«Est-il utile de tromper le peuple?«. Acaba de aparecer un librito que puede pasar inadvertido. Es ciertamente pequeño, de tapas grises: un prontuario y poco más. Lo vi en la librería Gaia, de Valencia, que con mano firme llevan Lola y Alejandro. El establecimiento ha mejorado. Sus responsables han cambiado la disposición del espacio; han hecho más visibles y accesibles los expositores, así como el contenido de los anaqueles. Lo han hecho para aprovechar los metros, que no son pocos, y para ofrecer un mejor servicio. Uno llega a la librería y tiene la impresión de que todo se le ofrece, de que no hay nada interesante que no se le muestre, de que difícilmente se nos va a escapar una novedad relevante por pequeña que sea.
El librito que vi en Gaia y que pronto he leído está publicado por Ediciones sequitur, un pequeño sello que ya reúne un fondo interesantísimo. ¿Su título? ¿Es conveniente engañar al pueblo? ¿Su autor? Marie-Jean-Antoine-Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet. Sí: Condorcet. Este opúsculo ha sido bellamente traducido por Javier de Lucas e impecablemente introducido y contextualizado por Miguel Catalán. Da gusto, la verdad, poder leer cosas así: así de bien editadas y así de bien pensadas. La prosa nos remite al Setecientos y con un ensueño de la imaginación uno podría pensarse sentado a la mesa de Condorcet hacia 1778.
Es en esa fecha, sí, cuando Federico II de Prusia convoca un certamen, un concurso en el que debían presentarse disertaciones filosóficas sobre la utilidad política del engaño. El título original de la obra de Condorcet es, precisamente, esa pregunta Est-il utile de tromper le peuple? «Condorcet escribió su disertación para este concurso, si bien no llegó finalmente a presentarla», aclara Miguel Catalán. Dada la celebridad del filósofo y dada la pertinencia de sus argumentos, esa obrita no quedará inédita. Aún hoy es objeto de interés y de reedición. La podemos leer ahora no sólo por un afán histórico-documental, sino por razones de estricta actualidad.
Los consejeros y el engaño. Los gobernantes pueden tener interés en mantener a los ciudadanos en el error, precisamente para conducirles con mayor facilidad. Y los gobernados pueden desear la ignorancia o la superstición para así despreocuparse, para así irresponsabilizarse. Estas actitudes, señala Condorcet, son una ruina, son indeseables. Pese a lo que dijera Maquiavelo, el Gobierno de un país no puede funcionar recta y justamente con la «noble mentira». Y la población no puede tener una existencia plena, digna de ser vivida, si se deja intoxicar por el estupefaciente del engaño voluntario. Los individuos serían como esclavos.
Maquiavelo, nos recuerda Catalán, parte del supuesto de que los súbditos obran mal siempre que pueden. Lo cual, podríamos admitir, es cierto. Es cierto que obran mal si de su acción no se derivan consecuencias, si su delito se consuma con impunidad. Por eso, Maquiavelo recomienda lo siguiente: «Es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos y que pondrán en práctica sus ideas perversas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente».
Por supuesto, numerosos Ilustrados se opondrán a la expansión del cinismo gubernamental. Por ello lucharán modestamente contra las impunidades, procurandajustar mejor el funcionamiento de la ley. Que la ley se extienda, que la legalidad sea la base de las actuaciones de los gobernantes y de los gobernados. Pero para que eso suceda es preciso instruir, formar. Condorcet, como no podía ser de otra manera, confiaba en la educación, y educar no es engañar. Lo perjudicial es la falta de instrucción, fuente de todos los errores, de todas las supersticiones, de todos los fanatismos. ¿Cómo puede ser útil mantener al pueblo en la ignorancia?, se pregunta. «Nunca es la verdad en cuanto tal lo que es perjudicial, y aun la verdad unida a los errores hace menos mal y mayor bien que lo que hayan podido hacer por sí solos los errores. Por tanto, la verdad es de por sí útil, aunque no se la conozca sino a medias, y sería perjudicial sustituirla por el error», precisa Condorcet. Y es ésta una indicación válida para los gobernantes rectos, ilustrados, benevolentes, como ese Federico II que tanto hizo por las artes y por el pensamiento. Pero es válida también para los gobernados, pues «sería igualmente útil para la clase oprimida conocer la verdad ya que si no estuviese engañada no buscaría otra cosa que los medios más seguros para evitar la opresión», dice Condorcet.
Si esto es así, ¿a quién interesa mantener los engaños, la «noble mentira» de los gobiernos? «Para que la opresión pueda ser útil para el opresor, es necesario que el oprimido sea presa de la superstición o esté privado de razón: esa es la razón por la que la sumisión imbécil de algunos pueblos era muy cómoda para sus sacerdotes, y por lo que la sumisión de las bestias de carga proporciona tanta utilidad a los hombres». Por favor, relean la cita anterior: parece estar escrita para nosotros. «Los errores que se le mete al pueblo en la cabeza lo vuelven estúpido; ahora bien, de la estupidez a la seducción y a la ferocidad no hay más que un paso», admite. Y «el entusiasta ignorante no es un hombre, sino la más terrible de las bestias feroces».
Condorcet quiere erradicar las bestias feroces de la sociedad de los humanos, pero quiere también impedir que los opresores sigan valiéndose del engaño para burlar sus responsabilidades, para gobernar con humo, con promesas inverificables. «¿Se puede aprender la verdad de labios de los cortesanos o ministros, de los informes de los espías, de los escritos de los panegiristas o de los gacetilleros a los que se soborna para engañar, de las cartas que tenga interés en mostrar quien se ha dedicado a tan infame violación…?» Un consejero gubernamental que engaña es un mal, como lo es también confiar a ciertos hombres un empleo público, un ministerio, si su objetivo es «hacerse ricos o tener fama y halagos».
Ah, Condorcet, qué actualidad la suya…
Hemeroteca del día
Justo Serna, «Don Rafael Blasco», El País, 11 de noviembre de 2009 (aquí)
Última imágenes. Aparte del Rafael Blasco solidario, Abc nos presenta al portavoz popular en su mejores poses: como Superman o como severo preceptor (esta última tomada de Efe):
Martes 10 de noviembre: «El PPCV se marca el objetivo de captar 95.000 votos de origen inmigrante».
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Miércoles 11 de noviembre: «La Generalitat lanzó el mensaje de la fusión ante el interés de Caja Madrid por Bancaja».

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