Lo sublime y lo siniestro

CasparDavidFriedrichUno. “Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena”, decía Caspar David Friedrich (1774-1840). Si cada resto de lo que hay, hasta lo infinitesimal, tiene alma o al menos está insuflado por Dios, eso quiere decir que no hay nada secundario o irrelevante. El producto chiquito o la casualidad material tienen su lugar y se ofrecen al espectador. Por parte de Friedrich no se trata de proclamar, sin más, el panteísmo, sino de despertar lo inerte o lo pequeño. Observen el retrato del pintor, esa mirada aguda, penetrante, quizá extraviada.

“El auténtico arte se concibe en un momento sagrado y es alimentado en una hora santa; a menudo es creado por un impulso interior, sin que el artista sea consciente”, añade. El lenguaje religioso no expresa necesariamente una conducta irreprochablemente piadosa: es el instrumento de que se sirve el pintor para describirse. Si la Providencia es lo inefable, lo que no puede ser expresado propiamente, entonces lo humano pertenece también a ese prodigio de la creación. Pero creación no es sólo el acto bíblico original, sino la lucha cotidiana del artista por sacar de sí aquello de lo que es portador. Es, insiste Friedrich, “un impulso interior”  a menudo inconsciente. Por eso, admitido que lo exterior sólo es es fuente de sugestión, “la única fuente verdadera del arte son los sentimientos puros, claros, que albergan nuestros corazones”. Dicho así –“sentimientos puros, claros, que albergan nuestros corazones” parece una declaración de bondad: la de que el ser humano ha de sacar aquello que mejor lo afirma.

Roquedoconarboles20demayode1799El ser humano es un observador, Friedrich es un observador, y por ello se enfrenta bondadosamente a lo que ve, sí. No quiere dibujar o pintar arrebatado por el mal o por el demonio, sino por la ligereza o por la humanidad que lo constituye, que lo alberga. Pero aquello a lo que se enfrenta es un entorno convulso, indómito, de grandes dimensiones: naturaleza muerta que cobra una presencia amenazadora o la vida animal y la flora de un lugar cuyo movimiento nos atrae: un roquedo con árboles, por ejemplo. “Cada manifestación de la Naturaleza, registrada con precisión, dignidad y sentimiento, puede llegar a ser tema del arte”, precisa. No hay temas mayores. Hay, sobre todo, una mirada que se sorprende, que registra, que reproduce o que recrea con  limitadas capacidades, admitiendo la pequeñez humana, pero también el empeño del observador.  “Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y con la piedras, para ser lo que soy. Necesito la soledad para entrar en comunión con la naturaleza”.

Visité la Exposición que la Fundación Juan March dedica a “Caspar Friedrich: arte de dibujar”. Es una muestra a la que tenía muchas ganas de acudir. Está abierta en la sede madrileña de la institución entre el 16 de octubre de 2009 y el 10 de enero de 2010. Antes de pronunciar mi conferencia el pasado pude recorrer la muestra. Iba acompañado de Ana Serrano. No pude tener mejor compañía, tan minuciosa, observadora fiel de los detalles… Escuchábamos la música de los murmullos, el ruido humano, las instrucciones expertas. En la muestra se recogen unas setenta obras realizadas sobre papel con técnicas diversas (acuarelas, gouaches, dibujos a lápiz…).

Arbolseco26demayo1806Esta exposición nos enseña la función del dibujo, lo que representa dibujar en el proceso creador del artista: cómo se acerca a su consumación partiendo de los esbozos, de las filigranas que le inspiran la naturaleza muerta, el roquedo, la ruina, el árbol seco, el túmulo. Como esbozos o filigranas que luego serán detalles de una obra mayor, partes que más tarde se incorporarán. El resultado es un entero cuyas partes han sido logradas antes. Como tantos otros pintores de su tiempo, Friedrich miraba la naturaleza con el vago propósito de imitarla, de copiar hasta su más mínima particularidad. Pero no la mímesis fiel no era su meta. El arte malogrado es imitación esclava, decía. “La tarea del pintor de paisajes no es la fiel representación del aire, el agua, las piedras y los árboles, sino que es su alma y su sentimiento lo que ha de reflejarse”. Es decir, son, en el fondo, las sugestiones que provocan en el alma y en el sentimiento del pintor. Lo eterno, lo muerto, lo siniestro, lo sublime. De todas las representaciones que Friedrich plasmó me interesan especialmente lo sublime y lo siniestro, esos temores y temblores del alma romántica que aún hoy nos conmueven.

Friedrich2Dos. ¿Y qué principio ha de seguir ese observador que es Friedrich? ¿Cómo guiarse técnica y pragmáticamente a la hora de pintar? Las teorías son muchas y la ejecución sólo es una. En cada cuadro o en cada dibujo, hay un problema técnico que resolver, pero sobre todo hay una expresión creadora que afirmar. ¿Qué hacer, pues? O, en los términos de Friedrich: “¿qué hay que hacer y hay que dejar de hacer ante tanto parecer y tantas doctrinas?”. La respuesta es orgullosa y rotunda: “¡Sigue la voz interior y acepta lo que te dice, y deja para los otros lo que a ellos les parezca justo, o no atiendas a nada de todo eso, pues no todo es para todos!”

El programa propuesto es la expresión de esa libertad interna a la que aspira el artista consumado, que no es una libertad incondicionada, sino un autoexamen, un análisis de lo que forma o constituye al pintor, en este caso. ¿Inventa? Cuando lo hace, “¿no significa esto, en otras palabras, que se ejercita en separar remiendos y recoser?”, se pregunta Friedrich. Separar remiendos y recoser: verdaderamente es tarea de creación, pero –si nos fijamos– tiene un sentido puramente artesanal, la laboriosa faena de obrar con lo viejo ahora rehecho. Friedrich no niega tal posibilidad, pero aspira a más. Ante la obra, la prefiere  “no inventada, sino sentida”. Porque invención tiene en el pintor una acepción artificiosa. ¿Cuál es la solución? ¿Copiar?

Él desea apoderarse de lo que ya es para poder expresar lo que aún no existe, algo que es equidistante de la invención y de la mera reproducción. “El pintor no debe pintar meramente lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí. Y si en sí mismo no viera nada, que deje entonces de pintar lo que ve ante sí”, señala. ¿Por qué razón? Pues porque, “si no, sus cuadros parecerán biombos tras los que uno sólo espera ver enfermos o, quizá, cadáveres”. Naturaleza muerta, en el peor sentido de la expresión. Realidad inerte. Friedrich, por el contrario, observa. Solo, extraño, quizá algo enajenado, se sube a un promontorio o a una colina. ¿Y qué divisa?  “¡Reproduce las cosas en el cuadro tal y como ellas actúan sobre ti!”, recomienda. Atisbando con dificultad, distinguiendo malamente lo que está al frente.

