«Demagogias, las justas». En una entrevista de Vera Gutiérrez Calvo para El País (5 de noviembre de 2009), Francisco Frutos se despedía de la secretaría general del Partido Comunista de España. En la entradilla de la noticia, la periodista escribía: «en una de las paredes de su despacho luce un cartel con la imagen del Ejército soviético entrando en Berlín. « ¿Ha pensado alguna vez en colocar al lado la foto de la caída del muro?». Francisco Frutos (Calella, Barcelona, 1939) corta en seco: «Nunca. Demagogias, las justas»…», leemos.
«Su legendaria aspereza se irá suavizando hasta desaparecer a lo largo de una hora de entrevista con este hijo de campesinos, sindicalista, comunista, que recién cumplidos los 70 años abandonará, el próximo domingo [8 de noviembre], la secretaría general del PCE», apostilla Vera Gutiérrez Calvo. A lo largo de la interviú, la periodista le formula preguntas sobre el PCE, sobre Izquierda Unida, sobre su condición de secretario general. Hacia el final de la entrevista, vuelve a plantearle las cuestiones referidas al vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín. La respuesta es contundente, inconmovible.
«P. Se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín…
R. Yo no soy partidario de construir ningún muro.
P. ¿Y de celebrar su caída?
R. No, no… yo no celebro esas cosas. Insisto: demagogias, las justas. ¿Y el muro de Palestina?»
Las murallas. Históricamente, las murallas son para nosotros, los humanos, edificaciones ambivalentes. Por un lado, nos salvan, nos guardan; por otro, nos cercan, nos encierran. De una parte, el muro es protección; de otra, es custodia. Se erigen murallas cuando los bienes están amenazados, cuando lo interior debe ser preservado, separado; se levantan cinturones de seguridad, cuando lo externo es lo que se cierne, lo que amenaza. En la Europa del Este, el conflicto político y militar con Occidente fue esencial durante años, cosa que obligó a una carrera armamentista costosísima.
Pero el arma decisiva acabó siendo la televisión. Lo que los comunistas actuales no parecen haber comprendido, lo que Frutos parece ignorar aún, es que el Muro cae básicamente gracias a la televisión, a la publicidad que captan los receptores del Este, al mundo de ensueño que las pantallas reproducen. La persuasión es un frente de batalla que pierde el Pacto de Varsovia en el terreno de la imagen.
Justamente cuando se ablandan los controles; justamente cuando la seductora publicidad de Bonn llega a Berlin Este, justamente cuando los ciudadanos de la RDA pueden comparar su vida con la fantasiosa vida del Oeste, la ciudadela comienza a desmoronarse. Es una ciudadela hecha de corrupciones sin bienestar y de ventajismo burocrático. El descuido administrativo hace que se burle la muralla que divide no sólo a Berlín, sino a Alemania. Muchos ciudadanos de la RDA parten hacia el Oeste a través de las grietas fronterizas. El estilete fue la televisión: la televisión y sus ficciones.
¿Qué es ser comunista hoy? Vera Gutiérrez Calvo mantiene una entrevista con Willi Meyer y con Esther López Barceló. Es para El País y su título es «¿Qué es ser comunista en 2009?
Pregunta. ¿Qué es ser comunista hoy?
Esther López Barceló. En lo fundamental sigue siendo lo mismo que era. Los valores son los mismos: el reparto equitativo de la riqueza, la socialización de los bienes de producción… Luchamos contra el capitalismo, a fin de cuentas, lo mismo que en el siglo XIX. Lo que cambia es la coyuntura y nuestras formas de articular la respuesta. El problema sigue siendo el capitalismo, la desigualdad.
