El miedo

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He asistido a la proyección de Torrente 4 (2011), de Santiago Segura. No me ha decepcionado. Sabía a lo que iba y sabía lo que me disponía a ver. El personaje da miedo desde la primera entrega. Nos reímos entonces y nos hemos reído ahora. Sí, sí. Pero la persona de José Luis Torrente reúne lo peor que cabe esperar y considerar. Leo en la Wikipedia:

“Torrente es un policía zafio, degenerado, proxeneta, corrupto y cutre, con una forma de ser muy peculiar. Ronda los 50 años, tiene una obesidad considerable y es alopécico. Es neofascista con pequeños rasgos neonazis y más que franquista, hincha ultra (hooligan) de su equipo de toda la vida: el Atlético de Madrid; es además machista, racista, anticomunista, adicto al sexo con prostitutas y alcohólico, sin olvidar las drogas…”

¿Da miedo el personaje que encarna Santiago Segura? El hecho de que sea una caricatura, una exageración bufa de rasgos odiosos, no lo hace menos temible. El tipo está concebido por condensación, que decía Sigmund Freud. El personaje de una pesadilla, por ejemplo, funciona así.

“Una representación única representa por sí sola varias cadenas asociativas, en la intersección de las cuales se encuentra”, leemos en el Diccionario de psicoanálisis de Jean Laplanche y Jean Bertrand Pontalis. O, como dicen más adelante, “diversos elementos pueden reunirse en una unidad disarmónica (por ejemplo, personaje compuesto”). Es un mecanismo económico: muchos rasgos adheridos a una única figura, muchas características concentradas en una sola efigie. Torrente es una criatura repulsiva. Pero no sólo por el aspecto que tiene, por su desaseo constante, por su cobardía, por su insensibilidad.

Es repelente porque suma y hace compatibles distintas identidades de los tipos más detestables. De los tipos más detestables o de las conductas más rechazables. El resultado es efectivamente monstruoso. Las películas que protagoniza Torrente no pueden juzgarse de acuerdo con el canon cinematográfico. Lo interesante es someter al personaje a un psicoanálisis salvaje. ¿Y qué descubrimos? Que algunos de esos rasgos que hacen repulsivo a Torrente son nuestros. Él muestra de manera obscena lo que cada uno de nosotros quizá posee o hace de manera reservada. Él verbaliza lo que muchos sueñan o temen o desean. No es un espejo roto. Es un espejo hecho de cachitos, que es algo distinto.

Qué pena. El día de San José fuimos al cine. Queríamos ver Rango (2011), de Gore Verbinski. No pudo ser: los horarios no coincidían. Tuvimos que reemplazar esa prometedora película de animación por un film de miedo. Queríamos animarnos. A mí no me pasa como a Carlos Boyero. Según confiesa abiertamente: “nunca he sabido disfrutar de los supuestos y al parecer incomparables placeres que proporciona el terror en el cine. Cuando era niño cerraba los ojos y me tapaba los oídos cuando intuía que iba a llegar el gran susto y los desesperados chillidos del amenazado”. Etcétera.

Yo disfruto con el incomparable placer del miedo cinematográfico. Pero qué pocas veces vale la pena. ¿Por qué razón? El espectador lamenta lo previsible, la mera rutina. O al menos es lo que a mí  me pasa. Pero también me sucede otra cosa: frecuentemente, en el cine y en la vida, me engaño a sabiendas. Aunque tenga sospechas casi confirmadas, incurro en el error y en la benevolencia.

Pues eso. Fuimos a ver El rito (2011). Lo sabía: sabía que no podía esperar nada bueno. Aun así, fuimos.  El resultado fue decepcionante, claro. Ignoraba e ignoro quién dirige la película. Eso ya debería haber sido ser indicio suficiente. Pues no. Me dejé llevar por Anthony Hopkins –que interpreta a un tal Padre Lucas— y por la vaga sospecha de que, siendo de exorcistas, el film no podía repetir el clásico que rodara William Friedkin. Lo recuerdan, claro. Con el Padre Karras, con el Padre Merrin, con Regan, la niña que interpretó Linda Blair. La película de Hopkins es superflua y no añade nada a lo que descubrimos en 1973, justamente cuando veíamos por primera vez El exorcista. Aquello sí que era miedo. El miedo.

