Uno.
¿Quién es Don Draper? Ésa es la pregunta que se hacen muchos telespectadores del mundo entero. Respuesta: es el protagonista de Mad Men. No nos basta. Formulemos la cuestión de otros modo: ¿quién es realmente?
Estamos a comienzos de los años sesenta y Draper es un creativo publicitario en Sterling Cooper, una agencia mediana situada en Madison Avenue, Nueva York. Ha ascendido en la escala social: de paleto del Medio Oeste, hijo de una familia de granjeros, a ejecutivo rico, bien vestido y seductor. Ha rehecho su identidad, ha mudado su perfil, ha cambiado su nombre, ha formado una nueva familia.
Está casado con Betty, que viste como Grace Kelly. O, a veces, como Kim Novak. No tiene la simpatía innata de Doris Day y es fría, como Tippi Hedren. En ocasiones, sus silencios le dan un aire reservado y pecaminoso que recuerda a Janet Leigh.
Don y Betty tienen unos hijos prometedores y disponen de residencia en una zona suburbial bien lujosa. Lo tienen todo a su favor. Pero Don vive en una especie de impostura permanente, una mentira personal que a la vez parece una mentira colectiva: él es un publicitario que vende hedonismo a una sociedad que quiere olvidar las estrecheces de la Gran Depresión.
Dos. En una reseña reciente, publicada el 1 de febrero en Ojos de Papel, trato este asunto. Y en el post inmediatamente anterior, el del 6 de este mes, menciono a Daniel Bell, autor entre otras obras de Las contradicciones culturales del capitalismo.
Avisado por David P. Montesinos me informo de la muerte de este sociólogo norteamericano y en ese post del 6 de febrero me pregunto inmediatamente «por qué nunca lo cito ni hago referencia a esas páginas». La respuesta es tajante: «tal vez por la misma razón por la que no suelo citar La ética protestante y el espítu del capitalismo, de Weber: por haberlo asimilado».
Qué pregunta tan absurda. O, mejor: qué lapsus tan significativo. Repaso la reseña del día 1 de febrero, la que dedico a Mad Men. Reyes de la Avenida Madison (Capitán Swing, 2010), y descubro lo que ni siquiera recordaba:
«…esa época registra convulsiones profundas y contradictorias: el consumo de masas y el malestar; el hedonismo material y la severidad moral. Algo de eso mismo trató otro sociólogo americano, Daniel Bell. Y buena parte de esas contradicciones de la sociedad próspera se analizan en el libro dedicado a Mad Men. Es una fascinante enciclopedia de la opulencia y del vacío, de la propiedad y de la apariencia…»
Es decir, que acababa de citar a Daniel Bell, precisamente por el hedonismo, por la inconsecuencia capitalista que supone vivir confortablemente, con lujos, incluso con despilfarros: algo que contradice la severidad material, el puritanismo y el ahorro que están en la base del protestantismo.
Don Draper encarna esas contradicciones. Los espectadores comprobamos pronto, muy pronto, que es un personaje predecible, un carácter hecho de rellenos, perfectamente explicable en su contexto. ¿Un fallo de la serie? Un amigo me acaba de mandar un artículo de Daniel Mendelshon titulado «The Mad Men Account». Ha aparecido en The New York Review of Books. El autor, por un lado, admite la fascinación que también a él le provoca la serie; por otro, critica su tono de telenovela refinada, la vacuidad de sus personajes y situaciones. Don Draper sería un personaje vacío.
¿Es así? Sorprende que Mendelshon no cite una conversación que hay en un capítulo de la serie: un diálogo con Faye Miller en el que esto queda perfectamente explicado. No he visto ese episodio pero lo sé por el libro que reseño: lo cita Iñaki Martínez de Albéniz en una página de dicho volumen.
Faye Miller, doctora especializada en Psicología y Márketing, pasa un test de personalidad a los creativos de Sterling Cooper. Draper evita ser examinado. ¿Porque su vida es una impostura que probablemente se descubrirá? Draper no desea proporcionar datos sobre su infancia (¿cuál de ellas?).
La doctora es implacable: se atreve a vaticinarle el porvenir. Conociendo superficialmente su vida reciente y sabiendo cómo obra en su trabajo, la psicóloga lo desarma: sabe qué es lo que probablemente hará en un futuro; sabe qué será de su vida familiar; sabe cuáles serán sus respuestas y comportamientos.
Draper parece muy contrariado. La doctora Faye Miller apostilla:
«Lo siento. Siempre lo olvido… Nadie quiere pensar que es un arquetipo».
Tres. Los personajes de Revolutionary Road vivían dentro de arquetipos. ¿Recuerdan la película (2008), de Sam Mendes? ¿Recuerdan la novela (1961), de Richard Yates? Francisco Fuster dedica un capítulo realmente perspicaz a esta obra en su libro América para los no americanos (Idea, 2010). Punto y aparte.
