Se armó el Belén

Uno. Hace unos días, distintos intelectuales españoles, Antonio Muñoz Molina y Fernando Valls entre otros, han criticado severamente a El País, en concreto a El País Semanal por convertir a Belén Esteban en motivo de portada, un reclamo que remite a un reportaje interior. El título periodístico era explícito y previsible: Belén la arma

Hemos de tomarnos en serio la indignación, pues algo querrá significar; y hemos de tomarnos en serio lo que ese protagonismo mediático refleja, pues algo debe de significar en el ancho mundo de la comunicación y del show business. Punto y aparte.

Llega estas fechas y por hache o por be, parece que acabo titulando el post navideño con la palabrita belén. Hace un par de años, por ejemplo, la ocurrencia era previsible: Menudo Belén. Hoy, ya ven, reincido. Y además hago mía esa palabra para ir directamente al grano, al grano mediático que nos ha salido. Iba a escribir sobre el particular. No sé: quizá a sumarme a la pléyade de antibelenistas. Y de repente me tropiezo con lo que publiqué medio año atrás. Permítanme, para empezar, reproducir esas palabras mías: reflejan mi estado de ánimo de entonces y de ahora y facilitan, creo, la discusión.

Para quien no sea español [decía el 17 de junio de 2010], Belén Esteban es un objeto extraño, una realidad indescifrable. O no tanto… En 1998, cuando la conocimos, Esteban era una chica de barrio, modestita: la legítima esposa de Jesulín de Ubrique. ¿Jesulín? Aunque ya está en horas bajas y consume sus días con una muchacha de Castellón de la Plana, nadie en España ha olvidado a aquel torero simpático e inculto, con mucho arrojo mediático, capaz de cantar con un empeño notable:

Jesulín era, sí, un torero muy amado por cierto público femenino. ¿Muy amado? ¿Por qué? Aparte del gracejo y del desparpajo destacaban en él su alegría inconsciente, su populismo taurino, su ignorancia impenitente. Por ejemplo, se encerraba él sólo con seis morlacos  en corridas reservadas para mujeres, y eso provocaba el delirio, según dicen los cronistas con prosa evidente. Además, no ocultaba su gusto por los lujos de nuevo rico: sus cochazos, Audis y demás, o ese chalé o cortijo de nombre enfático, Ambiciones. Allí, en Ambiciones, residieron Belén Esteban, Jesulín y la hija de ambos, Andreíta. Allí vivieron hasta que se rompió el matrimonio: se les rompió el amor, como decía Rocío Jurado. La familia del de Ubrique compartía la vida con otros personajes igualmente ambiciosos, los padres y hermanos de Jesulín, entre quienes destacaba el patriarca de la familia, don Humberto Janeiro. Y eso, en efecto, acabó quebrando la fidelidad.

Se separan. Desde entonces, Belén Esteban comienza una carrera en solitario. No se matricula en nada. De repente descubrimos que aquella muchacha modosita, siempre a la sombra de Jesulín, es una fiera, casi un toro. Aumentan sus apariciones televisivas y en la prensa rosa. Habla con mayor desparpajo que su ex marido, sentencia ante las cámaras y filosofa con gramática parda y algo de sentido común. Es lenguaraz y no le importa trastabillar o equivocarse.

Se presenta como la princesa del pueblo y, por ello, tiene dificultades para llegar a lo más alto. Quiero decir: ya está en lo más alto y quizá por eso es odiada tanto como es amada. Amada por el Pueblo, así, en mayúsculas. Y odiada por los antiguos y  por los nuevos habitantes de Ambiciones. Y por vecinos traidores… El resultado, materialmente hablando, es muy lucrativo. Pasa por distintos platós de televisión rentabilizando los restos de su antiguo matrimonio, las habladurías. Se incorpora como colaboradora de  programas rosas exhibiendo su ignorancia, sus ingenios verbales y buen corazón. No se avergüenza de sí misma.

