David Montesinos, ¿Por qué Touraine y Bauman?

1. La concesión del Príncipe de Asturias de Humanidades y Comunicación para Zygmunt Bauman y Alain Touraine puede entenderse como una forma de reconocimiento a la influencia de la sociología en nuestro tiempo, un tiempo ciertamente complejo y que requiere nuevas formas de interpretación de los fenómenos de la cultura. Creo sin embargo que las dos personalidades que comparten la candidatura premiada son algo más que colegas de profesión o de disciplina académica: Bauman y Touraine encarnan, cada uno a su manera, un modelo de trabajo en ciencias sociales cuyo presupuesto esencial es el de que hacer sociología no se reduce a estudiar descriptivamente los mecanismos de cohesión de las comunidades, las claves de evolución o los modos de reacción de grupos o individuos… Si solo se pudiera ser sociólogo, como a veces se cree, limitándose a considerar a las personas como sujetos reactivos o eludiendo la necesidad de diagnosticar fenómenos de la cultura desde un marco cultural crítico y aún revolucionario, entonces no debemos considerar a los premiados como sociólogos. Este es, en cualquier caso, un problema de quienes necesitan vivir en la certeza de poder categorizar epistemológicamente a los intelectuales. En mi opinión, lo realmente relevante tanto de Bauman como de Touraine es que han sido capaces de encontrar los conceptos adecuados para elucidar la complejidad de la cultura contemporánea.


No puedo dejar de asociar a Alain Touraine (1925) al Mayo Francés,
cuyas enigmáticas condiciones de posibilidad solo pueden empezar a ser interpretadas en la medida en que asumamos que el carácter de aquella reacción social inesperada es completamente irreductible a las formas de insurrección social tradicionales. De ahí surge el concepto de movimiento social, a la luz del cual empezamos a advertir la relevancia de Touraine como reivindicador del papel de la acción en los procesos de transformación de las comunidades.

Desde aquí, Touraine –buen conocedor de la sociología norteamericana y en especial de Talcott Parsons- rompe con el modelo que interpreta la sociedad como un todo orgánico cuyas funciones no tienen más objetivo que las de reproducirse, lo cual supone dejar completamente de lado cuestiones clave como la acción o los mecanismos de transformación de la sociedad. Tanto de reacción tienen los estudios de Touraine contra Parsons como contra la sociología de Durkheim, quien al considerar la sociedad como un sistema orgánico propenso al equilibrio, tendió a esquivar las causas de la transformación. En esa necesidad de investigar la transformación social se instala Touraine.

Esa reivindicación de la acción no supone que Touraine soslaye el peso de las estructuras, pues en ese caso no hablaríamos sino de actos aislados. En realidad, la acción es lo que introduce nuevos elementos dentro de la estructura, lo cual supone vivir siempre dentro del marco de las estructuras históricas y los valores dominantes, solo a partir de los cuales –y aunque sea contra los cuales- se lleva a cabo la acción. Sus textos sobre el 68 o la evolución del concepto de clase son buenos ejemplos. Más que negar la clase como estructura, lo que plantea es la conveniencia de estudiar las acciones –los movimientos sociales- pues otorgan un poder explicativo mucho mayor. Sin duda, en el trasfondo de esta concepción se atisba la creencia en el carácter activo del movimiento social, un tipo de acción que -al contrario que la conducta social, cuyo carácter es reactivo- tiende a provocar el conflicto y a cuestionar los mecanismos de integración social. Así, si nos referimos a la clase como actor social capaz de suscitar el cambio nos alejamos de la visión que se limita a definirla como la cristalización de la situación de un grupo dentro de un sistema orgánico.

Esta concepción, vinculada sin duda a la marxista, pero que la traspasa en muchos aspectos, obtiene mejores resultados a la hora de dirigirse a fenómenos como el del 68 o el feminismo. En tanto que movimiento social, el feminismo ya no es solo una reacción frente al sexismo estructural y la falta de derechos, sino un esfuerzo de cambio de valores que afecta a todo el conjunto social.