Aprehende algo grandioso, algo informe, propiamente indefinido, inconmensurable, nebuloso o confuso. Esa impresión le hace suspender el ánimo y de ello deriva un sentimiento de angustia e incluso de dolor o de temor. Adquiere conciencia de la insignificancia, la insignificancia de quien observa. Pero inmediatamente después se rehace ese espectador, se erige orgulloso, captando lo informe, lo inconmensurable por medio de sus sentidos, de sus recursos, de su finitud. A ese proceso de captación, impresión y reelaboración se le llamó el sentimiento de lo sublime y Caspar David Friedrich supo plasmarlo en sus cuadros. Lo pequeño, lo escueto, el detalle dibujado y luego trasladado al lienzo…, todo ello es parte de la misma exploración. ¿Un tópico del romanticismo? Algo más: una constante humana que sólo unos pocos saben expresar.

Caradeprecipicio1799Tres. Pero apreciando los dibujos de Friedrich, sus obras aún inacabadas, sus iluminaciones, descubrimos ya las raíces de lo siniestro. Intuimos que algo puede pasar, que podemos precipitarnos justamente en el dibujo. Friedrich mira las cosas de cerca, incluso de muy cerca, aquello que sólo con lupa podría distinguirse.

Ana Serrano y yo nos sorprendemos de esas miniaturas, de su perfil. Hay que encajarse bien las lentes para percibir lo que él pudo advertir y supo dibujar. Y en los precipicios, en las ruinas, en los rostros, en las figuras humanas, en los árboles, en los roquedales, hay siempre un aura inquietante, quizá un abismo literal: antes o después de la figura o del paisaje hay una vida orgánica que ignoramos, algo que puede descomponerse o que ya está descompuesto. Todo puede precipitarse, en efecto. Bastan unos pocos trazos sabiamente ejecutados sobre el papel para que sintamos la inminencia de la finitud, de la muerte o de lo perecedero.

Lo siniestro, decía F. W. J. Schelling, es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado;  es aquello que, habiendo desaparecido,  regresa alterando el orden actual y previsible de las cosas. Es una referencia mil veces repetida en la que finalmente se inspiró Sigmund Freud. Sombra y nieve, roca y soledad, tras la imponente loma que aquí vemos es posible distinguir algo inconmensurable que nos perturba. La imagen nos resulta familiar pero Friedrich sabe “romantizar” lo común o lo ordinario.

“La vista de una montaña cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes, la descripción de una tempestad furiosa, o la pintura del infierno por Milton producen agrado, pero unido a terror”, había dicho Immanuel Kant en Lo bello y lo sublime (1795). “Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado son sublimes“, había añadido. “La noche es sublime“, insistía. O también “una soledad profunda”: todo aquello que expresa la contingencia humana en medio de una naturaleza desatada, “el escenario en que la imaginación ha visto terribles sombras, duendes y fantasmas”. No hace falta que haya terror explícito. No es necesario que aparezca un espectro.  Basta con lo grande, con lo sencillo. Por ejemplo, una gran altura, añade Kant. Nos produce estremecimiento, un particular pánico y un agrado impreciso. A ese sentimiento, que conmueve más que encanta, lo llamó lo sublime terrorífico, justamente aquello en lo que Friedrich será maestro.


Fonoteca: Ciclo “Las máscaras de un género”. Fundación Juan March:

Conferencia de Justo Serna, jueves 22 de octubre de 2009 (aquí)

Todas las conferencias del ciclo (aquí)

42 comments

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  1. Ana Serrano

    Sí, fue una tarde verdaderamente agradable y muy completa. Un placer ver la exposición con usted y cmpartir sus comentarios eruditos, jocosos. Una muestra de belleza sutil y delicada. Me gusta que la comente ahora. Gracias.

  2. El socialdemocrata

    Oiga Serna ¿a quién le interesa lo que dice? ¿Un pintor que pinta naturaleza muerta? ¡Vuelva hombre, vuelva!

  3. jserna

    Me hace gracia, Ana, eso que dice. ¿Mis comentarios eruditos, jocosos? Si fue así, es una dicha: nada me gusta más que ser moderadamente jocoso.

    Me pide, señor socialdemócrata (ese acento, ese acento), que vuelva. Me dice “¡Vuelva hombre, vuelva!”. Supongo que lo que quería escribie era “¡Vuelva hombre, vuelva!” Esa coma, no olvide esa coma. Me pide que vuelva… ¿a qué?

    Lo que Friedrich se plantea y lo que describe o dibuja o pinta no es una antigualla. Es una cuestión completamente vigente, un problema que nos planteamos y acarreamos desde hace más de dos siglos. ¿Cree usted que la observación es un asunto del pasado? ¿Cree usted que lo sublime o lo siniestro sólo son cosas de viejos románticos?

    ¡Hombre por Dios!

  4. Ana Serrano

    Porque está en su casa y no le da la gana; porque los que se tienen que callar son los que sólo estorban, perturban el discurso normal del blog y muestran su lamentable cociente intelectual.

    ¿Cómo deben aburrirse estos mmastuerzos para pasare aquí la vida dando la lata y leyendo lo que odian. ¡Porlosclavosdecristo!

  5. jserna

    Ana, no se preocupe. Lo único que uno puede lamentar es tener adversarios tan poco dotados. ¿De verdad esas amonestaciones tan tontorronas son las únicas que se les ocurren a algunos? Si no fuera por los amigos que piensan conmigo y contra mí, darían ganas de cerrar el escritorio.

  6. Paco

    eso eso. cierra la puerta serna que esto está muy frio. aburres a tus “amigotes”. ya no te visitan. pronto se cumplira mi sueño. a la mierda. adios.

  7. Fuca

    Acabo de escuchar la conferencia que nuestro amigo (ya observaríais que utilizo esta palabra delante de los nombres que me inspiran simpatía) Justo Serna pronunció hace unos días en la Fundación Juan March y realmente me ha gustado; me parece una charla amena y culta, trabajada, documentada; coincido con todas sus reflexiones sobre las novelas de Muñoz Molina (aunque la de la luna no la he leído); creo que es un autor que deberíamos leer por muchas razones, entre ellas por esa verdad, ternura y sensibilidad que emerge de sus palabras y con las que Justo acaba su conferencia. Leeré “La noche de los tiempos” cuando la publiquen dentro de unos días. ¡Un buen conferenciante –no sólo en lo que dice sino también en cómo lo dice-, sí señor! ¡Una agradable sorpresa! (Lo de la vestimenta ya es otro asunto, pero hoy no toca hablar de ello).

  8. Marisa Bou

    Es inquietante esa imagen en la que el abismo del acantilado parece rugir con el estallido del mar contra las rocas. El hombre, cuya silueta parece transpirar maldad, podría muy bien estar contemplando un cuerpo destrozado por las afiladas aristas de piedra: el que acaba de empujar con su bastón a las profundidades.

