Hombres solos

Hombres solos. ¿Por qué rotulo así esta nueva entrada del blog? Para empezar parafraseo el título de un artículo que acabo de publicar: Un hombre solo. Las pequeñas virtudes según Javier Cercas. Analizo brevemente la literatura de Javier Cercas y encuentro en esa fórmula una de sus claves: en sus novelas, en sus narraciones, el hombre siempre está solo tomando decisiones, acertando o equivocándose. Léase hombre preferentemente como varón.

En Cercas, los personajes principales o los narradores de sus obras son eso: varones que viven en la orfandad, que sobreviven con desconcierto; tipos que llevan una existencia más o menos calamitosa para luego, de repente, emprender acciones que los redimen; individuos acobardados y de pronto corajudos, capaces; hombres, en fin, que observan a otros para tomar lección, para aprender. No fueron educados en la gran virtud, sino en la pequeña, en la mezquindad incluso: como tantos y tantos hemos sido instruidos; como la humanidad ha sido habitualmente formada. Ese contraste me ha llevado a preguntarme ciertas cosas.

Este artículo, publicado en Ojos de Papel, recoge con mucha reelaboración lo que dije en la Universitat d’Estiu de Gandia semanas atrás, en el curso que dirigieron Milagros Julve y Rafael Aliena, titulado El poder del relato. Para escribirlo he releído las novelas de Cercas: pero releídas después de mi charla, a lo largo del mes de agosto, ahondando en la tesis que en Gandia sostuve. He tenido la suerte de contar con la lectura previa y amistosa de Isabel Zarzuela, de Francisco Fuster y de Alejandro Lillo. Quizá ahora, tras sus comentarios, el texto valga la pena…

Dos hombres solos. Precisamente de Alejandro Lillo es la reseña de otra obra fundamental que hoy les propongo: Homer y Langley. Es una novela de E. L. Doctorow inspirada en un caso real, el de los hermanos Collyer.

La reseña de Lillo aparece también en Ojos de Papel y es una sutil, una inteligente aproximación a la historia de dos hombres solos, de dos varones averiados que convivieron en Nueva York acumulando periódicos, enseres y bienes. ¿Padecieron el síndrome de Diógenes? Sin duda, la novela es algo más que eso. No es un diagnóstico: es una historia de dos hombres solos que se enfrentan a una realidad que juzgan hostil o amenazadora.

He conversado con el autor de la reseña sobre dicho caso. Y creo haber aprendido algo sobre lo que esa ficción nos muestra. Tanto me ha interesado que me escrito alguna reflexión privada. Más tarde la añadiré a este post. Pero ahora quiero que lean con atención la reseña de Lillo. Es, ya digo, una fina disección. Reproduzco un pasaje de su escrito:

“…Aunque vistos desde fuera los hermanos Collyer puedan parecer dos locos viviendo en un mundo de cuerdos, tal vez convenga reflexionar si no es al revés, si no son dos cuerdos viviendo en un mundo de locos, pues si algo conservan y transmiten ambos es humanidad y cariño. Es cierto que en ocasiones se ganan a pulso la ira de las instituciones, que toman decisiones equivocadas, pero no hacen daño a nadie. Su comportamiento a menudo es absurdo y disparatado, una parodia del pensamiento clásico norteamericano, aunque en otros momentos actúan y razonan con extraordinaria lucidez. Chocan así con una sociedad que les decepciona y contra la que se rebelan. Emprenden entonces una lucha titánica que saben perdida de antemano, conscientes de que el futuro se burlará de ellos tratándolos de chiflados y maniáticos…”

Apuntes sobre Homer y Langley. Coincido con muchas de las cosas que señala Alejandro Lillo sobre esta novela de E. L. Doctorow. Pero hay otros aspectos que me gustaría subrayar. Creo que son reflexiones complementarias. Ahora, eso sí, quien no haya leído la novela quizá no debería leer lo que he escrito y ahora enlazo aquí. ¿Por qué razón? Pues revelo cosas…:

¿Qué es lo primero que nos llama la atención de esta novela? Por supuesto sus protagonistas: Homer y Langley. Esos dos personajes principales son hijos de la América próspera: gentes que fueron muchachos rodeados de bienes materiales pero carentes de afectos profundos y reales.

