0. Derechos y propiedades. Estoy siguiendo en El País la polémica que ha suscitado un artículo de Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Es una tribuna a propósito de la propiedad intelectual y los derechos de autor. Le responden varios creadores, gentes de la música o de las letras que se sienten directamente ofendidos por sus palabras: entre otros, Víctor Manuel, Antonio Muñoz Molina, Rodolfo Serrano… La controversia no acaba aquí, por supuesto, y los términos de dicha discusión prosiguen.
1. Plagio. Leía estas cosas (y las seguiré leyendo) cuando, gracias a David P. Montesinos, me entero de un curioso plagio que alguien hizo de un artículo mío. Hay que remontarse a 2003, fecha de mi tribuna, y 2004, año de la copia. Les reproduzco literalmente lo que me dice David P. Montesinos.
«Este artículo fue escandalosamente plagiado por un tal Cecilio Urgoiti un año después en una publicación llamada Opinar. Periódico electrónico de la organización de periodistas en internet, con fecha 30 de abril de 2004. Lo tituló ‘Una ciudad de la euforia para Aznar’. Lo copia literalmente, sólo que añade alguna cosa de cosecha propia. El tipo es tinerfeño, trabaja al parecer en la tele autonómica canaria y tiene algunos libros publicados. No sé, a lo mejor te da igual o ya supiste del tema en su momento, pero creo que es mejor decírtelo. A lo mejor incluso te pidió permiso, no sé. Estoy por plagiarte yo también…», acaba jocosamente David P. Montesinos.
En otro correo electrónico, mi amable corresponsal añade: «me parece una sinvergüencería muy grande, la verdad. Yo creo que el tipo debió de pensar que al haberse publicado en la edición autonómica de El País nadie iba a enterarse». Según me añade David P. Montesinos, este asunto lo ha comentado con algún amigo común: «y me ha contado alguna similar», pues «por lo visto es habitual, más de lo que yo me pienso». Vaya, vaya.
«Me he pasado una tarde divertidísima leyendo el curriculum del tipo», que «puedes verlo tecleando su nombre en Google», me dice David P. Montesinos. «Le falta poco para presidir algún cómite de ética y deontología periodística», concluye.
¿Qué es un plagio? Según el Diccionario de la Real Academia Española, plagiar (del lat. plagiāre) significa «copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias». El artículo «copiado en lo sustancial dándolo como propio» es precisamente un texto mío que le comentaba a Arnau Gómez días atrás. Lo titulé La ciudad de los prodigios. Me servía de esa referencia explícita a Eduardo Mendoza para hablar de un proyecto del Partido Popular de la Comunidad Valenciana llamado La ciudad de la euforia. Nada menos. Dicho artículo apareció en la edición valenciana de El País el 14 de mayo de 2003. Casi un año después, dicho artículo era plagiado, ya digo. Su título: Una Ciudad de la Euforia para Aznar.
Aquí les presento las pruebas:
-Justo Serna, «La ciudad de los prodigios», El País-Comunidad Valenciana, 14 de mayo de 2003.
Un ejemplo:
–Justo Serna (2003): «Pues bien, ya que hablamos de dicha, de felicidad, de placer y de comodidad, les propongo que repasen cuando puedan la letra menuda del programa cultural del partido popular para las próximas elecciones. Se habla de la Ciudad de la Luz, de la Ciudad de las Artes Escénicas, de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, del Parque de los Pueblos, del Pueblo de los Libros, de la Universidad del Espectáculo. Resulta algo fatigoso, admitámoslo, tanto proyecto con que nos aturden, audacias de la fantasía pública, planes inauditos, obras de admirable concepción asiática, toda una quincallería del utopismo provincial o del despotismo oriental, no sé. Reparen en las mayúsculas: hay que padecer mal de altura para rotularlo todo con esas letras de vértigo o hay que creerse un político altaricón para auparse hasta la cima de esas mayúsculas. Pero de todo lo prometido, nada hay más extravagante que esa Ciudad de la Euforia que han ideado. ¿Se imaginan? ¿Euforia? En principio parece el nombre de una macrodiscoteca after hours o, más aún, una burla. Pero no, es todo lo contrario: es un Proyecto Mayúsculo, claro, que según dicen se ubicará en Castellón. Tratamientos termales, relajación, armonía interior y desarrollo de las facultades artísticas y culturales del individuo serán los resultados de esa utopía que nos proponen. Tal vez pudiera pensarse que empleo esa voz peyorativamente o con ánimo de chanza, pero no: es la descripción misma que sus promotores le dan. «La creación de esta ciudad de la esperanza», aclaran, «se caracterizará por desprender la energía necesaria para crear. Será la ciudad de las artes, del futuro, la ciudad que hace real la utopía». Si es una utopía colectiva, da miedo, porque suena a un inhóspito centro de reeducación; si, por el contrario, es una utopía más modesta, verdaderamente provincial, no resulta menos inquietante porque parece un balneario ideado por Thomas Mann para el reposo mórbido de valencianos convalecientes y melancólicos. Regreso ahora a Anthony Downs y no sé si desdecirme. Me pregunto si no deberíamos ser, en efecto, «tontos racionales» prescindiendo de la lectura de este programa electoral, si no deberíamos ahorrarnos lógicamente los costes y el esfuerzo de dicha operación. Me pregunto, en fin, por qué algunos ideólogos audaces e imaginativos nos toman por tontos sin comillas».
