La vida ordinaria

Laapuestabiografica¿Quién vive y quién cuenta? Meses atrás, leí con aprovechamiento dos obras ciertamente recomendables. La primera es La apuesta biográfica, de François Dosse (PUV, 2007). La segunda obra es el dossier correspondiente al número 1 (2005) de Cultura escrita & sociedad, dedicado a la autobiografía y a los documentos personales. A esta revista, dirigida por Antonio Castillo, ya hice alusión tiempo atrás. La reflexión a que nos fuerzan Dosse y las páginas de dicha publicación es de primera necesidad. Y digo bien con esa expresión que puede parecer exagerada:  en ello nos va la vida, la vida que se plasma en la autobiografía  y en la biografía. Las páginas de una y otra obra están escritas por historiadores y, por tanto, no dejan estos géneros para sus oficiantes o para los teóricos de la literatura. Son, pues, empeños atendibles y muy documentados que ahora no voy a reproducir, claro.

La autobiografía y la biografía son géneros de escritura en los que se plasma una vida ordinaria o excepcional, sí, pero son sobre todo trabajos, esfuerzos, de azarosos resultados. De entrada no sabemos si lo que se expone o se narra a partir de recuerdos, testimonios o documentos tendrá sentido, coherencia; no sabemos si será suficiente, si lo escrito se atendrá a los hechos verdaderamente ocurridos. Perdonen lo obvio: toda escritura es una selección, un recorte, una presentación, un fragmento. Vivir es emprender numerosas acciones de las que después no queda registro: desde acciones propiamente físicas hasta pensamientos no expresados. ¿Qué autobiografía o qué biografía podrían retener todo ese material perdido o no documentable?

Por eso, pese a lo que pueda parecer, escribir sobre uno mismo o sobre otros es una empresa difícil. No nos conocemos bien. No conozco bien a aquel que fui, en parte porque he olvidado lo que hice y lo que sentía, lo que experimentaba y el significado que entonces le daba a lo que hacía; en parte porque no siempre sé bien el paso que doy y las consecuencias que tendrá; en parte porque no conozco enteramente mis motivaciones o mis justificaciones; y en parte porque no quiero examinarme cada vez que actúo: no hago continuas reflexiones o cogitaciones para evaluar todos los datos internos o externos con los que opero. Muchos actos los realizamos dejándonos llevar sin interrogarnos sobre su sentido. Muchos años después, si hiciéramos memoria para escribir una autobiografía, probablemente buscaríamos significado a aquello que emprendimos. Que lo encontráramos no quiere decir que fuera el sentido que le dábamos entonces. Ciertamente, es muy difícil escribir de uno mismo en términos autobiográficos si lo que nos anima es decir la verdad y decirlo todo. Esa meta está llena de obstáculos.

Si todo eso nos ocurre con lo que hemos vivido, si todas esas dificultades y obstáculos son los que debemos salvar para recordar lo propio, siempre insuficiente, ¿cómo podemos adentrarnos en la intimidad de un individuo a cuya existencia accedemos sólo a partir de esos vestigios, de esos restos exiguos y dudosos? Cuando acometemos dicha empresa, hacemos biografía, una tarea rara, extraña. Ya lo dijo Jorge Luis Borges, la biografía es un género paradójico. Se ha repetido muchas veces pero vale la pena reiterarlo. Decía Borges en Evaristo Carriego “que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutada con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”. Un documento no es el hecho, sino su huella, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso se valen siempre los biógrafos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado en su contexto. La empresa se consuma adecuadamente cuando esos documentos son abundantes y permiten ahondar en la esfera pública, privada e íntima del biografiado, pero sobre todo se realiza bien cuando las interpretaciones, cuando los actos de sentido a que se ve obligado el biógrafo, no pecan de anacronismo o de suficiencia o de generalización.

¿Por qué leemos las vidas de otros? ¿Por qué el género autobiográfico o el biográfico tienen hoy dicho éxito? En una época de incertidumbre, lo que otros hacen nos sirve de ilustración y ejemplo: de lo bueno y de lo malo. Estos géneros siempre han tenido un sentido moral para el lector, casi una lección que aplicar a la propia vida. Las autobiografías y  las biografías nos obligan a examinarnos: nos fuerzan a averiguar de qué manera recordamos y con qué hilos trazamos la identidad fija a la que nos agarramos. Nos obligan a compararnos. La urgencia de vivir y de saber cómo vivir nos lleva a leer y a escudriñar cómo vivieron los otros, si fue la suya una existencia desastrosa, rica, plena o irrelevante. Una existencia ordinaria o excepcional. Somos cotillas pero somos también discípulos de alguien que nos precedió: individuos que seguiremos a un predecesor o que desmentiremos lo que él hizo. De ahí la fuerza de estos géneros, de la autobiografía y la biografía. Quienes cuentan o les cuentan la vida  podemos tomarlos como sujetos carnales y visibles a los que les suceden cosas, individuos que se resignan o se adaptan, que se enfrentan animosamente a sus propios límites y a sus contextos o que pretextan la obediencia debida.

Podríamos poner numerosos ejemplos, pero en principio me voy a ceñir a uno que me resulta especialmente desagradable.

Yocomandante¿El monstruo? Desde que leí Yo, comandante de Auschwitz no dejo de pensar en este volumen, en esta autobiografía. No quería hablar de él, pero sus páginas están volviendo obsesivas… Las leí antes de reparar en dos reseñas recientes: una de Jacinto Antón, en El País, y otra de Eduardo González Calleja en ABCD Las Letras. ¿Qué dicen ambos periodistas? Lo veremos. ¿Quién es el autor de esas memorias? Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz desde 1940 hasta 1943. Creo que en ese caso límite se cumplen las observaciones que antes hacía sobre los géneros del yo. No quería hablar de este libro, justamente por la repugnancia que puede llegar a provocar. Pero su rara y banal sinceridad y su percepción de las cosas me obligan.

No me motiva morbosidad alguna. Tampoco deseo contrastar todos los datos históricos. No es ésa mi intención. Ni esto es una reseña ni un examen documentado. Prefiero detenerme en la autobiografía como género y, por tanto, de qué manera se maneja Rudolf Höss. Por lo que dice y por cómo lo dice, podemos aprender muchas cosas acerca de… nosotros mismos, acerca de la naturaleza humana.

“En las páginas siguientes quisiera hacer un balance de mi vida interior”, dice Höss al principio de su obra. “Evocando, de la manera más verídica”, añade, “todos los acontecimientos esenciales de mi existencia y los efectos psicológicos, unas veces positivos y otras negativos, que han influido sobre mí”. Es sobrecogedor este primer párrafo. ¿Por qué razón? Porque Höss, el comandante de Auschwitz, adopta la retórica precisa de la tradición autobiográfica, la de las Confesiones, la que empieza con San Agustín y llega a Jean-Jacques Rousseau. La obra del filósofo ginebrino comienza con una fórmula que es consumación de esa tradición, el acuerdo con el lector, un presunto pacto de verdad. Si San Agustín comenzó confesándose ante Dios, Rousseau hará algo parecido. Las consecuencias son muy distintas

LasconfesionesRousseauConfesiones.“Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores”, dice Rousseau. “Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente: “He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido”.