    O no. Podría estar, simplemente, mirando sin ver, pensativo, hipnotizado por el rítmico embate de las olas. En tal caso, ¿qué puede ser lo que le obsesiona? ¿Tal vez una ausencia? La de quien ya no está, o que nunca estuvo, cuya presencia no pasó nunca de presentimiento…

    En cualquier caso, la soledad es el color más importante en esta obra. La música del mar como contrapunto del silencio.

  9. jserna

    Gracias, Fuca, por sus palabras generosas. ¿Así es que soy una agradable sorpresa como conferenciante? Vaya, menos mal, ¿no?

    Marisa, el hombre que vemos de espaldad no ve un mar de agua exactamente: mira un mar de nubes bajas o de niebla. Pero las impresiones que usted indica son muy precisas.

  10. R.S.R.

    He escuchado esta mañana su conferencia a una hora inusual para recibir una, sin embargo es la hora, mientras los demás duermen, donde hallo intimidad, es una hora despejada, de más concentración…
    ¿Qué le digo que no sean halagos ni obviedades?

    Toda la primera parte donde expone, aclara y matiza cuales son las relaciones entre la historiografía y la autobiografía me ha resultado especialmente didáctica, señala muy nítidamente cual es la tarea que realiza un historiador y específicamente un historiador cultural en el campo de la literatura, de las narraciones de ficción.
    En la segunda parte que dedica a “ el caso de Antonio Muñoz Molina” me parece especialmente rico y original el diálogo que establece con la propia obra del autor y donde las preguntas que usted se hace como historiador hallan su respuesta.
    Espero que los eruditos que visitan su blog abran debate con este tema.

    Vuelvo 20 años después a iniciar la lectura del “El invierno en Lisboa” no desde” la misma morada, no desde la misma habitación…” sino desde otro hábitat, desde otro medio físico, en otro momento vital, con la incertidumbre de lo que voy a rememorar y con la expectación de las emociones que me van a sorprender, también después de oír su intervención, con la seguridad de que además de” lo que ha llovido desde entonces” he aprendido algo más del caso de Antonio Muñoz Molina.

    Veo que se ha hecho de día, no es una mala manera de empezarlo, no.

    Reciba un inaudible pero entusiasmado aplauso

  11. David P.Montesinos

    1. Creo ver, ya saben que soy despistado, que sólo tenemos la conferencia en audio. Me gustaría poder imprimírmela, si tal cosa fuera posible, además de escuchar como si fuera in situ, que también tiene su gracia, desde luego.

    2. No conozco a Friedrich más de lo que cualquiera conoce sus cuadros más célebres, como el de Byron o ese del cementerio, las últimas ruinas de una iglesia y los árboles pelados en invierno. Me interesa especialmente la reflexión sobre la superación del concepto de obra pictórica como mímesis, porque supone la ruptura definitiva con el anatema lanzado desde Platón a la “poética” y las bellas artes, cuyas creaciones son entendidas como realidades de tercer orden, pues no solo copiaban a las ideas, sino a los objetos mismos, que a su vez eran copias de ideas.

    Viví durante un año en Toledo y creo que fue allí donde aprendí a mirar pintura. De pronto, ante el Greco, me dí cuenta de que no se trataba de “reflejar fielmente” una “realidad”, sino de encontrar en el exterior las referencias que ayudaran a salir a algo que, en realidad, está dentro del pintor. Yo sólo puedo entender esta lógica desde Kant, quien completa la reivindicación de la Razón por los ilustrados franceses estableciendo las condiciones del conocimiento a partir de una pregunta revolucionaria: no “¿cómo es lo real?”, ni siquiera “¿cómo se presenta ante mí?”, sino más bien, “¿qué condiciones le pongo yo como sujeto al caos del mundo para que pueda revelárseme como fenómeno?” Es cierto que el Romanticismo surge en gran medida como reacción al espíritu del XVIII, y resulta difícil asociar el espíritu de exaltación del yo, la nación, o la infinitud de la voluntad humana -proceso que lleva Nietzsche a su culminación en los albores del XX- con la contención racionalista de los ilustrados. Y, sin embargo, yo creo que más que romper con el XVIII, los románticos radicalizan su descubrimiento. Ya solo ha sido posible investigar nuestro mundo -y pintar es también investigar- a la luz de aquel giro copernicano que acabó con la vieja paradoja del arte: la eterna imposibilidad de suplantar lo real, de lo cual solo era subsidiario. Al fin el hombre sale de su minoría de edad también desde el arte, ya es creador, “autor”, en toda la extensión del concepto.

    3. Decidí hace ya mucho no referirme a ciertos tipos, más o menos desde que dejaron de hacerme gracia, sobre todo porque creo que el humor debe ser punzante y oportuno, pero nunca reiterativo y machacón, porque entonces aburre y ya solo es patología. Sin embargo, no deja de maravillarme la tenacidad con la que sus declarados enemigos persiguen a Serna. Me consta que en el mundo hay personas que me detestan, cosa que no les reprocho, pues -aunque creo que en eso de ser un cabronazo me considero solo un amateur- entiendo que hay cosas en mí que merecen aversión y que a lo largo de mi vida he hecho daño a personas que probablemente no lo merecían. Y, sin embargo, esas personas tienen la inteligente caballerosidad de dejarme en paz. No me escriben, no me llaman, no me persiguen… se alegrarán de que algún día me parta un rayo, pero no es la risa lo que temo, sino el rayo que la precede. Respeto profundamente a la media docena de mis hostiles que deambulan por el mundo porque han decidido que ellos y yo sigamos cada uno con nuestras vidas a ser posible sin cruzarnos. Me detestan, no quieren saber nada de mí, les he traicionado, les he revelado mi lado soberbio y colérico sin motivo…han decidido tener la inmensa generosidad de olvidarme.

    Por eso ya no les temo, a quien temo en realidad -o quien de verdad llega a inquietarme- es a los que quiero o respeto, o en todo caso, a aquellos que en vez de girar la cabeza con asco o rezar por mi desgracia, son capaces de dirigirse a mí y decirme con dos cojones: estás equivocado, eres injusto, no tienes ni idea de lo que dices… Y luego, claro, son capaces de argumentarlo. Estos son los que de tienen verdadero poder sobre mí, pues pueden hacer que mis certezas se tambaleen.

    Qué triste tiene que ser la vida de alguien para que el sueño de su vida sea que alguien cierre su blog, qué triste…

  12. IB

    Justo, yo no he escuchado tu conferencia, pero sí que he leído tus reflexiones sobre Friedrich. Creo que planreas bien una parte de las cuestiones sobre lo sublime. Menos claro o nada claro me queda lo siniestro. ¿Puedes aclararnos?

