En las actividades mercantiles, el crédito del comerciante es lo principal. Una trayectoria lo avala. Es fiel cumplidor de las obligaciones contraídas, de la palabra dada, de los acuerdos firmados. El comerciante es un vendedor, alguien que tiene una mercancía que ofrecer. Ante el cliente es probable que exagere las virtudes de su producto; ante el comprador es posible que agrande las bondades de esos bienes que pone en el mercado. Eso es la publicidad, justamente: información y deseo, funciones e imaginación.
Pero el comerciante no puede engañar muchas veces ni hacer trampas continuamente. Si lo hace, perderá una clientela pronto escamada. Si vende un producto averiado o inútil o inservible, sólo le salvará la credulidad favorable, esforzada, voluntariosa, ciega, sentimental del consumidor: la fe de carbonero. Lo deseable, sin embargo, es ganarse la confianza de ese consumidor con la seriedad y el buen hacer.
Por eso, aquel comerciante tiene crédito: la banca espera la devolución de los préstamos. Como tiene crédito cuando el cliente confía en que el comerciante cumpla. Las relaciones humanas se basan en eso, en la confianza. Y en la expectativa: esperamos con bastante certeza que cada uno cumpla sus tareas y en el orden y en el tiempo que le corresponden.
Las elecciones y, en general, la política son un sistema de mercado, un sistema de mercado basado en la concurrencia y en la suma cero: lo que yo gano tú lo pierdes (y al revés). Efectivamente es un mercado en el que pocos triunfan y muchos fracasan. Son pocos los clientes potenciales a ganar y las mercancías que se les ofrecen suelen ser intangibles, venideras, posibles. Pero es un sistema económico: hay que ganarse al cliente con la calidad de los productos.
Más aún: a ese cliente no se le puede pedir que crea en el comerciante. Crédito y creencia tiene una raíz común pero no significan lo mismo. El crédito es la reputación, la fama, la autoridad de que se vale alguien que ha probado su seriedad, alguien que cumple puntualmente sus compromisos. La creencia es un asentimiento por fe, por artículo de fe. Quien tiene crédito nos pide confianza, no creencia: nos los pide por experiencia.
En un mitin celebrado en Valencia días atrás, Mariano Rajoy le dijo a Francisco Camps: «Yo creo en ti». Y añadió: «creo en lo que haces y estaré a tu lado». Ignoro si Rajoy quería pronunciar esa palabra, creo, o si simplemente quería decir confío. En ese ambiente, la respuesta de Camps fue emocional y empeñosa, poco mercantil: «con vuestro cariño no hay obstáculo que no pueda ser salvado». Es decir, pedía una clientela amorosa: algo extraño en el mercado, algo que ningún dependiente o jefe de planta de El Corte Inglés reclamarían a sus compradores.
«Cada sonrisa vuestra», decía Camps, «cada abrazo vuestro, cada guiño vuestro, cada palabra vuestra me da la fuerza suficiente para salvar cualquier obstáculo que me pongan por delante, porque lo hago por Valencia y lo hago por España». Esta invocación no es nada mercantil: es un discurso populista, puramente emocional. La verdad, prefiero el lenguaje económico de la política, la expresión puramente material de quien se gana la confianza por experiencia, al sentimentalismo impostado de un mercader.
Pero, claro, aquello que yo prefiera no significa gran cosa, porque lo que Camps y los suyos esperan es «la credulidad favorable, esforzada, voluntariosa, ciega, sentimental del consumidor». Habrá que preguntarse qué han hecho los otros comerciantes, los rivales, la competencia, vaya; habrá que preguntarse cuál es la confianza o el crédito que son capaces de suscitar…
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Blogosfera- Hemeroteca
-«Silvio Berlusconi«, Los archivos de JS, 26 de junio de 2008
-«Francisco Camps«, Levante-Emv, 18 de mayo de 2007
-«La servidumbre voluntaria«, Levante-Emv, 13 de mayo de 2007
-«Inacabable Camps«, El País, 28 de mayo de 2005
-«Francisco Camps y la Jura«, El País, 22 de junio de 2003
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Votando… Estamos votando, pocos, pero votando. Lo ideal es ganar, cierto: para ambos partidos. Pero, si hay una fatal abstención, ésta beneficiará al PSOE (no al PP): a mayor porcentaje de abstencionistas, menos posibilidades tendrá el PP de sacar pecho, de pedir elecciones anticipadas, de convertir las Europeas en un plebiscito. ¿Quién puede exigir algo con un 40 por ciento de participación?

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