1. Cubierta y contracubierta. Si creen que la cubierta de Luis Gaspardo es desternillante, esperen a ver la contra… Como dice el autor de la caricatura, descubrirán un «desnudo artístico«.
En efecto, cuando tengan en sus manos el nuevo libro de Andreu Buenafuente —Sigo diciendo–, échenle un vistazo a la tapa.
Inmediatamente procuren darle la vuelta al volumen. Que no haya menores; pueden ofenderse. Los adultos saldrán con bien de la experiencia. Es un desnudo hecho con intenciones puramente estéticas, eso dice el autor.
Allí, en la contra, vemos a un presunto artista, Berto Romero, pintando lo que la cubierta nos muestra y…
Va, venga, voy a decirlo. Lo que vemos en el dorso es justamente el reverso de Buenafuente-Gioconda: su culo.
Pero regresemos al verso. La ilustración, es cómica, muy cómica, con esa reunión de lo obvio y lo incongruente. No es exactamente posmoderna; es una aleación de lo grave y lo severo con fines paródicos.Sobre la base de La Gioconda aparece un tipo conocido que se viste para la ocasión: posa, sí. Posa ante el artista con sabiduría y experiencia. Se le notan las muchas horas de exposición.
Las manos indican humildad y el reloj que luce (¿un Casio?) no es anacrónico: es una pieza necesaria en esta época de asfixia temporal. Por tanto, no le reprochen este desliz al director artístico.
Vemos el rostro de Andreu Buenafuente, que luce enigmático y distante (como no podía ser de otra manera), con perilla cuidada y con ceja levantada. ¿Un guiño circunflejo?
Atisbamos una sonrisa que sólo esboza. Aunque bien mirado, es sólo un mohín, casi una mueca de desdén. No sabemos si es un desprecio del artista –como hace toda modelo que se precie– o una duda acerca de sí mismo: ¿pero qué hago metido en camisa de once varas? Y eso es justamente lo que yo, como lector, me pregunto.
¿Qué hago yo con esta obra? ¿Por qué no me pierdo ningún libro de Buenafuente?
2. Monólogos. ¿Hay alguien en España que no conozca a este showman, este cómico que perora ante las cámaras? Desde hace años presenta un programa nocturno muy divertido y guasón que yo casi nunca veo. ¿Por qué? Porque no puedo esperarme hasta esas horas en que se emite y porque tampoco sé cómo grabar en DVD.
¿Que soy un inútil? Bueno, sí, a mucha honra. Como el personaje que interpreta Buenafuente, que chapurrea malamente el inglés y no lo oculta, que va por ahí sin estudios superiores y no se avergüenza, que pregona sus carencias sin disimulo. Es dueño del humor y de todo lo que aprende.
Discursea o pronuncia monólogos. Lo hace tan bien, tan zumbonamente, con tanta ironía, que podría realizar cualquier otra cosa. Quiero decir: cualquier otra cosa que exigiera puesta en escena y creatividad, ideas y algo de cara.
No es un buen actor, sino un creador de sí mismo que ha debido buscarse la vida. Ha inventado un papel, que es el que mejor interpreta; el papel de alguien que se le parece, supongo.
¿Y cómo es él? Pues un muchacho de Reus que va cumpliendo años, que ya no es tan joven. Un tipo que no tiene carrera. ¿Y qué? Un chaval de la vida con ingenio, con capacidad para improvisar, para saber lo que no sabe, para aventurarse, para aprender.Lean otra vez: para aprender. No es un tipo que exalte la incultura o la ignorancia, sino un pícaro que averigua y comprende.
Le escriben los guiones y él los completa. Sí, ¿qué pasa? Como dice en el prólogo de Sigo diciendo, «los guionistas me ponen la pelota justo en el punto para que chute, me divierta, los divierta a ustedes y se obre el pequeño o gran milagro de la comedia».
El milagro de la comedia no es contar chistes, sino hablar cómicamente ante gente que te escruta. El prodigio es pronunciarse seriamente: con humor, sin gravedad. Bromear, juzgar y juzgarse. No vale amonestar a los demás para ser indulgente con uno mismo.
3. ¿Freud? ¿Qué hace Sigmund Freud en un libro o en un programa de Buenafuente? De entrada no hay analogías posibles entre ambos. No se parecen en nada. Ni siquiera los trabajos que desempeñan tienen alguna similitud.
El primero, sin ser visto y cómodamente sentado, aguarda en silencio escuchando lo que el paciente dice y le dice. El segundo, el cómico, habla y habla de pie ante las cámaras moviéndose sin parar, observado por miles y miles de espectadores.
