Uno. Llega el 11 de septiembre y por noveno año consecutivo quedamos impresionados con las imágenes de la colisión, ese estrépito metálico, los humos que asfixian y la ceniza que todo lo cubre. Dos Torres, el orgullo de un capitalismo enhiesto, caen, abatidas tras un ataque terrorista. Eso es lo que pronto se descubriremos al contemplar la noticia por televisión.
Pero lo primero que se ve, sin significado, sin un sentido previo, es un avión incrustrándose en el armazón de acero y cristal, como en un film de Hollywodd, con esa irrealidad que añade la televisión. Porque la tele no registra: produce un efecto de verdad, que es algo distinto; un efecto de representación, de recreación. Vemos esas imagénes y aún nos decimos: no es posible.
Nos lo decimos una y otra vez. No es posible que alguien decida provocar el mal con esa saña y con ese sentido del espectáculo, de la puesta en escena. El mundo se derrumba: se caen las Torres con un simbolismo expreso, deliberado, como una metáfora del porvenir, de lo que nos espera.
Cada vez que veo las imagénes pienso en los muertos, en quienes trataban de escapar, en quienes gritaban pidiendo auxilio. Pienso en quienes intentaron ganar la calle: el suelo se les movía, el firme se quebraba. Estaban ante el abismo.
No hay nada firme bajo nuestros pies. Ocurridos los hechos, todo tiene significado y contexto y todo parece cobrar un sentido inevitable: como si las cosas discurrieran de modo ineluctable, con esa fatalidad del destino que ya nos parece previsible. Veo United 93 (2006), de Paul Greengrass, programada por Televisión Española en la víspera del 11-S. Lo que en ella sorprende es la gesta heroica de los tripulantes y los pasajeros, dispuestos a torcer ese destino que se les impone, resueltos a luchar. Pero lo que en ella más me inquieta es el desconcierto de todos, la angustia, el sentido de lo que pasa: técnicos y controladores, pilotos, tripulación, viajeros. O simples espectadores, simples contemporáneos: vemos las imágenes como si no supiéramos lo que está a punto de suceder; vemos la hecatombe como si no supiéramos el papel que nos reservará el porvenir.
Dos. Acabo de leer un volumen especialmente recomendable. Su título en inglés es rotundo, sin embellecimiento alguno: 1939. Countdown to War. La edición española ha cambiado ese rótulo por otro más enfático: Al borde del abismo. Diez días que condujeron a la segunda guerra mundial. Es un exceso retórico: lo del abismo, me refiero. Seguramente en Tusquets, que es el sello que lo publica en España, han pensado que con ese reclamo ganarán lectores. Es posible. Lo cierto es que el abismo está dentro, en sus páginas.
Es muy angustiosa la historia extrema, el momento decisivo: un proceso en marcha, un guión en el que los papeles no están escritos y fijados; un drama en el que los actores improvisan en virtud de lo que recuerdan, de lo que ven y de lo que esperan, de las expectativas de quienes se enfrentan. O de las informaciones más o menos fiables que les proporcionan.
Es un juego terrible. Y en un juego de paciencia, de resistencia, la clave es el farol. ¿Hasta dónde se está dispuesto a llegar? Los rivales tienen experiencia previa y saben qué puede esperarse en una situación normal, en circunstancias ordinarias. ¿Pero qué ocurre cuando los hechos extremos se desencadenan con el vértigo de los faroles y de los retos? El mundo se disuelve y el suelo firme desaparece. ¿Abismo? Tal vez no sea tan retórico ese título.
Tres. El libro que comento es de Richard Overy, de quien disfruté su voluminoso Dictadores. La tesis que sostiene es bien sencilla, pero no por eso menos cierta: los grandes acontecimientos parecen inevitables, propiamente fatales; sin embargo, los hechos son decisiones contradictorias que provocan efectos no siempre previstos en contextos complejos. Las consecuencias inintencionadas de la acción se producen en todo tiempo y en cualquier circunstancia.
Adolf Hitler alimentó unas quimeras territoriales y criminales e hizo de Polonia, de Danzig, su meta. Pero carecía de un programa ordenado y específico: esperaba que los compromisos de Gran Bretaña y Francia no llegaran hasta el final. Pero llegaron y sus respectivos gobiernos se revistieron con una retórica del honor. Lo que pudo quedar en un conflicto local acabó en una guerra general. ¿Para alivio del mundo? El mundo se desintegraba y la causa antinazi era una buena causa, sin duda: la inevitabilidad de la oposición hoy nos parece obvia, pero el pacto germano-soviético había provocado un desconcierto absoluto.
Los hechos se precipitaron y el factor humano influyó decisivamente. «La capacidad para controlar los acontecimientos en una situación así mermó gradualmente. La sensación de que ‘los acontecimientos se imponían’, conforme los participantes se veían cada vez más sometidos a presiones mentales y debilitamiento físico por los largos períodos de trabajo intenso con pocas horas de sueño, dificultó cada vez más la posibilidad de pensar al margen de la crisis inmediata o contemplar consecuencias más amplias», dice Overy.
Parece mentira pero la diplomacia funcionaba con informaciones escasas, con datos falsos, con noticias sólo aproximadas, con expectativas incluso irracionales. Los actores del drama, Neville Chamberlain entre otros, debían tomar decisiones sin saber realmente qué pensaban su rival y su enemigo. Estaban al borde del abismo y lo sabían. Hay gentes extremadas, como el propio Hitler, a quienes ese vértigo les produce placer estético. Aún quedan gentes así. A los demás nos provoca pavor. En fin…


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