La imagen del hombre solo, huérfano y sin tutelas, que ha de tomar decisiones es un hecho y es un sentimiento frecuente en las obras de Javier Cercas. En sus novelas, las mujeres no suelen estropear el mundo. La sensatez es su punto de partida. En cambio, los varones son atolondrados y nada constantes, individuos dañados y quejosos que sólo una vez aciertan. Algunos al menos. En ese momento, cuando aciertan, rompen el maleficio que les acompaña o detienen las inercias que les arrastran.

Como antes decía, esa imagen de hombres solos también podría predicarse de Homer y Langley.  Homer nos contará sus respectivas orfandades: ¿y qué mayor orfandad que la de un tipo trastornado por la guerra y la de un joven que queda completamente ciego? La vida americana, la vida regalada que ambos tenían cuando vivían sus padres, una existencia de lujos materiales y de escaseces emocionales, se acaba. A partir de aquel momento se hacen mayores sin ningún amparo, y la soledad es la condición que padecen.  La casa es un bastión, cierto. O un microcosmos patológico.

Vamos tirando. Leamos a Javier Cercas. Como dice Alejandro Lillo, este novelista escribe condenadamente bien, entretiene con los recursos de todo buen creador. Sabe que no se debe a él: se debe a la historia que debe contar y por tanto se salva o se hunde con los datos que dé y con la intriga que sea capaz de urdir. La obra que escribe no es un alarde que pruebe su valía, sino una vicisitud que ha de sostenerse por sí sola: al margen del pasado o del futuro del autor.

Lo que es recurrente en Cercas es el acto explícito de narrar, pero también la dificultad de saber y de relatar. Es como cuando de niños nos contábamos una película. El film podía ser una obra maestra, los hechos podían ser especialmente atractivos o heroicos, pero todo dependía de ti: de tu capacidad para entretener, para recrear, para administrar la información, para mantener el suspense. Todo dependía del tono de voz, de la gesticulación. Es más, en ocasiones jugábamos a representar mudamente películas que debían adivinarse. Nuestros espectadores aventuraban títulos y si éramos capaces de actuar bien, entonces pronto, bien pronto,  acertaban.

Imaginen ahora que debiéramos representar una película cuyo título  nosotros mismos ignoramos. Imaginen que debiéramos actuar ejecutando escena tras escena sin saber de antemano cuál es el sentido, el hilo o el final que tendrá. Las novelas de Cercas no acaban, se suspenden: in medias res. ¿Por qué razón? Porque hay futuro, un futuro no resuelto, generalmente aguardado con esperanza. En Cercas no tenemos al escritor malasombra que nos ensombrece el porvenir, sino el escritor que nos deja las cosas abiertas para desear lo mejor. No siempre me apetece el optimismo, pero administrado en pequeñas dosis es un tónico insuperable. En mi tribuna sobre Cercas hablo de humor, hablo de ternura, hablo de metanarración. Hay, aparte, un elemento esencial: un optimismo de la voluntad. Y ello a pesar de los varones atolondrados que protagonizan sus novelas.

Los hechos que nos cuenta Javier Cercas en cada una de sus obras no constituyen una historia cerrada con significado obvio y establecido de antemano. El narrador nos detalla las cosas con torpeza, como cualquiera de nosotros lo  haría en condiciones semejantes. Nos han pasado cosas, cosas que podemos enumerar y reproducir en un cierto sentido, pero siempre ignoramos qué acabará ocurriendo. ¿Y para qué vivir con pesadumbre lo que quizá acabe bien? Nos vamos a morir, seguro, pero mientras tanto vivamos con algo de entereza y con algo de coraje. A ratos. Y sobre todo vivamos con la expectativa de lo que medianamente puede resolverse.

¿Qué me dicen? ¿Que esta concepción es pequeñoburguesa? Bueno, quizá, pero mientras tanto yo voy tirando.

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia

21 comments

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  1. jserna

    aleskander62, si le gustaron esas novelas de Cercas, tal vez también le agrade la cronica que el novelista escribió sobre el 23-F: ‘Anatomía de un instante’.

  2. Sigue...

    Apuntes sobre Homer y Langley. Coincido con muchas de las cosas que señala Alejandro Lillo sobre esta novela de E. L. Doctorow. Pero hay otros aspectos que me gustaría subrayar. Creo que son reflexiones complementarias. Ahora, eso sí, quien no haya leído la novela quizá no debería leer lo que he escrito y ahora enlazo aquí. ¿Por qué razón? Pues revelo cosas…:

    ¿Qué es lo primero que nos llama la atención de esta novela? Por supuesto sus protagonistas: Homer y Langley. Hay dos personajes principales, dos hijos de la América próspera: gentes que fueron muchachos rodeados de bienes materiales pero carentes de afectos profundos y reales.

