Álex de la Iglesia
Rodrigo Cortés
Agustí Villaronga
Icíar Bollaín
Uno. Comienza el fin de semana de los Goya, la antesala de los Premios de la Academia española del Cine. Si hacen click sobre las imágenes podrán ver las candidaturas de estas cuatro películas. Yo las he visto todas y tengo mi propio criterio. Técnicamente son irreprochables. Cine dignísimo con fotografía muy precisa, muy adecuada a la historia que se quiere contar o mostrar. Para mi gusto, lo que diferencia a cada una de las películas es su final. De cómo acabe cada film dependerá el resultado logrado: que la historia y todos sus recursos funcionen o no.
Años atrás leí una novela aparentemente sencilla pero inquietante, perturbadora. ¿Su título? El final de la novela, de Michael Krüger. Aparecida en alemán en 1990, se editó en español en 1993. Empezaba así:
«He decidido matarlo. No sabría decir de dónde he sacado los arrestos para arrebatar el último aliento a quien durante tantos años ha sido mi impaciente interlocutor, incansable vejador y ambiguo compañero, mucho más locuaz e inteligente que yo mismo y cuya vitalidad parecía inagotable. Hoy le ha llegado por fin la hora; esta decisión ya la había tomado yo por la mañana. Tan sólo me falta formular la última frase…»
Un novelista ha decidido acabar con la historia que ha estado imaginando, concibiendo y escribiendo. Sólo falta, sí, la última frase: una última que es la consumación de unos hechos. ¿Algo difícil? No es sencillo tomar esta decisión: es un colofón estratégico y además ha de formularse con un enunciado. En efecto, «esta frase, coronamiento de un edificio conscientemente siempre inconcluso, no resultaba fácil de elegir». En una historia, el principio es como el primer clavo del alpinista, aquello a lo que nos agarramos para comenzar la escalada. Pero en una narración un desenlace puede arruinar una buena remontada. Perdonen esta analogía, pero con las películas me pasa lo mismo. He visto fracasar excelentes films por culpa de un final informativo, condescendiente o descuidado.
Entre las cuatro películas que han sido destacadas como finalistas hay alguna –quizá un par– con un final excelente y desgarrador, sin esperanza, sin contemplaciones; y hay otras que concluyen o bien con indulgencia y buenos sentimientos o bien con redundancia y exceso de información.
Dos. Si presento así los finales, ¿significa eso que prefiero las historias que acaban mal? No es eso. La ficción está obligada a ser más creíble que la realidad. A la vez la ficción está obligada a ser una sublimación, un desgarro, una proyección de lo externo. Y finalmente la ficción está obligada a acabar con coherencia expositiva: sin tretas de última hora que quiebren los fundamentos de lo visto o contado.
Si estamos ante una comedia, sabemos que todo o casi todo saldrá bien. No hay reproche que hacer al final feliz: está en su lógica narrativa. Pero si estamos en un film dramático que se precipita hacia la tragedia no es creíble un giro inesperado que rompa tramposamente el determinismo, la fatalidad. Un individuo que era tibio puede cambiar, claro que sí; una persona que era indiferente al dolor ajeno puede mudar, por supuesto. No hay destino irremediable frente al que un ser humano no pueda sobreponeserse. Pero la realidad que lo rodea no dejará de ser un drama en el que todo se precipita trágicamente: es más, con toda probabilidad, ese hombre, al que ahora le vemos madera de héroe, acabará arrastrado por la tempestad de la historia. Así lo expresó Walter Benjamin en un pasaje muy conocido de sus tesis sobre la historia.
«Hay un cuadro de Paul Klee llamado Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda entre sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja, incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad».
