Cuando aparece la nueva obra de un autor celebrado, vuelve a comenzar un período de promoción. El escritor es requerido. Hay que hacer presentaciones. Hay que viajar aquí y allá para crear noticia, para dar imagen y palabra a lo que es un objeto ya consumado, cerrado: el libro. Arturo Pérez-Reverte lleva meses anunciando la aparición de su nueva novela: El asedio.
En su último libro de artículos, un volumen recopilatorio titulado Cuando éramos honrados mecernarios, adjuntaba un tarjetón con el anuncio de la obra que ahora publica Alfaguara. Todos los medios son buenos para provocar mayor efecto. Uno de esos recursos es la entrevista: unas declaraciones del autor para juzgar, evaluar, dictaminar y sintetizar sobre hechos próximos o ajenos a la novela. En el caso de Pérez-Reverte, eso se ve reforzado, además, por su estilo expresivo: bronco y acanallado, que él juzga atrevido o talentoso.
El jueves 4 de marzo presentaba El asedio en Cádiz, lugar en el que transcurre la acción de El asedio, ambientada en 1811. Por ser una novela de época, Pérez-Reverte parece obligarse a dar indicaciones históricas, a enjuiciar el pasado español. No sé qué tienen que ver ambas cosas. Un novelista puede ser capaz de reconstruir toda una época, de informarse, de imaginar situaciones o personajes perfectamente verosímiles. No entiendo por qué, además, ha de pronunciarse sobre ese tiempo recreado. ¿Y quién es él para dictaminar acerca de España, su siglo XIX, de su circunstancia política? ¿Le autoriza su conocimiento, la consulta de libros que ha debido hacer para documentarse?
Claro que puede pronunciarse, pues tiene datos y tiene criterios, como cualquier persona culta. Pero no es un historiador: los investigadores han de evitar las generalizaciones y, sobre todo, han de evitar las analogías inmediatas o las continuidades seculares que expliquen el presente. Entre el hoy y el ayer hay un abismo temporal, una separación que no salvan los parecidos, las similitudes presuntas. El cambio transforma los contextos históricos, los altera, y con ellos lo que se nos antoja idéntico.
Pérez-Reverte generaliza, establece analogías y continuidades seculares para deplorar el estado de cosas actual. Habla del Cádiz de 1812 para lamentar nuestro estado presente. Dictamina sobre el Ochocientos o sobre la Antigüedad para condenar el desastre milenario de España. Las mismas causas, la misma fatalidad, la misma mala pata. Nos sermonea y lo hace con estilo admonitorio, severísimo, contundente. Profiere enormidades o simplificaciones, perora. En El Cultural de 26 de febrero de 2010 aparecía una entrevista que le había hecho Blanca Berasategui.
De todo lo dicho reproduciré sólo algunos extractos, los referidos a la historia y a la historia de España. Parece decir algo nuevo, pero en el fondo lo que sostiene es muy viejo: lo emparenta con los autores del Desastre, con los observadores del 98, de 1898. Para ser historiador hay que quitarse fatalidad y gravedad. Hay que observar seriamente, sí, pero también con modestia, con algo de ironía y con algo de piedad por los antepasados. Podrían analizarse estos puntos, sustanciosos y a la vez previsibles. Quizá lo haga.
1. ¿Fue Cádiz una excepción española? Cádiz «fue el ejemplo de la España que pudo ser y no fue. Donde la aristocracia no era de nobles, ni siquiera de dinero, sino de comerciantes, una aristocracia moderna, comparable a la Inglaterra o la Holanda de entonces, y con una clase dirigente abierta, liberal, que viajaba, que hablaba idiomas, donde la religión no era un elemento determinante, donde la política estaba supeditaba a la economía, y no al revés».
2. ¿Era España un lugar cerrado? «España era entonces un lugar cerrado, oscuro, donde estaban los curas, los reyes, los ministros, y la aristocracia corrupta y acabada, mientras que Cádiz era moderna, abierta, y era el mar, sí, el que la hacía posible. ¡Me entristecía tanto pensar, mientras manejaba toda esa documentación de la época, lo que Cádiz era, lo que España tenía que haber sido y que no fue por nuestra estupidez de siempre…!»