April y Frank Wheeler vivían con gran insatisfacción dentro de los moldes que los aprisionaban. Trataban de escapar, sobre todo ella. Pero cualquier acto era en vano: debían cumplir los papeles que tenían asignados.
Él, oficinista en una empresa de la gran ciudad; ella, ama de casa insatisfecha en el suburbio residencial. Sobre esas cuestiones tratamos aquí tiempo atrás, en un post que fue un éxito (a juzgar por el número de comentarios). Empezaba así:
«Cuando la vi [la película de Mendes] tuve la impresión de asistir a un espectáculo sociológico. O, si se prefiere, a un análisis de rol: un estudio de los papeles que los personajes cumplen en función de su posición social. Viven en celdillas y con tareas asignadas de antemano: así distinguimos a individuos obligados por su circunstancia, forzados por la cultura en la que han sido educados, domesticados. Desde el principio vemos a gentes de clase media, los integrantes de una familia ejemplar que vive en un barrio acomodado: un grupo humano que goza de bienestar material y expectativas de progreso, de ascenso. Cada uno de ellos encarna a un tipo reconocible». Leer más aquí.
Cuatro. Observen esta fotografía. Lo dice casi todo… Casi todo, ¿de qué? Acabo de ver completa la tercera temporada de Mad Men. No voy a desvelar nada. O al menos nada que no pueda verse aquí: en este blog y en esta imagen (sobre la que pueden hacer click para observar con detalle).
Hay páginas en la Red en donde se revela entera la cuarta temporada. Sí, la cuarta temporada. Habría que emplear otro verbo para esos casos: destripar. No hay respeto. Todo se cuenta, todo se destripa.
Cuando éramos pequeños nos chiflaba contar películas, pero no necesariamente a quien no la había visto. Nos gustaba relatar lo que sabíamos a quien, como nosotros, también sabía. Así era precisamente en los años sesenta, cuando se funda Sterling, Cooper…
Acabo de ver la tercera temporada. Ahora prefiero esperar.
Cinco. Examinemos la imagen. Parece el ritratto di famiglia in un interno. Pero no es tal cosa. Es una escena de Mad Men que ha sido captada, una instantánea, una circunstancia que el objetivo congeló.
Pero, si nos fijamos bien, la composición está perfectamente estudiada, con una escenografía, un volumen y unos personajes debidamente colocados. Al fondo divisamos a la voluptuosa Joan Holloway, atendiendo el teléfono o haciendo una llamada. Hay un centro sobre el que gira todo: propiamente un centro de mesa sobre el que se inclina Peggy Olson, a punto de servir lo que parece un tentempié o un piscolabis. En poco espacio se concentran ocho personas, tres de ellas permanecen sentadas y las restantes de pie. Los conocemos bien: Sterling, Pryce, Cooper, etcétera.
Esos sofás y esa decoración recuerdan la sala de una vivienda de postín más que el espacio de una oficina. ¿Quiénes faltan? No vemos a Don Draper ni a su esposa Betty, pero sí que distinguimos a Harry Crane, a Pete Campbell y a una señora con gorrito rojo: es la esposa de este último, Trudy. ¿Por qué no está Draper? ¿Acaso porque esta imagen recoge su punto de vista? Si es así, entonces es que está fuera de campo.
Pero lo significativo de esta imagen no son las personas. Ni siquiera el cuadro, la composición, esa escenografía. En realidad, si nos fijamos, lo incongruente es la máquina de escribir que está en primer plano. ¿Qué pinta ahí ese artefacto? No estamos en una oficina, sino en el salón de una vivienda o algo así. ¿Entonces? No se ve a secretaria alguna de la compañía que vaya a teclear. ¿Para qué quieren la máquina y, sobre todo, quién la va a usar? Finalmente, ¿qué hacen todos ellos en esa escena? Si está Trudy y no está Don, ¿a qué estamos asistiendo?
¿Ustedes creen que puedo revelar en qué consiste esta escena? Si aporto más datos, si añado algún elemento, si conjeturo sobre ciertos indicios, destapo el final de la tercera temporada. Por ejemplo, observemos a las mujeres. Las damas que aparecen están haciendo algo, desempeñando alguna labor: una de ellas atiende al teléfono; otra sirve un refrigerio. ¿Y Trudy? Lleva puesto el sombrero y parece estar de paso. Olson y Holloway trabajan desde el principio en la compañía. En cambio, la mujer de Pete es eso: la señora de Campbell.
Pero el salón que vemos no es una oficina: parece más bien la estancia de un domicilio particular. Mejor me callo y no digo nada más de ese episodio. Ya sé que hoy puede verse gratuitamente y con alguna calidad en la Red: esa temporada, las anteriores y la siguiente. Yo mismo he empezado a ver el capítulo que sigue a esta imagen e inmediatamente lo he dejado. Prefiero esperar.



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