¿Adivinan qué final de los Goya es inverosímil? A pesar de la tempestad que sopla tan fuerte enredando sus alas, el ángel de la historia consigue cerrarlas y consigue parar el tiempo conteniendo el embate «mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo». Ese final rompe el principio de verosimilitud y rompe el sentido de la tragedia. ¿En una tragedia las cosas siempre salen mal? Tenemos experiencia. Todo apunta a que es así, pero en realidad cuando acaba la obra no tenemos por qué saberlo: podemos confirmar que el ángel se precipita o podemos ignorar si el destino lo aplastará.
Tres. El pasado viernes 11 de febrero volví a ver Buried (2010), de Rodrigo Cortés. Mi aprecio ahora es mucho mayor.
Fundido en negro. Escuchamos ruidos humanos. Parece un despertar: la respiración perezosa, entrecortada o amordazada de un individuo que, además, hace ciertos movimientos; quizá el roce de su ropa con alguna superficie.
De repente oímos el chasquido, tan particular, de un Zippo. Prende la llama.
Entonces vemos o entrevemos qué es lo que está sucediendo: alguien que está maniatado tiene entre sus dedos el Zippo mientras rasca una tapa de madera. Lleva anillo, lo que parece una alianza de casado… Por supuesto no voy a contar qué es lo que pasa, aunque todo el mundo parece saber de qué va esta historia.
Paul Conroy es un norteamericano desplazado a Irak. No es un militar. Es un contratista civil que se encuentra allí para ganar dinero. Por lo que sabemos, es un buen padre de familia: decidió ir a dicho país buscando una oportunidad para aumentar sus ingresos. Es víctima de un secuestro y, ahora lo sabemos, despierta: ha sido enterrado vivo en un tosco ataúd de madera. Lo oíremos toser. No le queda mucho oxígeno y ha de salir de allí cuanto antes. ¿Cómo? ¿Qué tiene aparte de su mechero?
¿Qué desarrollo dramático tiene este film? La banda sonora es imprescindible para crear la atmósfera adecuada. ¿Atmósfera? Qué palabra tan inadecuada… Lo que sentimos, con el protagonista, es una asfixia creciente. La tensión retiene al espectador. ¿Y el final? Ah…, mejor preguntémonos por el principio. Los títulos de crédito son eficacísimos. La estética, la música y la sucesión de los rótulos –que desaparecen como arena– son informativos y emocionales, con un ritmo sincopado.
Recuerdan los créditos de algunas películas de Alfred Hitchcock: concretamente los de Con la muerte en los talones (1959). La película atrapa, pues, desde el inicio. En los grandes clásicos, los títulos de crédito son imprescindibles. ¿Ejemplos? ¿Quieren ejemplos? Pues remontándonos algo en el tiempo, pienso ahora en La diligencia (1939), de John Ford. Si alguna vez vuelven a verla, por favor no descuiden los créditos iniciales: allí está condensado todo el film.
Cuatro. Leí con mucho interés la página que El País dedicó días atrás a Antonio de la Torre. «La joya oculta de los Goya». Así subtitulaban el reportaje. Suena a tópico, pero cualquier cosa que se haga en beneficio de este actor es poco.
Lo recuerdo en un papelín –un papelón– que hacía en La isla interior (2009), film que aquí glosamos. Lo recuerdo en otras películas que en este blog no hemos comentado. Y lo acabo de ver en Primos (2011), una simpatiquísima e inteligente comedia menor.
A Antonio de la Torre le sobran fuerzas y capacidades, es cierto. Pero también es verdad que ha de medirse. «Uno de mis problemas como actor es controlar mi energía. Está bien cuando toca un personaje de carácter… Me gusta la interpretación porque así entro en un rollo que no entro como persona. Ahora intento cambiar mi registro, busco caracteres muy diversos. De ahí mi taxista de La mitad de Óscar [estreno, el 11 de marzo], aunque mucha culpa la tiene Manuel Martín Cuenca, un director de actores colosal, que para controlarme me decía: ‘Opácate, Antonio, opácate’…»
Cinco. Pa negre (2010). Los archivos…, 22 de noviembre de 2010:
«…Tal vez sea el niño de Villaronga quien más me ha cautivado: sus ojos me recuerdan los de Ana Torrent en El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.
