1.) MARTES Y TRECE. El miércoles 14 de octubre en El País aparecerá un artículo mío titulado «Secretario general» . Ya está remitido [y ya ha aparecido]. Algunos amigos lo han leído. Es mi colaboración quincenal. ¿Trata de Ricardo Costa? Bueno, trata de Ric –así le llamaban ciertos amigos– y trata de otros secretarios generales. En 2.824 caracteres con espacio. Es breve, inevitablemente breve.
Ahora, para desahogarme, me extiendo. Voy a analizar el comunicado de Ricardo Costa, hecho público un martes y 13. Es una pieza digna de ser estudiada. Traerá cola. Bueno, de hecho ya trae cola: es un comunicado muy largo. Vayamos por partes. Es decir, voy a trocearlo.
Infinitivo. «En primer lugar, dejar claro que el presidente regional del PP y el presidente nacional del Partido siempre han dado instrucciones correctas y acordes a los estatutos, justas y en beneficio del PP».
¿Por qué empieza así, con ese infinitivo, con la forma impersonal del verbo? Es, si me permiten, un modo muy actual de expresarse, muy joven y moderno, abreviando el lenguaje. El autor lo dice así para seguidamente afirmar que los presidentes de su Partido «siempre han dado instrucciones correctas y acordes a los estatutos, justas y en beneficio del PP». Ah, vaya. Si es así, ¿quién lo corrobora? ¿Un subordinado, como es este secretario general? Resulta algo chocante o cómico que quien es jerárquicamente inferior confirme la corrección, la legalidad y la justicia de sus superiores. ¿Qué pretende con esa declaración inicial que nadie le ha pedido?
¿Obediencia debida? «Siempre he cumplido mis responsabilidades, y he trabajado con absoluta dedicación, cumpliendo la ley, y ciñéndome a las directrices que la Dirección Regional del Partido me han marcado».
A esa figura se la llama obediencia debida. Cumple sus responsabilidades y la ley, trabaja con dedicación absoluta y se ciñe a las directrices superiores o, bueno, no tan superiores: las del Partido en la Región. Eso significa que ante todo se pliega a lo que le mande su inmediato superior jerárquico, que no es el líder máximo del PP. Yo no he hecho nada que no haya aprobado mi presidente. Luego… Es costumbre de los subordinados ampararse en sus superiores: más aún cuando se toma como chivo expiatorio. Hagamos preguntas simples. ¿Lo están sacrificando? ¿Es una víctima de su propio partido? El fiel subordinado se rebela y clama por su honor.
Nombres propios. «He actuado siempre con absoluta lealtad a los órganos del Partido, al presidente regional Francisco Camos y al presidente nacional Mariano Rajoy. He actuado correctamente cumpliendo mis funciones como secretario general y como militante».
Observen cuáles son las palabras-clave. Lealtad, absoluta lealtad, funciones y, sobre todo, los nombres propios de sus presidentes. Por primera vaz, los menciona directamente, con sus nombres y apellidos, que es la forma directa de interpelar. En este caso, de retar. Repite con otras palabras su condición de escrupuloso cumplidor de sus obligaciones y lealtades, pero el cambio es significativo. Es un nuevo énfasis. Tras esa interpelación, ya no hay vuelta atrás.
Transmisor.«Por eso le he pedido al presidente Francisco Camps que le traslade al presidente nacional las razones por las que no he aceptado presentar mi dimisión».
Es decir, Camps ha hecho de mero transmisor de instrucciones superiores. O sea, el presidente regional no ha tenido iniciativa. O sea, Camps ha sido un subordinado fiel de Mariano Rajoy. O sea, ¿lealtades encontradas o supervivencia personal? ¿En qué circunstancias queda Francisco Camps tras esta andanada? Costa sigue y sigue. Habla de su conciencia –tranquila, claro–, habla de las directrices del PPCV que ha debido seguir, aunque le hayan supuesto algún reparo personal. Habla, en fin, de su compromiso con Francisco Camps y con Mariano Rajoy.