Rousseau podría haber dicho algo semejante a esto otro: voy a emprender un balance de mi vida interior, evocando, de la manera más verídica, todos los acontecimientos esenciales de mi existencia. Como se sabe, el filósofo ginebrino fantaseó abundantemente, recreando fantasiosamente su vida para hacerla modélica y aleccionadora: para hacer de su ejemplo un caso moral. Una parte de lo dicho la inventó literalmente y a otra parte le dio un sentido imaginario, el sentido que los hechos no tenían cuando sucedieron. Pero ese párrafo inicial, que es un incipit muy célebre, fija la convención. Todo memorialista parece obligado a comenzar así. Que empiece así no significa que todo memorialista mienta tanto como fantaseó Rousseau. Significa que el sujeto adopta un código expresivo, una regla. Y adopta también un interlocutor: en unos casos, como en el filósofo ginebrino, es Dios, un Dios  al que alude vagamente como remoto destinatario.

También Robinson Crusoe, el Robinson de Daniel Defoe, cuando está perdido en la isla, tiene un interlocutor a quien interpela, exige, reclama: alguien con quien conversa para hacer balance de lo bueno y de lo malo. ¿Lo recordamos? Él se ha convertido en un industrioso fabricante, un tipo que modifica todo su entorno para hacerlo  habitable. Se siente orgullo: tiene cualidades que ignoraba poseer. Pero él es un burgués, un inglés nacido libre, el hijo de una familia acomodada que ha recibido una buena educación y, sobre todo, el temor de Dios. Cuando Robinson tiene recaídas en la pura nostalgia, la nostalgia de lo que ha perdido realmente, se sobrepone enseguida anotando en una especie de dietario el haber de sus acciones, lo positivo de su vida  aparentemente desdichada. Si no está trabajando, escribir para él es, efectivamente, hacer balance, un medio de sopesar, de registrar y de frenar la desesperación. Y Dios es ese destinatario que supervisa a todo creyente, un ojo que todo lo ve pero sobre todo una conciencia a la que dirigirse. Si se hace memoria ante Dios, ¿cómo se va a mentir? Entre las convenciones del género Confesiones, la interlocución con la Providencia suele ser esencial y frecuente. ¿Y en otros casos, cuando Dios queda relegado?  un papel ¿Y en otros?

En el caso del comandante de Auschwitz, el descreimiento o el enfriamiento religioso será un factor decisivo en su formación o malformación. Por eso, en las Confesiones que escribe no es exactamente Dios quien espera el relato. Son la humanidad a la que se dirige y sus captores. El individuo sólo haciendo un examen… muy autoindulgente: el del empleado público que cumplió fielmente sus obligaciones. Apresado por los británicos, entregado a los polacos, Höss ha escrito con ganas y con soltura porque sabe que todo está perdido y porque sabe que su tarea fue funcional y funcionarial. Nada más. O nada menos. La escritura es lo único que le queda. Redacta algo así como la memoria de su gestión, una labor de la que no tiene por qué arrepentirse globalmente. Se siente bien incluso, leemos. Tiene unos destinatarios que sabrán comprender su ejecutoria como empleado.  “Jamás habría accedido a revelar mis pensamientos más íntimos, más secretos, exhibiendo desde mi yo, de no haber sido tratado aquí con tanta comprensión, tanta humanidad”. ¿Qué pensar ante esa declaración? “Ahora mi vida llega a su fin. A lo largo de estas páginas he expuesto todo lo que me ha ocurrido de esencial, todo lo que ha influido en mí y me ha impresionado. Me he expresado conforme a la realidad y la verdad; he contado lo que vi con mis propios ojos, dejando de lado los detalles que me parecían secundarios. También hay muchas cosas que he olvidado o que no recuerdo muy bien”. ¿Una impostura?

hoessUna vida circunstancial. Todo su relato es una suma de episodios corrientes o aparentemente corrientes. Desde su infancia anodina en Baden-Baden, con un padre distante, frío, exigente,  hasta su llegada a Auschwitz en 1940, con  expectativas de funcionario: Auschwitz como la consumación de una existencia ordinaria,  una vida de bronca y disciplina, de guerra y de camaradería recia, viril, en los Freikorps, una vida familiar con granja y jardín. Habrá dudas religiosas, pronto aliviadas con la hermandad del matonismo. Pagará por ello: en concreto por la ejecución de un traidor. Ese crimen le lleva a la cárcel condenado a una pena de diez años de trabajos forzados por ser el “instigador y principal participante en una condena a muerte”. Estamos en los años veinte y la República de Weimar se ve sacudida por la violencia del escuadrismo. Höss es uno de sus más activos responsables.

La vida carcelaria será, claro, su otro lugar de formación y malformación. “La vida en la celda presentaba rasgos comunes con el confesionario”, admite con una analogía que no es disparatada. “En aquellos tiempos me asombraba escuchar a los presos revelar con tanto descaro sus secretos más íntimos”, añade. Nuevamente, las confesiones como relato de vida, prosa y orden. El confesionario es la celda con un interlocutor ante el que te presentas, un tercero que te examina. Nada escapa a su visión. De ahí que se obstine en hacer las cosas bien, sin impurezas o desarreglos, con el orgullo o la neurosis de quien sólo se vigila a sí mismo. “Siempre he insistido en resolver por mí mismo los problemas que más me angustiaban”, dice en una página. Solo, con esa autosuficiencia rencorosa y reprimida del veterano que sobrevivió a la Gran Guerra, a la temprana orfandad, a la prisión. Laborioso, con ese activismo neurótico del que cree posible gestionarlo todo. Riguroso, con esa obediencia del que sabe cumplir su “deber de manera puntillosa”, dice. Con “la aprobación general”, añade. Así, con esos ideales domésticos, este probo ciudadano regentará después distintos campos: en concreto, un campo de exterminio ideal, aquel al que hubiese querido dar el orden definitivo y eficaz. El orden, precisamente, y su expresión más pequeña, recóndita y bella: como un jardín bien cuidado, como una granja familiar, en una vida ordinaria y previsible.

Toda su existencia se organiza en torno a ese ideal de orden doméstico. Las cosas en su sitio, con cada pieza funcionando. “Habituado desde niño a la obediencia absoluta, a la limpieza y el orden meticulosos, no tenía inconveniente en someterme a las duras exigencias de la disciplina carcelaria”, dice cuando describe el cumplimiento de su condena en los años veinte. “Me empeñaba en respetar rigurosamente los reglamentos, mantenía mi celda pulcra y ordenada y ni siquiera los más maliciosos tenían motivos para criticarme”, concluye. Ése será su modelo de vida, el esquema que aplicará en Dachau, en Sachsenhausen y, después, en Auschwitz: ya afiliado al NSDAP y ya oficial de las SS.