  13. jserna

    1. IB, me pregunta por lo siniestro. No creo que estar disposición, ahora justamente, de ampliar lo que ya he escrito en el post. Pero le agradezco su interés. Me preocupa especialmente lo sublime…

    2. Gracias por sus palabras, R.S.R. Muchas gracias, nuevamente, por sus sentidas palabras. No sé si los “eruditos que visitan” el blog abrirán debate con este tema, como usted dice. AMM es un asunto que a mi me interesa mucho. Pero mis intereses no tienen por qué concidir con los asuntos que preocupan a los “eruditos que visitan el blog”. Como tampoco es preciso que interese Caspar David Friedrich.

    3. Veo que David P. Montesinos hace una aguda reflexión sobre la pintura y lo que vemos, sobre lo real. Vaya, volvemos a coincidir. Leyendo el blog de David P. Montesinos, precisamente, le he dejado escrito en su blog este texto. que ahora reproduzco. Entre otras cosas, él habla de Claude Lévi-Strauss. Me he visto muy cerca de las cosas que él dice.

    Por qué leí a Lévi-Strauss

    En Lévi-Strauss, yo encontré un autor deslumbrante, de prosa bellísima (‘Tristes trópicos’) y de paradojas racionales. Alguien que te baja del pedestal (el sujeto es un ser de determinaciones) y alguien que es capaz de los análisis culturales más sutiles. Pero en Lévi-Strauss siempre hallé algo que me incomodaba…

    Lévi-Strauss decía ser kantiano: ponía su fe en el conocimiento científico. Pero era un rousseauniano rezagado, un discípulo remoto de Jean-Jacques Rousseau. Eso lo podemos apreciar una y otra vez en las páginas de ‘Tristes trópicos’. En ese volumen deploraba el curso del Novecientos, la aceleración de los tiempos modernos; lamentaba el ‘intercambio generalizado’ que la comunicación, el colonialismo y los modernos medios de transporte facilitan hasta desnaturalizar la identidad de culturas que se habían preservado, patrimonios incorruptos que la civilización de la técnica ha acabado por mezclar.

    “Es la diferencia de las culturas la que hace fecundo su encuentro”, insiste el antropólogo. Así se lo expresa a Didier Eribon en 1988, en ‘De cerca y de lejos’. “Ahora bien, este juego en común [este encuentro] entraña su uniformización progresiva: los beneficios que las culturas sacan de esos contactos provienen ampliamente de sus desvíos cualitativos”, añade. “¿Qué concluir de todo esto sino que es deseable que las culturas se mantengan diversas, o que se renueven en la diversidad?, insiste Lévi-Strauss. “Cada cultura se desarrolla gracias a sus intercambios con otras culturas. Pero es preciso que cada una ponga cierta resistencia, porque en caso contrario, muy pronto, no tendría nada que le pertenezca propiamente para intercambiar. La ausencia y el exceso de comunicación tienen sus peligros”, concluía.

    Pues sí y no…

    JS

  14. jserna

    Ah, por cierto, R.S.R. Mire lo que dice Manuel Rodríguez Rivero en Babelia de ‘La noche de los tiempos’, de Antonio Muñoz Molina:

    “No pretendo que se fíen de mí -ya vendrán los críticos a intentar ponerla en su sitio con argumentos más cabales- pero yo escribo en esta página, entre otros asuntos relacionados con el mundo literario, acerca de lo que me parece lo que leo, y no me parecería honrado callarme mis impresiones en esta ocasión sólo porque soy amigo del autor. Creo que Antonio Muñoz Molina ha conseguido con La noche de los tiempos (Seix Barral, a la venta a mediados de mes) su obra maestra. Quizás porque en ella están, de uno u otro modo, todas las anteriores, que ahora se me antojan como una lenta y obstinada preparación de la última. Muñoz Molina ha escrito la historia de un gran amor en medio de un mundo (en realidad, toda una época) que se derrumba: el amor y ese mundo son, por igual, los auténticos protagonistas del libro, al modo que lo eran, por ejemplo, en El doctor Zhivago. Sólo que, aún en mayor medida que para Pasternak, para AMM el mundo que se derrumba no es mero telón de fondo del asunto principal, sino teatro entero de un brutal conflicto que todavía es preciso desentrañar sin maniqueísmos y con sentido histórico para entenderlo más allá de toda épica novelesca y de las ideologías que (aún hoy) pretenden gestionar su memoria. Novela reflexiva, documentada con la pasión de un biógrafo a la vez fascinado y crítico, literariamente ambiciosa y cuya complejidad técnica no entorpece el afán de máxima legibilidad, avivando constantemente el interés del lector por saber qué sucede después (un logro que se mantiene a lo largo de sus casi mil páginas). Pero, sobre todo, novela valiente y comprometida, que rehúye por igual maniqueísmos y equidistancias. Y, quizás por todo ello, polémica: es posible que, tras su publicación, asistamos a uno de esos raros y apasionados debates que, todavía hoy, explican la atracción del género. En todo caso, prepárense a disfrutar con una gran novela”.

    http://www.elpais.com/articulo/portada/noche/tiempos/elpepuculbab/20091107elpbabpor_16/Tes

    Suscribo lo dicho. La impresión que tengo es semejante, aun cuando yo no piense que ésta confirma por sí sola al autor, que todas las obras anteriores sólo sean “como una lenta y obstinada preparación de la última”.

  15. Juan Antonio Millón

    Me sumo a las felicitaciones por el audio de su conferencia, don Justo. A muchos nos hubiera gustado estar allí para aplaudirla. Su deambular entre el diálogo de las múltiples formas de la narración, del relato histórico al autoficcional, estableciendo engarces y distancias, es sublime, atendiendo a la primera categoría que enuncia el título de su post.
    Con respecto a la segunda, lo siniestro, hemos de desir que es una categoría problemática, vale decir, fértil. Quisiera recordarles los comentarios de Heidegger en un Seminario de 1942, en particular aquel dedicado al Himno “Der Ister” de Holderlin. Allí trató del término e indagó en sus varias significaciones, partiendo de las palabras que dicta el Coro de ancianos de Tebas em la Antígona de Sófocles: “Pollà tà deinà koudèn anthrópou deinóteron pélei” (“Muchos son los misterios; nada más misterioso que el hombre”), donde “tó deinón” es al mismo tiempo lo terrible o monstruoso y lo respetuso o fascinante. Los románticos alemanes trasegaron estos confines, estos límites de los siniestro, recuperando aspectos de lo griego trágico, la indagación de Kafka fue “sublime” ejemplo.