La soberanía nacional. 21 de marzo de 2011. Llevamos un par de días con bombardeos. No los ha empezado la coalición amparada por la ONU, sino Muammar al-Gaddafi contra las fuerzas rebeldes de Libia. Qué terror. Mi madre me dice que no hay mayor miedo infantil que el de unos aviones dispuestos a dejar caer su carga. Ella vivió esa circunstancia durante la Guerra Civil.

¿Qué son los bombardeos de la coalición internacional? ¿Son una guerra o son un ataque limitado en favor de la población libia? ¿Es una contienda en toda regla o sólo es una operación conjunta para imponer una zona de exclusión aérea, decretada por la ONU? Si el objetivo no es derribar a Gaddafi (que aquí, a la derecha, vemos en una fotografía de EFE), entonces la intervención facilitará que los rebeldes libios apeen al dictador. ¿Y qué sabemos de esas fuerzas de oposición?

Domingo 20 de marzo de 2011. En Abc reprochan a José Luis Rodríguez Zapatero su presunta hipocresía. ¿Cabe atacar al presidente del Gobierno español por su pancismo? Recuerdo a mi padre: en cuanto podía me hablaba del significado de esta palabra. Era la acusación más frecuente que se lanzaban los políticos parlamentarios de la II República española, me decía. Equivale a chaquetero.

Quienes desde la izquierda se oponen a esta intervención reclaman que se respete la soberanía de los libios: que Occidente deje que “el pueblo resuelva los conflictos existentes al interior de ese país”, he leído en alguna declaración. Algunos van más allá. Señalan que no hay imágenes de masacres perpetradas por el régimen, que no hay nada que justifique la intervención internacional: que todo esto es una pantomima para derribar a Gaddafi y para aprovecharse de sus recursos petrolíferos. No sé. Resulta un sarcasmo esa petición, la de que el pueblo resuelva internamente sus conflictos. Por lo que sabemos, esa misma población está siendo sañudamente atacada por su tirano, que por supuesto exige el respeto de la soberanía nacional.

Pienso en mis padres, en su generación. Lo suyo con el franquismo también fue un problema interno. Nunca acabaron de resolverlo gracias al amparo externo del régimen y gracias al respeto de la soberanía nacional. Perdonen mi simplificación.

32 comments

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  1. Sigue...

    Qué pena. El día de San José fuimos al cine. Queríamos ver Rango (2011), de Gore Verbinski. No pudo ser: los horarios no coincidían. Tuvimos que reemplazar esa prometedora película de animación por un film de miedo. Queríamos animarnos. A mí no me pasa como a Carlos Boyero. Según confiesa abiertamente: “nunca he sabido disfrutar de los supuestos y al parecer incomparables placeres que proporciona el terror en el cine. Cuando era niño cerraba los ojos y me tapaba los oídos cuando intuía que iba a llegar el gran susto y los desesperados chillidos del amenazado”. Etcétera.

    Yo disfruto con el incomparable placer del miedo cinematográfico. Pero qué pocas veces vale la pena. ¿Por qué razón? El espectador lamenta lo previsible, la mera rutina. O al menos es lo que a mí me pasa. Pero también me sucede otra cosa: frecuentemente, en el cine y en la vida, me engaño a sabiendas. Aunque tenga sospechas casi confirmadas, incurro en el error y en la benevolencia.

    Pues eso. Fuimos a ver El rito (2011). Lo sabía: sabía que no podía esperar nada bueno. Aun así, fuimos. El resultado fue decepcionante, claro. Ignoraba e ignoro quién dirige la película. Eso ya debería haber sido ser indicio suficiente. Pues no. Me dejé llevar por Anthony Hopkins –que interpreta a un tal Padre Lucas— y por la vaga sospecha de que, siendo de exorcistas, el film no podía repetir el clásico que rodara William Friedkin. Lo recuerdan, claro. Con el Padre Karras, con el Padre Merrin, con Regan, la niña que interpretó Linda Blair. La película de Hopkins es superflua y no añade nada a lo que descubrimos en 1973, justamente cuando veíamos por primera vez El exorcista. Aquello sí que era miedo. El miedo.

