Carta al padre

Carta al padre. “Querido padre: No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente, por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia. Y si, con esta carta, intento contestar a tu pregunta por escrito, lo haré sin duda de un modo muy incompleto, porque, aun escribiendo, el miedo y sus consecuencias me atenazan al pensar en ti, y porque las dimensiones de la materia exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento”.

Así empieza Franz Kafka la Carta al padre, en versión de Feliu Formosa. Está fechada en 1919, cinco años antes de su muerte. En sus páginas no hay ficción alguna, al menos no en el sentido de la invención novelesca. Kafka habla de sí mismo con toda crudeza y habla del padre con rencor muy medido, con reproches largamente madurados. El escritor tiene una malísima relación con su progenitor, un vínculo emponzoñado, y en esta carta analiza esa vida, descrita en términos casi orgánicos: la de uno seres vivos en lucha desigual. Kafka estudia y observa el comportamiento como si fuera un entomólogo, como si estuviera  ante insectos que fatalmente se pican para dañarse, para matar.

El padre de Franz fue un tipo industrioso, infatigable, con mucho amor propio; un negociante próspero que trabajó duro para proporcionar a su familia todas las comodidades materiales, el alimento necesario. A cambio, exigió de los parientes su entrega incondicional. Como un padre inflexible, encarnación de la norma, de la obligación, de la ley. Como esa figura patriarcal descrita por Sigmund Freud: frío, distante, contenido y ausente, sin expansiones emocionales que pudieran ponerle en riesgo. O como un tirano colérico y corpulento siempre dispuesto a tratar con aspereza al hijo diminuto, a ese joven “flaco, débil, esmirriado”.

Si hemos de creer a Kafka, ese dinamismo invasor le asfixiaba, lo que desde niño le llevará a apartarse de él con hosquedad: “en mi habitación, con libros, con amigos alocados, con ideas excéntricas”, evitando toda franqueza o familiaridad. Franz crecerá como un falso hijo único del que se espera todo de él, un vástago en el que se depositan las expectativas más grandes: “porque mis hermanos fallecieron a corta edad y las hermanas no vivieron hasta mucho después”. Por eso, Fran sobrevivirá, en fin, como un ser irrelevante ante quien gobierna el mundo desde su butaca, dueño de la opinión recta y correcta, la opinión del que no tolera la controversia o la réplica. A la fuerza, todo juicio alternativo siempre será disparatado, extravagante o absurdo. Por ello, Franz llegará a perder hasta la facultad de hablar: no podrá llevar la contraria o al menos no podrá llevarla sin quebranto personal, sin amenaza cierta.

¿Y la madre? “Es cierto que mi madre se mostró conmigo de una bondad sin límites, pero todo ello estaba, para mí, relacionado contigo, y no era por tanto una buena relación”. Su bondad, su ternura y su sensatez acaban por coartar o frenar la rebelión del hijo, a quien protege desde niño. Una imagen frecuente le vuelve a la cabeza: el padre desabrochándose apresuradamente el cinturón. La amenaza es evidente ¿El resultado?

Un muchacho asustadizo que se siente culpable, que no entiende el mundo o que al menos ha de enfrentarlo con estupor y dolor. O, en otros términos, un niño con una exacerbada capacidad de observación. De puro miedo: por el terror que el padre le inspira. Eso le lleva examinar lo que le rodea para protegerse mejor, a escribir para objetivar el daño.  Así es. En la obra de Kafka hay imágenes habituales: las de un individuo impotente ante la agresión, como un insecto, como ese monstruoso insecto en que se ha convertido Gregor Samsa en La metamorfosis. ¿Y quién es este Samsa? Un viajante obligado a saldar la deuda contraída por el padre.

“A veces imagino el mapamundi desplegado y a ti extendido transversalmente en él”, dice en otro pasaje de la Carta. “Entonces me parece que, para vivir yo, sólo puedo contar con las zonas que no tú no cubres o que quedan fuera de tu alcance”. ¿Cuáles? No parece haber territorio que no esté colonizado por el padre. No parece que el hijo pueda madurar.

Leída hoy, la Carta nos parece remota, algo que no nos concierne. Podemos olvidarnos del padre colérico, burgués y victoriano, pero lo que no podemos ignorar es el miedo del ser humano, el que tenemos cuando optamos bajo amenaza, la intimidación de la muerte, la insignificancia.

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