Sobrelleva alguna enfermedad que declara en público (tiene azúcar) y se restaura la cara con alguna cirugía imposible. Ella es como la chica sin estudios que ha llegado, como la reina salida del barrio, algo muy folletinesco y consolador. ¿Qué más se puede pedir? Telecinco la catapulta: participa en distintos programas reventando los índices de audiencia. Cuando la veo en televisión olvido la realidad, lo juro. En ocasiones, cuando he ido a parar a Telecinco, me pregunto qué hago allí. Algún día, yo también seré responsable de su caída.

Dos. Gracias a Jorge Nieto accedo a un texto la mar de interesante. Se titula Peces y redes y su autor es Ignacio Castro Rey. Trata de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, y trata del biopic que narra su experiencia: La red social.

En principio, esta controversia es de mayor calado que la de Belén Esteban. Pero si nos fijamos bien, el asunto no es ajeno: es el impacto que determinados personajes tienen en los medios y cómo su presencia nos cambia la vida. He leído Peces y redes. Por lo que veo, no disiento grandemente de lo que dice Ignacio Castro  Rey. Me ha hecho reflexionar, pensando otra vez en La red social.

Mi problema con ese film es la ambivalencia: nos muestra, sí, desde el principio a un tipo totalmente inmaduro, poco hecho, alguien que vive encerrado en su burbuja asocial, con una timidez patológica que rompe con explosiones de sinceridad brutal e impotente. Una idea, una sola idea, le saca de su encierro y de su solipsismo. 

Esa idea le lleva a fundar una red cuya filosofía es síntoma de nuestro tiempo: vivimos recluidos en nuestros nichos ecológicos pero podemos interactuar a distancia, sin mayores compromisos o sin que la materialidad, la carne o la expresión visible de los sentimientos se manifiesten. De la Red salimos indemnes: tenemos incluso nicks, second life (¿existe aún?), identidades múltiples, etcétera. De la vida se sale con los pies por delante. La película muestra la inmadurez de esos jóvenes, su genialidad de vuelo gallináceo. Y muestra también a un público que se identifica, que se proyecta y que se pregunta por qué no fui yo…

En esta época de cambios estructurales, ¿qué es lo nuevo? ¿El dominio económico de China? ¿La hegemonía asiática? ¿La pérdida de influencia de Estados Unidos o Europa? Lo nuevo, lo radicalmente nuevo, es la incertidumbre de la potencia, la tecnología que nos multiplica y que, por otro lado, nos hace más dependientes, más insuficientes. Pongamos una referencia literaria: la novela de Daniel Defoe. Me sirve para explicar lo que quiero decir. La imagen literaria de Robinson, capaz de rehacer su mundo con los pecios, con los restos del naufragio, es entrañable pero anacrónica. Robinson era un homo faber , alguien dotado, habilidoso: lo mismo se hacía una techumbre (o unas empalizadas) que cultivaba (o pastoreaba). El mundo – es decir, el mundo físico– le resultaba amenazador pero previsible.

Nuestra condición actual es justamente la contraria: cada vez somos más inhábiles y nuestra competencia es más reducida. Me sé torpe o ignorante en tantas cosas… Puede que seamos diestros en el manejo de aparatos sofisticados: sabremos hacerlos funcionar. Pero normalmente no sabremos cómo funcionan, cuál es su lógica interna. Me sé habitante de un lugar que no es el contexto real de mis acciones: el mundo global me ciñe o me expande y por ello ignoro cuál es el espacio real de mis actos. En esas condiciones, la vida, con la tecnología que nos auxilia, es rutinaria y predecible: sabemos qué pasa cuando funcionan los aparatos.

Pero en cierto sentido los efectos de esa tecnología nos resultan imprevisibles. Nunca como hoy hemos tenido tan bajo autogobierno, tan escaso autodominio. Crece nuestra heteronomía y, lógicamente, mengua nuestra autonomía. El mundo está conectado, sí, pero está conectado a unos terminales distantes o cercanos que ignoramos y el temario de lo relevante muda una y otra vez. Los hechos que aquí suceden tienen repercusiones próximas o lejanas. Esto nos desazona: vivimos en la incertidumbre y la   actualidad se nos rompe a cada instante.