  2. Paco Fuster

    Yo también vi “El rito” el sábado y también salí del cine muy decepcionado. Últimamente no voy mucho al cine, pero me convencieron unos amigos y el hecho de que el protagonista fuese mi segundo actor preferido (el primero es Dustin Hoffman).

    Al salir me preguntaba un amigo que qué me había parecido la película. Le dije lo mismo que escribe Justo: que no añade nada nuevo. Al margen de lo previsible de la historia, me parece que trata un interesante como el de los exorcismos, pero lo hace de una forma muy poco seria y, sobre todo, poco o nada original. Entiendo que una película no es un documental de Íker Jiménez; que tiene que haber acción y efectos especiales, pero de ahí a lo que se ve… Lo mismo puede decirse de Anthony Hopkins: se nota mucho que lo han elegido por su papel en la saga de “El silencio de los corderos” y, aunque no hace una mala interpretación, no está ni mucho menos a la altura de aquellas recordadas películas. Me decía con generosidad este amigo que él le ponía un 8; yo le dije que no le doy ni el aprobado (le cité una lista de películas a las que pondría un notable, para justificar mi criterio). Estas películas que pasan por la cartelera sin pena ni gloria (nos pusieron el tráiler de la próxima de Nicolas Cage: sin comentarios) no aportan nada a la carrera de un actor de la talla de Hopkins.

  3. R.S.R.

    Desde luego que con Rango hubiese acertado. Es una película divertida, con algunas escenas simpatiquísimas (atento a cuando se traga un puro en un auténtico alarde de chulería) y con un mensaje que no está nada mal acerca de la diferencia por ejemplo, aunque hay más. “Un lagarto” peculiar con el anhelo de ser héroe, pero que el papel-como a todos- le viene grande. Un despliegue de buen hacer.