¿Dimisión? «Mi dimisión sólo podría producirse si hubiera incumplido mis obligaciones como secretario general o como militante del Partido Popular. Creo honestamente que eso no se ha producido. Tampoco resultaría procedente, como algún medio de comunicación ha apuntado, que mi dimisión tuviera como única finalidad asumir como propias presuntas responsabilidades de terceros, responsabilidades que, en cualquier caso, no me constan».
¿Cómo voy a dimitir si no he hecho nada de lo que deba arrepentirme, si no he incumplido mis obligaciones, si no tengo que cargar con las responsabilidades de otros? La afirmación o la pregunta –según queramos plantearla– es incontestable, inapelable, irreprochable. Costa se niega a ser víctima propiciatoria, chivo expiatorio, prenda de intercambio. Costa se repite una y otra vez, justamente desde la impotencia política. Por ello, probablemente, ha hecho la declaración más sincera de toda su carrera.
Exigir. «Yo estoy dispuesto a dar cualquier explicación pública que sea necesaria, sobre mi honradez o mi gestión. Pero creo que tengo derecho a exigir explicaciones».
Una vez planteado el órdago a Mariano Rajoy y, por extensión, a Francisco Camps, el autor de la declaración vuelve a repetir las mismas palabras sobre la honradez de su gestión o la probidad de sus actuaciones. Exigir. Relean, por favor, ese infinitivo. ¿Un subordinado exigiendo a sus superiores? Costa cava su fosa porque sabe que está políticamente muerto, salvo que un milagro lo devuelva a la vida, una auténtica e improbable resurrección.
Vergüenza. «Creo que las conversaciones aparecidas en medios de comunicación y que afectan a mi persona pueden haber sido en algún caso desafortunadas. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que fueron realizadas hace más de 9 meses, que yo desconocía la vinculación de esas personas con cualquier trama, que fueron privadas (…). En cualquier caso, quiero aprovechar esta ocasión para pedir públicamente disculpas a todos los militantes de mi partido. Debo reconocer que cuando he leído esas conversaciones escritas en los medios de comunicacion me han avergonzado profundamente».
Además de la actitud retadora que Costa demuestra, este reconocimiento es lo más significativo. Se avergüenza al leer esas conversaciones transcritas. Son suyas, son desafortunadas en algún caso y le producen vergüenza. Es una actitud que políticamente no tiene solución. Es decir, que él mismo está dando pie a su cese. En la prensa es frecuente que se hable de «cesar a Costa». Es, como se sabe, un uso incorrecto de un verbo intransitivo. Camps no puede cesar a Costa, sino que es el secretario general quien ha de cesar. Esta incorrección habitual es muy significativa. En todo caso, el cese de Costa sería consecuencia, no de lo dicho tiempo atrás, sino de lo dicho a Rajoy y Camps ahora y de lo transcrito, eso que tanta vergüenza le produce. Si no ha habido delito, si no ha habido incorrección, si ha sido sorprendido en su buena fe, entonces es que es un pardillo, una bella alma, un inocente que fue confundido y ahora sacrificado.
Tristeza. «Nadie de la Dirección nacional me ha llamado para darme una explicación sobre esta situación, sobre su solicitud de dimisión o de expulsión del partido, ni tampoco para pedirme ninguna aclaración sobre mis responsabilidades o cualquier presunta actuación incorrecta (…). Como militante, esta situación me produce tristeza. Espero y deseo que el PP a nivel nacional defienda mi imagen, mi honor y mi honradez, y que lo haga de forma pública».
He comprado el Infiniti con mi dinero; el obsequio de un reloj caro, que no carísimo, es de un amigo que ya no estaba desempeñando funciones políticas. Todo eso y otras cosas se han dicho para desprestigiarme. ¿Y qué hace la Dirección Nacional del PP? Pedir mi cabeza. No lo dice así, literalmente, pero podría inferirse de sus palabras. La cabeza de Juan el Bautista. Tiene un sentido bíblico su sacrificio injusto. Pero nadie parece sacrificarse por él. Ha sido traicionado, él, que tantas horas dedicó al Partido, que tantos años –veinte– ha militado.