    La imagen del hombre solo, huérfano y sin tutelas, que ha de tomar decisiones es un hecho y es un sentimiento frecuente en las obras de Javier Cercas. En sus novelas, las mujeres no suelen estropear el mundo. La sensatez es su punto de partida. En cambio, los varones son atolondrados y nada constantes, individuos dañados y quejosos que sólo una vez aciertan. Algunos al menos. En ese momento, cuando aciertan, rompen el maleficio que les acompaña o detienen las inercias que les arrastran.

    Como antes decía, esa imagen de hombres solos también podría predicarse de Homer y Langley. Homer nos contará sus respectivas orfandades: ¿y qué mayor orfandad que la de un tipo trastornado por la guerra y la de un joven que queda completamente ciego? La vida americana, la vida regalada que ambos tenían cuando vivían sus padres, una existencia de lujos materiales y de escaseces emocionales, se acaba. A partir de aquel momento se hacen mayores sin ningún amparo, y la soledad es la condición que padecen. La casa es un bastión, cierto. O un microcosmos patológico.

  3. David P.Montesinos

    La casa es un “bastión” y también un “microcosmos patológico”, como dice usted, y los Collyer son protagoniostas de una “lucha titánica que saben perdida de antemano”, como dice Lillo, desde luego. Hay un episodio inicial que a mí me ha impactado poderosamente, por la fuerza que tiene de por sí y por lo que significa para el resto de la narración que, no lo olvidemos, es la del largo de una vida. Me refiero a ese en que Homer, antes de la ceguera, y la niña a la que ama deambulan por el campo, miran a través de una ventana, descubren algo que hacen los adultos y, a consecuencia, la joven reacciona de la manera que lo hace. Eso pesará para siempre en el personaje central de la novela, algo así como la culpa eterna por un pecado original que recae sobre él, por su condición de varón, pero del que es inocente.

    Y más allá de episodios puntuales, me fascina comprobar cómo el mundo “de fuera” va siguiendo su curso, ajeno a los Collyer y su extraña deriva. Ni los más encastillados, ni quienes son capaces de asignar postigos más duros a las ventanas pueden evitar que algo de la hojarasca de la historia vaya asomándose de vez en cuando, desde el horror de quienes aspiraron el gas mostaza de la Gran Guerra hasta los jóvenes contestarios de los sesenta, pasando por tantos y tantos episodios. Y sin embargo todo es, de alguna manera, ajeno, como si Homer y Langley fueran una especie de Emilio rousseaniano, inocentes y puros ante las sofisticadas sutilezas de la selva que queda más allá de los lindes de la Quinta Avenida y Central Park. Por eso interpretan todos los datos del exterior a su manera, como si, efectivamente, los signos de la locura son los que llegan del afuera.

    Me parece que hay algo muy agudo, muy honesto incluso, en lo que ha hecho Doctorow. Ante un vagabundo que muere una noche de frío, ante un viejo loco que tenemos en el vecindario y que un día anuncia su suicidio, ante cualquiera de esos inadaptados que se van cayendo del tren enloquecido al que nos subimos los integrados, uno apenas suele pasar de la mueca de perplejidad: “pobre hombre”… y ahí se acaba todo, no hay más que una despectiva propuesta de olvido definitivo. Doctorow se resiste a esta maniobra tan acomodada. Cuenta la historia de esos freaks, alarga sus sombras y vuelve a los hermanos seres poderosos y atrayentes. Entonces dejan de ser esos seres insignificantes y pasan a tener una “historia”. Es, ciertamente, una historia “fracasada”, un proyecto que, como dice Lillo, estaba destinado a la derrota. Y, sin embargo, eso es tan “Siglo XX” como si contáramos la vida de Hearst o de Kennedy, es decir, de alguno de sus tipos que, por ser vanguardia y marcarnos a todos supuestamente el camino correcto de la historia, constituyen un material novelesco infinitamente más tedioso que el de estos dos héroes a los que de ninguna forma debemos imitar. Estos dos viejos locos con síndrome de Diógenes son, ciertamente, el siglo que se ha ido.

