Esperanza Aguirre. Acabo de enterarme. Esperanza Aguirre padece un cáncer de mama. El asunto es grave pero por lo que parece ha sido detectado a tiempo. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha recomendado las revisiones periódicas: a «todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero muy especialmente a las mujeres». Comparto la preocupación. No sé por qué, pero a partir de una cierta edad vivimos en un ay.
Según leo en El País, Aguirre comunicó que padecía cáncer de mama a sus consejeros más próximos el pasado viernes, pero les dijo que lo haría público el lunes 21 de febrero. ¿Administrando los tiempos, quizá?
Le deseo lo mejor a la presidenta de la Comunidad de Madrid: que efectivamente se lo hayan detectado en fase temprana y que esto sólo sea un terrible susto. Esperamos verla recuperada y con fuerza en la disputa política. Además, la presidenta da mucho mucho juego. Aquí, en este blog o en la prensa me he ocupado de ella con dureza y con crudeza en una, dos, tres, cuatro, cinco ocasiones. Al menos.
Lo que no me acaba de convencer es la presentación que se ha hecho de la enfermedad y de su temporal retiro. Según el entorno de Aguirre, «el problema se ha detectado muy a tiempo, será cuestión de 10 o 12 días y luego volverá a la carga». Ojalá sea así, pero por lo poco que uno sabe de estas cosas, volver a la carga en diez o doce días es, quizá, muy aventurado. Por otra parte, la expresión es ciertamente desafortunada: a la carga. ¿Es preciso emplear un lenguaje castrense? Sé que las elecciones son pronto y sé que el acontecimiento va a ser decisivo, pero las imágenes bélicas resultan simplemente odiosas. Como he dicho otras veces, las metáforas las carga el diablo.
23-F. Es probable que haya escrito sobre esto en alguna otra ocasión. Desde luego lo he contado a quienes me son más cercanos. Ahora lo relataré con brevedad. El 23 de febrero de 1981 viví, como tantos otros españoles, un sobresalto. Eran las seis y pico de la tarde cuando el teniente coronel Antonio Tejero invadía el Congreso de los Diputados interrumpiendo una votación en curso.
Yo me enteré minutos antes de las 21 horas. Hasta ese momento viví ignorante de los hechos. ¿Dónde estaba? En la hemeroteca municipal de Valencia, en la plaza de Maguncia: justamente en las antípodas de mi casa.
Esa tarde, como otros días de aquel mes, habíamos ido a consultar prensa del siglo XIX. Empleo el plural porque éramos dos personas las que frecuentábamos los archivos. Íbamos juntos, en amistosa compaña, y juntos hacíamos el trabajo. Llevábamos al menos dos meses visitando algunos de los centros documentales más importantes de la ciudad: el Archivo de la Real Sociedad Económica, el Municipal, la Hemeroteca. Estábamos empezando y aquello era una felicidad.
“Un legajo intacto es fácil de reconocer”, dice Arlette Farge en La atracción del archivo. “No por su aspecto (…), sino por esa forma específica de cubrirse con un polvo no volátil, que se niega a desaparecer al primer soplo, frío caparazón gris depositado por el tiempo”. Llevábamos dos meses desanudando legajos y abriendo cajas polvorientas o periódicos que amarilleaban.
Aquella tarde del 23 de febrero estábamos consultando La Opinión y el Diario Mercantil, prensa valenciana de otro tiempo: sabíamos la actualidad del Ochocientos mientras ignorábamos lo inmediato. Los funcionarios de la hemeroteca, a los que veíamos con rostros de fastidio escuchando algún transistor, no nos dijeron nada. Simplemente a las 20 horas había que abandonar el recinto. Y eso hicimos: subimos al Simca 1000 con el que habíamos llegado hasta allí y emprendimos el camino de regreso.
Por supuesto nos encontramos una ciudad agitada, presurosa. Achacamos el gentío a la cercanía del 19 de marzo. Se aproximaban las fiestas –nos decíamos– y alguna presentación fallera ocasionaba aquel tráfico denso, prácticamente atascado. Por fin llegamos al primer destino. Dejé a mi compañero y me marché solo conduciendo el vehículo… Cuando ya eran casi las 20:30 llamé al timbre. Salió la que entonces era mi novia. “Han dado un golpe de Estado”, me dijo. “A las 9 empieza el toque de queda”, añadió.
Salí pitando. Prácticamente no tenía plazo: faltaban pocos minutos para que entrara en vigor el estado de excepción decretado por Jaime Milans del Bosch, capitán general de la III Región Militar. A las 20:50 entraba en mi domicilio. Recuerdo lo primero que le dije a mi padre con rabia, con egoísmo: no hay derecho. Tenía la impresión de que me estaban fastidiando la juventud. Yo tenía 21 años.
Muammar al-Gaddafi. Hacia 1967 empecé a enterarme de lo que era el mundo. Seguramente fue la Guerra de los Seis Días lo que despertó mi interés.