La prosa o la vida. La verdad es que hace pensar este texto. Al leerlo, nos sobrecogemos. Es raro, es infrecuente, un duelo así planteado, un reto de este tenor. Escrito con una prosa no desdeñable, muy por encima de la sintaxis que es habitual en el medio político, el comunicado tiene difícil respuesta. Hagamos el duelo por Ricardo Costa.
¿Impotencia política? «Tiene difícil respuesta», escribía yo mismo hace unas horas. «El comunicado [de Ricardo Costa] tiene difícil respuesta». Son las 20:31 y aún no hay respuesta de la Dirección Nacional del PP. A estas alturas, por lo que se sabe, Costa ha pactado con Camps su permanencia en el cargo. Sólo lo dejará temporalmente si la Dirección Nacional ordena una investigación interna por una Comisión ad hoc. De momento, pues, es Rajoy quien está en pésima situación. ¿Saldrá a la palestra a alabar a Costa? No sé… Yo decía párrafos atrás que «Costa cava su fosa porque sabe que está políticamente muerto, salvo que un milagro lo devuelva a la vida, una auténtica e improbable resurrección». Echando un vistazo a la situación, parece como si ese prodigio se hubiera producido: Costa sale temporalmente vencedor. De momento. En ese caso, quedaría invalidado el dictamen que yo mismo hacía hace unas hostas: «Costa se repite una y otra vez, justamente desde la impotencia política. Por ello, probablemente, ha hecho la declaración más sincera de toda su carrera». A lo mejor no estoy tan equivocado. Desde luego alguien está mostrando impotencia política.
A toda costa. Cuando son las 23:57 del martes 13 de octubre, leo, repaso y vuelvo a repasar los titulares de la prensa on line. El caos interpretativo es mayúsculo. Para unos hay cese; para otros, no. Para unos, la Dirección Nacional no responde a quien ya ha sido destituido; para otros, Francisco Camps mantiene a Ricardo Costa en espera de que Mariano Rajoy ordene la constitución de una Comisión de Investigación.
En todo caso, a las 23:57, la Dirección Nacional del PP aún no ha contestado a uno de sus militantes levantiscos, que no levantinos: un dirigente regional que ha desafiado directamente a Mariano Rajoy. El presidente parece mostrar indiferencia, que es lo que postulaba días atrás, y así da el mutis por respuesta. ¿Por qué razón? Si hemos de creer lo que algunos medios dicen ahora, esa Dirección Nacional da por hecho el cese de ese secretario regional, mientras que éste niega tal cosa al sentirse respaldado por su presidente, es decir, Francisco Camps. ¿Alguien lo entiende? Hay, sí, una pose de ufanía en Costa, la de quien ya no tiene nada que perder porque con él se pierde todo. La situación sería realmente cómica si no fuera por las desastrosas consecuencias que tiene para el Partido, desastrosas consecuencias no necesariamente electorales.
Si Costa tiene razón –es decir, si Costa no ha hecho nada con los implicados en la trama Gürtel que no tolerara la presidencia regional–, entonces el problema del PP es el Gobierno autonómico que tiene en Valencia. ¿Y cómo se resuelve eso? ¿Amputando? Eso provocaría un cisma. Insisto: ¿cómo se resuelve una presunta implicación colectiva? Imaginemos que no hay tal cosa. En ese caso, Costa –que no está encausado– no sería el único que ha hecho declaraciones de las que debería avergonzarse profundamente. Por lo transcrito, por lo que hemos leído, la palabrería de algunos dirigentes y de los amigotes es chabacana. Y las glosas de Francisco Camps son simplemente cursis, muy cursis (esas alusiones a lo bonito que es quererse, etcétera). ¿Pero qué significa avergonzarse profundamente cuando no te reprochas nada? Esto es, señores, una comedia de enredo.