    Me vienen a la memoria algunos referentes: “Sunset boulevard”, aquel film tan poderoso de Wilder, “Casa tomada”, el cuento de Cortázar… También peripecias y personajes de mi propia vida, claro… Nos seduce un relato entre otras cosas porque enlaza con nuestra propia experiencia.

    Bueno, y la pregunta mamporrera: ¿qué es lo más recomendable de lo anteriormente publicado por Doctorow? No me diga “todo”, Lillo, que el dinero y el tiempo me sobran tan poco como a usted. Mójense, queridos.

  4. Elena Samper

    Una obra magnífica la de Doctorow. Yo quisiera tener unos vecinos iguales, pese a las ratas… Me gustaría pasea con Homer por Central Park.

  5. Paco Fuster

    Aunque todavía no he podido leer “Homer y Langley”, es innegable que tiene muy buena pinta. Por lo que dicen Alejandro y Justo en sus respectivos análisis y por lo que he leído en otros sitios. Doctorow, que es un autor no muy conocido en España, es un referente en la literatura estadounidense actual, hasta el punto de que ya hace varios años que su nombre viene sonando como candidato para el Nobel. He leído también una reseña del libro publicada en en el “The New York Times” por Michiko Kukatani (crítica habitual de este periódico, famosa por la severidad de sus juicios) y me ha llamado la atención que emparenta a los personajes de la novela de Doctorow con otros de la obra de Edgar Allan Poe (aunque no lo dice, imagino que se refiere a alguno de esos personajes algo siniestros y mórbidos de Poe, que también viven encerrados), que no en vano es uno de los autores preferidos del propio Doctorow.

    Y sobre la tribuna de Justo sobre Javier Cercas, decir que es un texto que incita mucho a la lectura de las obras analizadas y que a mí, concretamente, me hace pensar que la obra de Cercas en su conjunto es muy propicia para una análisis exhaustivo. No me estrañaría nada que en los próximos años se hiciera alguna tesis (eso si no se está haciendo ya alguna) sobre la obra de Cercas; no solo sobre “Soldados de Salamina”, sobre la que ya existe algo de bibliografía, sino también sobre esas otras novelas anteriores o sobre las menos conocidas.

    Buen fin de semana a todos.

  6. jserna

    De La cueva del gigante a Los archivos de JS

    A partir de la lectura de “Bonito”, en La cueva del gigante, relaciono lo que dice David P. Montesinos con lo que me preocupa en este post. Espero no enredarles. El resultado es éste:

    1. ¿Cómo y cuándo empleamos “bonito”? Como dice David P., hoy en día, lo bonito es una expresión socorrida: lo mismo sirve para describir lo bello, lo bueno o lo que sale bien. Es una fórmula gastada y acaba siendo un concepto vacío o, al menos, anodino. Es lo bello sin estridencias, lo bueno sin gran virtud, las cosas que salen pasablemente, aceptablemente bien. En casa podemos tener cosas bonitas, esas que hemos ido acumulando en nuestros viajes y que consideramos representativas, simbólicas: los ‘souvernirs’, por ejemplo. Como sucedía en los viajes europeos de los padres de Homer y Langley (‘Homer y Langley, de E. L. Doctorow). Pero vemos los ‘souvenirs’ como productos kistch, objetos con pretensiones estéticas que acaban siendo copias degradadas. No hay nadie que escape de esta situación.

    Yo mismo, cuando estuve en Londres, lo primero que me compré fueron adminículos inservibles. ¿Dónde? En el 221B de Baker Street: ‘souvernirs’ de Sherlock Holmes adquiridos en la tienda que han abierto en la residencia que el detective ocupó en las ficciones de Conan Doyle. Esos objetos son una ‘monada’ y he empezado a repartirlos por casa para que me sirvan de referencia, de reclamo: para que devuelvan el placer que obtengo cada vez que leo un relato protagonizado por Sherlock Holmes. ¿Son bonitos? Seguramente: son objetos bellos sin estridencias, objetos de belleza propiamente circunstancial e inducida, producto de la celebridad del detective. Nada más. Por ello son trastos comunes que he acumulado. Yo leo y acumulo libros, igual que Langley Collyer (de ‘Homer y Langley’, de E. El. Doctorow) acumulaba periódicos, principalmente periódicos. ¿Por qué? Langley esperaba reunir todas las noticias relevantes en una especie de diario eterno. Con ello no haría falta salir de casa, pues tendría todo lo que hay que saber… Yo no espero tanto. O sí. Los libros que acumulo no son la huella de mis saberes, sino la prueba de mis ignorancias. Si los tengo, alimento la esperanza de que algún día podré leerlos para saber. Pero, en fin, dejemos esto.