  16. jserna

    Muchas gracias, sr. Millón, por sus palabras, sin dudas exageradas pero dichas con mucho sentimiento: dichas en una circunstancia personal que sé que es dura. Le deseo lo mejor. Ya sabe y ya se lo he dicho: si me necesita, no tiene más que silbar. Acudiré inmediatamente.

    Un fuerte abrazo.

  17. Juan Antonio Millón

    Nos recordaba así, Fray Luis, el poder supremo de la amicitia. A él me acojo, y, por ello, gracias, Justo:

    “A este bien os llamo,
    gloria del apolíneo sacro coro,
    amigos a quien amo
    sobre todo tesoro;
    que todo lo visible es triste lloro”

    Pero viniendo ahora al deambular de lo siniestro, quisiera recordar aquí una de las últimas secuencias del Casanova de Fellini, en donde se pone de manifiesto la distancia entre lo bello, lo sublime (ilusytardo)y lo siniestro (romántico), en la contraposición del recitado que hace Casanova de unos versos de Ludovico Ariosto y la sensibilidad contraria, alejada, de la nueva juventud alemana (Sturm und Drang). Fíjense en los atavíos contrapuestos del veneciano y lujoso Giacomo y el romántico, oscuro y doloso. El viejo Casanova, sobrevive como bibliotecario al servicio del Conde de Waldestein, y sufre los oprobios y la desafección. Es magnífica la secuencia del recorrido de la sombra de Casanova sobre los estantes repletos de libros. Vean en este enlace esas escenas últimas:

    Para los interesados en Casanova y la cinematografía también les recuerdo un, al menos para mí, inolvidable film de Ettore Scola, La noche de Varennes, en el que el veneciano y Restif de La Brettone son protagonistas, de un mundo también que desaparece y el advenimiento de un nuevo orden.

  18. jserna

    “La vista de una montaña cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes, la descripción de una tempestad furiosa, o la pintura del infierno por Milton producen agrado, pero unido a terror”, había dicho Immanuel Kant en Lo bello y lo sublime (1795). “Altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado son sublimes”, había añadido. “La noche es sublime”, insistía. O también “una soledad profunda”: todo aquello que expresa la contingencia humana en medio de una naturaleza desatada, “el escenario en que la imaginación ha visto terribles sombras, duendes y fantasmas”. No hace falta que haya terror explícito. No es necesario que aparezca un espectro. Basta con lo grande, con lo sencillo. Por ejemplo, una gran altura, añade Kant. Nos produce estremecimiento, un particular pánico y un agrado impreciso. A ese sentimiento, que conmueve más que encanta, lo llamó lo sublime terrorífico, justamente aquello en lo que Friedrich será maestro.

  19. David P.Montesinos

    He leído con motivo de la muerte de Levi-Strauss el interesante artículo que publicó Justo Serna hace tiempo sobre él. Lo del “pues sí y pues no”, uhmmm. Sospecho que la relación de este autor con la historiografía es problemática. Sin embargo, no comparto el tópico de que el programa estructuralista, al menos no en Levi-Strauss y mucho menos en Foucault, cuyas obras conozco razonablemente, se propone “destruir la historia”, como muchas veces se ha dicho, a veces incluso por ciertos excesos de los propios estructuralistas. Creo que es más bien la filosofía de la historia heredada desde Hegel y la Ilustración lo que aquí queda puesto bajo interrogantes.La razón es sencilla: el pensamiento francés, en la medida en que hereda el discurso de Nietzsche y Heidegger mucho más declaradamente que la propia filosofía alemana -pensemos en la aversión de Habermas por el autor de Zaratustra- denuncia como una nueva mitología el Gran Relato iluminista del Progreso. Esto se hizo ya desde la Escuela de Francfurt, pero en Levi-Strauss, Barthes y compañía se empieza a plantear en otros términos. Ya no se insiste en lamentarse por la tragedia de repensar un trayecto histórico de la Razón que se habría terminado revelando como tiránica y opresiva, ya no declarar la modernidad como un proyecto inconcluso, tal y como recogen los segundos francfurtianos. El discurso crítico de la filosofía -desde la antropología, la semiótica, el psicoanálisis…- se plantea ahora pensar lo impensado de nuestra tradición a la luz del principio de la Diferencia.

    En cuanto al asunto de la disolución del sujeto en las redes culturales… Sí, pero tampoco lo interpreto en el sentido de dejar morir los principios de constitución del sujeto desde los principios de libertad y responsabilidad. No creo que el descubrimiento de las estructuras simbólicas que determinan la emergencia de los sujetos a partir de lo colectivo aboquen necesariamente a la solución cínica que denuncian quienes piensan como Habermas. En todo caso, el estructuralismo que a mí me interesa es el que nos prepara para el análisis -y en ese sentido es un discurso crítico- de las estructuras de dominación que, a veces con el discurso de la racionalidad como estandarte, empiezan a desarrollarse antes y, sobre todo, después de Auschwitz. En este sentido, no sólo Levi-Strauss, todo el pensamiento francés que conduce al postestructuralismo, la postmodernidad o la deconstrucción me parece que tiene mucho que decirnos.

    En cuanto a Rousseau, uf, figura ciclópea y llena de matices. Me interesó siempre su impugnación de la corrupción moral a la que podía abocarnos el desarrollo de las ciencias y las artes sino se contrapesaban desde la virtud, una virtud que el ginebrino encontraba en la inspiración de la ley natural. Pero creo que en esto hay mucho más que la reivindicación del Buen Salvaje. Más bien entiendo que Rousseau intenta fundamentar el Estado a partir del principio moral que se sustancia en el concepto del Contrato. Es difícil de entender el miedo de Rousseau al desarrollo del programa ilustrado, que es en definitiva el del Estado moderno, sin hacerse eco de la necesidad de reaccionar a derivas como las que se apuntan desde Hobbes, cuyo Leviatán se erige como opresor y punitivo -horizonte totalitario en definitiva- precisamente porque lo que Hobbes encuentra en la naturaleza solo es la violencia y la maldad congénita del simio que somos.

    Creo que hay un Rousseau palpitando en el impulso de Levi-Strauss, pero le entiendo mejor a la luz de la tradición de los viejos estudiosos de los signos y la comunicación -el “sentido” a fin de cuentas- como Jakobson o Saussure, y especialmente a la de los llamados epistemólogos franceses, empezando por Bachelard, Koyré o Canguilhem… figuras esenciales y cuya lectura, en especial de Bachelard, me parece altamente recomendable.

    Me gusta siempre “escuchar” a Millón,y me agrada su interés por Heidegger. Es usted de los pocos que no pone por delante aquello de si era nazi, que viene muy bien para excusarse por no leerle… pero me dejan ustedes preocupados con cierto comentario sobre Juan Antonio, la verdad.