Mientras la escucha de Freud tiene una función terapéutica, el monólogo de Buenafuente tiene una función… también terapéutica. En efecto, psicoanalista y showman provocan una transferencia de expresiones, de anhelos, de rencores, de dolores, de deseos.
El terapeuta es una figura vacía sobre la que el paciente vuelca aquello que se le ocurre y que puede verbalizar: lo rellena con episodios de la vida cotidiana o del pasado que le inquietan o con los que fantasea. El cómico, ese a quien le escriben los monólogos, representa un papel, el del chaval que juzga con pocos recursos, pero es también portavoz de los sentimientos y las frustraciones que muchos han volcado sobre él.
Buenafuente sería algo así como el ciudadano corriente que examina y se examina, el espectador que se atreve a hablar y a decir lo que no siempre sabría o se atrevería a verbalizar. No es un tipo arrogante que desecha todo lo que se mueve, sino el muchacho irónico que exhibe sus heridas cuando critica lo que ocurre o lo que otros hacen.
Y encima lo hace con humor, sin vergüenza, sin censuras: bajo un tema concreto, encadena chistes, con una función placentera, liberadora, que desinhibe. ¿Recuerdan aquel ensayo de Sigmund Freud, El chiste y su relación con lo inconsciente (1905)? Del resto diurno, de lo que nos pasa, están hechos los sueños y los chistes, pero su combinación es insólita, perturbadora, ilógica: lo evidente se quiebra, lo obvio se vuelve monstruoso, lo irreconocible deviene corriente. Por condensación y por desplazamiento, el chiste reúne hechos cotidianos que no estaban juntos, provocándonos un efecto liberador. En sus monólogos, Buenafuente no practica la agresión, sino el ingenio del cómico: el doble sentido o la falta de sentido, la ocurrencia contradictoria, el juego del desatino, la brevedad verbal, el equívoco, las alusiones, la asociación libre. Asociación libre, en la acepción de Freud: una cosa lleva a otra y esa otra a otra y así hasta… que hay que acabar, que el tiempo es oro.
En los monólogos, Buenafuente juega con los tópicos, con las frases hechas, con los refranes y con el saber popular, más o menos estereotipado. Le añade algún giño culto, alguna referencia de la alta creación o del pensamiento elevado: una cita generalmente mal dicha o mal traída. Esto es algo deliberado: le permite subrayar sus lagunas formativas, las carencias que no acaba de resolver. Luego, para consumar el proceso de creación, mezcla elementos procedentes de la cultura de masas, erudiciones televisivas o novedades digitales, saberes recientes, nada académicos, que le sirven para alardear torpemente de moderno.
Digo torpemente porque tampoco en este ramo el personaje es experto. Su conocimiento es intuitivo y sin reglas. Por eso, todo el monólogo es una exhibición de lapsus, de actos fallidos, averías que son muy indicativas. Cualquiera de nosotros puede identificarse con él, es decir, cualquiera de nosotros puede hacer esa transferencia emocional con el gran payaso que tanto se nos parece. ¿El resultado?
4. Una empresa común. Señala Alejandro Lillo que Buenafuente no sólo tiene gran talento para hacernos reír, sino también para reconocer el talento de otros cuando los tiene delante.
Sabe mirar, sabe distinguir, sabe apreciar con inteligencia mercantil y sin asomo de envidia. Por eso le funciona El Terrat, según hemos dicho en otras ocasiones. Podríamos parafrasearlo.
Somos una empresa común. Yo pongo la cara y la habilidad, pero para que mis capacidades se desplieguen he de contar con gentes muy preparadas. No me hacen sombra. Disfruto tanto con lo que hago, que puedo permitirme el lujo de ser generoso, facilitando a los demás una primera o una segunda oportunidad. Como a Platanito.
En realidad, no es un lujo ser así; tampoco es muestra de mero altruismo. De hecho, quien obra de ese modo actúa como un egoísta inteligente. En cambio, un tipo comido por la envidia vigila a los demás, esperando que no se le acerquen, comprobando que no destaquen. Ese individuo malvive con su rencor, muy celoso de sus magros éxitos personales. En el fondo se atrinchera. Buenafuente se expone, da la cara y sus guionistas le pasan la pelota para que él remate, para que haga la última filigrana. ¿Que no siempre está fino?
Continuará más adelante, en un nuevo post sobre Buenafuente. Seguro.
Ilustraciones: Luis Gaspardo
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