Y en esa gestión del orden, todo fueron tropiezos. La desatención de los superiores, dispuestos a poner en marcha la Solución Final sin los medios pertinentes. La pillería de los subordinados, dispuestos siempre a evitar el trabajo, el rigor o la responsabilidad. ¿Que eran duras o crueles las órdenes recibidas? “¡Cuántas veces tuve que esforzarme por aquel entonces para parecer duro e implacable!”, dice. La obediencia debida era lo que permitía no interrogarse. Escribir las memorias es preguntarse sobre su actuación; vivir es ejecutar, disponer, realizar. Höss responde con inocencia  obscena o con cinismo sincero. Parafraseémoslo: hice lo que debía y no pude hacer más, como era mi propósito, porque ni superiores ni subordinados me ayudaron lo suficiente. Porque él quería ser probo y eficaz, neutralizando para ello cualquier prurito moral. Mis funcionarios no tenían el temple adecuado y el burocratismo impedía la buena marcha del establecimiento. “Yo no podía estar en todo”, se lamenta. Por eso, “debido al ambiente de desconfianza general que reinaba en Auschwitz, yo mismo me acabé transformando en otro hombre”, un tipo deshumanizado, desilusionado, “un ser insociable”, pues “no hacía más que pensar en mi trabajo”, ese que no podía delegar con tranquilidad. Por ello, “relegaba a un segundo plano todo sentimiento humano” y no era infrecuente que buscara “refugio en el alcohol” o en el trabajo incesante. “No podía reflexionar: tenía que ejecutar la consigna. Mi horizonte no era lo bastante amplio para permitirme elaborar un juicio personal sobre la necesidad de exterminar a todos los judíos”.

AuschwiztEntrada¿Colofón? En un artículo de Cultura escrita & sociedad, revista que antes citaba, Richard L. Kagan habla de las “autobiografías involuntarias o inducidas que se producen como consecuencia de alguna forma de coerción o coacción”. Generalmente, “los autores de este tipo de autobiografías son individuos que, por alguna razón, han entrado en conflicto con la ley y, como consecuencia, se han visto atrapados en un proceso judicial instruido para obtener de ellos un relato detallado y «veraz» de sus vidas”. Kagan pone el ejemplo de la Inquisición española, “que requirió de forma regular que los individuos sujetos a juicio elaborasen un «discurso» sobre sus vidas”. ¿Son creíbles?

Desde luego, no puede compararse la circunstancia de Höss con la de las víctimas inquisitoriales, pero cabría preguntarse si su autobiografía es involuntaria o inducida y si de ese hecho deriva la verdad o no del documento. Digo esto y me corrijo. ¿Importa esta cuestión? En realidad, Höss escribe con placer, con orgullo, con detalle y con pormenor. No oculta su aportación al exterminio. No se molesta en designar la naturaleza de sus crímenes, ni siquiera los califica en esos términos. Höss habla de error (el exterminio judío), cosa que resulta repugnante. Pero eso no hace inválido dicho testimonio. Lo que nos muestra es su percepción.

“En resumen”, dice Primo Levi en la introducción (1985) que acompaña el texto, “el libro es una autobiografía esencialmente verídica, y es la autobiografía de un hombre que no era un monstruo”. Tampoco era un “diablo”, calificación sensacionalista que empleaba Jacinto Antón en su artículo de El País. “Intento decir”, añade Levi, “que se le puede creer cuando afirma que nunca ha disfrutado al infligir dolor y al matar: no ha sido un sádico, no tiene nada de satánico”. Es decir, que era un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a la presión violenta, destructiva, de su ambiente ideológico. “Fue uno de los máximos criminales que jamás hayan existido, pero en esencia no era distinto de cualquier otro burgués de cualquier otro país”.

Un tipo corriente, un tipo corriente…

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Hemeroteca: Últimas Noticias de Antonio Muñoz Molina

portada2_0958_mercurio1109_ME.inddRevista Mercurio, número de noviembre de 2009 dedicado a Antonio Muñoz Molina con motivo de la publicación de La noche de los tiempos. Con entrevista al autor y con artículos de Pere Gimferrer, Ángel Loureiro, Justo Serna, Olga López-Valero Colbert y William Sherzer.

Información de Europa Press (aquí)Lanochedelostiempos

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Primer capítulo de La noche de los tiempos (aquí)

38 comments

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  1. jplanas

    En realidad, todos los géneros son paradójicos y la Historia quizá el que más, tras la vida en sí misma, que es pura paradoja intentando deshacerse, decantarse entre un algo de sentido común y un mucho de locura entremezclados, una mezcla de sátira y complicidad, de reproche y caricia, de comunión y desacuerdo. Un poco de todo y un mucho de nada. Saludos!;-)

  2. jserna

    El problema, Sr. Planas, es que la paradoja o la convención de este género son aprovechadas por Höss para adoptar un expediente reconocible en la tradición occidental, el de las confesiones (como digo ahora en el post). ¿Estamos hablando de las memorias de un monstruo?

  3. jplanas

    No sé, Sr. Justo, ya sabe -o imagina- que yo entiendo las biografias y las autobiografías como parte de las ciencias naturales (con algo animación y algún efecto especial, eso sí:-)

  4. Juan Antonio Millón

    Permítanme que les cuente algo de mi experiencia con la investigación biográfica. Me he enfrentado a la composición de la biografía de tres autores y en los tres casos, aunque con distintas dosis, he experimentado siempre un sentimiento de incompletud, de precariedad, un cierto vacío que me ha espoleado y me espolea a encontrar el tuétano de la vida de estos autores.
    Con uno de los tres tuve la ocasión de compartir proyectos comunes y hablar con bastante intimidad, el poeta valenciano e historiador, Santiago Bru i Vidal. En su caso han sido las sorpresas y los hallazgos en su Archivo, en las hemerotecas, etc., las que ha ido rellenando ese hueco que siempre encuentro cuando me enfrento con la vida del autor. Su amistad y la que sigo manteniendo con su familia, y especialmente con su hijo, me permiten ir indagando y acercándome aún más a ese tuétano del que hablé.
    Los otros dos son bien distintos a Bru. Por una parte está un historiador y médico de finales del siglo XIX, el saguntino Antonio Chabret Fraga, del cual carecemos de su Archivo y cuya reconstrucción vital, debido a la distancia de su tiempo y la escasez de documentos suficientes, hace difícil llegar al tuétano de su vida. La labor aquí ha sido más compleja y la sensación de distancia e incompletud mayor.
    Del tercero, el escritor valenciano Lluís Guarner, he podido contar con su Archivo personal, que gracias a una beca ordené y clasifiqué, y aquí ha sido mi obsesión por el personaje y mi inquietud por ir a la médula de su vida y de su obra, las que han hecho que esa distancia, esa carencia, se redujese, pero, aún así, volviera de nuevo la inquietud de una falta, que hasta hoy no me abandona y me impele a la búsqueda de nuevos documentos o a la indagación por la relectura.

  5. Juan Antonio Millón

    Pero la dificultad de la reconstrucción de la vida, los huecos o las incertidumbres, también los encontramos expuestos por los propios autores en su memorias o autobiografías. Vean lo que dice Juan Goytisolo en Coto vedado: “Cuando leo libros de historia, la seguridad impertérrita con que sus autores establecen lo ocurrido hace milenios me produce una invencible sensación de incredulidad. ¿Cómo es posible reconstituir un pasado remoto si incluso el más reciente aparece sembrado de tantas incertidumbres y dudas? La opacidad del destino de una buena parte de mi familia es una perfecta ilustración para mí de la impotencia en descubrir y exhumar al cabo de pocos años la realidad tangible de lo que ha sido”.