  20. Ana Serrano

    Ni puedo saber, ni debo, cual es la dura circunstancia personal del señor Millón, pero sí puedo y debo lamentarla muchísimo y desearle, de todo corazón, que se resuelva de la mejor manera posible cuanto antes.

  21. Juan Antonio Millón

    David, tu lectura de Levi-Straus y el estruturalismo me parece muy la comparto plenamente. Esos viejos maestros pusieron bases de nuevas vías de acceso a un pensamiento radical, más allá de las congruencias y las certidumbres, antidogmático, abierto a “otredades”, e incluso subversivo. El propio Saussure, más allá de su Curso de Lingüística es el autor de una indagación de los anagramas en la poesía latina y en las sagas, que conducen a un replanteamiento del “sentido”, como demostró en su día Jean Starobinski. Los escritos de Foucault, Barthes o Lacan guardan un gran poder de seducción y unas metodologías que aún provocan el asombro.

    Por otro lado, no se preocupe, David, tuve hace unas semanas una caída y por enésima vez se ha tocado mi maltrecha rodilla, de la que me tengo que operar el próximo martes. Me voy haciendo a la idea de comenzar otra vez con hospitales y rehabilitación, y esperemos que todo vaya bien y no sea excesivamente largo. Gracias, pues, amigo, pero no se preocupe. Como le comenté en privado a Justo, cuando ya vaya recuperándome, me gustaría invitarles a Sagunto y celebrar nuestras complicidades…se così vi sembra.

  22. Juan Antonio Millón

    Huy, huy, huy, doña Ana, envié mi mensaje sin haber leído antes el suyo. Lo siento. Bueno, pues ya sabe lo que ocurre y le agradezco mucho sus palabras, sinceramente. A ver si es posible que quedemos y les enseño las historas de mi ciudad.

  23. David P.Montesinos

    Celebraré con usted nuestras complicidades y también nuestras divergencias. Sólo puedo recomendarle paciencia, santa paciencia, Juan Antonio.

  24. Ana Serrano

    Tengo un amigo médico que asegura que los accidentes también son epidémicos. Hizo sus prácticas en las urgencias de un hospital y me decía que, de pronto, les llegaban cinco personas, una detrás de otra, con una herida en la córnea por esquirla de mármol, aunque pueda parecer mentira algo tan exótico. Bueno, pues ahora debemos estar en la etapa rodilla. Conozco al menos a tres personas con la rodilla mal y, si eso le anima, a mi hermana la acaban de operar, por segunda vez, de la suya y está divinamente. Ojalá usted quede igual de bien el martes. Ya nos contará.

  25. jserna

    1. El sr. Millón podrá contestar, Ana. Lo suyo, lo de nuestro contertulio, es algo complicado, muy complicado, que esperamos que no se complique aún más.

    2. Salude a su hermana, sra. Serrano, de mi parte. A lo que nos cuenta, lleva con mano de hierro Pérgamo, una librería preciosa en la que cada libro ocupa su lugar, como un rompecabezas armado año a año: con anaqueles impolutos, con un expositor bien ordenado. Todo es tan acogedor… Y no se imaginan ustedes la trastienda: todo encaja, como ese puzzle de papel y obras, salvo un peldaño roto.

    https://justoserna.wordpress.com/ana-serrano-velasco/

    Por allí, por ese peldaño pasó…

    “Grandiosa, satánica figura,
    alta la frente, Montemar camina,
    espíritu sublime en su locura
    provocando la cólera divina:
    fábrica frágil de materia impura,
    el alma que la alienta y la ilumina,
    con Dios le iguala, y con osado vuelo
    se alza a su trono y le provoca a duelo”

    José de Espronceda, El estudiante de Salamanca y otros poemas.

    3. Sr. Montesinos, mi lectura de Claude Lévi-Strauss no es la enésima debelación de su antihistoricismo. Yo no critico al antropólogo por ser supuesto rival de la historia, de la perspectiva histórica. Lo que me incomoda en Claude Lévi-Strauss es esa mirada nostálgica del pasado premoderno, ese sentimiento de que lo hemos echado a perder todo. Les recomiendo que lean De cerca y de lejos, el libro-entrevista que le hiciera Didier Eribon. Supongo que usted lo habrá leído. Hay un dolor por una pérdida: la del origen prístino de las cosas, la de la identidad incontaminada. Hay en Lévi-Strauss un repertorio vasto, vastísimo, de libros inolvidables que a los historiadores les haría mucho bien leer. Yo no creo que mis colegas deban despachar al antropólogo diciendo que destruye la perspectiva histórica, el enfoque diacrónico o la noción misma de sujeto. Creo, por el contrario, que la permanencia milenaria de lo mismo, las reglas desconocidas que rigen la conducta, el código del que esas reglas forman parte, la conciencia infinitesimal de lo que somos, prácticamente nada, son lecciones muy provechosas. En Lévi-Strauss hay, además, una prosa bellísima y, como ya decía, Tristes trópicos es lectura placentera en la que el lector se admira y se enrabieta. Al menos, yo como lector que no quiere dejarse arrastrar por la belleza rousseauniana de lo premoderno.

  26. R.S.R.

    Sr. Serna muchas gracias por el enlace, he leído la reseña que usted además suscribe, y parece que D. Antonio nos va a deleitar con una buena novela, creo que habrá oportunidad para debatirla con algún erudito (sin comillas)del blog.

    Habláis de lo sublime. Comentáis acerca de Juan Antonio Millón del que además de sus intervenciones en esta hospitalaria casa, solo conozco su último poemario “Paisaje desde el sueño” me permito sugerirles la lectura de sus poemas FUISTE y ARROYO. Porque habláis de lo sublime ¿no?

    PD. Deseo al Sr. Millón buena suerte y espero encontrarle pronto de vuelta en estas páginas

  27. Ana Serrano

    Mil gracias, Justo, por todo lo que dice de mi librería y de mi hermana. Es un honor para nosotras “tres”.

    Le he contado al señor Millón lo de mi hermana para darle ánimos, no sé la diferencia que puede haber en la dolencia de ambos, pero lo que parecía en mi hermana una segunda fractura de menisco, al abrirle ha resultado una tragedia: prácticamente no tiene rodilla y es inconcebible que pudiera andar: La rótula y el menisco prácticamente han desaparecido y la bolsa sinobial que los lubrica. El femur y la tibia rozan uno contra otro y se astillan y rompen de continuo. Una rodilla de noventa años y muy enferma, le han dicho que parece y, operada hace una semana, está andando bien ¡y sin dolor!

    Nada tiene que ver con lo que hablamos, con nada de lo que hablamos, quizás con lo sublime, pero quiero compartir con ustedes lo que están haciendo mis editores:

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/Borges/oculto/manos/elpepicul/20091106elpepicul_1/Tes

  28. David P.Montesinos

    Nada que objetar, señor Serna. Probablemente he cometido un pequeño abuso, pues, más que argumentar para refutar lo que usted dijo, me he servido del pretexto de que es usted historiador para jugar con la leyenda de la recusación estructuralista de la historiografía. Digamos que utilicé como excusa su oficio sin acudir directamente a sus argumentos, lo cual vale también respecto al asunto Rousseau.