No hubiera sido posible repensar toda la teoría de la praxis revolucionaria de no ser por un fenómeno característico de las sociedades occidentales contemporáneas y ante el cuál la sociología se vio obligada a tomar posiciones: el crecimiento exponencial de las clases medias y la consiguiente movilidad de las barreras sociales. Nuestro mundo capitalista no es ya aquél de la Revolución Industrial que Marx puso en conceptos; ya no podemos hablar de infraestructura y sobreestructura con su misma convicción porque las condiciones objetivas dentro de las cuales se irguió aquel constructo interpretativo han variado sustancialmente. Lo que, a mi entender, intenta hacernos ver Touraine es que la complejidad sociológica actual se debe a que han cambiado las reglas de juego del protagonismo, los actores sociales ya no son los que fueron.

Como tantos otros autores, Touraine deduce de toda esta compleja problemática, sobre la que intenta echar luz el sociólogo, que es obligatorio repensar la modernidad. En una línea que no parece alejada de la Escuela de Francfort o de los posestructuralistas, Touraine detecta la paradoja de una sociedad que continúa proclamando los viejos valores universales de la revolución burguesa al tiempo que hace predominar la racionalidad instrumental, esa lógica cosificadora que prioriza los medios tecnológicos o científicos sobre los fines y desprovee de finalidades éticas el tráfago de nuestras vidas. La conclusión es la misma para todos ellos: la modernidad fabrica las formas de dominación y violencia contra las cuales nació. Ahora bien, la manera de valorar la herencia de los grandes críticos de la ratio de la modernidad, Nietzsche o Freud, le aleja de los francfortianos, a los que tachará de elitistas e inoperantes. Lo que no han entendido estos, según Touraine, es que lo verdaderamente excluido de la razón instrumental ha sido la acción. No hay pues “tragedia” en el sentido adorniano de la expresión, el virus del nihilismo y la destrucción no está contenido en la génesis de la modernidad; el verdadero problema es que hemos desgajado de los medios técnicos la capacidad para actuar colectivamente y ser dueños de nuestros propios destinos.

Este planteamiento siempre a favor del “sujeto actuante” le aleja también del pesimismo apriorista de los postmodernos, cuyos estudios tampoco parecen nunca separar convenientemente la figura del sujeto actor de la del reactivo, de tal manera que nunca terminamos de saber cómo teorizar la praxis de la resistencia. Los trabajos del último Foucault, empeñado en reivindicar la capacidad del sujeto para transformarse a sí mismo, introducen según Touraine una esperanza en la sociología, o lo que es más importante, una opción de liberación para un sujeto que intenta volver a ser actor y no simple paciente, tal y como la sociología tradicional nos hizo creer

2. La figura de Zygmunt Bauman(1925), al contrario que la de Touraine, se ha ido agrandando en los últimos años. Pese a que escribe sus primeras obras en los años cincuenta, no hay duda de que su condición de celebridad la ha adquirido en las dos últimas décadas. Prueba de ello es que su primer ensayo trascendente, Modernidad y Holocausto, no se traduce al castellano hasta el inicio de la década de los noventa. Algunos aspectos parecen ensombrecer el prestigio de este escritor al que me atrevo a calificar de deslumbrante. Conviene despacharlos con la mayor celeridad.El primero, en mi opinión el más serio, se asocia a la abrumadora fecundidad que el autor ha mostrado en los últimos años, hasta el punto de que se diría que alcanza mejor forma a medida que se acerca más a la condición de nonagenario. Sería ingenuo admirarse sin más por este fenómeno, cuya peor contradicción es que sus textos empiezan a sonar mucho a best seller y que sus fórmulas, temas y argumentos tienden a repetirse hasta el hastío. Ahora bien, que un autor alcance popularidad –por más que siempre habrá de crearle detractores y envidiosos- no es necesariamente prueba de que nos encontremos ante un farsante; en el caso de Bauman es consecuencia de la preclaridad de sus análisis sobre la condición contemporánea, la hipnótica brillantez de su prosa y la elegancia con la que se desliza entre temas de la más variada índole.