  6. jserna

    Sr. Millón, su labor biográfica, que en parte conozco de primera mano, es una de las experiencias más enriquecedoras a las que un investigador se puede enfrentar. Todo se convierte en un enigma.

    El biógrafo acopia informaciones sobre el biografiado a partir de los documentos que se han conservado en distintos soportes materiales: escritos, orales o de cualquier otra índole. Acopia y escribe. Exhuma y reúne vestigios, los restos que ese individuo ha dejado, las huellas de su paso: las pone en orden y les da unas palabras, un significado. Acude a los archivos privados o públicos y visita las ciudades o los parajes que el biografiado frecuentó. Desea apropiarse de aquello que no es suyo pero que espera captar o retener. Esta exhumación hace visible lo que estaba enterrado, lo que se ignoraba o se había olvidado; o hace manifiesto lo que no distinguíamos a pesar de que estaba a la vista de todos, como la carta robada de Edgar Allan Poe. Por abundante que sea esa información, lo documentado es siempre escaso o sesgado. Por ello, el biógrafo sabe que su operación es insuficiente, limitada, un pálido reflejo de lo que aquella vida fue.

    Abnegadamente y con voluntad totalizadora, el biógrafo escribe y transcribe, narra y copia, cuenta y muestra: por un lado, relata en tercera persona lo que al biografiado le sucedió y, por otro, reproduce palabras literales o imágenes o documentos de aquél. Es decir, el biógrafo es un autor: compone una obra con estructura, una obra en la que se administra la información de acuerdo con el orden cronológico y de acuerdo con las necesidades del propio relato; y compone un libro con restos que allí coloca. El biógrafo escribe poniéndose en el lugar del otro. No sólo relata un hecho: también precisa los motivos de la acción, las justificaciones que aquél se dio, lo que esperó, lo que deseó o lo que temió. Pero para esto no siempre hay fuentes. Es probable que puedan documentarse muchos hechos de esa vida, pero de lo que no se consumó quizá no haya vestigio, como tampoco de lo que se pensó y no se verbalizó. Por eso, el biógrafo ha de rellenar a partir de lo probable, de lo posible: completa con conjeturas razonables y, sobre todo, ha de advertir qué nos dice fundadamente y qué nos dice con imaginación disciplinada.

    No sé si ésa es su experiencia. Creo que sí. La mía como investigador es exactamente ésa.

  7. jserna

    Sr. Millón, ¿Goytisolo juzga a los historiadores? Permítame juzgralo a él como memorialista. Me produce una sensación ambivalente. Lo dije en un post tiempo atrás. Me repito. Me cansaban ese estilema y ese estilete. De Coto vedado (1985) y de En los reinos de Taifa (1986) decía: “Sólo en fecha reciente, en 2002, cuando esas memorias las reeditó Península en un solo volumen las leí completas. Y la impresión fue ambivalente. Venían precedidas por una gran fama: una aureola de sinceridad abrupta. Goytisolo es inmisericorde con muchos, pero sobre todo es inmisericorde consigo mismo: eso leía yo en las críticas. En efecto, así es, pero no juzgo esas memorias con tanto entusiasmo. Están espléndidamente escritas, por supuesto. Son durísimas con la España rancia y carpetovetónica y con el Goytisolo que fue. En principio, mostrar esa dureza contigo mismo te agiganta: prueba que el autor es capaz de hacer autocrítica incluso severísima. Nuestro reconocimiento, pues. Pero en dichas memorias la autocrítica del yo primigenio es, al cierre, una exaltación del yo actual. Lamento haber sido así; destapo aquello que fui; muestro cómo fui. Dedico mi desdén a quien ya no soy…: todo, a la postre, redunda en la celebración de quien ahora soy”.

    https://justoserna.wordpress.com/2008/11/25/el-desden-de-juan-goytisolo/

  8. Juan Antonio Millón

    Sí, ciertamente, se produce ese efecto en la memoria de Goytisolo, la imbricación de una trama que conduce a una justificación o exaltación de lo que hoy me constituye. Pero creo que eso es rémora en toda memoria, palinodia o revisión crítica. De todas formas exponer tus miserias, hacer visibles ocultaciones y tabus del pasado, es un ejercicio encomiable que ayuda a entender o repensar lo que somos.

  9. R.S.R.

    Sr. Serna me gusta el tema del post. Autobiografía y biografía, dilucidar qué es una cosa y otra, hablar de la vida propia y de la ajena, leer otras vidas…
    Un tema sugerente y complejo.

    Según entiendo, la autobiografía pone en juego dos aspectos básicos: la memoria y la capacidad de instrospección.
    La memoria ya sabemos, es caprichosa y no conocemos ,muy bien por qué complejos mecanismos registramos unos hechos de nuestra vida y no otros, además estos hechos llevan una carga emocional que con el transcurso del tiempo se van modificando, desdibujando, hasta quedar como lo que muy bien expresó Salinas en aquellos versos:

    “Creeré que fue soñado.
    Que aquello, tan de verdad,
    No tuvo cuerpo, ni nombre.
    Que pierdo
    Una sombra, un sueño más”

    También cuando recordamos puede ocurrir lo contrario, pero aquellos hechos ya no son los mismos los interpretamos desde nuestro presente, con un nuevo significado. Por otra parte está nuestra capacidad de introspección, nuestro conocimiento de nosotros mismos y eso incluye las trampas que nos ponemos, nuestro autoengaño, nuestro boicoteo…Si todo eso es tomado en cuenta a la hora a afrontar una autobiografía, podemos pensar que ese” pacto de verdad con el lector” del que usted habla, puede darse.

    Por otra parte habla de la biografía, entiendo que ahí se refleja más su tarea dehistoriador/investigador, la reconstrucción de unos hechos a partir de unos documentos, aunque en este caso la reconstrucción sea la de una vida. Nunca podremos llegar a reconstruir totalmente las vidas de otros, eso creo entender que es lo que expresa el Sr.Millón. Esa distancia que nos separa del otro, que nos permite ser a nosotros mismos, es lo que nos aleja de captar al otro en su totalidad, a la vez nos facilita un entendimiento que de otro modo no tendríamos. Hacer una buena biografía no debe ser fácil, comprender los secretos, las vivencias, los temores y conflictos de otras vidas con rigurosidad y sin falsos pudores es un reto y una responsabilidad.

    PD: Acudiré a oirle hablar sobre “la experiencia del blog”

  10. R.S.R.

    Veo que algunas “comas” saltan alegremente por el texto,disculpenme, aunque les he ganado muchas batallas, la guerra, como ven, no ha terminado.