    2. Umberto Eco publicó dos volúmenes complementarios: la ‘Historia de la belleza’ y la ‘Historia de la fealdad’. No sé por qué: sólo compré la ‘Historia de la fealdad’. Lo horroroso, lo desagradable, lo espantoso, lo que nos perturba, lo que hiere nuestra sensibilidad me atraen más. ¿Quizá porque tengo algo patológico? ¿Quizá porque padezco alguna malformación? No creo tener mayor curiosidad que otros: me interesa lo que rompe las costuras y me interesa lo que se sale de los márgenes. Quiebran mi expectativa y, por eso, atraen mi atención. A ese efecto, Roland Barthes lo llamaba ‘punctum’: lo que rasga, lo que hiere la vista. Inmediatamente los ojos se nos van detrás de lo insólito, de lo imprevisto, de lo inaudito.

    Recuperemos una expresión deliciosamente antigua: “una mujer de rompe y rasga”. Por ejemplo, Anita Ekberg en ‘La dolce vita’. Con esa expresión aludimos precisamente a eso, a un ‘punctum’ femenino, a una dama que se sale de los canones, que se sale del modelo común, que quizá rompe las costuras: pero no porque esté necesariamente gruesa, sino porque el vestido no puede contener sus turgencias o porque sus rasgos exageran ciertas partes de la anatomía. ¿Llamaríamos bonita a una mujer así, a una mujer de rompe y rasga? ¿La llamaríamos ‘bonica’, como hacen en Valencia? No, supongo que no. La bonita sería una chica de belleza contenida, de finas formas: una chica fina, en efecto. Y si de un varón decimos que es bonito, ¿qué queremos decir? Poca cosa, ciertamente. Fíjense en esta expresión: niño bonito. Nos referimos usualmente a un jovencito pudiente, seguramente mono, ataviado con ropa de marca. ¿Un pijo, tal vez?

    3. ¿Diríamos lo mismo del joven que altera a Gustav von Aschenbach en ‘La muerte en Venecia’, de Thomas Mann? En principio, Tadzio es un muchacho bello, de formas armoniosas, de cutis angelical, de rizos dorados. Pero lo que tiene de ‘bonito’ lo tiene de perturbador. O tal vez no: tal vez la perturbación está en la mirada de Gustav von Aschenbach. En Thomas Mann, la belleza burguesa es algo decadente, apolíneo, contenido, formal, académico: algo que puede ser destruido por la irrupción de lo sensorial, de lo instantáneo, de lo primitivo, de lo latino. O de polaco, como es Tadzio. Dentrás de la mirada del joven, detrás de su posible coqueteo, hay una insinuación salvajemente lasciva. O al menos así la vive, así la experimenta Gustav von Aschenbach. Tocarse, lamerse, frotarse como posibilidad carnal: eso es todo lo que se insinúa y que le acaba matando, por decirlo así… En principio, ese roce de las epidermis no es algo “bonito”, sino eventualmente sucio: los fluidos, la transpiración… ¿Sucios los fluidos? Lo que lubrica y lo libidinoso tienen su belleza líquida, ¿no? Pero vamos a dejarlo aquí…

