0. Alfons Cervera y Javier Cercas. Nada tienen que ver entre sí pero la pura chiripa ha hecho que mi lectura de sus últimos libros prácticamente coincida. Cosas que pasan… Hace cuatro años, en 2005, en la primera etapa de este blog, abordaba también la lectura conjunta de ambos autores.
Y escribía: «Días atrás, el 16 de abril [de 2005], en las páginas de la edición valenciana de El País, Ferran Bono le hacía una entrevista a Alfons Cervera con motivo de la publicación de una novela suya. Cervera es un novelista riguroso, apreciado, que ha hecho de la exhumación del pasado, de la rememoración del franquismo, parte de su tarea narradora. ‘El escritor toma partido’, decía, y por eso, desde su concepción comprometida, ‘lo que no vale es la neutralidad del narrador’, añadía. Por consiguiente, ‘el narrador de la historia tiene que escoger un punto de vista desde el cual contar’, y en su caso, aclaraba Ferran Bono, ‘no duda en situarse al lado de los perdedores, de las víctimas de la dictadura’. Rechaza, pues, lo que en la entrevista llamaba ‘esa literatura del 50%, esa literatura de la equidistancia’, que espera hablar de reconciliación entre la derecha y la izquierda, a las que igualaría equilibrando en cierto modo las actuaciones de ambos bandos en la Guerra Civil y en la República. Según apostillaba el periodista, Cervera inscribe la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, en este grupo, si bien, insistía el escritor, ‘no pretendía polemizar’…» Me entrometí en esta discusión y escribí sobre el particular. Ahora regreso a Cervera y a Cercas.
1. Mi madre. Leo de un tirón Esas vidas (Montesinos, 2009), el último libro de Alfons Cervera, un volumen que no llega a las ciento cincuenta páginas, pero que tiene la densidad de unas extensas y dolorosas memorias. Lo leo de un tirón no porque sea ligerito, sino porque te fuerza, te obliga, con su desarrollo, con la intriga personal o familiar, con la expresión de unos sentimientos que siempre son ambivalentes y desgarrados.
¿Qué puedes experimentar cuando tu madre emprende un proceso acelerado de decrepitud que la lleva a la muerte próxima, obvia? Si las relaciones son normales, lo primero que sientes es tristeza, la evidencia de que nada puedes hacer para detener el fin. Crees que puedes sacar a esa persona de la fatalidad, pero no: no es posible porque ella se ha rendido. Entonces, sientes un punto de rencor, un resentimiento repentino y antiguo. Durante año y medio, la madre se abandona a un mutismo arbitrario; se abandona a un aislamiento destructivo; se abandona a una hostilidad creciente. Tiene una enfermedad que parece justificar ese estado; ha padecido un episodio, un accidente, que ha agravado o destapado la circunstancia.
¿Entonces? ¿No debería sentir piedad, sólo piedad? Lo verdaderamente conmovedor de Esas vidas es el sentimiento de impiedad y rencor que el hijo puede llegar a experimentar, un resentimiento mudo que carece de salida. O sí: la muerte de la propia madre, una liberación. Qué extraño, qué raro. Muchos lectores hemos podido atravesar situaciones semejantes a las descritas por Cervera en su libro, pero no todos somos capaces de darles forma verbal, orden. Hablar de la muerte es una paradoja: hablamos de segundas, de manera vicaria, jamás directamente. En realidad, Cervera no escribe un libro sobre la muerte, sino sobre los sentimientos de quien acompaña: ese hijo que cuida a quien va abandonándose hasta fallecer.
Perdonen la trivialidad: el tiempo no pasa en balde. Todo lo que rodea al hijo se vuelve significativo: los muebles, unos viejos papeles en los que hay condena, una fotografía antigua. «La casa estaba llena de cosas inservibles. Los armarios escondían manchas de sombra, telas roídas por la polilla, algunas otras que aún enteras resultaba inñutiles. En el fondo de una convacha oscura había tres maletas, una caja con libros descuartizados, los restos hechos trizas de un uniforme de soldado», dice Cervera. Esos restos no sirven, pero son significativos y remiten a un pasado que se ignora, algo que condiciona sin que se sepa por qué. Los indicios materiales de otro tiempo permiten rememorar lo pretérito, la vida en común y las existencias previas, aquellas que el hijo no conoció. ¿Pero qué sentido tienen? La madre no ayuda, claro: su mutismo agresivo no facilita la pesquisa.
¿Es una situación común que muchos hemos podido vivir? ¿Qué significado tienen esos objetos? No son baratijas o antiguallas, sino piezas sueltas y escasas de un rompecabezas personal. Alfons Cervera dice que escribe semanas después de la muerte de la madre, pero no en la casa de Los Yesares que habitó, sino en Grenoble, durante una estancia académica: mientras asiste a un Congreso sobre la memoria individual y la memoria colectiva. La situación es la del extrañamiento y gracias a la distancia lo rememorado cobra un orden y un sentido. Se mezclan los tiempos y los lugares de la enunciación, en presente y en pasado, en Los Yesares y en Grenoble.
A pesar del alejamiento físico, en la ciudad francesa todo parece remitir a la experiencia por la que acaba de pasar. El resultado es un relato que aturde hasta aterrar: escribir expresamente sobre el sentimiento del rencor y del dolor no es nada sencillo. Una madre que evita cualquier manifestación de afecto, un padre ya muerto que siempre calló lo fundamental, una generación trastornada por una guerra perdida y silenciada. El hijo escribe en Grenoble, en un exilio figurado y provisional, y todo lo que fueron su infancia y su juventud –la condición humilde de panaderos, de lecheros– revive en estas páginas con los recursos cultos de la cita erudita, de la literatura leída, de los libros que completan la experiencia: con Stendhal al fondo, siempre al fondo.