  4. Juan Monrabal

    Como espectador frecuente de su bitácora, Sr. Serna, este disperso internauta que le escribe por una vez se permite realizar un comentario a su más reciente post. No busque en ello más que la irresistible provocación por el asunto que en el segundo apartado le ocupa. Quiero decir: trata allí un tema ‒de oportunidad previsible por el estreno de la película “El rito”, protagonizada por Anthony Hopkins‒ que en algún respecto a mí me resulta muy familiarmente espinoso. Pero no se alarme, por fortuna no tengo entre mis allegados a ningún poseído, la única que lo está es mi imaginación. En primer lugar, he lamentado que no haya dedicado al caso un pormenorizado análisis como los que usted acostumbra, claro que ya ha asegurado que la calidad del film no lo merecía en absoluto. ¿Qué se le va a hacer? A pesar de todo, usted no se resiste a terminar el apartado sin mentar la referencia predecible en esta materia, la obra cinematográfica canónica del género de los endemoniados y exorcistas, propiamente: “The Exorcist” (1973).
    Le digo esto para confesarle a usted y a sus visitadores que padezco un severo trauma con dicha película y que más bien me alineo con los cobardicas a los que Carlos Boyero da voz en el artículo que usted enlaza. Sobre la actitud de quienes se muestran ufanos ante la presencia del espanto, ya sea figurativo o conceptual, siempre me digo lo mismo: «miedo me dan aquellos que no tienen miedo». Usted no me creerá si le digo que todavía en edad adulta me veo obligado a usar los dedos de mi mano como pantalla frente a la aparición inminente de alguna representación de ese miedo. Miedo, por cierto, que usted, no sin acierto, sustantiva («El miedo», dice), imitando a Joseph Conrad en “El corazón de la tinieblas”, cuando ponía en boca de Kurtz aquel célebre susurro: «¡El horror!¡El horror!». Es algo que me ocurre casi exclusivamente con ese film, del que guardo angustiada memoria y que no he conseguido visionar de cabo a rabo más que una sola vez. En este punto me ahorraré detalles sobre la recepción personal que tuve de aquel espanto fílmico que en cierto sentido considero muy intranquilizador, al menos para mí así lo ha sido. Coincido, no obstante, con los críticos que opinan que la película recurre sencillamente a lo grotesco, a las contorsiones salvajes, al espantajo del semblante, sobre todo, para provocar todo su terror, su pavor, su repugnancia, su posesión. En definitiva, sólo pretendía llamar la atención acerca de la “verdad” de esas historias, aspecto del que no nos deberíamos olvidar: lo que nos creemos, lo que desdeñamos, lo que sospechamos. Pues, ea, ¿cómo dar una explicación razonada de esos fenómenos (jalonados en su versión para la gran pantalla por el reclamo de estar «basados en hechos reales») prescindiendo de la obsesión que muchos tienen al respecto de que Satanás se siente muy a gusto morando en los cuerpos de algunos individuos (¿se ha fijado en que siempre son niñas o mujeres?; usted y yo nos salvamos) y destrozando su cordura y la de los que les rodean? Desde luego, como usted podrá suponer, no soy ningún apologista del demonio ni soy un seguidor del padre Amorth ni tampoco soy un estúpido crédulo, pero, si hemos de dar crédito a sucesos de esta clase, más allá del entretenimiento, se me ocurre que la “realidad” de las posesiones demoníacas presenta unos cuantos retos a nuestra concepción científica del mundo. Por otro lado, comprendo que no sea de su más estricto interés divagar sobre el asunto. En todo caso, no es de recibo, según yo creo, conformarse con soltar la risotada o acongojarse de miedo. Hay algo más… A mí se me ocurren explicaciones descabelladas. Cualquier cosa con tal de no resignarse a pensar que hay una presencia maligna entre nosotros, máxime desde que el mismo Papa, poco tiempo ha, admitiera que el Purgatorio (y quién sabe si también la Casa de Satán) ya sólo es «un fuoco interiore».

  5. aleskander62

    Me gustó la última película de los hermanos Coen, el western que interpreta magistralmente Jeff Bridges, True Grit. Recuerdo Sangre fácil, El gran Lebowsky y Fargo.
    En TV estoy con Gilmore Girls.
    Leí una novela corta titulada La bestia del olvido de Ángeles Corella, publicada por la editorial Brosquil.
    Estoy con 1984, con Winston y Julia en una antiutopía muy singular y casi muy presente.

  6. jserna

    Sr. Monrabal, sea usted bienvenido.

    1. Las películas de miedo, como los relatos de terror, me producen un particular placer, un repeluzno que me satisface. Yo también entorno los párpados cuando el monstruo está a punto de irrumpir. En estos tiempos descreídos -felizmente descreídos-, está bien que de vez en cuando nos aturdamos con temores ancestrales. Imagine Lovecraft. O con miedos cercanos.

    2. El horror de Kurtz, en ‘El corazón de las tinieblas’ (que aquí tratamos en un post hace unos meses), es diferente: es la animalidad humana. O, mejor dicho, la perversión absoluta de su humanidad. Me extendía sobre esa joya literaria. Pero no me tiente, que vuelvo sobre Joseph Conrad, que es una de mis debilidades…

    3. Sin duda, mi brevísima glosa de ‘El rito’ no da cuenta de lo que significan el demonio, los endemoniados, los exorcismos y los exorcistas. No me pregunte si creo (que no creo), pues eso es irrelevante en este caso. Lo significativo es si sentimos que hay ciertas circunstancias preternaturales, si sentimos pavor. Usted ha adivinado que esta película no merece más. Es un remedo insolvente de ‘El exorcista’. Y Hopkins está ‘divino’ cuando no está poseído. Cuando el demonio se apodera de él, parece un Hannibal Lecter de baratillo. Como dice el sr. Fuster, esta película no está para aprobado.

    4. Iré a ver ‘Rango’, claro que sí. Siempre que los distribuidores cinematográficos me lo permitan (sra. R. S. R.).

    Torno subito.

