Uno. Sigo a Elvira Lindo desde hace años: en la prensa y en los libros. Sus columnas actuales tienen rabia; antes fueron jocundas. Sus novelas recientes tienen crudeza emocional, análisis propiamente psicológico y sociológico sin ser ensayos académicos; antes fueron relatos de una ternura descacharrante.
A partir de la recomendación de un joven amigo, leí la serie entera de Manolito Gafotas, cosa que hice conforme crecía mi hijo mayor, con quien recuerdo haber disfrutado páginas y páginas. Por ejemplo, Yo y el imbécil, que compramos con entusiasmo, fue una diversión que compartimos hace años. Al personaje lo descubrí en la radio, en aquellas sesiones matinales que el personaje tenía con Fernando Delgado. Eran momentos hilarantes. Luego lo buscamos en el cine, con aquel Manolito Gafotas (1999), de Miguel Albaladejo, que era un film de una comicidad irresistible.
Lo castizo, tratado tierna e irónicamente, era la base de unas historias en las que podías reconocer y reconocerte, en las que podías hallar tipos humanos muy bien perfilados. El habla popular y achulapada, la jerga de barrio, pero también la lengua como espejo de caracteres. El humor cotidiano, la pobreza orgullosa, lo menesteroso…
Luego leí El otro barrio (1998) y vi otras películas de Albaladejo, como Ataque verbal (2000), en cuyo guión colaboraba Elvira Lindo. Esos rasgos cada vez mejor administrados eran su argamasa narrativa. Ahora acabo de leer Lo que me queda por vivir (2010).
Dos. Reconozco que el título de esta novela inquieta. Lo que me queda por vivir puede interpretarse como un enunciado optimista: aún tengo mucha vida por delante; todavía me quedan años. Pero puede interpretarse también como una fatalidad: todo tiene un fin; esto se acabará. Es un rótulo ambiguo, una expresión que cualquiera de nosotros ha podido decir o emplear alguna vez. En indicativo. O en subjuntivo: «lo que me quede por vivir».
Alguien narra, cuenta en primera persona lo que ha sido su existencia, parte de su existencia: la de una madre de veintitantos con un hijo pequeñito; una madre sin pareja estable o con pareja intermitente, alguien joven que lucha por sobrevivir.
Dichas así, las cosas parecen triviales. Nada lo es si se sabe contar, si se sabe expresar con la prosa adecuada, con observaciones humanas de gran perspicacia y con exactas descripciones de ambientes. Si se sabe relatar con sinceridad y ternura, con ironía y rabia: sin complacencia, sin autocomplacencia. ¿Alguien alegre, chispeante, de campechana jovialidad, puede ser a la vez una persona dañada? ¿Alguien adulto, con don de gentes, con simpatía innata, puede vivir aún el desgarro de la orfandad, de una temprana orfandad? Desde luego.
Hay análisis psicológicos verdaderamente lúcidos: como el de ese padre expansivo, sociable, autoritario y también simpático. O como el de esa tía, la tía Celia, que ejerce de madre y ante la que siempre se está en deuda. Porque esa palabra, deuda, es una de las claves de esta novela agridulce. ¿Cómo saldar un débito? ¿Cómo afrontar la vida sin la carga o la joroba que no se te ve? Ser simpática y también expansiva es positivo, cierto, pero puede ser un disfraz o el cascarón con los que te recubres.
La orfandad es una experiencia común. Lo natural, lo deseable, es que los padres fallezcan antes que los hijos. Pero la muerte de nuestros mayores siempre es temprana, siempre es la desgracia previsible ante la que no nos resignamos. Si ese suceso –el fallecimiento de la madre– ocurre cuando la joven tiene diesciséis años, entonces el varapalo emocional es arrasador. Si, además, la huérfana ha de cargar con su propio carácter, el de un chica con temperamento simpático, dicharachero, con esa pátina de campechanía que todo lo encubre, entonces el duelo se retrasa, se demora durante décadas. La erosión del carácter es obvia.
Al personaje de Lo que me queda por vivir eso es en parte lo que le pasa. Pero eso es demasiado simple. La novela –como la existencia– añade más crisis. Porque lo que les pasa a las personas no es una sola cosa que explique todo lo que les va sucediendo. No hay un diagnóstico monocausal cuyo conocimiento alivie. Hay una vida que transcurre, con hechos nuevos de significado incierto a los que hay que hacer frente desde la orfandad, desde la precariedad emocional.
A Elvira Lindo se le ha preguntado con insistencia si esta novela es en realidad una confesión autobiográfica. Si lo pensamos bien, toda ficción está hecha de materiales particulares o históricos, de restos de vida propia y de referencias sabidas, aprendidas, conocidas. Al final, cualquier novela es el relato de una experiencia, una experiencia que no tiene por qué haber ocurrido en los mismos y exactos términos, una experiencia que puede ser en parte una fantasía que produce efectos personales. Lo interesante, en este caso, es que el personaje que narra se parece mucho a Elvira Lindo, pero no es Elvira Lindo: se parece en elementos circunstanciales (madre joven, trabajora en la radio, redactora de guiones, escritora en ciernes, etcétera). No sé si todos los graves padecimientos por los que pasa la protagonista los ha sufrido la propia autora. No sé si, por ejemplo, el padre de Elvira Lindo es un tipo tan simpático y a la vez tan odioso como el de la narradora. No sé si la tía Celia es un calco de la persona que se ocupó de ella tras la muerte real de su madre. No sé si Valdemún es reflejo entero del pueblo en que transcurrió la infancia de Elvira Lindo, un pueblo que se asemeja, sí, a aquel «Ademuz» que Antonio Muñoz Molina glosaba en un capítulo de Sefarad.
La narradora vuelve a España, tras una estancia en Estados Unidos, y vuelve con su marido actual, felizmente casada: ¿qué habrá sido del hijo, de aquel hijo que fue chiquitín y del que ahora ha estado separada durante meses? El muchacho parece llevar ya una vida propia, inquietante. La madre vuelve, en efecto, pero vuelve habiendo renunciado a una meta decisiva: la de ser escritora. «Me resigné, creo que ya para siempre, a escribir mis guiones de encargo, que es lo único que sé hacer, trabajar bajo presión…» El personaje ha renunciado a escribir porque dice carecer de la distancia, de la experiencia, del coraje y de la disciplina que requiere el acto de crear con libertad. A Elvira Lindo no le ha faltado ninguno de esos recursos para imaginar esta novela contundente que, seguro, releeré.
Hemeroteca Elvira Lindo
-La fotografía que aquí reproduzco de Elvira Lindo es de Ricardo Martín para Mercurio.
-Eduardo Moyano, entrevista a Elvira Lindo en Mercurio (aquí).
-Entrevista digital en El País (aquí).
-Amelia Castilla, «Elvira Lindo. Viviendo en serio», El País (aquí)
Hemeroteca del blog
Justo Serna, «El sol que más calienta», El País, 15 de septiembre de 2010

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