Las noticias fluyen de manera incesante y la avalancha nos asfixia. Ignoramos qué hay de relevante en lo que sabemos; ignoramos cuál es la utilidad de nuestros datos; ignoramos para qué sirve la información que reunimos.  En la vida, lo importante es establecer criterios con los que orientarse, y  los criterios son resultado de la experiencia que hemos atesorado, de la enciclopedia que nos hemos forjado, del marco de expectativas razonables que nos hemos hecho: es decir, un conocimiento relevante y estable, un saber contextual y más o menos fijo.

En nuestro mundo, las cosas van tan deprisa que todo parece quedar obsoleto en breve plazo. Tener una opinión fundamentada, juzgar sensatamente lo que ocurre es cada vez más difícil. Uno siempre tiene la impresión de que estamos arañando lo superficial, de que estamos rozando sólo lo epidérmico. O, como dijera Louis-Ferdinand Céline, parece que todo lo fundamental ocurre en la sombra; parece que nada sabemos de la verdadera historia de los hombres…

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  1. Sigue...

    Dos. Gracias a Jorge Nieto accedo a un texto la mar de interesante. Se titula Peces y redes y su autor es Ignacio Castro Rey. Trata de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, y trata delbiopic que narra su experiencia: La red social. En principio, esta controversia es de mayor calado que la de Belén Esteban. Pero si nos fijamos bien, el asunto no es ajeno: es el impacto que determinados personajes tienen en lo smedios y cómo su presencia nos cambia la vida.

    He leído Peces y redes. Por lo que veo no disiento grandemente de lo que dice Ignacio Castro Rey. Me ha hecho reflexionar, pensando otra vez en La red social. Mi problema con este film es su ambivalencia: nos muestra, sí, desde el principio a un tipo totalmente inmaduro, poco hecho, alguien que vive encerrado en su burbuja asocial, con una timidez patológica que rompe con explosiones de sinceridad brutal e impotente. Una idea, una sola idea, le saca de su encierro y de su solipsismo.

    Esa idea le lleva a fundar una red cuya filosofía es síntoma de nuestro tiempo: vivimos recluidos en nuestros nichos
    ecológicos pero podemos interactuar a distancia, sin mayores compromisos o sin que la materialidad, la carne o la expresión visible de los sentimientos se manifiesten. De la Red salimos indemnes: tenemos incluso nicks, second life (¿existe aún?), identidades múltiples, etcétera. De la vida se sale con los pies por delante. La película muestra la inmadurez de esos jóvenes, su genialidad de vuelo gallináceo. Y muestra también a un público que se identifica, que se proyecta y que se pregunta por qué no fui yo…

    En esta época de cambios estructurales, ¿qué es lo nuevo? ¿El dominio económico de China? ¿La hegemonía asiática? ¿La pérdida de influencia de Estados Unidos o Europa? Lo nuevo, lo radicalmente nuevo, es la incertidumbre de la potencia, la tecnología que nos multiplica y que, por otro lado, nos hace más dependientes, más insuficientes. Pongamos una referencia literaria: la novela de Daniel Defoe. Me sirve para explicar lo que quiero decir. La imagen literaria de Robinson, capaz de rehacer su mundo con los pecios, con los restos del naufragio, es entrañable pero anacrónica. Robinson era un homo faber , alguien dotado, habilidoso: lo mismo se hacía una techumbre (o unas empalizadas) que cultivaba (o pastoreaba). El mundo – es decir, el mundo físico– le resultaba amenazador pero previsible.

    Nuestra condición actual es justamente la contraria: cada vez somos más inhábiles y nuestra competencia es más reducida. Me sé torpe o ignorante en tantas cosas… Puede que seamos diestros en el manejo de aparatos sofisticados: sabremos hacerlos funcionar. Pero normalmente no sabremos cómo funcionan, cuál es su lógica interna. Me sé habitante de un lugar que no es el contexto real de mis acciones: el mundo global me ciñe o me expande y por ello ignoro cuál es el espacio real de mis actos. En esas condiciones, la vida, con la tecnología que nos auxilia, es rutinaria y predecible: sabemos qué pasa cuando funcionan los aparatos. Pero en cierto sentido los efectos de esa tecnología nos resultan imprevisibles. Nunca como hoy hemos tenido tan bajo autogobierno, tan escaso autodominio. Crece
    nuestra heteronomía y, lógicamente, mengua nuestra autonomía. El mundo está conectado, pero está conectado a unos terminales distantes o cercanos que ignoramos y el temario de lo relevante muda una y otra vez. Los hechos que aquí suceden tienen repercusiones próximas o lejanas. Esto nos desazona: vivimos en la incertidumbre y la actualidad se nos rompe a cada instante.