  11. jserna

    R.S.R.: la biografía y la autobiografía parecen evidentes; parece evidente la operación de exhumar una vida con el relato. Bien pensando, no es así. En esta operación siempre hay un artificio o, en términos de Pierre Bourdieu, una “ilusión”. La vida contada es grafía, escritura, narración; la vida, no. Las cosas nos pasan simultánea y caóticamente y sólo al contarlas les damos un orden y una sucesión que no tuvieron. Ese orden y esa sucesión son, pues, operaciones de memoria o de escritura, el reajuste posterior de hechos que ocurren a la vez o de actos que no tiene relación entre sí. Porque, en efecto, los hechos de una biografía o de una autobiografía se escriben cuando sabemos su consumación, cosa que permite dar significado global o común o final a lo que eran actos aislados. Observe, R.S.R., el caso de Rudolf Höss, lo que digo hacia el final del post…

    Ahora bien, los actos nunca son aislados pues, cuando los realizamos, conservamos memoria de lo que hicimos con antelación: de acuerdo con ello obramos. Pero lo que hicimos y recordamos no necesariamente lo evocamos con el mismo sentido que tuvo cuando nos ocurrió: podemos obrar valiéndonos de una memoria falsa, creadora, engañosa; o podemos obrar sirviéndonos de un sentido nuevo que ahora damos a unos hechos que, sin embargo, recordamos muy bien. Sigmund Freud insistió sobre ello.

    PD.: Pues nada. Allí estaremos, en el salón de grados de la Facultad de Filología este próximo miércoles, 18 de noviembre, a las 16 horas. Para hablar de la experiencia del blog, de este blog, en un contexto de Web 2.0

  12. Fran

    Hola. Serna vuelves a citar a Freud. Otra vez. De verdad crees que tiene algo que decir sobre el psicópata?

    Saludos liberales.

  13. Arnau Gómez

    Mi querida Dña Marisa.¿ Por qué me obvia?. A lo peor porque le han informado mal.Suele ocurrir. Le pasa a D. Justo y ¿por qué no a mi?. Lo peor de los consejeros aúlicos es que no son imparciales. Muy al contrario,son muy parciales.Yo estoy espalda contra espalda con ustedes, porque soy de los mimos,de los que piensan, de los que razonan,de los que critican, de los que no están de acuerdo. ¡Que pena que no estemos subidos al mismo carro, o eso pienso!. Hablemos en privado o en público,en petit comité o delante de todos. Yo también quiero una alternativa de izquierdas, donde y como sea…

  14. jserna

    Buenas tardes.

    Fran, vuelvo a citar a Freud. Supongo que no habrá nada malo en ello, ¿no? Quizá Freud aún tenga algo de pecaminoso. Me encanta su literatura: es tan imaginativa… Llega allá donde la ciencia no atisba. ¿Es pseudociencia? Bueno, insisto, me gusta su literatura. Usted me entenderá. Todos los años me prescribo la lectura o relectura de Freud. A ver si me trastorna algo más.

    Arnau, no sé en qué consiste su reproche a Marisa. Dice que “le pasa a D. Justo y ¿por qué no a mí?” No sé a qué se refiere. ¿…?

  15. Arnau Gómez

    No sé preocupe D. Justo. No es nada malo. Freud diría que es paranoia o la teoria de la persecución. Pero con usted, D. Justo, no va nada. Al contrario. ¿Nos vemos en el próximo evento?. Tengo que hablar con usted de cosas importantes.

  16. David P.Montesinos

    Me hace reflexionar lo que comentan ustedes al hilo de la intervención de Millón sobre la indagación biográfica. Se estructura un trayecto vital para de alguna forma desestructurarlo, o para dejar que él lo haga ante nuestros ojos. Recuerden aquella consigna con la que empieza y acaba el Citizen Kane: “no trespassing”. Las mejores biografías que conozco son paradójicas, no son verdaderas biografías, pues por cada luz que en ellas parece echarse sobre la vida de un sujeto se alzan toda suerte de sombras. Acaba la historia, normalmente con la muerte de su personaje… unas palabra finales casi siempre enigmáticas… Nos quedamos con la sensación de seguir sin saber, y sin embargo, es como si secretamente hubiéramos encontrado las claves para dialogar con el personaje, como si de alguna forma conocer de esa forma tan deconstructiva su vida nos sirviera al menos para enfrentarnos a su legado -a su obra- con una lucidez de la que antes carecíamos.

    Mi primera biografía fue el Charles Dickens de André Maurois, pero fue el cine, de la mano de Welles quien de verdad me hizo entender por qué era importante preguntarse por la vida de alguien que, antes, nos sedujo con su pintura, su escritura, su obra política, qué más da…

    Por cierto, y creo no alejarme del tema, sale la última de Landero en Tusquets, y promete. Reivindico “Hoy, Júpiter”, al nivel de lo mejor del autor, aunque creo que no es una opinión muy compartida. Hablando de biografías. En este blog se ama o al menos se respeta el cómic más de lo que se habla de él. Una joya: “El arte de volar”,de Kim -el de “Martínez, el facha” y Altarriba. El padre de Altarriba murió arrojándose desde el balcón de un hospital en 2001. Cuenta su vida empezando justo desde el momento es que empieza a volar, en un gigantesco flash-back. De verdad, es una joya. Quienes, como recientemente, el ínclito Molina-Foix condenan el cómic como género despreciable deberían pasarse por este libro maravilloso… o mejor no, casi mejor nos arreglamos sin ellos. El libro se presentó en octubre en el Aula Magna de la UV por Álvaro Pons.

    Una última cosa. En la colección Karl Hocker, que pueden encontrar sin dificultad en la red, hay algunas fotografías donde, como la de los funcionarios sonrientes en medio de un descanso, uno entiende eso que Hanna Arendt llamó la banalidad del mal. ¿Monstruos? Se adivina en la imagen de grupo las risas y las bromas entre los empleados, las chicas que pegan grititos de “patata, patata” o algo parecido. Yo me he hecho fotos así a montones con mis compañeros de trabajo. Sería insignificante… de no ser porque es Auschwitz en la fase más “productiva” de aquella factoría del Horror.

  17. Pumby de Villa Rabitos

    Me permitiréis una nota al margen. Apunta Serna una frase inquietante definiendo a Höss al comentar lo que Levi dice de él: “era un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a (…)”. Da igual a qué no opuso la moralidad. De ahí la inquietud. Inquieta por la tremenda realidad que presenta a la hora de definir la ética del funcionario. Si en algún momento se tratase el tema, el de las personas que integran la función pública, sería interesante retener esa idea. Se le exige al empleado público – en realidad, sólo al funcionario – una exquisita amoralidad en el desempeño de su labor (policías, militares, burócratas, jueces, fiscales, profesores… bomberos, como los de “Farenhait 451”) y, sin embargo, luego todo son quejas cuando cumple con su empeño… como los jueces nazis que aplicaron la legislación racista, los guardias fronterizos de la RDA de los que el otro día hablábamos, los militares que torturaron y asesinaron en Latinoamérica, los profesores que difunden creencias integristas en los EE.UU. o los burócratas italianos a sueldo de la mafia, la camorra o cualquier otro grupo de semejante pelaje. El Estado democrático se funda en el Imperio de la Ley pero éste exige a sus ejecutores de facto ser amorales. Creo que vale la pena reflexionarlo.