Otro argumento del que se valen sus detractores, sobre todo en el reino de la sociología académica, es el del carácter desubicado de sus textos. ¿Sociólogo? ¿Filósofo? ¿Crítico cultural? Soy especialmente aprensivo con este tipo de estreñimientos mentales con que los expertos nos desaconsejan la lectura de tal o cual autor por su negativa a transigir con los procedimientos aceptados por la comunidad de especialistas. Simplemente, creo que la lectura de Bauman proporciona algunas de las intelecciones más serias y atractivas respecto a los fenómenos de la cultura contemporánea, de manera que mejor haremos en transigir con el carácter liminar de sus escritos si la otra opción es perdérnoslos.Finalmente, surgió recientemente un libelo en el que se reflejaban ciertas investigaciones sobre la relación del joven Bauman con los servicios de represión del estado comunista polaco en los años cuarenta. Más allá del valor que la sensatez nos incline a otorgar a tales informaciones, creo que si a partir de ahora aparecen tales supuestas sombras asociadas a la biografía del autor –de manera similar a las que recientemente han asociado por ejemplo a Günter Grass con el nazismo- entonces podremos detectar en ello que Bauman ha accedido definitivamente a la condición de personaje de relevancia. En cualquier caso, no deja de ser sospechoso que tales informaciones denigratorias hayan eludido que la larga peripecia vital de este anciano es la de uno de tantos judíos y heterodoxos perseguidos por todas las formas del totalitarismo. Huido junto a sus padres en la adolescencia por la invasión nazi de su país natal –obviamente por su condición judaica-, marchó a la URSS y terminó regresando a Polonia, de donde acabó siendo expulsado por los comunistas debido a su creciente pérdida de fe en el estalinismo. Fue a Israel, donde nunca se acabó de sentir cómodo -sospecho que por falta de sintonía con el sionismo-, de manera que ha terminado por instalarse definitivamente en Leeds, donde continúa ejerciendo como profesor emérito en la universidad de dicha ciudad inglesa desde 1990. No parece la trayectoria vital de un adepto a los regímenes vigentes.

Pero, ¿por qué Zygmunt Bauman? ¿Y por qué junto a Alain Touraine? Ciertamente son dos estilos y dos líneas de análisis sustancialmente distintas. Hay, sin embargo, un punto de convergencia: los dos han sido capaces de designar algunos de los fenómenos clave del devenir de social contemporáneo. Y aún más, ambos han puesto en tela de juicio el carácter supuestamente neutral o no participante del experto en sociología, de lo que se deduce que han sido capaces de abordar sus métodos desde un trasfondo crítico. En suma, tanto Touraine como Bauman plantean el conocimiento en ciencias sociales desde un proyecto de desenmascaramiento y denuncia de las nuevas formas de dominación y como una propuesta de teorización de la praxis emancipatoria.

Creo que es esencial quitarnos de encima el prejuicio de que el único gran mérito de Zygmunt Bauman es una inspirada metáfora –“modernidad líquida”-, de la cual habría vivido de forma parasitaria toda su obra posterior. Esta apreciación, además de injusta, es especialmente desaconsejable, pues invita a declinar la lectura de un autor que era ya atractivo antes de aquella etiqueta, y que lo ha sido después por todo lo que ha sido capaz de enseñarnos aunque jamás hubiera dado con tal designación. Ésta, por cierto, no es ni más ni menos sugerente para dirigirse a la explicación de la complejidad de las sociedades contemporáneas que otras muchas célebres consignas, como “sociedad tardoindustrial”, “postfordismo”, “sociedad del riesgo”… ¿para qué seguir? La baumaniana “modernidad líquida” es una más de las formas metafóricas con las que los pensadores han acertado a caracterizar un momento en que la civilización comprueba angustiada cómo pierden aceleradamente operatividad sus viejos valores de referencia, un momento en el que el mapa de la Razón parece estar hecho pedazos.

Sostengo que son textos de ancianidad los que sitúan a Bauman como un autor verdaderamente influyente, como demuestra su presencia casi obsesiva en toda suerte de bibliografías de autores relevantes en distintas disciplinas académicas. Sin embargo, antes de textos tan fascinantes como La postmodernidad y sus descontentos, La sociedad individualizada o Amor líquido, consiguió deslumbrar con Modernidad y Holocausto, ensayo en el cual aprovecha su biografía de perseguido para -con la herencia francfurtiana y en especial la de Hannah Arendt en el trasfondo- convertir los campos de exterminio en el síntoma de las profundas contradicciones que contiene la lógica del progreso, la libertad y la prosperidad sobre las que se asienta la modernidad. Planteado desde la óptica de un experto en sociología, Bauman desentraña los mecanismos sociales que convierten a un hombre obediente y pacífico en un atroz productor de muerte y barbarie, tal y como se advierte cuando seguimos la senda del caso Eichmann o los polémicos experimentos de Milgram.