  7. Alejandro Lillo

    Me gusta mucho cómo el señor Serna relaciona los personajes de las novelas de Cercas con Homer y Langley (en adelante HyL). Me gusta la expresión de “hombres solos” para definirlos. Me gusta mucho. Creo que el análisis sobre la obra de Cercas es muy acertado, y que sin embargo, da para mucho más, pues al terminar de leer el artículo de Ojos de Papel uno tiene la sensación de que al autor podía haberse recreado más en cada uno de los rasgos de la narrativa “cercaniana”(?), haberse demorado en cada uno de esos aspectos. Entiendo que sólo se trata de un artículo y que no es plan de escribir un tratado, pero vamos que los mimbres ya están puestos, que es una magnífica síntesis, un referente inexcusable para quien, como dice el señor Fuster quiera escribir en el futuro algo sobre Cercas. Por recomendación del señor Serna leí este verano las dos primeras novelas de Cercas (“El móvil” y “El inquilino”) y la verdad es que las disfruté mucho, sobre todo la segunda. Ahora tengo en mi mesilla de noche “El vientre de la ballena”, esperando ansiosa a ser leída. De ese Cercas inicial destacaría varias cosas, algunas de las cuales sin duda han permanecido en su obra posterior. En primer lugar escribe condenadamente bien, con una sencillez y claridad ciertamente difíciles de lograr. Del mismo modo, dosifica muy bien la información, con mucha sabiduría. Eso tampoco es nada fácil. Así, no solo consigue mantener constantemente en vilo al lector, sino que hace la lectura de sus obras amenas de leer, las hace ágiles: simplemente se devoran. Por otro lado también está el humor, un humor que es parecido al de Homer, el narrador de HyL. Es un humor que vierte tanto en lo que cuenta, en sus personajes y en las situaciones que éstos viven, como hacia sí mismo, hacia el propio acto de la escritura, hacia el hecho mismo de escribir (esto se ve perfectamente en “El móvil”). Es una forma de desdramatizar los problemas de la vida, pues, como apunta don Justo, la desorientación e incapacidad de los personajes ante situaciones que no pueden controlar, que se les escapan de las manos, enfocadas desde esa perspectiva humorística se vuelven jocosas, se les resta trascendencia. Un escritor muy interesante, desde luego, a seguir muy de Cerca (je, je).

    Sobre lo de acumular libros como HyL no se preocupe don Justo. Ya sabe que los periódicos se llevaron la palma, pero en su casa encontraron también decenas de miles de libros. Como ya he expresado en la reseña, todos llevamos dentro muchas cosas de los hermanos Collyer. Se sorprendería cómo muchos aspectos de mi propio comportamiento y el de las personas que me rodean, me recuerdan al de estos geniales hermanos. Sólo por eso, por ver algunos de los comportamientos de HyL reflejados en nosotros mismos ya es suficiente motivo de reflexión, amén de divertido.

    Aparte de todo esto, la novela de HyL es preciosa o como diría don David, bonita “per se”. La prosa es deliciosa, más allá de lo que en ella se diga. Cada página, un disfrute en la que se puede pasar de la alegría y la sonrisa a la tristeza y la pena como quien pasa de párrafo a párrafo.

    También creo que Doctorow ha hecho algo muy honesto, como dice el señor Montesinos, pero también ha hecho justicia. Reivindica unas posiciones y unas vidas que merecen un respeto (aunque sean la de tipos raros o extraviados), una respeto que la propia sociedad les niega (creo que por una serie de razones que ahora no vienen al caso); y es el mismo respeto que ellos, HyL, tienen por todas aquellas personas que acuden a su casa con buena voluntad. A quienes vienen a fastidiarles o a chincharles les dan con la puerta en las narices. No me digan que no es algo que nos gustaría hacer a muchos.

    Sobre el resto de su obra, don David, fundamental es “Ragtime”, también una magnífica
    novela. Y yo añadiría (aunque aún no las he leído): “El libro de Daniel” (basado libremente en las figuras de Ethel y Julius Rosenberg, ejecutados por traición a EE.UU) y “Billy Bathgate”, una historia de gánsters en los años 30. También debo decirle que “El lago” y “La gran marcha”, que los tengo a puntito de leer, tienen muy buena pinta. Y para que no me critique, le diré uno que no me ha gustado: “El arca de agua” (sobre un misterio en el NY del siglo XIX). Me pareció aburrido y pesado.

    En cuanto pueda digo más en el apartadito que el señor Serna ha abierto de Doctorow.

  8. David P.Montesinos

    Le pienso criticar haga usted lo que haga, en cualquier caso seguiré su consejo y me haré con Ragtime, asumiendo las prevenciones contra El arca de agua.

    Quiero aparte de todo pedirle disculpas al señor Serna. Escribió su intervención sobre la belleza al hilo de la reflexión sobre dicho tema en mi blog, y tengo la sospecha de que se las tiene que haber visto canutas para sacarlo en el mismo. Menos mal que aquí, en su blog, sí aparece al completo. El problema es que blogger -mi servidor- no permite incluir comentarios largos, de manera que lo que uno ha escrito unitariamente tiene que empezar a cortarlo y viene el lío. El otro problema es el sistema de filtros. Algunos blogs filtran simplemente a través del mail, que uno ha de incorporar junto a su nombre. En blogger no hay más remedio, salvo que uno quiera llevarse alguna sorpresa desagradable o publicar spam, que leer los comentarios antes de publicarlos. Repito mis disculpas y gracias por las alusiones a gentes tan amadas como Mann o Eco. Presumiré de haberle suscitado esa reflexión.