  18. Marisa Bou

    Este fin de semana, a pesar de estar en casa y no tener ocupaciones demasiado urgentes, he cometido la falta de no leerles. Y claro, he de pagar por ello.

    En primer lugar, porque me encuentro con un post nuevo, extenso e interesante en extremo. Yo siempre me he sentido incapaz de escribir autobiográficamnente; es decir, con la intención seria de contar mi vida. No sólo porque ésta sea de lo más aburrido, sino porque no confío nada, pero nada, en mi propia memoria, o mejor dicho, en mi memoria de mí. Recuerdo los hechos, claro está. Pero las motivaciones que me llevaron a ejecutar esos, y no otros, o lo que sentía en el momento de llevarlos a cabo, se me escapan, perdidas en una niebla más espesa que el famoso “smog” londinense.

    Y una prueba de esa inconsistencia mía, la tienen ustedes en mi asombro ante las palabras de don Arnau, a quien no recuerdo en absoluto haber obviado en ningún momento. Si usted lo dice, querido amigo, supongo que será verdad, no tengo porqué dudarlo. Pero vaya, que si no me lo aclara un poquito no sé de qué, exactamente, tengo que disculparme, a no ser de mi desmemoria.

    Espero que nos veremos pronto y podremos aclarar lo que pienso que debe ser un malentendido. Nunca, a propósito, ofendería yo a un tan apreciado amigo como usted.

  19. jserna

    1. Arnau, me tranquiliza saber que conmigo no va nada. En fin, me quedo sin saber de qué va la cosa. Me pregunta si nos vemos en el próximo evento. ¿En cuál de ellos? El miércoles tengo una mesa redonda y el jueves la presentación de ‘Tratado de las cosas sin nombre’, de Juan Planas, en La Casa del Libro. Me dice, Arnau, que tiene que hablar conmigo “de cosas importantes”. Vaya, qué intriga.

    2. David, nuevamente coincido con usted en todo y todo lo que usted dice me interesa. No le hago la pelota. Es literalmente cierto. Lamento no conocer la biografía de André Maurois: a pesar de ser un admirador y lector de Dickens no he leído la biografía que escribiera André Maurois. Mala pata… Debe de ser muy bonita. Lo digo a ojo: ¿estaba publicada en la Editorial Juventud? Mire, me niego a mirarlo en Google. No me pregunte por qué. No lo sé. Me niego a buscarlo.

    En cuanto a Welles y su Charles Foster Kane, qué quiere que le diga… Con diez añitos me enteré de su existencia leyendo un volumen de la colección RTV que se titulaba ‘Vamos a hablar de cine’, de García Escudero. Ahí descubrí la película, que era –según las listas más acreditadas– la mejor de la historia: ‘Ciudadano Kane’. No sé si es así. A pesar de que haya concursos, el cine no es un certamen. Luego, CK la he visto… ¿seis, siete veces? Aún me fascina ese rótulo que usted menciona: ‘No Trespassing’. Así como la historia de Kane contada con cinco puntos de vista, creo recordar.

    Luis Landero. Tengo en casa la nueva novela. La compré en Gaia (C/. Daniel de Balaciart, núm. 4, Valencia). Me he tenido que frenar: no puedo leerla aún. Tengo que acabar dos libros antes de darme el festín. Bueno, en realidad, los dos libros que estoy leyendo –una larga novela y un ensayo– también son un festín.

    Me interesa el cómic que usted menciona. Lamento no haberme enterado. Haré por echarle un vistazo.

    3. Pumby, la pregunta que usted hace no sé si se puede responder hablando de funcionarios. Yo no me refiero a un funcionario, sino a “un tipo normal de vida ordinaria que suspendió el juicio moral, que no opuso la moralidad a la presión violenta, destructiva, de su ambiente ideológico”. La moralidad es un asunto humano, no de funcionarios. Hablamos de un ciudadano: de un solo ciudadano, por ejemplo, que decide no agravar el estado del mundo, no ayudar a las ejecuciones, no prestarse a la muerte. Discernir el bien del mal, lo deseable de lo indeseable, es algo cultural pero es también un criterio individual que compartimos con otros. En Alemania hubo ciudadanos que opusieron la moralidad al crimen organizado y dictado desde la instituciones.

    Eche un vistazo a dos libros que conocerá: ‘Historia de un alemán’, de Sebastian Haffner, o ‘Eichmann en Jerusalén’, de Hannah Arendt. O eche un vistazo (perdone la referencia) a aquella entrada del blog en la que trataba la responsabilidad y el juicio de quien se opone, de quien no mira si es o no funcionario del Recih milenario:

    https://justoserna.wordpress.com/2007/06/01/el-ciudadano-moral/

  20. David P.Montesinos

    No lea el de Landero antes que yo, se lo suplico, o al menos calléselo en su momento. El libro de Kim y Altarriba puedo conseguírselo si usted quiere. La biografía de Maurois se llamaba simplemente “Dickens”, mi padre la compró hace una eternidad, antes de que yo naciera, y recuerdo perfectamente el retrato pintado de busto del novelista. Es de ediciones GP, una editora de Barcelona. Cuando lo leí pensé que, después de todo, molaba leer algo que no fuera una novela, todo un descubrimiento en esa época. Fíjese, mi visión de Dickens ha estado siempre influida por aquel estudio leído tan tempranamente. Y siempre me pareció que era la mirada de un francés sobre la filosofía de vida de los habitantes de la islita dichosa, con los más admirables y los más irritantes de sus hábitos. Pues bien, resulta que Maurois no era Maurois, sino Herzog, que es como decir que intentó disimular su condición de judío. Eso lo he sabido mucho después, como también que se chupó muchos años en el frente durante la Gran Guerra y que tiene biografías con su estilo intrasferible sobre personajes tan relevantes como Voltaire. Mi padre me convenció para que leyera la que Austral sacó sobre Disraeli, vaya, también judío, que fue Primer Ministro de la Reina Victoria y todo un personaje…

  21. jserna

    David, lo que cuenta de esa biografía de Dickens por Maurois agiganta mi interés. Vaya, vaya. Otra cosa. No le puedo prometer nada con mi lectura de Landero. Seguro que usted se me adelanta. No creo que lo pueda leer antes de doce días… En cuanto al libro de Kim y Altarriba será un honor si me consigue un ejemplar.

  22. Alejandro Lillo

    Permítanme que cite el comienzo de la autobiografía de Chesterton. Con su habitual gracia y genialidad ejemplifica muy bien los problemas del género a los que han aludido los señores Serna y Millón:

    “Doblegado ante la tradición y la autoridad de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874, en Campden Hill, Kensington…”

    La biografía es un género histórico, de larga tradición, quiero decir. Seguro que podríamos remontarnos aún más atrás, pero ciñéndonos a la tradición occidental, pienso en la “Vida de los doce césares”, de Suetonio, o en la propia “Historia de Roma desde su fundación”, de Tito Livio. Al fin y al cabo, ¿qué es esa obra sino la biografía de una ciudad? Con las memorias sucede lo mismo. Si bien podemos considerar a san Agustín como el creador moderno del género, existen numerosos documentos biográficos o autobiográficos anteriores a la redacción de la “Confesiones”.