    Mi intervención, más que una refutación de sus argumentos, cosa difícil porque no encuentro grandes puntos de desacuerdo con ellos, ha sido consecuente a la suya solo como un “a propósito de Levi-Strauss y los historiadores”. Excúseme pues la impostura.

    No se me escapa en cualquier caso que el enfoque analítico del antropólogo choca antes o después con la mirada del historiógrafo. ¿Por qué? Porque el pensamiento salvaje no se construye a partir de un relato histórico, no al menos en el sentido en que nosotros lo entendemos. Ya sé que usted no se siente cómodo en tales reduccionismos, no es su estilo, pero esta batalla atraviesa irremediablemente la imagen que nos hemos hecho del estructuralismo francés y sus, igualmente franceses, herederos.

    Por ser muy sintético creo que lo que se pretende es analizar la cultura a la luz de sus redes significantes. Este programa requiere un modus operandi que, por pura cuestión metodológica, se desembarace del presupuesto de que lo verdadero es la resultante de un gran proyecto colectivo que va saliendo de las sombras gracias al ardid de la Razón en el tiempo. (Usted ha usado el término de lo “diacrónico”)A partir de ahí, creo que el tamiz rousseauniano condiciona los escritos de Levi-Strauss en un sentido cercano al que usted advierte. Todo sea dicho: era necesario ir por muchas razones contra la dialéctica en aquel tiempo, y en especial contra la versión sartreana del discurso hegelo-marxiano y su visión de la historia. Eso hizo que Levi-Strauss se rebelara contra la categorización de “pueblos sin historia” que, sospecho, reproduce el viejo prejuicio etnocéntrico que convierte a los pueblos no occidentales en proyectos interrumpidos o mal desarrollados. El error es infectar a los salvajes con el prejuicio de atribuirles toda una serie de categorías -universales humanísticos, diría Foucault- como la ciencia, la economía, la religión o el sujeto como si tuvieran sentido dentro de su estructura simbólica, como si pudieran traducirse a su código ajeno sin hacerle una extrema violencia. Como no encontramos el reflejo que buscamos, concluimos que se hallan en un estadio infantil de desarrollo. Si va por ahí la influencia de Rousseau en Levi-Strauss, bienvenida, siempre que no nos lleve a ciertos abusos, por ejemplo esa nostalgia a la que usted alude y de la que también me alejo.

    En cualquier caso, si hablamos del presunto antihistoricismo de los estructuralistas -e insisto en no acusarle a usted de según qué cosas-, tales abusos de la antropología estructural no se extienden a otros como Althusser o Foucault. Recuerdo en este sentido cierta frase de este último:

    “¿Negación de la trascendencia del acontecimiento? Si esto es estructuralismo, nadie es entonces menos estructuralista que yo.”

    Recordemos, hablando de Foucault, que Paul Veyne tituló a un celebre texto “Foucault revoluciona la historia”. Se comparta o no esta apuesta tan admirativa, debemos aceptar que a partir del modelo de inteligibilidad nacido de Levi-Strauss surge toda una nueva manera de mirar el pasado. La ontología del presente que Foucault se propone, en sus momentos arqueológico y genealógico, constituyen todo un desafío -usted lo sabe de sobra- cuyas consecuencias todavía no vemos delimitadas por completo.

  29. Juan Antonio Millón

    Gracias por vuestras palabras, Justo, David, Ana y RSR a quien aunque aún no conozco le agradezco que haya leído mis poemas (también a Jaime Siles le gustó esos versos de “Arroyo”).
    Doña Ana, ¿cómo podríamos adquirir la edición de Borges?
    David, nunca me ha atraído la figura de Job, más bien me conmueve Jonás, aquel profeta que desoye la voz de Dios y le desobedece, o aquel que se irrita ante él, no dejando por ello de ser bondadoso (le recomiendo que lea el relato que sobre Jonás hizo el sabio de Andaitx, Cristobal Serra). Me encuentro mejor en la contradicción. Y entre la paciencia y la luz, prefiero ésta última, siguiendo el cantar de Machado:

    “Hay dos modos de conciencia:
    una es luz, y otra, paciencia.
    Una estriba en alumbrar
    un poquito el hondo mar;
    otra, en hacer penitencia
    con caña o red, y esperar
    el pez, como pescador.
    Dime tú: ¿Cuál es mejor?
    ¿Conciencia de visionario
    que mira en el hondo acuario
    peces vivos, fugitivos,
    que no se pueden pescar,
    o esa maldita faena
    de ir arrojando a la arena,
    muertos, los peces del mar?”

    Por cierto, don Justo, ¿es cierto lo que dice de Espronceda. Bajó aquel escalón de Pérgamo? ¿Apócrifo, conjetura? ¡El divino y luciferino Espronceda!

  30. Alejandro Lillo

    Bueno, Juan Antonio, transmitirle muchos ánimos. Con las cosas jodidas hay que armarse de paciencia y no desesperar. Confío y le deseo que todo salga satisfactoriamente y que pronto podamos reunirnos para celebrarlo.

    He escuchado la primera mitad de la conferencia del señor Serna y sí, coincido con don David en que se hace necesario un documento en pdf para disfrutarla y analizarla con tranquilidad. Por lo demás, no puedo sino sumarme a R.S.R. en su apreciación sobre de la primera parte de la conferencia. La claridad en la expresión y la nitidez de las ideas es muy meritoria. Esa confluencia no se encuentra tan fácilmente por estos mundos de dios. Fuca lo ha expresado muy bien cuando califica la charla de amena y culta. Coincido además con la autocrítica del autor en la elección del título, y me ha parecido especialmente atinada y muy reveladora esa distinción entre “detalle” y “fragmento”.

    Sobre lo sublime y lo siniestro, sobre el romanticismo y las pinturas de Friedrich, qué decir… Las atinadas impresiones de doña Marisa… el cuadro como símbolo de esa “tempestad y empuje”… es demasiado lo que abarca todo eso.