    Las noticias fluyen de manera incesante y la avalancha nos asfixia. Ignoramos qué hay de relevante en lo que sabemos; ignoramos cuál es la utilidad de nuestros datos; ignoramos para qué sirve la información que reunimos. En la vida, lo importante es establecer criterios con los que orientarse, y los criterios son resultado de la experiencia que hemos atesorado, de la enciclopedia que nos hemos forjado, del marco de expectativas razonables que nos hemos hecho: es decir, un conocimiento relevante y estable, un saber contextual y más o menos fijo. En nuestro mundo, las cosas van tan deprisa que todo parece quedar obsoleto en breve plazo. Tener una opinión fundamentada, juzgar sensatamente lo que ocurre es cada vez más difícil. Uno siempre tiene la impresión de que estamos arañando lo
    superficial, de que estamos rozando sólo lo epidérmico. O, como dijera Louis-Ferdinand Céline, parece que todo lo fundamental ocurre en la sombra; parece que nada sabemos de la verdadera historia de los hombres.

    Tres. Continuará…

  2. R.S.R.

    Por hablar de buen periodismo: ayer vi el último programa de Iñaki Gabilondo, me pareció emocionante. Por la tarde Genma Nierga le hizo una entrevista, creo que estaba más cómodo que por la noche -debe ser difícil hacer tu último programa en esas circunstancias- .En esa entrevista, Genma fue directa y el no perdió la compostura en ningún momento a pesar de las difíciles circunstancias en las que quedan mucho de sus compañeros. Dijo algunas de las cosas que reproduce hoy el país, y me quedé con aquello de la quiebra que supone perder un medio como ese y la sensación de que se va, posiblemente, uno de los mejores periodistas de este país .Un profesional que en circunstancias tremendas, como algunas de las que ha vivido en treinta años de periodismo, de una intensidad emocional, social y personal extraordinarias, ha sabido guardar la calma y realizar su trabajo de una manera impecable.

    Sres. contertulios ¡¡¡FELICES FIESTAS!!!

  3. Paco Fuster

    Esa referencia a una actuación de Jesulín me recuerda una anécdota muy buena e ilustrativa que escuché hace tiempo en la televisión. No recuerdo quien la contaba, pero resumo lo que decía: era un festival de la canción (Benidorm o alguno de estos) y Jesulín había ido a presentar su “Toda” en riguroso playback, tal y como se ve en el vídeo. El narrador de la anécdota contaba que se acercó a él después de la performance y le dijo: “¡Pero hombre, cómo se te ocurre venir aquí y hacer un playback!”. Y Jesulín le respondió: “¡Pero quillo, como que playback si estoy yo aquí vivo!”. Sin comentarios…

    Hace unos meses puse en mi blog un post en el que resumí, usando una cita de Unamuno, lo que me parece Belén Esteban. La copio aquí:

    “Mi idea es que el español tiene, por regla general, más individualidad que personalidad; que la fuerza con que se afirma frente a los demás, y la energía con que se crea dogmas y se encierra en ellos, no corresponde a la riqueza de su contenido espiritual íntimo, que rara vez peca de complejo”.

    Miguel de Unamuno, “El individualismo español. A propósito del libro de Martin A.S. Hume The Spanish People: their origin, growth and influence” en “Obras Completas”, Vol. VIII, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007, p. 528.

  4. aleskander62

    Por supuesto, además de Muñoz Molina (El jinete polaco, La noche de los tiempos) y Javier Cercas (Soldados de Salamina, La velocidadde la luz), también Javier Marías (Todas las almas), que son autores que comentamos mucho en este fenomenal blog, también me gustaría recomendaros otras alternativas, otros títulos como Almudena Grandes (Los aires difíciles, Corazón helado). Incluso Ray Loriga (Trífero) y Espido Freire (Melocotones helados).

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