2) EL DÍA DESPUÉS.
The Day After. El día después es una película de 1983. Creo recordar que era un telefilm, pero en España lo vimos en pantalla grande. O, al menos, yo lo vi en el cine. Su título se tradujo de mala manera. Ya saben: El día después. Esa expresión ha hecho fortuna en el español deteriorado de nuestros días, en la neolengua. Hay un programa televisivo dedicado al fútbol que se titula así. Seguramente porque el spanglish convenía a la simpática dicción de su periodista-futbolista más famoso: Michael Robinson.
Pero regresemos a la película. La acción se desarrolla en una pequeña población de Kansas a comienzos de los años ochenta. Aún estamos en Guerra Fría y en esa localidad se concentra un abundante armamento nuclear. Ante la amenaza de un ataque de los soviéticos, los responsables americanos disparan sus misiles. Simultáneamente, el enemigo bombardea. Se produce la mutua destrucción asegurada, por decirlo en el spanglish de la Guerra Fría. Es decir, la devastación resulta total, desastrosa, como consecuencia de la radiación. Hay pocos supervivientes, pues la mayoría mueren tras las explosiones, tras la deflagración. Al día siguiente, su vida ha de iniciarse en un estado de barbarie. ¿Alguien recuerda qué pasa después? ¿Hay esperanza para el género humano? ¿Son capaces de reconstruir la célula originaria, la convivencia, tras esa destrucción mutua?
¿Ya está? Por fin parece que se cumplen los vaticinios –por otra parte evidentes– que hice ayer cuando escuché a Ricardo Costa. Inmediatamente después leí el comunicado y escribí el análisis que figura en párrafos superiores. La impresión más firme que yo tenía era ésta: “Costa cava su fosa porque sabe que está políticamente muerto, salvo que un milagro lo devuelva a la vida, una auténtica e improbable resurrección”. Tuve, horas después, un momento de duda (causado por el propio caos informativo del PP). ¿Se había producido el prodigio, la resurrección? Parecía ciertamente inverosímil que Mariano Rajoy se dejara chantajear con tanto desparpajo por su subordinado. Por eso, al comentar el primer y letal comunicado, yo mismo me había dicho: “Costa se repite una y otra vez, justamente desde la impotencia política. Por ello, probablemente, ha hecho la declaración más sincera de toda su carrera”.
«Aquí no hay pulsos que valgan», ha dicho esta misma mañana María Dolores de Cospedal en la Cadena Cope. Inmediatamente después ha añadido: «Para que se tenga meridianamente claro: Costa no va a seguir siendo secretario general ni portavoz en la Cortes». La secretaria general del PP no ha descartado incluso la expulsión: «si [Costa] se encastilla en una situación impropia de su condición habrá que tomar las decisiones oportunas». Para rematar, De Cospedal ha concluido que la rueda de prensa que dio ayer Ricardo Costa «no fue apropiada». Ya está. ¿Ah, sí? ¿Alguien me puede decir en qué posición tan desairada queda Francisco Camps? El duelo de Ricardo Costa se ha resuelto temporalmente. Hagamos el duelo por Ric. Pero en este sainete poco edificante, Francisco Camps queda seriamente tocado. «Nos apoyamos todos, que eso es lo importante. Estamos todos muy contentos», dijo el president días atrás. «Nos apoyamos todos y eso es muy bonito».
Muy bonito, sí.
A.-Hemeroteca del día
Justo Serna, «Secretario general», El País, 14 de octubre de 2009
B.-Hemeroteca histórica
«Don Ricardo Costa», El País, 30 de septiembre de 2009
«El calvario de Camps», El País, 2 de septiembre de 2009
«El bolso», El País, 22 de julio de 2009
«Aló, president», El País, 24 de junio de 2009
«Yo, a Boston», El País, 13 de mayo de 2009
«Detallazos», El País, 29 de abril de 2009
«Lemon Market», El País, 18 de febrero de 2009

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