Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He asistido a la proyección de Torrente 4 (2011), de Santiago Segura. No me ha decepcionado. Sabía a lo que iba y sabía lo que me disponía a ver. El personaje da miedo desde la primera entrega. Nos reímos entonces y nos hemos reído ahora. Sí, sí. Pero la persona de José Luis Torrente reúne lo peor que cabe esperar y considerar. Leo en la Wikipedia:
«Torrente es un policía zafio, degenerado, proxeneta, corrupto y cutre, con una forma de ser muy peculiar. Ronda los 50 años, tiene una obesidad considerable y es alopécico. Es neofascista con pequeños rasgos neonazis y más que franquista, hincha ultra (hooligan) de su equipo de toda la vida: el Atlético de Madrid; es además machista, racista, anticomunista, adicto al sexo con prostitutas y alcohólico, sin olvidar las drogas…»
¿Da miedo el personaje que encarna Santiago Segura? El hecho de que sea una caricatura, una exageración bufa de rasgos odiosos, no lo hace menos temible. El tipo está concebido por condensación, que decía Sigmund Freud. El personaje de una pesadilla, por ejemplo, funciona así.
«Una representación única representa por sí sola varias cadenas asociativas, en la intersección de las cuales se encuentra», leemos en el Diccionario de psicoanálisis de Jean Laplanche y Jean Bertrand Pontalis. O, como dicen más adelante, «diversos elementos pueden reunirse en una unidad disarmónica (por ejemplo, personaje compuesto»). Es un mecanismo económico: muchos rasgos adheridos a una única figura, muchas características concentradas en una sola efigie. Torrente es una criatura repulsiva. Pero no sólo por el aspecto que tiene, por su desaseo constante, por su cobardía, por su insensibilidad.
Es repelente porque suma y hace compatibles distintas identidades de los tipos más detestables. De los tipos más detestables o de las conductas más rechazables. El resultado es efectivamente monstruoso. Las películas que protagoniza Torrente no pueden juzgarse de acuerdo con el canon cinematográfico. Lo interesante es someter al personaje a un psicoanálisis salvaje. ¿Y qué descubrimos? Que algunos de esos rasgos que hacen repulsivo a Torrente son nuestros. Él muestra de manera obscena lo que cada uno de nosotros quizá posee o hace de manera reservada. Él verbaliza lo que muchos sueñan o temen o desean. No es un espejo roto. Es un espejo hecho de cachitos, que es algo distinto.
Qué pena. El día de San José fuimos al cine. Queríamos ver Rango (2011), de Gore Verbinski. No pudo ser: los horarios no coincidían. Tuvimos que reemplazar esa prometedora película de animación por un film de miedo. Queríamos animarnos. A mí no me pasa como a Carlos Boyero. Según confiesa abiertamente: «nunca he sabido disfrutar de los supuestos y al parecer incomparables placeres que proporciona el terror en el cine. Cuando era niño cerraba los ojos y me tapaba los oídos cuando intuía que iba a llegar el gran susto y los desesperados chillidos del amenazado». Etcétera.
Yo disfruto con el incomparable placer del miedo cinematográfico. Pero qué pocas veces vale la pena. ¿Por qué razón? El espectador lamenta lo previsible, la mera rutina. O al menos es lo que a mí me pasa. Pero también me sucede otra cosa: frecuentemente, en el cine y en la vida, me engaño a sabiendas. Aunque tenga sospechas casi confirmadas, incurro en el error y en la benevolencia.
Pues eso. Fuimos a ver El rito (2011). Lo sabía: sabía que no podía esperar nada bueno. Aun así, fuimos. El resultado fue decepcionante, claro. Ignoraba e ignoro quién dirige la película. Eso ya debería haber sido ser indicio suficiente. Pues no. Me dejé llevar por Anthony Hopkins –que interpreta a un tal Padre Lucas— y por la vaga sospecha de que, siendo de exorcistas, el film no podía repetir el clásico que rodara William Friedkin. Lo recuerdan, claro. Con el Padre Karras, con el Padre Merrin, con Regan, la niña que interpretó Linda Blair. La película de Hopkins es superflua y no añade nada a lo que descubrimos en 1973, justamente cuando veíamos por primera vez El exorcista. Aquello sí que era miedo. El miedo.
La soberanía nacional. 21 de marzo de 2011. Llevamos un par de días con bombardeos. No los ha empezado la
coalición amparada por la ONU, sino Muammar al-Gaddafi contra las fuerzas rebeldes de Libia. Qué terror. Mi madre me dice que no hay mayor miedo infantil que el de unos aviones dispuestos a dejar caer su carga. Ella vivió esa circunstancia durante la Guerra Civil.
¿Qué son los bombardeos de la coalición internacional? ¿Son una guerra o son un ataque limitado en favor de la población libia? ¿Es una contienda en toda regla o sólo es una operación conjunta para imponer una zona de exclusión aérea, decretada por la ONU? Si el objetivo no es derribar a Gaddafi (que aquí, a la derecha, vemos en una fotografía de EFE), entonces la intervención facilitará que los rebeldes libios apeen al dictador. ¿Y qué sabemos de esas fuerzas de oposición?
Domingo 20 de marzo de 2011. En Abc reprochan a José Luis Rodríguez Zapatero su presunta hipocresía. ¿Cabe atacar al presidente del Gobierno español por su pancismo? Recuerdo a mi padre: en cuanto podía me hablaba del significado de esta palabra. Era la acusación más frecuente que se lanzaban los políticos parlamentarios de la II República española, me decía. Equivale a chaquetero.
Quienes desde la izquierda se oponen a esta intervención reclaman que se respete la soberanía de los libios: que Occidente deje que «el pueblo resuelva los conflictos existentes al interior de ese país», he leído en alguna declaración. Algunos van más allá. Señalan que no hay imágenes de masacres perpetradas por el régimen, que no hay nada que justifique la intervención internacional: que todo esto es una pantomima para derribar a Gaddafi y para aprovecharse de sus recursos petrolíferos. No sé. Resulta un sarcasmo esa petición, la de que el pueblo resuelva internamente sus conflictos. Por lo que sabemos, esa misma población está siendo sañudamente atacada por su tirano, que por supuesto exige el respeto de la soberanía nacional.
Pienso en mis padres, en su generación. Lo suyo con el franquismo también fue un problema interno. Nunca acabaron de resolverlo gracias al amparo externo del régimen y gracias al respeto de la soberanía nacional. Perdonen mi simplificación.




Deja un comentario