    Perdonen que insista, pero me parece curioso el caprichoso entrelazamiento de los temas, aunque tal vez no lo sea tanto. Don Justo (hasta lo que he oído de su charla) habla de la narrativa de Muñoz Molina como fragmentos de una realidad observada por el autor. No cita expresamente que la historia sea lo mismo, aunque se entiende fácilmente que esto también es así. Dejando de lado esa apreciación, que en términos generales me parece correcta, retengo esos dos conceptos (el de “fragmento” y el de “detalle”), los traslado al tema del actual post -tan relacionado con el Romanticismo- y no puedo evitar ver en este movimiento -fundamental en nuestra cultura y decisivo en la composición del mundo que hemos heredado- una reivindicación de los “fragmentos”. Creo que esa noción contiene una parte de verdad, pero que con el Romanticismo se vuelve excesiva, desmesurada, tal vez sublime y siniestra a un tiempo. Se me ocurre pensar que el Romanticismo se siente cómodo en el fragmento, y no quiero extenderme más sobre el asunto para no liarlo más, pues no sé si logro explicarme atinadamente. Frente a esa determinada acepción del fragmento de la que estoy hablando y que veo en el Romanticismo, está la Ilustración (y por qué no, también Muñoz Molina en ella); una Ilustración que busca, a través de la captación y el análisis del fragmento, la construcción del detalle para, finalmente, alcanzar la comprensión entera del objeto.

    No sé, supongo que es otra forma de repetir lo que otros ya han dicho.

  31. Ana Serrano

    Señor Millón: La edición de Borges aún no está lista. Andan cosiendo, pegando y forrando. Se presenta el día 12, con asistencia de María Kodama, que es quien les ha cedido los derechos y el cuento. Supongo que tendrá un precio prohibitivo, como ocurrió con el inédito de Cortázar. Ya les tendré informados.

    Yo espero que logren el permiso para hacer una edición “normal”. Mis amigos hacen unas cosas preciosas para bibliófilos y coleccionistas, pero bastante inalcanzables y voluminosas. Ellos venden en su galería (Galileo, 52 de Madrid) y por correo electrónico: http://www.libreriadelcentro.net

  32. Juan Antonio Millón

    Gracias Alejandro por el ánimo que me dan tus palabras. Por cierto, hace tiempo que quería preguntarte si tú eras el autor de unas colaboraciones que leí un tiempo atrás en la revista “Arte y Libertad”. Me perecieron interesantes los comentarios sobre varias exposiciones.
    Con respecto al Romanticismo, no creo que se abandone al fragmento, antes bien se dilucida en la tensión entre totalidad y fragmento. Totalidad entendida de una manera diferente a la ilustrada, donde los elementos que aquella rehusa son incorporados o vistos con nueva luz: la diferencia, el caos, lo peturbable, lo ilógico, la visión, el sueño… Lea la Enciclopedia de Novalis y lo entenderá. No rechazaban la ciencia o la modernidad ilustrada, más bien intentaban plasmar las deficiencias y las quiebras de ésta, asumiendo nuevos programas.
    Josep M. Camarasa, recordaba en un artículo un libro de Löwy y Sayre, Revolte et mélancolie. Le romantisme a contrecourant de la modernité, en el que expresaban la complejidad del Romanticismo y el reduccionismo que supone contraponerlo dicotómicamente a la Ilustración. También Camarasa expicaba la raíz romántica de la ciencia de la Ecología, centrándose en los trabajos de Alexander von Humboldt, tanto en su obra Kosmos, como en el Éssai sur la géographie des plantes, allí se dan totalidad y fragmento, una visión holista que intentaba superar el mecanicismo y el mero descriptivismo del programa ilustrado.
    Otro ejemplo de tensión entre totalidad y fragmento aparece reflejado en un escelente poema del antes nombrado Espronceda, El Diablo Mundo.

  33. Alfons Àlvarez

    Sr. Justo y demás contertulios metidos en harinas románticas y estructuralistas, ruego disculpen mi osadía, a estas alturas del post, de meter la cuchara en el asunto. Ya sé que corro el riesgo de repetir lo ya dicho. Gajes de llegar tarde a la cita.

    Del tema, me interesa especialmente la reflexión sobre la mirada. Pienso que los pintores románticos –como otras corrientes del pensamiento- miraron su entorno, la sociedad que les tocó vivir, la naturaleza,…de forma muy distinta a sus predecesores.

    La grandilocuencia épica del neoclasicismo dio paso a la preocupación por lo pequeño, por lo intrascendente, por lo cotidiano, por los “minúsculos” sentimientos individuales frente a las grandes pasiones colectivas. Es la ley del péndulo que tantas veces parece marcar la evolución del arte y la cultura… y también de la política.

    Como decía Susan Sontag, aplicándolo a la fotografía, “(…) la gente pronto descubrió
    que nadie retrata lo mismo de la misma manera, la suposición de que las cámaras suministran una imagen objetiva e impersonal cedió ante el hecho de que las fotografías no sólo evidencian lo que hay allí sino lo que un individuo ve, no son sólo un registro sino una evaluación del mundo”. Si eso opina sobre la “objetiva” captación fotográfica, ¿qué diría del subjetivismo de la pintura?

    Hay muchas formas de mirar, y mucho arte en la diferentes miradas. La mirada del consumidor de arte está condicionada por los gustos, las modas, la formación, las lecturas,…por la percepción que tiene del mundo que le rodea. Existe una educación de la mirada, como existe una educación en la lectura.

    Como dice Justo, el artista también es observador. La diferencia es que ve más. Su mirada, aunque más profunda, tiene los mismos condicionantes que el resto de observadores. Unos condicionantes que influyen en su forma de ver y de crear. No todo queda reducido a la técnica. El artista elige, de entre todo lo que ve, qué reelaborará y convertirá en otra cosa, a veces en obra de arte.

    No sé por qué asocio Caspar David Friedrich con la caída del muro de Berlín, cuyo vigésimo aniversario se celebra mañana, 9 de noviembre. Los dos son alemanes. Creo que también es porque ambos suponen un cambio en la percepción del mundo.

    Tal vez por el mismo motivo, también asocio al pintor con la película “Good bye, Lenin!” de Wolfgang Becker. Sigo así en la senda abierta por el Sr. Millón de los enlaces cinéfilos.

    Y es que no sólo hay arte en la forma en la que el artista capta el mundo, también hay arte en la mirada con la que se contempla su obra. Creo que muchos de los esquemas aplicados en este post para hablar de la pintura romántica y del romanticismo como corriente filosófica y de pensamientos son válidos también para analizar el tiempo en que vivimos.

    Aprovecho esta intervención bloguera para desearle al Sr. Millón un buen tránsito hospitalario y una pronta recuperación. Sé por mi padre, intervenido hace poco en la rodilla por problemas en la rótula, que la operación no suele tener complicaciones y que hoy en día las prótesis están muy desarrolladas. ¡Ánimo!, Sr. Millón. ¡Que la fuerza le acompañe!, como decían en la Guerra de las Galaxias.

  34. jserna

    Un abrazo, Juan Antonio.

    David, Alejandro, Alfons: perdonen que no me extienda para responderles adecuadamente, pero llevo un día de mucho trabajo, sólo interrumpido por el cine: Celda 211. Una historia muy bien contada.

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