Por las clases de historia que nos daban en primaria y por las lecturas bíblicas del catecismo, yo estaba acostumbrado a que los conflictos bélicos duraran años, qué digo años: incluso siglos… Fíjense en la Reconquista: ochocientos años, nos decían.
Que una contienda entre Israel, de un lado, y Egipto, Jordania, Irak y Siria, de otro, se consumara en menos de una semana me parecía cosa del mundo moderno. Luego supe que el conflicto era antiguo, sí, y que el choque no se zanjó tan rápidamente como los medios nos hicieron creer.
Fue por entonces cuando descubrí qué eran las relaciones internacionales, qué era la política extranjera, cuál era la posición española en Europa o en las Naciones Unidas. Todo se me mezcla y no quiero entrar ahora en precisiones de erudito, pero recuerdo a la vez a U Thant, a Gromyko o a Jaime de Piniés.
Hacia finales de los sesenta, muy jovencito, yo miraba las primeras planas de los periódicos que colgaban del kiosco cercano a mi casa y miraba la tele. Poco a poco iba familiarizándome con los mandamases de entonces: el general De Gaulle o Harold Wilson estaban entre ellos. Luego fui descubriendo a otros: a Gamal Abdel Nasser y a Muammar al-Gaddafi. No he seguido con detalle la gestión de este último en Libia. Lo que sé es que empezó por entonces, cuando yo tenía diez años.
Una tiranía dura porque tiene medios coercitivos, un sistema de represión eficaz, y porque dispone de algún tipo de consenso: la gente que no quiere tener problemas, la gente que se beneficia de la corrupción generalizada o de las prebendas y privilegios. Esas dádivas o esas granjerías crean una clase de servicio, un sector de partidarios o al menos de afines.
Aparte de las riquezas naturales, nunca supe qué sociedad era la que sustentaba a Gaddafi. ¿Todo dependía de los vergonzosos apoyos internacionales, de los contratos con empresas europeas? Sobre Gaddafi tengo pocos conocimientos, pero lo poco que sé hace de él un dictador muy previsible: hasta sus coquetos sombreritos a juego con las chilabas o guerreras, que parecen cambiar de acuerdo con sus estados de ánimo, son rasgos de dictador caprichoso y atrabiliario.
Hace años tuve que escuchar alguna letanía que le era favorable: personas próximas, incluso amigas, que se jactaban de su conocimiento del mundo árabe me hablaban de él como de un modernizador panarabista, como de un dirigente peculiar al que los libios tendrían derecho. Cosas así. Ahora despertamos de nuestra modorra, sobresaltados por los muertos y por la brutalidad de que su régimen es capaz. Como el dinosaurio de Augusto Monterroso, Gaddafi aún sigue allí. ¿Hasta cuándo?
Retratados. 24 de febrero de 1981. Distintos periodistas leen con avidez, con vehemencia, la nueva edición de El País. ¿Cuál es ? Por lo que veo, por lo que distingo, es la segunda edición, la que sale a la 1 de la madrugada del 24 de febrero. O quizá alguna de las siguientes. No la pude ver: la escuché en la radio. La instantánea se debe a Ricardo Martín.
Gracias, Ricardo.
María Antonia Iglesias (1), Gaspar Rosety (2), Miguel Vila (3), Roberto Villagraz (4), Javier Martín (5), Jordi Socías (6), Gustavo Cuevas (7), Sigfrid Casals (8), Luis Magán (9), Antonio Suárez (10), José Ángel Esteban (11), Fernando Rayo (12), Fernando Orgambides (13), Bernardo Ynzenga (14), Raúl Pérez Portillo (15) y Fernando Navas (16) leen EL PAÍS en las escalerillas del Palace la noche del 24 de febrero.- RICARDO MARTÍN
«Nadie quería irse a casa»
Recuerdos de la escalera del hotel Palace, centro de operaciones de periodistas y negociadores el 23-F
Natalia Junquera, Madrid – 23/02/2011
«Nadie se atrevía a salir. Las calles estaban desiertas, los semáforos se abrían y cerraban para ningún coche. Con el corazón en un puño, recluidos en sus casas, los españoles esperaban noticias sobre el golpe de Estado, pensando en lo poco que había durado la democracia. Pero apenas quedaba un hueco libre en las escalerillas del Hotel Palace, frente al Congreso asaltado. Los periodistas que se encontraban en ese momento en la Cámara decidieron quedarse en cuanto fueron liberados y los que en ese instante estaban lejos corrieron hacia allí. De madrugada, como se ve en la imagen, pudieron devorar las páginas del diario EL PAÍS, que entre el 23 y el 24 de febrero de 1981 salió siete veces a la calle para defender la Constitución e informar, con el paso de las horas, del fracaso de un golpe de Estado. Así lo recuerdan los periodistas retratados en esta imagen de Ricardo Martín…
Leer más aquí, en El País.





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