Los poetas. Acabo de firmar una reseña sobre La puerta mágica. Antología poética, 2001-2011, obra de
Miguel Veyrat. Mi glosa aparece publicada en Ojos de Papel.
Todos los días leemos prosas ordinarias, prosas que se sostienen en muletas y muletillas, en automatismos expresivos.
Frente a la rutina verbal, que nos seca, que nos agosta, no hay nada como el tónico de la poesía: en este caso, la poesía de Veyrat. Es un bebedizo y por eso hay que tomarlo en las dosis adecuadas.
Con los poemas de Veyrat, Ángel Luis Prieto de Paula, editor del volumen, ha elaborado un cocimiento, un combinado imprevisto. Sólo aspiro a que mi glosa de La puerta mágica no sea nimia. Entre otras cosas, digo:
«En su poesía, la vida no es eso que puede aclararse de inmediato, sino una ofuscación. Podríamos decir que es como la lámpara o la luz en las que se estrella el insecto cegado. A eso podríamos llamarlo literalmente ofuscación: algo tenebroso que nos deslumbra, que nos obsesiona y que nos aturde, ya digo. A esas tinieblas –que son lo real y lo concreto– se precipita el pájaro con su vista sesgada o el insecto con su extravío irresponsable. ¿Por qué razón? Porque el ave es también el animal alado que por necesidad se acerca para proveerse de alimentos, de los alimentos terrestres. Porque la cigarra canta sin preocuparse de la despensa. Pero el pájaro y el insecto son seres corpóreos, vivos, que como el exaltado hombre también se aventuran. Se adentran, cruzan el umbral, esa puerta mágica que sirve de título a Veyrat. ¿Qué hay al otro lado?» Leer más en Ojos de Papel (aquí).
Los muertos. Martes, 2 de marzo de 2011, El País publica mi columna Aún están vivos. ¿A qué la dedico? Hace unos días se inauguró la Exposición Colección Díaz Prósper, patrimonio y memoria. Fotografías 1839-1900. Es una muestra de un gran coleccionista: Juan José Díaz Prósper.
Se puede visitar en el Centre Cultural de La Nau, en la Universitat de Valencia, del 24 de febrero al 26 de junio. La Exposición está comisariada por José Ramón Cancer. A propósito de esas imágenes me pregunto:
«En una foto del pasado, en un retrato del siglo XIX, siempre hay algo que nos contraría. Es la falta de información, esa ignorancia del contexto, del acontecimiento concreto: una pose insólita, una circunstancia que desconocemos, unas expresiones parcas, un entorno humilde o, por el contrario, una escenografía que no oculta su tramoya, su artificio. Vemos individuos corrientes, de gesto serio y circunspecto, que se presentan a la puerta de sus casas. ¿Por qué? Vemos gente fina y principal que se fotografía para el álbum. ¿Para qué? Vemos un equilibrista haciendo volatines. ¿Ante quiénes? O vemos una familia a la vera del patriarca, un anciano que nos observa con un pronto desafiante o protector…». Leer más en El País (aquí).
En el catálogo, entre otros, colaboramos Encarna García Monerris y yo mismo. En sus páginas aparecen retratos y vistas insólitas del siglo XIX. Nuestro capítulo –que puede leerse como un homenaje a Rainer Maria Rilke— se titula “Hay mucha gente, pero más rostros aún”. La identidad fotográfica en la Valencia del Ochocientos. Reflexionamos sobre el pasado y sus vestigios fotográficos y decimos:
«El pasado no existe, no es. Los individuos van muriendo y si hablamos de tiempos más o menos remotos no queda nadie que nos pueda referir historias de su vida, las proezas o las miserias. Por otro lado, si alguien milagrosamente hubiera rebasado la frontera del tiempo llegando hasta nosotros, su rostro avejentado y sus huesos cariados no serían los del joven que fue. La cara cambia, el cuerpo se transforma, la identidad de cada uno experimenta mudanza y los actos no perduran, aunque sí sus efectos. ¿Vale la pena tener esperanza en el porvenir? No hay futuro porque de nosotros todo se pierde: pero no a causa de la muerte venidera, sino por este presente que ya se disipa, un instante fugaz, que está aquí y ya no está, un momento que se ha desvanecido. Todo instante es, así, lo único que cuenta y de ese momento quedarán o no ciertas huellas».
Siempre regresamos a lo mismo, a ese pasado que aún está. O a ese presente que ya se disipó. Justamente, lo que los poetas o los fotógrafos anhelan expresar.
Hemeroteca del día
Justo Serna, «Aún están vivos», El País, 2 de marzo de 2011.
Hemeroteca del mes
Acaba de aparecer el nuevo número de Ojos de Papel. No se lo pierdan. Aparte de la reseña del libro de Miguel Veyrat, hay otros textos polémicos y reflexivos. Quiero mencionar especialmente la tribuna de Rosario Sánchez Romero, titulada: “Aquellos eran tiempos”. El pasado y la identidad en la obra de Antonio Muñoz Molina.

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