  9. jserna

    No se disculpe, sr. Montesinos. No hay de qué. Me lo pasé bomba leyendo su “Bonito”.

    Sobre Cercas. Mi aproximación es eso: una aproximación, un artículo. El texto tiene diez folios de word y, como ustedes comprenderán, es un escrito largo. ¿Que sobre Cercas se puede escribir más? Yo mismo escribí un capítulo de ‘Héroes alfabéticos’ dedicado a Cercas. Le he entrevistado y he hecho reseña de su último libro, ambos trabajos publicados en Ojos de Papel. Por otra parte, al sr. Fuster le debo para un monográfico que coordina un artículo sobre ‘Anatomía de un instante’: sobre la relación de historia y literatura que se da en este caso concreto. Yo no creo que escriba jamás un “análisis exhaustivo” de su obra. No me veo con fuerzas y, además, soy inconstante.

  10. R.S.R.

    Saludos a todos, la profundidad de vuestros análisis y los matices que se muestran en las reflexiones indican que las vacaciones no han ido mal, me alegro. Se os ve en buena forma.

    Os leo enfrascados en Doctorow, yo no he seguido las indicaciones de Justo y a pesar de estar en la pág. 89 no me pierdo ni una palabra de lo que vais escribiendo. Contra todo pronóstico leeros o haber leído la reseña del Sr. Lillo no significa “el destripe” de la novela, todo lo contrario, me abre otras perspectivas con las que podré estar o no de acuerdo cuando acabe el libro, pero que al ir avanzando en la lectura me permite otorgar una significación más amplia. El tener toda esta información de la novela ayuda a que la propia mirada se muestre con más afirmación y no al contrario. De todas formas el relato que va haciendo Homer tiene tal fuerza que anula por momentos otras voces, es la voz soberana que se instala y ya no nos abandona a lo largo del relato. Su ceguera real y metafórica nos va poniendo de manifiesto las contradicciones de la sociedad occidental

    Hay muchas cosas llamativas en este relato, hasta donde he leído, pero especialmente me llama la atención el momento en el que ellos cifran su “abandono del mundo exterior” el nivel de “conciencia” ( retrospectiva) que tuvieron de su situación, y que para entender a estos hombres hay que olvidarse de los referentes que tenemos , de nuestra manera de entender el mundo , hay que buscar otras claves y otros referentes.

    He visto más de un Diógenes y siempre me siguen dejando una sensación de estupor e incomprensión. Podemos hacer muchas hipótesis, pero nunca llego nunca a entender cuáles son las razones profundas de esta necesidad de acumular basura y morir entre ella. Me temo que el relato de Homer y Langley me dejara la misma sensación.

    Ya que el Sr. Montesinos ha reflexionado sobre “lo bonito” y Justo lo ha relacionado con H y L como sugerencia podríamos pensar en “la basura” y su significado.

  11. jserna

    1. Sra. R.S.R., muchas gracias por los elogios dedicados a los intervinientes. Es espléndido que esté leyendo a Doctorow.

    Si puede lea también a Cercas, un autor que como dice Alejandro Lillo escribe “condenadamente bien”.

    2. Hablando de basura… Quienes escriben condenadamente mal son los redactores del comunicado de Eta. Hace unos años, en una breve columna, analicé otro comunicado, aquel en que anunciaba alto el fuego. Era en 2006. Aquí tienen el enlace:

    http://www.uv.es/jserna/LevanteEllenguajedeeta.htm

    Ahora, leo el nuevo comunicado y compruebo que su nivel de argumentación ha decaído aún más. Compruebo que sus cacofonías son recurrentes. Las repeticiones sintácticas son grotescas. El léxico es paupérrimo. Necesitan un corrector de estilo, si es que hay estilo en lo que penosamente escriben. En fin, se apropian de palabras comunes para retorcerles el sentido. Nada nuevo en la prosa.

  12. aleskander62

    Me voy en breve a La noche de los tiempos de Muñoz Molina y a Los adioses de Onetti. También quiero revisar la Historia del cine de Román Gubern.

    Muchas cosas.

    He terminado de leer El concierto del desorden de Leopoldo Alas.

