1. La cultura de la queja. Robert Hughes escribió hace años un libro que recuerdo inteligente y provocador. Me lo zampé de un tirón y, mientras me duraba la lectura, yo no hacía más que asentir: sí, sí, sí.
No sé si hoy suscribiría todas sus aceradas críticas. Se titulaba La cultura de la queja. En inglés: Culture of Complaint. Con ese título denunciaba el victimismo imaginario que supuestamente padecerían las nuevas generaciones, habituadas a lamentar siempre sus condiciones. Los jóvenes americanos y europeos de hoy, más o menos opulentos, se sentirían víctimas, quejosos, exigentes, irresponsables, decía Hughes.
No sé por qué aprobé con tanto entusiasmo un argumento que a mí también me afectaba. Al fin y al cabo, cuando lo leí, yo tenía treinta y tantos y aún me consideraba joven. Estaba dejando de serlo y eso es siempre una dificultad. Pero me veía lozano, con esa piel tersa y aún satinada que dan los pocos años. A la vez yo quería pensarme maduro, un hombre –todo un hombre– que se hacía cargo de sus actos y de sus consecuencias. Ya tenía un hijo y eso me hacía mayor. En fin, que no sé si daba el perfil de uno u otro: el del joven protestón, evidentemente apocalíptico, o el del varón mudo e integrado, quizá resignado. Punto y seguido… Tampoco sé si los jóvenes actuales son tan quejicas como Hughes diagnosticaba quince años atrás. Seguramente era un dictamen general y, por ello mismo, injusto: entonces y ahora.
2. Lecciones. Mi hijo mayor está en París, en La Sorbona, becado para cursar un año académico como estudiante Erasmus. Ha de recibir lecciones de sus materias y de francés, claro. Aún no le he oído quejarse. Está con otros compañeros, igualmente expedicionarios. Nos enumera algunas de las dificultades materiales a las que tienen que hacer frente: los altísimos precios franceses, el frío que ya ataca, la falta de sol… Yo añadiría algo más: la política local de Nicolas Sarkozy, su vocación de gendarme.
Nos cuenta el reto que es cocinar con pocas materias primas. Lo dice con legítimo orgullo. Lo vemos por el Skype, ese dispositivo o programa que permite las comunicaciones audiovisuales. Insisto: de momento no le he oído quejarse. Y es un alivio que la gente se curta valorando lo que tiene, lo que hacen por uno, lo que se consigue con esfuerzo. Mi hijo parece adaptarse con entereza a las duras condiciones de París, de sus muchedumbres ajetreadas, de su metro multitudinario, de sus oleadas urbanas. Cada día, sus compañeros y él emprenden un rastreo, que es una forma de aventurarse y aprender, de madurar. Como es un tipo muy razonable, nunca abandona la alegría, el optimismo sensato, prudente.
Me dice que encontraron una Samsonite abandonada en un contenedor. Estaba vacía y en buen estado. Era un golpe de fortuna, de buena suerte: aquí hay mucho rico, me dijo, así que no es raro tropezarse con objetos valiosos. Asearon la maleta e inmediatamente se fueron a un Carrefour parisino dispuestos a llenarla con alimentos baratos: entre otros doce yogures de marca blanca de espantoso sabor. Espero ansioso el relato de sus anécdotas, más o menos reales, más o menos fantaseadas. Son una lección.
Hablando de lecciones…: he de escribir para Mercurio un artículo, una reflexión que ha de incluirse en un dossier dedicado a la «Educación» (noviembre de 2010). No digo más, no adelanto nada, pero el ejemplo de mi hijo me enorgullece y me sirve de acicate. «¿Cómo se da hoy la experiencia de hacerse hombres, la experiencia del desarraigo familiar, el rito de paso que consiste en madurar? ¿Cómo se aprende la demora y cómo se tolera la frustración que es siempre la vida? ¿Cuál es la vivencia susceptible de ser contada, acrecentada, fantaseada?». Esto me lo preguntaba yo mismo en una tribuna publicada en El País en 2003. La titulé «Hombrecitos«.
Hay varias respuestas y distintas lecciones. Estaré atento.

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