Brevemente. El cuerpo no me da para más. He de escribir con brevedad: apartados cortos, referencias veloces. Pedazos. No sé por cuánto tiempo, pero he de escribir así. Esta entrada irá, pues, agrandándose con fragmentos, restos del exterior (o del interior).
¿Artes predatorias? Dedicarse al gobierno de las instituciones es una actividad muy digna. Nuestros políticos hacen cosas que los ciudadanos corrientes no siempre estamos dispuestos a realizar. Se ocupan de tareas que muchos de nosotros no haríamos más que a la fuerza. Están al frente de los organismos públicos, toman decisiones: esto es, eligen a partir de presupuestos siempre limitados, de recursos escasos. A cambio, nuestros representantes tienen unos ingresos superiores a la media. Y unas compensaciones justificadas…: si carecieran de ellas, la política sería una de las artes predatorias. Salvo que estés en el sitio equivocado, ser funcionario cualificado y cumplir con tus obligaciones es cómodo. No te harás rico, pero vivirás con un confort modesto o incluso notable. Salvo que la crisis te descapitalice, ser empresario es un actividad lucrativa. No estarás tranquilo –siempre vigilante de los gastos, de la reinversión–, pero tendrás un nivel de vida desahogado, incluso opulento. El político de campanillas tiene la oportunidad de gobernar, de idear planes, de movilizar recursos, de dirigir. Dispone de coche oficial, pisa moqueta y disfruta de atenciones y bienes materiales asociados a su cargo. A cambio, ¿qué le pedimos? Leo, sorprendido, que el presidente de la Generalitat Valenciana, Francisco Camps, tiene escasísimos bienes materiales. En la declaración publicada por las Cortes autonómicas dice poseer sólo una cuenta bancaria de novecientos y pico euros y un coche con más de quince años. Además, comparte con su esposa una cuenta corriente que no llega a los tres mil euros y un piso de modesto valor catastral. Comparados con él, cualquiera de nosotros es un potentado, un magnate.
El retrato. Comprometerme. Eso es lo que quiere el remitente de esta fotografía: comprometerme. Mi corresponsal, llamémosle XX, me la manda con el ánimo de que la comente, de que analice sus contenidos, de que aventure la circunstancia escenográfica. No les diré el lugar en donde encontró la instantánea. Lo que quiere, insisto, es que me ponga en un compromiso. ¿Qué espera de mí? ¿Que se me caliente la lengua y largue por esta boquita? No me hundirá, no. Prefiero los analálisis fotográficos de personajes desconocidos, de individuos anónimos, que antes se decía. Aunque, ahora que lo pienso, el retratado tenía bastante de meritorio: por lo que parece, la fotografía data de 1996, «de cuando tenía (algún) pelo…», dice XX; «de cuando posaba en forzado escorzo…», añade; «de cuando era el hombre de confianza de Zaplana…», concluye.
Creo que mi corresponsal es muy severo, innecesariamente severo, con Francisco Camps. Una foto nuestra sacada de contexto o el retrato de un meritorio tienen siempre algo de ridículo o de pomposo. Nos presentamos con aspecto inmejorable (o eso creemos), esbozamos la sonrisa más cautivadora (o eso pensamos), adoptamos nuestro mejor perfil (o eso esperamos). El resultado siempre es algo postizo. En fin.
¿Para qué y en qué situación fue tomada la instantánea? Parece, evidentemente, la fotografía que alguien se hace para completar su book promocional, un retrato de galería en el que vemos a un joven vestido con sus mejores galas, bien trajeado, bien aseado y con un corte de pelo favorecedor. Pensaba que podía ser el jefe de planta de unos grandes almacenes, pero inmediatamente me he corregido: si ésa es su profesión, el aspecto que debe ofrecer es serio y formal.
El punctum de esta imagen no es ese cabello que empieza a escasear, la calva venidera; tampoco la sonrisa con la que el retratado nos tienta; menos aún esa mirada de galán de fotonovela, con un punto lúbrico. En realidad, lo que llama la atención es, sí, el escorzo. ¿Para qué retratarse con esa inclinación impostada? Hay que estar muy seguro de uno mismo para presentarse así. O estar muy mal aconsejado. Ese escorzo me hace recordar las fotografías de las viejas barberías: modelos que posaban hace treinta o cuarenta años. Te preguntabas entonces quiénes eran. ¿Acaso clientes satisfechos que habían dejado su retrato para completar el currículum del barbero? Nuestro personaje no desentonaría entre aquellos varones. Sin duda, su corte de pelo es a navaja, y su corbata es audaz, con pececitos o perritos. No sé: no me voy a comprometer.
Cagney-Camps. Me escribe un amigo. No quiere que revele su identidad. Me dice que estaba hojeando un volumen de Terenci Moix, Mis inmortales del cine, y de repente se ha topado con James Cagney. También de repente ha recordado que yo había puesto en el blog una imagen de Francisco Camps.
«Esta pose me suena», se dice. «Aunque era mucho más bajito que Camps y la foto está tomada en estudio observo un mismo modo de posar», me aclara. «Este escorzo tiene una clara raíz hollywoodiense», precisa técnicamente.
Me reproduce la página 292 de su ejemplar de Mis inmortales de cine: «Cagney cambia de registro con una maestría impresionante, pasando del gánster megalómano y obseso de Al rojo vivo (1949) al histérico hombre de negocios de la divertida Un, dos, tres (1961)». Ajajá.
Lo que se ve y lo que no se ve. A propósito de estas fotografías, podríamos decir mucho: de su evidente semejanza, de sus vasos comunicantes, de lo previsto o lo imprevisto de la toma. ¿Por qué plantarse así, mirando a la cámara y esbozando una sonrisa? Podemos convenir en que ambos afectan poses picaronas, con la disposición de quien quiere enamorar o persuadir o encandilar. ¿Por qué ambos retratados ponen ojos sugerentes?
Por supuesto, en una imagen hay datos que todos ven, ciertos elementos que son de universal percepción. Y luego hay otros que sólo son advertidos por quienes ponen especial atención. Quizá exageran. O vislumbran. O conjeturan: lo que dice este o aquel observador no está, pero por lo que efectivamente se ve éste o aquél podrían aventurar el antes y el después, la intención o el estado de ánimo, el objetivo o los efectos que aquella exposición ocasionó.
El espectador aguza sus dotes. ¿Y qué hace? Hace memoria O, en otros términos, busca entre sus recuerdos gráficos o propiamente fotográficos una imagen semejante o contradictoria, una efigie similar o negativa, alguna instantánea con la que comparar. De repente aparecen parentescos insospechados o poses idénticas, disposiciones corporales ya ensayadas que vienen de la tradición artística y que ahora reaparecen. ¿Qué ha de hacer el observador? Atenerse a lo que ve. Si sabe mucho más de lo que nos ofrece la imagen del retratado y lo hace valer, esos datos no explican la fotografía: simplemente la sustituyen. Si sólo sabe algo más, entonces esas informaciones serán algo postizo y añadido, cuando lo importante es lo que se ve. En todo caso, si se toma la instantánea como excusa para decir cosas concretas que no se distinguen en la imagen, entonces no se analiza una fotografía: se la convierte en pretexto. Y si lo que se dice es más o menos grave o ridículo o chusco, entonces deberían aportarse pruebas (pruebas que no están, que no pueden estar en la fotografía). De lo contrario, el dato no sobrepasa la condición de chisme: simplente deberíamos creer a quien ha lanzado la especie.



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