Uno. Llega la semana fallera a Valencia y con ella llegan el estrépito y el desorden emocional. A algunos nos alteran
las detonaciones, qué le vamos a hacer. También nos perturban los petardos inacabables. He dicho «llega la semana fallera». No, eso no es prosa descriptiva: llevamos días y días, con sus sábados y su domingos, en estado de alarma.
De eso, de la Alarma fallera he escrito mi columna que hoy publica El País.
A estas horas, en que escribo las primeras líneas del nuevo post, los estallidos son ensordecedores y, la verdad, te dejan mal cuerpo, como decía aquél. ¿Es la despertà? No, aquí nadie despierta; aquí todo es un sobresalto. Eso precisamente es la vida de vigila en esta Valencia fallera.
Ocurre desde hace tres semanas, cuando empieza marzo. Iba a decir: cada año es lo mismo. No. Cada año se incrementa el período de detonaciones y cada año aumenta el estado de excepción urbana: con calles cortadas, con carpas invasivas y con altavoces atronadores. De
eso concretamente hablo en mi columna.
Espero que no se interprete mal el artículo. No soy políticamente correcto, ya lo sé: no contemporizo diciendo que me gustan estas fiestas. Pero tampoco soy un tipo resentido que lamente el regocijo ajeno.
Desde hace diez años publico regularmente mi artículo contra… ¿Contra las Fallas? No: contra la indefensión individual y contra la demagogia municipal:la que encarna Rita Barberá cuando se encarama al balcón jaleando a las huestes pirotécnicas; y la que se expresa en el «Pólvora para todos». Eso decretó la alcaldesa años atrás y, desde entonces, es el delirio festivo.
Dos. Martes, 15 de marzo. Interior noche.
Estoy con unos amigos en casa, fent una picaeta, esa costumbre tan valenciana. Comento con ellos la escena que he visto por la tarde. Concretamente a las 16 horas. Ellos ya han leído mi columna que publicará El País al día siguiente y, por tanto, conocen sus contenidos. Les detallo el asunto…
Exterior día. Dieciséis horas. Salgo de mi domicilio. Me dispongo a cumplir con la tutoría que tengo en la Facultad. Voy caminando con algo de premura, pues si no acelero me retrasaré unos pocos minutos.
Voy ya por el Casal más cercano a mi casa. Veo lo que ocurre y desacelero el paso. Por supuesto están cocinando unas paellas. O, más bien, intentan avivar un fuego que se les apaga.
De repente descubro a un anciano. De manera furiosa y con peligro evidente golpea contra el suelo los restos de un mueble (quizá una silla). Insiste e insiste y la pata no se quiebra. Parece levemente trastornado, como un capitán Ahab al que se le se resistiera su objetivo.
Finalmente, un listón sale volando. Y luego otro. El viejecito parece feliz. Ha conseguido hacer leña. ¿De qué? ¿Del árbol caído? No: del mobiliario desechado. Junto al anciano corretean unos niños. Ignoran el peligro y lanzan cohetes de gran estampida.
Si llego a incluir este episodio en mi columna –les digo a los amigos con quienes comparto el piscolabis –, me habrían tachado de fantasioso.
Más madera, sí.
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