Willy Meyer. Hoy, 7 de noviembre [día en que se realizó esta entrevista], celebramos la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques, la expresión más clara de la llegada al poder del ideario comunista. La idea central de esa toma del poder en la URSS tiene absoluta actualidad. En el siglo XIX se trata de seguir defendiendo la igualdad. Mi generación nunca pensó que el siglo XXI fuera a ser tan terrible para la humanidad, ha habido un retroceso en las ideas que nosotros representamos…
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Chupar el trabajo vivo. «El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo vivo chupa». Estas palabras, de Karl Marx, son célebres. Pertenecen al libro I de El capital. En ellas compara el capitalista con el vampiro, con el no-muerto. Drácula pena durante siglos y se nutre de la sangre de los vivos. Visto así, Drácula pertenece al pasado. Es una excrecencia que sobrevive alimentándose de otros, del flujo ajeno, del esfuerzo colectivo. El dueño de los medios de producción succiona el trabajo vivo del asalariado: eso dice Marx. El obrero entrega su fuerza –la fuerza de trabajo– a cambio de una percepción económica que siempre es inferior al tiempo dedicado a producir la mercancía. Recibe un salario, una suma a la que se la restado una parte, la plusvalía.
Esta imagen es pura poesía, un empeño por designar las cosas que aún no tienen nombre. Marx empezó a calificar lo nuevo en 1848 (y sobre ello ya me ocupé en otra ocasión). No es preciso que estemos de acuerdo con él. Simplemente es descripción de un mundo de industrias, de fábricas, de chimeneas humeantes que irrumpen transformando el paisaje. ¿Descripción? En realidad, Marx no describe, sino que designa lo que hay a partir de categorías que tipifican lo que ve. Es literatura. Literatura poderosa, muy influyente. Comparar al capitalista con el vampiro es una imagen fuertemente poética y ahí radica, en parte, la capacidad de seducción que Marx aún provoca.
Martes, 10 de noviembre, 18 horas: he de asistir a un grupo de lectura que hemos creado en la Facultad de Historia de Valencia. Objeto de análisis: Drácula.
«El vampiro que hay entre nosotros tiene la fuerza de veinte hombres y es más astuto que cualquier mortal, porque su sagacidad ha ido aumentando con los siglos; además domina la necromancia, que es la adivinación a través de los muertos, y los muertos por él invocados obedecen a su mandato; es una bestia, o peor que una bestia; es insensible como un demonio y carece de corazón; dentro de ciertos límites, puede aparecerse cuando quiere y donde quiere adoptando ciertas formas a su antojo; y dentro de ciertos límites, también, puede mandar sobre elementos como la tempestad, la niebla o el trueno; ejerce poder sobre todos los seres inferiores: las ratas, los búhos, los murciélagos, las mariposas nocturnas, los zorros, los lobos, y es capaz de aumentar su volumen, de disminuirlo y hasta de desvanecerse. Así que, ¿cómo entablaremos la lucha para destruirle? ¿Cómo descubriremos dónde está, y una vez descubierto, cómo le destruiremos? Amigos míos, es mucho lo que tenemos por delante; vamos a emprender una misión terrible cuyas consecuencias pueden hacer estremecer al más valiente. Si fracasamos en esta lucha, será él quien gane; ¿y qué será de nosotros?», leo en Drácula, en este caso en la versión de Francisco Torres Oliver.
Hagamos una prueba. Sustituyamos al vampiro por el capitalista: el párrafo parecerá una parafrásis materialista. Nos saldrá la lucha contra el capitalismo rapaz del Ochocientos, en versión de Karl Marx. El jueguecito es atractivo, pero no se puede llevar hasta el final. El nosferatu de la tradición que codifica Stoker en Drácula (1897) es un noble feudal, alguien que se arrastra durante siglos. Ahora vive en la Europa convulsa del capitalismo concurrencial. Es, pues, un tipo ajeno y enajenado, un desplazado cuyo tiempo ya pasó. En cambio, el vampiro de Marx, ese al que alude en el libro primero de El capital (1867), es el capitalista que chupa el trabajo vivo. Qué imágenes tan vívidas, sí…

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