Cero. Toda biografía es en mayor o menor sentido una autobiografía. El biógrafo no es protagonista de las acciones relatadas, no es el personaje narrado. Por ser un relato heterodiegético –en palabras de Gérard Genette–, sujeto de la enunciación y sujeto enunciado no coinciden.
Ahora bien, cuando el biógrafo elige y cuando el biógrafo escribe dando sentido a lo que narra vuelca una parte de su yo, una parte de su identidad, de sus deseos, de sus fantasías, de sus vidas potenciales, de lo que habría querido ser o de lo que habría querido evitar. En una página en blanco.
Directa o indirectamente toma al biografiado como un espejo real o deformante, como un reflejo deseado o repudiado. No hay cesura radical entre el observador y el observado: precisamente, el acto de observación modifica la cosa observada porque quien mira pone valor a lo que distingue, lo que le confirma y lo rebate.
Jean-Bertrand Pontalis hizo explícita esta relación del biógrafo y del biografiado en la colección que creó para Gallimard. L’un et l’autre es el título que le dio: con ese epígrafe quiso hacer manifiesto el vínculo propiamente psicoanalítico que hay entre el yo que habla y el yo del que se habla.
Uno. Yo escribo. Los géneros autobiográficos, por Justo Serna. «¿Por qué leemos vidas escritas? En épocas de incertidumbre, lo que otros hacen nos sirve de ilustración y ejemplo. Las confesiones a la manera de San Agustín o de Jean-Jacques Rousseau, o los diarios al modo de Samuel Pepys, nos muestran los actos que algunos individuos realizaron, sus bondades y sus iniquidades. Quienes relatan o anotan su existencia son sujetos carnales ahora convertidos en palabras, como expresara Jean-Paul Sartre. O son héroes que emprendieron gestas y que luego justifican, como hiciera Julio César…» Leer más: en Mercurio.
Dos. Reseñas de Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón, por Justo Serna:
a.-En Ojos de Papel, junio de 2010.
b.-En Mercurio, junio de 2010.
Tres. Ricardo Martín entrevista a Anna Caballé en Mercurio, (junio de 2010). De esa interviú dice Alejandro Lillo: «Comparto la fascinación que Anna Caballé siente por la lectura de las vidas ajenas (y creo que la palabra lectura tiene en este caso una connotación muy especial), fascinación que se aprecia claramente en la interesante entrevista que aparece este mes en Mercurio«.
Estar fascinado por las vidas ajenas no es, desde luego, ser víctima del chismorreo. Leer vidas ajenas –en el sentido que Lillo da a esta expresión– es examinar las decisiones de los demás, es analizar los errores y los fracasos, sabiendo además que lo equivocado y lo desacertado no son categorías absolutas, sino actos que se realizan en contexto, bajo unas determinadas circunstancias siempre mudables. Eso nos obliga a leer, a informarnos. Uno se distrae con historias de aventuras, se imagina en espacios por los que jamás se adentrará. Uno se conmueve con los versos: halla las preguntas humanas, las cuestiones duraderas, la expresión empeñosa, siempre alicorta, de los que nos inquieta. ¿Pero por qué leemos biografías o autobiografías?
Ricardo Martín menciona la biblioteca paterna de Anna Caballé. Esa frase decisiva no se le escapa a Lillo, que repite: “Como no había novelas, ni libros de poesía, Anna [Caballé] se familiarizó desde niña con el tema más atractivo, las vidas escritas”. Ésa es la clave: leemos vidas escritas porque nos dan lo que la novela y la poesía pueden proporcionarnos. En primer lugar, la experiencia alternativa, lo otro no vivido y comprendido; en segundo lugar, la expresión de la angustia o del deseo, el enunciado de una conmoción. La biografía nos hace inteligibles a nosotros mismos: nos enfrenta a un semejante que, como a nosotros, le sobra coraje y le falta seso, rebosante de optimismo y carente de juicio. O al revés. Y eso sucede, por ejemplo, en la casa del padre, en la biblioteca incluso, un lugar de resonancias freudianas.