Pero de no haber sabido ir más allá de los aspectos más llamativos de su peripecia vital, acaso sería justificable desatender a Bauman a favor de algunos de los más brillantes diseccionadores de la lógica de los campos y de lo que nos queda de ellos, como Primo Levi o Giorgio Agamben.

Son los análisis de la condición postmoderna los que nos proporcionan las mejores claves para apreciar la trascendencia de este autor. Me referiré brevemente a algunos de los núcleos temáticos de los que se ha ocupado en estas dos décadas de forma más fecunda, sin olvidar que forman parte de un corpus general de pensamiento, un estilo reconocible y atravesado por el principio de que la civilización produce sus peores miserias a partir de los valores emancipatorios desde los cuales se legitima.

Así, es sumamente relevante el estudio sobre las condiciones de producción de los nuevos parias de la Tierra, los excluidos del bienestar, los consumidores fracasados, los extranjeros “viscosos”, los refugiados… A estos respectos, le hemos leído tramos conmovedores sobre la monstruosa paradoja de quienes terminan pasando toda su vida en campos de refugiados, huidos, expatriados o demandantes de asilo en campos cuya condición eventual se convierte en espantosamente permanente, de manera que son los propios seres humanos los que pasan a la condición de transitorios.

Se unen en tal experiencia dos designios de nuestro tiempo –la transitoriedad y la desespacialización- que Bauman traslada a los nuevos modelos de relación laboral. Se ha producido una inversión en las relaciones de producción: los nómadas son ahora los privilegiados, los que pueden desenvolverse al compás del capital, mientras los que quedan adscritos al orden local de un suburbio o aldea son los nuevos perdedores. Esa movilidad del capital, que elude las limitaciones del espacio en un sentido en el que los seres humanos no podemos, convierte los modelos laborales emergentes y el fenómeno de la deslocalización en sofisticadas formas de opresión sobre las clases trabajadoras.

En una línea que no se aleja de lo que nos enseñaron Nietzsche, Heidegger, los francfurtianos o Foucault respecto al riesgo de vaciamiento de los sujetos y las consiguientes nuevas sumisiones que emergen a partir de promesas de origen burgués como la del individualismo. En Bauman, “sociedad individualizada” significa justamente la victoria de las estructuras de poder sobre una ciudadanía que ve rotas las posibilidades de atender a sus problemas a partir de causas colectivas.

Es obvio que tales espíritus del tiempo no pueden dejar de impregnar las relaciones humanas, a cuyos ámbitos más íntimos accede Bauman con valentía. La amistad, el amor, las relaciones personales en suma se ven invadidas por la lógica que se extiende desde el orden económico, hasta el punto de convertir experiencias esenciales para nuestras vidas como la de la pareja en una más de tantas instancias sometidas al riesgo de la obsolescencia de los objetos del consumo. Convertidos pues en consumidores, proyectamos inconscientemente nuestro aprendizaje sobre las personas con las que tratamos, incluso sobre las más cercanas, de manera que ya nada parece poder escapar al vértigo de lo desechable, el bajo coste o el derecho a devolución.

En los últimos tiempos, y probablemente al hilo de acontecimientos decisivos como el 11-S, Zygmunt Bauman se ha lanzado a la investigación sobre los efectos del miedo en las sociedades postmodernas. Pretendiendo haber constituido las comunidades más libres de la historia, convertimos nuestras zonas residenciales en cárceles de autoconfinamiento desde el nuevo gran chantaje de nuestro tiempo: la seguridad.El destino de Europa, el multiculturalismo y los guetos, las nuevas formas de violencia, el devenir del sentido de comunidad… Podríamos seguir, pero me gustaría concluir con un breve pasaje: “A diferencia de las verdaderas relaciones, las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida. Parecen sensatas e higiénicas, fáciles de usar y amistosas con el usuario, cuando se las compara con la cosa real, pesada, lenta, inerte y complicada. Un hombre de Bath, de 28 años, entrevistado en relación con la creciente popularidad de las citas por Internet en desmedro de los bares de solas y solos y las columnas de corazones solitarios, señaló una ventaja decisiva de la relación electrónica: uno siempre puede oprimir la tecla delete.” (Amor líquido)

Fotografías: Efe

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