Vivir no es sólo lo factual: es también lo mental, lo imaginado, incluso lo fantaseado, esas experiencias secundarias y potenciales que nos hacemos sin necesidad de actuar. Los libros nos llenan con referencias que despiertan otra vez a partir de las sugerencias de lo externo, a partir de las analogías sorprendentes que hallamos en la vida. Salgo aturdido de estas páginas, ya digo. Yo nunca he sido tan sincero cuando hablo de sentimientos paternofiliales. No puedo; no quiero.
2. Mi padre. Escribo sobre el último libro de Javier Cercas en Ojos de Papel. Anatomía de un instante (Mondadori, 2009) es una crónica del 23-F, sin duda. Pero sobre todo es una reflexión sobre el padre, la generación del padre. Un padre muerto al que ya no puedes interrogar; un hombre que vivió callada, silenciosamente, el franquismo: adaptado, sin mayor incomodidad, al régimen. ¿Cómo has de interpretar su acción o su omisión? ¿Cómo has de interpretar los hechos que tú no viviste?
La pregunta que Cercas se formula es muy parecida a la que Cervera se plantea: también su padre muerto es todo un enigma por aclarar. Yo mismo me veo entre Cercas y Cervera, y como ellos también yo me pregunto por mi padre y por mi madre. Me interrogo sobre su adaptación o silencio ante el franquismo, sobre su derrota o su comodidad. No quiero juzgarlo. Tampoco quiero juzgar mis sentimientos. Leo y me dejo llevar. ¿Qué dice Cercas sobre Adolfo Suárez?
Cuando relata los actos del político, examina indirectamente la generación de su padre. Cercas no pretende «vindicar la figura de Suárez, ni denigrarla, ni siquiera evaluarla, sino sólo explorar el significado de un gesto. Mentiría sin embargo si dijera que Suárez me inspiraba por entonces demasiada simpatía: mientras estuvo en el poder yo era un adolescente y nunca lo consideré más que un escalador del franquismo que había prosperado partiéndose el espinazo a fuerza de reverencias, un político oportunista, reaccionario, beatón, superficial y marrullero que encarnaba lo que yo más detestaba en mi país y a quien mucho me temo que identificaba con mi padre, suarista pertinaz; con el tiempo mi opinión sobre mi padre había mejorado…». También la mía. ¿Y su opinión sobre Suárez?
No la revelaré. Así, ustedes leen a Cercas y descubren cómo construye el personaje, qué juicio tiene sobre cada uno de sus instantes decisivos y qué valoración de conjunto hace. En realidad, lo que importa es la relación que el narrador tiene con el objeto narrado, la implicación personal, incluso los sentimientos que vuelca o hace explícitos. ¿Eso le resta méritos como cronista de hechos? En absoluto. En esta obra, Cercas no hace ficción: avisa cuando conjetura. Una conjetura enunciada a partir de hechos no es ficción: es posibilidad. ¿Hay fuentes que la sostengan? No todo lo que decimos o escribimos se puede fundamentar siempre en informaciones fehacientes. Pero eso no nos frena para interpretar. Los documentos son las pruebas; las conjeturas son las posibilidades. Cercas examina el derrotero de la generación paterna y, de paso, enjuicia a su propia generación (que es la mía): la de los adolescentes de la transición.
En cambio, Gregorio Morán, de quien leo Adolfo Suárez. Ambición y destino (Debate, 2009), analiza las ficciones de su generación, que es también la de Alfons Cervera. Eran jóvenes ya talluditos cuando Suárez ganaba las primeras elecciones. Morán, que es cronista, se permite licencias de novelista: fantasea sobre situaciones de las que nunca habrá datos, documentación o contraste, cosa que hace, además, erigiéndose en desfacedor de ficciones y presunciones. Por otra parte se permite también todo tipo de sarcasmos. ¿Sobre quién? Sobre todos. Es un hábito antiguo en este autor. Aún recuerdo cuando leí El maestro en el erial (Tusquets, 1998), la obra que Morán dedicó a José Ortega y Gasset.
Su nuevo libro, el dedicado a Suárez, atrapa. Es vertiginoso y la lectura de dicha crónica es provechosa. Pero tiene varios problemas que no se dan en el novelista Cercas. ¿Cuáles son? Tres. Primero: una parte esencial de la información de Morán procede de conversaciones privadas que el autor mantuvo con algunos protagonistas ya fallecidos de la transición política, conversaciones que no data ni localiza, cosa que impide cualquier verificación. Segundo: la descripción viene acompañada de valoraciones, de sarcasmos, de chascarrillos, cosa que entretiene mucho al tiempo que dificulta un examen riguroso. Tercero: la escritura de un libro tan extenso, de un volumen que sobrepasa las seiscientas páginas, es algo descuidada, con fórmulas expresivas cacofónicas, con confusiones y con licencias verbales muy dudosas.
¿Qué les recomiendo? Pues que lean a Cervera, su dolor íntimo; que lean a Cercas, su pesquisa familiar; y, si tienen ánimo, que lean la literatura atropellada de Morán, su novelón generacional.
————–
Hemeroteca del mes
–Justo Serna, reseña de Anatomía de un instante, de Javier Cercas, Ojos de Papel, 1 de junio de 2009
–Francisco Fuster, reseña de En la carretera, de Jack Kerouac, Ojos de Papel, 1 de junio de 2009

Deja un comentario