  13. Sigue...

    Vamos tirando. Leamos a Javier Cercas. Como dice Alejandro Lillo, este novelista escribe condenadamente bien, entretiene con los recursos de todo buen creador. Sabe que no se debe a él: se debe a la historia que debe contar y por tanto se salva o se hunde con los datos que dé y con la intriga que sea capaz de urdir. La obra que escribe no es un alarde que pruebe su valía, sino una vicisitud que ha de sostenerse por sí sola: al margen del pasado o del futuro del autor.

    Lo que es recurrente en Cercas es el acto explícito de narrar, pero también la dificultad de saber y de relatar. Es como cuando de niños nos contábamos una película. El film podía ser una obra maestra, los hechos podían ser especialmente atractivos o heroicos, pero todo dependía de ti: de tu capacidad para entretener, para recrear, para administrar la información, para mantener el suspense. Todo dependía del tono de voz, de la gesticulación. Es más, en ocasiones jugábamos a representar mudamente películas que debían adivinarse. Nuestros espectadores aventuraban títulos y si éramos capaces de actuar bien, entonces pronto, bien pronto, acertaban.

    Imaginen ahora que debiéramos representar una película cuyo título nosotros mismos ignoramos. Imaginen que debiéramos actuar ejecutando escena tras escena sin saber de antemano cuál es el sentido, el hilo o el final que tendrá. Las novelas de Cercas no acaban, se suspenden: in medias res. ¿Por qué razón? Porque hay futuro, un futuro no resuelto, generalmente aguardado con esperanza. En Cercas no tenemos al escritor malasombra que nos ensombrece el porvenir, sino el escritor que nos deja las cosas abiertas para desear lo mejor. No siempre me apetece el optimismo, pero administrado en pequeñas dosis es un tónico insuperable. En mi tribuna sobre Cercas hablo de humor, hablo de ternura, hablo de metanarración. Hay, aparte, un elemento esencial: un optimismo de la voluntad. Y ello a pesar de los varones atolondrados que protagonizan sus novelas.

    Los hechos que nos cuenta Javier Cercas en cada una de sus obras no constituyen una historia cerrada con significado obvio y establecido de antemano. El narrador nos detalla las cosas con torpeza, como cualquiera de nosotros lo haría en condiciones semejantes. Nos han pasado cosas, cosas que podemos enumerar y reproducir en un cierto sentido, pero siempre ignoramos qué acabará ocurriendo. ¿Y para qué vivir con pesadumbre lo que quizá acabe bien? Nos vamos a morir, seguro, pero mientras tanto vivamos con algo de entereza y con algo de coraje. A ratos. Y sobre todo vivamos con la expectativa de lo que medianamente puede resolverse.

    ¿Qué me dicen? ¿Que esta concepción es pequeñoburguesa? Bueno, quizá, pero mientras tanto yo voy tirando.

  14. Marisa Bou

    Señoras y señores blogueros: Acabo de volver de Roma completamente obnubilada por todo lo que he visto y me los encuentro a ustedes enfrascados, como siempre, en sendas críticas literarias, en las que no puedo participar, porque al venir de “otro mundo” no estoy muy al corriente de lo que se lee por aquí.

    Pero he querido compartir cuanto antes con mis amigos la mejor noticia que he recibido y que me tiene más alterada que la inigualable belleza de Roma: ¡voy a ser abuela! ¿pueden imaginarlo? ¡Yo, abuela!

    En fín, que cuando se me pase el soponcio ya les haré una pequeña reseña de mi viaje. ¡Un abrazo a todos!

  15. David P.Montesinos

    Felicidades, Marisa, se acercan momentos sumamente emocionantes y felices a su vida, creo que va a disfrutar mucho de esto.

  16. jserna

    Por Dios, Marisa, qué gran alegría. Reciba mi más sincera felicitación. La mía y la de la gente de mi casa. Un abrazo.

  17. Marisa Bou

    Coincido con usted, señor Montesinos, en cuanto al artículo de Muchnick en El País. Y el hecho de que España sea pionera en programas de integración no nos debe hacer bajar la guardia en este tremendo tema. ¡Vaya con el país de la “libertad, igualdad y fraternidad” Creo que no rodaron, en su momento, suficientes cabezas.

    Y como sé que nuestro anfitrión es siempre tan amable con todos nosotros, me permito hacer otro cambio de tercio para rogarles encarecidamente que -si no lo han hecho todavía- vayan a disfrutar de la poesía de Keats en la bellísima película “Bright Star”. Yo, esta noche, no voy a dormir…

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