–Cecilio Urgoiti (2004): «De todos los casos que conozco pondré el más frenético. Fue una promesa que se hizo poco antes de las últimas elecciones autonómicas: la encontré repasando la letra menuda del programa cultural del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. En ese texto se hablaba de la Ciudad de la Luz, de la Ciudad de las Artes Escénicas, de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, del Parque de los Pueblos, del Pueblo de los Libros, de la Universidad del Espectáculo. Resultaba algo fatigoso, admitámoslo, tanto proyecto con que nos aturdían, audacias de la fantasía pública, planes inauditos, obras de admirable concepción asiática, toda una quincallería del utopismo provincial o del despotismo regional, no sé. Reparemos en las mayúsculas: había que padecer mal de altura para rotularlo todo con esas letras de vértigo o había que creerse un gran político para auparse hasta la cima de esas mayúsculas. Pero de todo lo prometido, nada había más extravagante que una Ciudad de la Euforia que habían ideado. Insisto: una Ciudad de la Euforia, un proyecto sobre el que algunos periodistas dieron cuenta, informaron y se extendieron como si fueran portavoces del gabinete de prensa de ese Pueblo de los Libros.
«¿Se imaginan? ¿Euforia? En principio parece el nombre de una discoteca o, más aún, una burla. Pero no, es todo lo contrario: es un Proyecto Mayúsculo, claro, que según dicen se ubicará en Castellón, la tierra de Carlos Fabra, hoy sometido a una «incomprensible inquisición», según él mismo mantiene, porque se están investigando sus cuentas poco claras. Tratamientos termales, relajación, armonía interior y desarrollo de las facultades artísticas y culturales del individuo habrían de ser los resultados de esa utopía que nos proponían. Tal vez pudiera pensarse que empleo esa voz, «utopía», peyorativamente o con ánimo de chanza, pero no: era la descripción misma que sus promotores le daban. «La creación de esta ciudad de la esperanza», aclaraban, «se caracterizará por desprender la energía necesaria para crear. Será la ciudad de las artes, del futuro, la ciudad que hace real la utopía». Si era una utopía colectiva con la que fantaseaban, da miedo, porque suena a un inhóspito centro de reeducación; si, por el contrario, era una utopía más modesta, verdaderamente provincial, al estilo Fabra, no resulta menos inquietante porque parece un balneario ideado por Thomas Mann para el reposo mórbido de ciudadanos convalecientes, amortizados, melancólicos.
«Regreso ahora a Anthony Downs y a su Teoría económica de la democracia. Al hablar del sistema político, decía este autor que entre los electores sólo cabían unas pocas opciones: o somos «tontos racionales» y prescindimos de la lectura de los programas electorales y de las promesas de las que dan cuenta los periodistas, pues al fin y al cabo se incumplirán; o somos «inteligentes irracionales» y no nos ahorramos los costes y el esfuerzo de informarnos. Lo que Downs no contemplaba era la posibilidad de convertirnos en tontos de remate, en tontos sin comillas».
2. El plagio según Joan Fuster (1964). «Para plagiar, para plagiar «bien», es necesario mucho talento (…). Plagiar, a estas alturas, es una operación aproximadamente tan difícil como inventar –inventar «bien»– por cuenta propia. Se necesita un tacto especial para saber escoger un pasaje digno de ser plagiado. No todo el mundo lo tiene. El «buen plagio» sólo se justifica por la utilidad. Conviene «repetir», evidentemente: pero según qué. Siempre he pensado que lo peor del plagio no es que sea un robo, sino que sea una redundancia. Matizo ahora: lo peor del plagio es que sea o pueda ser redundancia sin valor (…). El plagiario ha de «disimular» que «plagia», suponiendo que quiera ser aceptado por sus lectores. No hay ningún «plagiario» decidido que confiese sus plagios. Habitualmente, cuando nos apoderamos de conceptos o de palabras ajenas, nos apresuramos a citar nuestras fuentes. El plagiario evita la mención de sus materiales básicos; pero, como quiere hacerlos pasar por suyos, ha de asimilárselos y aumentarlos, con el fin de quela «repetición» tenga un atractivo particular (…). No, no es sencillo plagiar…´´ (Joan Fuster, Nuevos ensayos civiles. Madrid, Espasa, 2004, págs. 219-220. Edición y traducción de Justo Serna y Encarna Gª Monerris).
3. David Montesinos. «…Ahora bien, encontrarse nuestro escrito plagiado, eso se me antoja más inquietante. Alguien, en un lugar remoto, ha hecho de caja de resonancia de nuestra voz… Sin conocernos, nos ha hecho el honor de doblarnos. Como una sombra, ha reproducido nuestros gestos, se ha apropiado siquiera momentáneamente de nuestra identidad, un poco como esas cámaras que enfurecían a los salvajes cuando los fotografiaban porque pensaban que les robaban el alma. El plagiador nos hace el honor de robarnos un cachito de alma… un honor inquietante. ¿Cómo será mi plagiario?…» (Leer más)

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