Con la soga al cuello

Con la soga al cuello. “Mucho después que el rumbo del Sofala cambiara en dirección  a tierra, la baja costa pantanosa aún retenía la apariencia de un mero tizne de oscuridad más allá de la franja de resplandor. Los rayos del sol caían violentamente sobre el mar en calma, se estrellaban contra esa lisura de diamante para convertirse en polvo de chispas: un vapor luminoso que cegaba los ojos y fatigaba el cerebro con su inconstante brillo. El capitán Whalley no miraba…”

Con la soga al cuello (1902) es una novela de Joseph Conrad protagonizada por el capitán Whalley. La he leído y releído en la versión de Vlady Kociancich para Emecé Editores. Hay ahora, en circulación, distintas traducciones y ediciones con títulos ligeramente distintos: por ejemplo, El final de la cuerda (Funambulista). 

Al principio de La línea de sombra (1917), Josep Conrad reproduce parte una pequeña parte del poema LXIX de Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Dice así:“…D’autres fois, calme plat, gran miroir / De mon désespoir”. Calma, espejo, desesperación son expresiones que habrán de servir para leer La línea de sombra, pero también toda la creación de Joseph Conrad. De entrada, para la tripulación de un velero del Ochocientos, el mar en calma es un alivio. O no: puede ser la inacción. No hay partida, por tanto no hay recalada ni destino. La espera prolongada, la calma chicha no es la paz de los de tierra: es el infierno de los marinos.

El espejo, en Conrad, es una metáfora frecuente, incluso obvia: en sus novelas y en sus obras autobiográficas, el mar es aquello que nos refleja. El espejo del mar es síntesis de lo inmenso y de lo ignoto, la belleza convulsa de la tormenta o de la lisura húmeda, mojada. En el siglo XIX, la tierra está prácticamente descubierta y colonizada hasta el último rincón, pero el océano siempre es una sorpresa. Si sabemos manejarnos podremos avanzar. Ahora bien, un cambio de los vientos o una tempestad pueden desorientarnos, pueden hacernos perder el rumbo.

La desesperación no es, propiamente, una metáfora en Conrad. Es un estado frecuente del alma. Sus personajes arrastran alguna culpa remota o cercana, cargan con algún delito. Pero  aquello que acarrean no siempre es una ilegalidad. El peso es mayormente moral, un dolor inespecífico de difícil redención. O tal vez sí, tal vez haya salvación para los condenados.

Con la soga al cuello parte de estos supuestos tan característicos de Conrad. En la cita reproducida más arriba, “el capitán Whalley no miraba”. No sabemos por qué no mira. A pesar de que lo rodea una naturaleza bella, a pesar de que el mar está en calma, a pesar de que los rayos de sol iluminan, provocando un brillo incesante y un vapor luminoso, el capitán no mira. ¿Por qué?

El capitán es un tipo fuerte, sólido, honrado, pero es alguien a quien la existencia le está venciendo. Ya está al final de su vida profesional y tiene un último trabajo que realizar. Ha contraído con su hija un noble y desprendido compromiso: remitirle las ganancias y la suma total de quinientas libras que ha obtenida de la venta de su propio barco. Pero ahora, como última tarea, ha de realizar una travesía gobernando otro navío, una embarcación ajena: el Sofala. Algo sucederá en ese periplo que altera los planes previstos y algo grave ocurrirá al capitán, viéndose obligado a mentir, a romper con su código profesional y, en fin, moral. El capitán encarna la experiencia, la moderación, una dignidad que estará a punto de perder. Pero la prueba a la que se le somete, la circunstancia extrema que casi lo vence, es ese último instante en que Whalley demuestra su condición, su cualidad.

Los personajes de Conrad siempre se duelen por algo que no han hecho bien, incluso por faltas gravísimas que han cometido. Es un fardo moral, efectivamente, con el que han de cargar. Por eso, nos sentimos tan cerca de los protagonistas de Conrad; por eso su suerte provoca la piedad o la compasión del lector. ¿Acaso nosotros somos mejores que ellos? ¿Acaso somos mejores que el capitán Whalley?

No nos hagamos ilusiones, la juventud no es la etapa de la irresponsabilidad alocada. También los muchachos han de curtirse en la inacción: como el protagonista de La línea de sombra. Pero llegar a la vejez no nos garantiza el buen juicio, la cordura, la prudencia reflexiva. La dignidad nos la jugamos a cada instante y la experiencia no nos cura o no nos salva. En cada momento, el ser humano se define y a pesar de sus tropiezos aún puede corregir su chifladura. ¿Una sencilla lección? Yo simplifico los hechos, sin duda. Conrad los agranda con historias graves y humanas y  con enseñanzas o sintaxis nada sentenciosas.

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