«Observar un mundo de hostilidades abiertas, de violencia explícita, de deudas pendientes, de ultrajes constantes por fuerza ha de pervertir la mirada.
«En mi opinión, la base argumental de la película es muy enrevesada y a la vez todos los cabos quedan finalmente atados y, por ello, aclarados. Agustí Villaronga es un director complejo que sabe crear atmósferas, pero en esta película la resolución es demasiado explícita.
«Por eso –ustedes me permitirán–, sigo prefiriendo El espíritu de la colmena. En la película de Erice no sabes cuál es la resolución porque todo queda bajo el hechizo de lo irreal, de la fantasía, en una España rural y violenta: la de la dictadura. En fin, todo queda indefinido tras la impresión que el cine ambulante provoca en la niña: la proyección de Frankenstein (1931), de James Whale, en un pueblo de Castilla. Punto y aparte. Leer más aquí.
Seis. Sobre Pa negre escribí en noviembre de 2010 en un post titulado Cine, cine, cine. Yo salía de una semana apática y quizá errática. Y probablemente el juicio que me merecieron los films recién vistos estaba muy influido por mi estado de ánimo. No sé. En ese momento admitía lo frío que me habían dejado ciertas películas, Pa negre y
Buried, entre ellas.
Ahora, cuando he vuelto sobre esta última, la impresión ha mejorado notablemente, ya lo decía en el apartado 3 de este post. Las imágenes poderosas de Buried me hacen pensar en el futuro de este cineasta, este Rodrigo Cortés de juventud prometedora y de perspicacia grande, muy grande.
¿Y Villaronga? Su film ha recibido el mayor número de premios… Ya dije que Pa negre era una historia demasiado enrevesada y de ambientación muy precisa. El mundo que observa el niño –galardonado con un Goya como actor revelación– es un lugar de hostilidades abiertas, de violencia explícita, de deudas pendientes, de ultrajes constantes. Por fuerza esos hechos han de pervertir la mirada de un niño muy baqueteado por la vida y muy decepcionado por los mayores en una España menoscabada y cruel.
¿Y Balada triste de trompeta o También la lluvia? Ah, permítanme pensar algo más. Luego vuelvo. Quizá tenga alguna idea aprovechable.
Pues no vuelvo: nada interesante puedo añadir ahora. Volveré en otro momento sobre ambas películas.
Apéndices
Esto también es cine español
Sábado, 12 de febrero, 23:51 horas. Mientras aguardamos el veredicto de la Academia española del Cine, les propongo alegrar la espera con perlas de la cinematografía hispana. Un ejemplo.
Del viejo arte del cartelismo cinematográfico, David P. Montesinos nos envía una joyita que ha encontrado. Así la califica: de «joyita». Esta rareza es un descubrimiento y es un deslumbramiento.
Hay que mirar con cuidado, dice Montesinos. Hay que mirar las imágenes y los títulos de crédito. Nos lo remite para que el cartel quede conservado en este blog, en Los Archivos. La película es española, aunque no lo parezca, añade socarrón. Vaya.
Por lo que ha averiguado Montesinos, está considerada como la primera obra del cine español de ciencia-ficción. Pero nuestro amable remitente sigue : «aunque, de encasillarla con más precisión, diríamos que tiene un toque de erotismo alienígena».
Y concluye: «he leído también en algún buscador de rarezas
que el film no es tanto que sea malo, como que más bien es demencial, lo que convierte al director en una especie de Ed Wood a la española».
Sr. Montesinos, le estamos muy agradecidos. Usted me perdonará si no gloso lo que veo y lo que leo en dicho cartel, altamente lúbrico. Me parece, en efecto, una perla del pop hispano, una perla con ínfulas. ¿O era con nínfulas?
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