imagina sus historias son nuestra condición misma. Sorprende, en efecto, lo poco que llegamos a saber para acometer los retos de nuestra existencia: no siempre hacemos cogitaciones bien fundadas o documentadas antes de adoptar este o aquel curso de acción. Muy frecuentemente nos valemos de pocos testimonios o noticias y es con esa insuficiencia informativa con la que decidimos hasta condicionar nuestra vida y la de otros. Nada menos. Pero incluso cuando estamos al tanto, cuando tenemos datos contrastados, de esas pruebas acopiadas, de ese “placer inofensivo de saber”, según dice la protagonista, se pueden derivar efectos desastrosos. ¿Qué hacer, pues? ¿Mantenerse en la ignorancia obrando a ciegas o, por el contrario, averiguar provocando consecuencias imprevistas por el hecho mismo de saber?

Aunque les parezca una trivialidad esta conclusión, les diré, en todo caso, que esa pregunta que se deriva de En la jaula es precisamente una de las cuestiones fundamentales que se plantean hoy los sociólogos, los politólogos: la pregunta sobre los efectos sociales de nuestra reflexividad común, las consecuencias que se siguen de la etnociencia, los hechos que produce nuestra deficiente averiguación de la realidad a través de los medios. Hace años, a comienzos de la pasada década leí La sociedad reflexiva, de Emilio Lamo de Espinosa, y fue entonces cuando lo comprendí. Por ejemplo, nos radiografían con sondeos electorales, nos trazan los perfiles, nos abrevian en una disolución sacando de nosotros un precipitado. Y luego…, luego nos comunican los resultados. ¿Qué ocurre entonces? Justamente porque los conocemos, podemos o pueden obrar al revés, desmintiendo el retrato que nos habían hecho, ese esbozo: invalidando pues, lo que, en principio, era una fotografía cierta.

Lean, lean a los clásicos de Alba, no sé si para aprender o para desaprender o para alejarse de esa realidad de la que creemos saber mucho, de la que creemos acaparar datos y sobre la que conjeturamos tan desacertadamente. Como la muchacha de Henry James.

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