    Lo que quiero decir con esto es que la narración sobre las vidas de los demás tienen profunda raigambre en nuestra cultura. Bien de forma estrictamente biográfica, bien de forma novelada, este género sigue jugando un papel muy importante en nuestra literatura y en nuestra historia. Lo cierto es que la biografía y las memorias, con todas sus carencias, sigue siendo uno de los géneros más populares de todos los relacionados con la historia. Eso un hecho que tiene su lado bueno y su lado malo, aunque recuerdo que, abundando en lo segundo, Julián Casanova escribió hace bien poco un artículo en El País criticando la concesión del Premio Nacional de Historia. Lo titulaba “Historia de tambor y trompeta” y desde luego, no tiene desperdicio. Por eso pienso que como género, el éxito de la biografía es bienvenido, pero en relación a otras modalidades de hacer historia, preocupante.

    Por lo demás, y abundando en el comentario de don Justo a R.S.R., yo diría que esa necesidad de ordenar la vida y darle un sentido a posteriori es muy humana, muy (auto)justificativa. Es una cosa que el ser humano necesita para seguir viviendo. No sé, me recuerda un poco a Nietzsche y a su crítica del conocimiento humano, a esa necesidad de simplificar los conceptos, de compartimentar el saber, dejando así de lado y abandonando todo aquello que no encaja en el concepto o en la definición de la que se trata. Para intentar comprender el mundo inevitablemente tenemos que simplificarlo. Del mismo modo, para comprender (o intentar comprender) la vida de un hombre (o la nuestra propia) debemos simplificarla. En algunas ocasiones porque no tenemos más remedio, dada la escasez de vestigios conservados; pero en otras la simplificación radica en la necesidad de otorgarle un sentido, un orden, como dice Serna, a esa vida estudiada. Por eso entiendo esa sensación de incompletud de la que habla don Juan Antonio, e intuyo (aventurándome), que esa incompletud puede transformarse fácilmente en obsesión.

    No querría meter la pata con lo de Nietzsche, pero como sé que por aquí hay mucho experto en el alemán, ahí lo dejo para que me lo puntualicen y/o corrijan. (Sin piedad, por favor)

  23. Pumby de Villa Rabitos

    Vaya que sí, Serna, vaya que sí. En efecto, hablas de un individuo pero, convendrás conmigo, que a la vez, estás señalando un colectivo. La singularidad de Höss estriba en su sinceridad, no en que fuera alguien ajeno al sistema burocrático para el que trabajaba. Él trata de ser bueno en su función, por eso prescinde de la moralidad de sus actos. Es lo que se le exige. Lo que el sistema le exige.

    A lo que voy es que la selección de personal que hacen esos sistemas de los que habla Weber consigue un perfil personal del funcionario que siempre se reproduce desde que esas organizaciones comenzaron a funcionar – uno de los signos de modernidad, por cierto – y, mayoritariamente, dibuja un ejército de replicantes de Höss. Rente Mayntz, alemana por cierto, lo tiene estudiado en “Sociología de la Administración Pública”. Hablamos de individuos grises, amorales, intrascendentes, afanosos en lo anecdótico, pusilánimes en la mayor parte de las ocasiones y con una escasísima capacidad de iniciativa propia. Claro, es la media.

    Existen los casos individuales de funcionarios que han actuado como seres humanos contraviniendo las órdenes de la superioridad si estas afectaban a la integridad humana. Son los que confirman la regla. No hace mucho recordábamos en este mismo “blog” la sangría de la plaza de Tiananmen y cuando los contertulios aplaudían al muchacho – desaparecido posteriormente – que se plantó ante aquel carro de combate yo rogué un recuerdo para el comandante del vehículo que no quiso aplastarlo como, probablemente, le exigía su superior desde algún despacho y que, probablemente, también desapareció. Pero de éste segundo, nadie se preocupa. El primero, un estudiante, actuó movido por su idealismo, parece obvio, y por eso, desde la heroica inconsciencia. El segundo, un funcionario, desde su humanidad y con plena consciencia de qué se jugaba (no creo que el Ejército Popular Chino se ande con chiquitas).

    No me consuelan los casos individuales que priman la dignidad humana sobre el cumplimiento del reglamento, me preocupa un sistema que genera la promoción de ese tipo de individuos a los que se les encarece ese tipo de valores amorales. El servicio de inteligencia de la RFA se creó, con la propia República, organizada por un alto oficial de las SS. No le preocupó a nadie. A mi, la verdad, que la misma persona sirva con la misma diligencia – o haraganería – a una democracia y/o a una dictadura y viceversa, pues sí, sí me preocupa.

  24. jserna

    “Atención, silencio” se titulaba el artículo de Antonio Muñoz Molina el pasado sábado. Pues eso, ante las provocaciones: atención, silencio. Por favor.

    Últimas Noticias de Hemeroteca

    Revista Mercurio, número de noviembre de 2009 dedicado a Antonio Muñoz Molina con motivo de la publicación de La noche de los tiempos. Con entrevista al autor y con artículos de Pere Gimferrer, Ángel Loureiro, Justo Serna, Olga López-Valero Colbert y William Sherzer.

    Información de Europa Press (aquí)

  25. jserna

    El Sr. Pumby dice refiriéndose a Höss: “Él trata de ser bueno en su función, por eso prescinde de la moralidad de sus actos. Es lo que se le exige. Lo que el sistema le exige”.

    ¿Y? Que el sistema te exija desempeñar una función mortífera no te aboca necesariamente a realizarla. Tampoco te tienes por qué extirpar la moral para así no incomodarte. Dice usted: “No me consuelan los casos individuales que priman la dignidad humana sobre el cumplimiento del reglamento, me preocupa un sistema que genera la promoción de ese tipo de individuos a los que se les encarece ese tipo de valores amorales”. A mí no me consuelan esos casos individuales: yo los admiro.

    Mario Conde escribió un libro confuso, farragoso (lo tuve que dejar después de una penosa lectura) que se titulaba precisamente ‘El sistema’. Era una autoexculpación en toda regla. El poder oculto, que conspira en la sombra, es responsable de la cataclismo de su gestión, viene a decirnos…

    Que los sistemas políticos pueden ser amorales o inmorales, que simplemente sean “sistemas” (un entero con partes interdepedientes) es algo que está en el curso normal de las cosas. Si son sistemas inmorales, el individuo debe hacerles frente. Yo no sé si me atrevería, pero sí sé que me vería como un cobarde. A hay que oponer la dignidad.

    Desde luego, en la Alemania posterior al nazismo, la desnazificación fue un proceso lento, en ocasiones superficial, epidérmico, y doloroso. No se desmantelaron todas las redes de complicidades que la sociedad civil tenía provechosamente establecidas. Seguramente porque no podía extirparse del todo esa complicidad y seguramente porque la Guerra Fría era un escenario en el que aprovechar los recursos del Reich. ¿Que eso me disguta? Sin duda. Pero quizá todo eso fue preferible a la utopía de empezar de cero, como presuntamente se ha hecho en Irak, eliminando toda la estructura del Estado del partido Baaz.