Estamos tan incompletos que las lecturas de vidas ajenas nos pule o nos alivia. Vivimos en tiempos inciertos y, por lo que cuenta Anna Caballé, muchas gentes padecen sus existencias con ansiedad: es decir, con malhumor y desánimo, con pesadumbre y con expectativa. Esa tensión entre los medios de que disponemos y las metas que nos proponemos es muy característica de nuestra época. En otro tiempo, en los siglos burgueses, un tipo como Samuel Pepys podía disfutar de lo que tenía y de lo que se proponía con materialismo impenitente. Así lo anotaba en su diario cifrado (que yo he podido leer en la versión de la editorial Renacimiento).
¿Por qué hoy estamos tan insatisfechos?, se pregunta Anna Caballé. ¿Porque no tenemos o porque tenemos? Anna Caballé no responde a Ricardo Martín. Ahí, en ese punto, la interviú concluye. Un entrevistador ha de saber en qué punto ha de detener su inquisición, su amable inquisición. Las palabras de Caballé nos obligan a reflexionar, a interrogarnos, sabiendo que como dice J. M. Coetzee en la cita que Alejandro Lillo nos rescata: «Una sola vida y entonces nunca más. Nunca, nunca, nunca».
Cuatro. Acabo mis semanas con Laforet leyendo Puedo contar contigo, un libro prestado por R.S.R. Ya lo dije. Me ha servido para confirmar la calidad de la biografía que debemos a Caballé y Rolón y me ha servido para escribir sobre el género epistolar. Este volumen reúne los textos que se mandaron Ramón J. Sender y Carmen Laforet.
En principio, las cartas que dirigimos a un amigo no están pensadas para publicar. Forman parte de nuestra intimidad. Como ya dije, si se revelan impúdicamente, nuestros actos y pensamientos acaban teniendo un perfil algo ridículo. El documento privado es expresión de nuestra identidad reservada, proyección inmediata o indirecta del yo que escribe. Cuando un filólogo o un historiador editan la correspondencia de un antepasado, célebre o desconocido, los lectores curioseamos en un esfera recóndita: vemos al autor de las cartas más o menos desprotegido, como un tipo que ha perdido las defensas públicas de que nos valemos.
En Puedo contar contigo, Ramón J. Sender cobra una dimensión amistosa y tierna, apesadumbrada y optimista. Todo ello a la vez. Según le confiesa a Laforet, es un anciano que se sabe viejo, que sabe de la cercanía de la muerte. Publica incansablemente para tapar algún orificio, para saciar una carencia. Está solo, con unos hijos distantes y rebeldes que no comprende bien… Ha vivido largos años de exilio. La nostalgia de España le consume. ¿Ha de regresar? En principio, no quiere aceptar al cesarito que aún la tiraniza con mano temblorosa. Sender le escribe a Laforet auténticas cartas de apoyo, de amor, de asistencia, justo cuando ella se separa de Manuel Cerezales para emprender una carrera que no sabe adónde la conducirá… Son miles y miles de kilómetros de distancia lo que separa a Laforet y a Sender. Pero les unen las averías y la humanidad.
Cuando se escribe una biografía, el autor se compromete a saltar a una orilla alejada. Se compromete a vencer un abismo, aquel que le separa de quien habló, escribió y vivió. Ve todo borroso al otro lado. Ve desdibujado el perfil del biografiado. Ve documentos que son noticia y cifra, finalmente un misterio. El biógrafo simpatiza o no con su personaje. Pero sobre todo emprende la tarea que mejor nos define como humanos: salir de uno mismo para comprender. Pregunten al biógrafo por qué eligió a dicho personaje. Seguro que descubren el espejo deformado, la imagen desenfocada, del yo que ahora escribe.
Me pregunto por qué yo mismo escribo de esto.

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