3. ¿Es España un país históricamente enfermo? «España es un país históricamente enfermo. Se ve muy bien en cuanto escarbas un poco en la historia: desde Indíbil y Mandonio, los Austrias, la Ilustración… Hasta ahora mismo… Mira cómo nos estamos cargando la democracia. En cuando se empieza a perfilar una España distinta, esa España que empieza a ser posible, la destruyen los mismos españoles: la arrogancia de unos y el fanatismo de los otros. En Cádiz, los constitucionalistas liberales no supieron ver lo que era posible y no era posible. Quisieron hacer una constitución radical de la noche a la mañana, y eso era imposible. La misma constitución tenía el gen de su destrucción. Y cuando lees las actas de los debates, ves cómo se odiaban unos a otros, cómo se puteaban, cómo usaban la Prensa como arma arrojadiza… cómo ese esquema dialéctico, terrible y destructivo, se va reproduciendo en el siglo XIX, XX y XXI. El oportunismo político ya se da en la Constitución de Cádiz. Es desolador ver cómo el español repite los errores, cómo se carga lo que se le ponga delante».
4. ¿Es el español históricamente un hijo de puta? «Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz… Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX… Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?»
5. ¿Es España un país gozamente inculto? «Si este país no fuese un país analfabeto, cuando a la gente le dicen: estos son los buenos y estos los malos, diría, ¡no me cuentes historias, que yo sé muy bien de qué estamos hablando, que yo he leído, que sé que no, que sé que los carlistas, y sé que los isabelinos, y sé que Fernando VII y sé que la Constitución, y sé que los nacionales, y los rojos, y sé que los socialistas, y sé que los comunistas… Que yo sé! El problema es que España es un país inculto, España es un país gozosamente inculto, es un país deliberadamente inculto, que disfruta siendo inculto, que hace ya mucho tiempo que alardea de ser inculto, y con gente así, esa Ley de Memoria Histórica es ponerle una pistola en la mano. No estamos preparados para leyes como ésas».
6. ¿La faltó a España la guillotina? «El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas… y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido».
Arturo Pérez-Reverte. Ha adoptado un papel público muy vistoso: insiste en que no se vende, en que habla alto y claro, y en que no le importa ser tonante y arrogante, de palabra acerada y de injuria justificada. No le importa. Es más: parece golfo y humilde.
Dice estar a vuelta de todo, inmisericorde, como si él fuera juez y parte. Habla con desprecios, con aspavientos, con estrépitos, porque él dice no humillarse en tierra de cobardes. Se pone serio, incluso muy grave y severo…, pero sólo cuando él decide que hay que hacerlo. Entonces perora y nos sotanea: nos da una tunda verbal.
Así, reprocha a los doctos la cátedra de la que viven. Destina su crítica acerba al sistema educactivo, responsable de que los españoles no tengan el nivel cultural que él efectivamente tiene. A los universitarios les afea su servilismo: el título no lo ha hecho; a él lo ha hecho la universidad de la vida, de la guerra y de la calle. Eso dice. Ha estudiado por su cuenta, ha leído lo suyo, se ha documentado con saberes que a los listos no interesan. A los políticos les reprocha, su analfabetismo o su sectarismo. Con su verbo los ultraja y a veces los agasaja rudamente.
Se imagina solitario, ajeno a las capillas, independiente, siempre a punto de irse. Se imagina erudito, diciendo verdades como puños. Sabe que sus declaraciones sorprenden a sus seguidores impresionables, gentes que admiran la crudeza de su boca o la sutileza de sus vergajos. Escribe mejor que analiza, narra mejor que examina, entretiene más que educa.
Debemos pedirle que no regrese a esta vida ordinaria y cobarde: que se quede en sus mundos de ficción, tan verosímiles y viriles, y que allí imagine y se imagine, que se desdoble en situaciones y en personajes que son él. No, no: que son como él querría ser.
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Fotografías: Gorka Lejarcegi, El País; Ángel Ruiz de Azúa, Noticias de Álava.



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