  26. Pumby de Villa Rabitos

    Todo sistema, por definición es amoral. La moralidad radica en la organización para la que ese sistema se establece. Es de Perogrullo. Pero no estoy hablando de sistemas abstractos, estoy hablando de los concretos que funcionan con un envoltorio democrático aunque no dudan en adoptar cualquier medida antidemocrática sin que le tiemble el pulso. Los casos latinoamericanos son los más sangrantes pero no son los únicos. Puede que sean, sólo, los menos sutiles.

    Esto es endiabladamente sencillo: si el sistema te exige una función inmoral y no la cumples, eres un enemigo del sistema. Si la cumples eres su cómplice. Si obedeces te conviertes en un miserable vivo, si la incumples en un héroe muerto. Yo voy a seguir aplaudiendo a los héroes, faltaría más, ojala tuviera yo ese valor de quien no se refugia en su mesita camilla, pero voy a tratar de encontrar un sistema que no lleve implícita la inmoralidad de unos y la heroicidad de otros, que no exculpe a la primera, ni la disculpe, ni la encubra.

    No sé porqué siempre volvemos siempre a lo mismo. Hay que conformarse con un par de partidos políticos, hay que quedarse en una monarquía impuesta, hay que asumir una democracia otorgada… Me niego a aceptar el razonamiento de “o nos conformamos con lo que tenemos o viene el diluvio”. Por fuerza ha de haber vías intermedias en las que nos desprendamos de los elementos inservibles sin tener que acabar de algara en algarada o de barricada en barricada. Los sistemas más eficientes, precisamente, es lo primero que hacen. ¿Quién habla de empezar de cero? Desde luego, el caso de Iraq es el peor de los ejemplos posibles, tras el de Afganistán, supongo. Pero si se aplicara esa resignación a conformarnos con lo que hay, los “burgos podridos” seguirían siendo la base del sistema electoral británico.

  27. jserna

    Yo no me resigno. Punto y seguido. “Todo sistema, por definición es amoral. La moralidad radica en la organización para la que ese sistema se establece”, dice Pumby. Perdone, pero me pongo como severo preceptor. Es absolutamente indescifrable este enunciado: ¿”La moralidad radica en la organización para la que ese sistema se establece”? ¿…? Quizá me lo pueda aclarar. Punto y aparte.

    Martes, 17 de noviembre, 16:30 horas, nuevo post.

  28. Pumby de Villa Rabitos

    Dos puntos. Un sistema es un instrumento. Para que se entienda, por ejemplo, un cuchillo. Ese cuchillo no tiene moral. La moral se la pondrá quien lo maneje. Un carnicero o un asesino. El cuchillo es el mismo – el sistema es el mismo – su finalidad, no. ¿Está claro, severo preceptor?

  29. jserna

    Que un sistema es un instrumento es algo evidente. No es un fin: es un medio, un recurso. El problema del totalitarismo es convertir el instrumento en meta. Lo que no se entiende de su enunciado es esto: ”La moralidad radica en la organización para la que ese sistema se establece”. Supongo que lo que querrá decir es que la moralidad depende del fin, de la meta. La moralidad es algo ajeno al sistema pero no radica en la organización, sino en el fin, la meta. La organización, en si misma, es el mecanismo del sistema. Si me pongo como severo preceptor es porque en la comunicación pública no hay que dar nada por supuesto, nada por interesante, nada por impreciso.

  30. Pumby de Villa Rabitos

    Por cierto ¿te diste cuenta que a las cuatro de la tarde estarás en una Mesa Redonda? Lo digo por cambiar de “post” a las cuatro y media.

  31. Alejandro Lillo

    Yo no tengo nada claro esto de los sistemas. Lo mismo me sucede con lo de los funcionarios. Así que me limitaré a exponer mis dudas y/o pareceres.

    No sé si, como hace Pumby, podemos hablar de la moralidad/amoralidad de los sistemas. En la medida en que los hombres son, no sólo los creadores, sino los que mantienen en funcionamiento al mismo, ese sistema está dotado de una moral determinada. El funcionariado del sistema nazi y el de un sistema democrático, aunque puedan tener los mismos moldes, la misma base o la misma estructura, cumplen funciones diametralmente opuestas, y el comportamiento individual que en ellos se pueda adoptar desde un punto de vista moral creo que no puede ser visto desde la misma perspectiva. Resistirse o sucumbir al sistema nazi, una maquinaria creada para anular al individuo, no puede valorarse del mismo modo que resistirse o sucumbir al sistema, pongamos, liberal-democrático-capitalista (sea lo que sea eso). Por supuesto, hablo del ciudadano normal y corriente. No de un Rudolf Höss que, ya desde sus inicios, formaba parte de la maquinaria nacionalsocialista. El nazismo tenía una moral perversa y así era como atrapaba a los ciudadanos. En este sentido yo también recomendaría –con el señor Serna- la lectura de Sebatian Haffner “Historia de un alemán”. La claudicación de la ciudadanía corriente ante el nazismo, pudiendo resultar vergonzosa, es comprensible, o al menos más comprensible y aceptable que, por ejemplo, la claudicación y el apoyo a la especulación inmobiliaria en nuestra sociedad actual. La responsabilidad del ciudadano como individuo en este segundo caso es muy superior a la del primero. Los seres humanos heredan estructuras, estructuras que pueden transformar y modificar para adecuarlas a funciones esencialmente distintas de las que anteriormente cumplían. Ejemplos válidos pueden ser el de la Alemania nazi y el de la democrática o el error del sistema baaz en Irak. Pero otro ejemplo podría ser el del Estado absolutista y su paso al Estado moderno y, de éste al democrático. ¿Pueden existir algunos vicios de aquél en éste? Sin duda, pero los hombres y las mujeres de ahora podemos extirparlos (o empeorarlos).

  32. aleskander62

    Una gran página, con literatura, cultura, con mucha información, bien llevada día a día. Enhorabuena.
    Creo que me gustaría leer la última novela de Muñoz Molina. Me gustó mucho El jinete polaco.

  33. jserna

    Alejandro, convengo con usted. No se puede expresar mejor. Chapeau!

    Ah, por cierto, gracias a Aleskander62. Supongo que los elogios que dedica se refieren a esta página.

  34. Pumby de Villa Rabitos

    A ver si reconoces la frase, Alejandro: “El funcionariado del sistema nazi y el de un sistema democrático, aunque puedan tener los mismos moldes, la misma base o la misma estructura, cumplen funciones diametralmente opuestas, y el comportamiento individual que en ellos se pueda adoptar desde un punto de vista moral creo que no puede ser visto desde la misma perspectiva”. ¿Vale? Pues ahora explícame como el mismo funcionario, el mismo individuo, que sirvió al nazismo sirve a la democracia. Olvídate de Alemania y no te metas en los jardines del Irak. Asómate a la ventana de tu casa, mira ese tipo que pasa por la calle y dime cómo ese individuo, con nombre, apellidos, rostro e hipoteca, funcionario en el franquismo, sirve con honestidad a la democracia. A ver si resulta que los funcionarios están hechos de pasta celestial y no nos habíamos enterado. Y, de paso, te preguntas por la integridad moral de los políticos que lo bendicen.

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