  7. jserna

    Ah, ‘Destino oculto’. Cuando la vi (doblada, sí, lo admito), confirmé dos cosas obvias. Perdonen estas evidencias.

    Primera: un buen guión permite tratar cualquier tema, por inverosímil que sea.

    Segunda: un buen actor, que transmita autenticidad, permite encarnar cualquier papel.

    Matt Damon hace bueno lo que toca, cualquier guión.

  8. Sigue...

    Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He asistido a la proyección de Torrente 4 (2011), de Santiago Segura. No me ha decepcionado. Sabía a lo que iba y sabía lo que me disponía a ver. El personaje da miedo desde la primera entrega. Nos reímos entonces y nos hemos reído ahora. Sí, sí. Pero la persona de José Luis Torrente reúne lo peor que cabe esperar y considerar. Leo en la Wikipedia:

    “Torrente es un policía zafio, degenerado, proxeneta, corrupto y cutre, con una forma de ser muy peculiar. Ronda los 50 años, tiene una obesidad considerable y es alopécico. Es neofascista con pequeños rasgos neonazis y más que franquista, hincha ultra (hooligan) de su equipo de toda la vida: el Atlético de Madrid; es además machista, racista, anticomunista, adicto al sexo con prostitutas y alcohólico, sin olvidar las drogas…”

    ¿Da miedo el personaje que encarna Santiago Segura? El hecho de que sea una caricatura, una exageración bufa de rasgos odiosos, no lo hace menos temible. El tipo está concebido por condensación, que decía Sigmund Freud. El personaje de una pesadilla, por ejemplo, funciona así.

    “Una representación única representa por sí sola varias cadenas asociativas, en la intersección de las cuales se encuentra”, leemos en el Diccionario de psicoanálisis de Jean Laplanche y Jean Bertrand Pontalis. O, como dicen más adelante, “diversos elementos pueden reunirse en una unidad disarmónica (por ejemplo, personaje compuesto”. Es un mecanismo económico: muchos rasgos adheridos a una única figura, muchas características concentradas en una sola efigie. Torrente es una criatura repulsiva. Pero no sólo por el aspecto que tiene, por su desaseo constante, por su cobardía, por su insensibilidad.

    Es repelente porque suma y hace compatibles distintas identidades de los tipos más detestables. De los tipos más detestables o de las conductas más rechazables. El resultado es efectivamente monstruoso. Las películas que protagoniza Torrente no pueden juzgarse de acuerdo con el canon cinematográfico. Lo interesante es someter al personaje a un psicoanálisis salvaje. ¿Y qué descubrimos? Que algunos de esos rasgos que hacen repulsivo a Torrente son nuestros. Él muestra de manera obscena lo que cada uno de nosotros quizá posee o hace de manera reservada. Él verbaliza lo que muchos sueñan o temen o desean. No es un espejo roto. Es un espejo hecho de cachitos, que es algo distinto.

  9. Leda

    “Él muestra de manera obscena lo que cada uno de nosotros quizá posee o hace de manera reservada. Él verbaliza lo que muchos sueñan o temen o desean. No es un espejo roto. Es un espejo hecho de cachitos, que es algo distinto.”

    ¡¡¡Eso sí que da miedo!!!

    Aún así, sigo empeñada en ir a verla.

  10. Alejandro Lillo

    El proble que le veo al personaje de Torrente es que si bien al principio, en la primera entrega, era un personaje verdaderamente repulsivo y despreciable, ahora cuando ya van cuatro películas de la serie, me da la sensación de que para muchos jóvenes viene a ser ya como un héroe, una especie de modelo, algo parecido a lo que le sucedió al Neng de Castefa. ¿Lo recuerdan?

  11. R.S.R.

    Bueno lo grotesco es también eso que usted define y que puede que se ajuste a este personaje: una suma o superposición de elementos dispares a modo de un collage. Un cine que podría representar cierta similitud con el esperpento pero que a diferencia de aquél en el que había algo oculto y no era tan obvio, las películas de Torrente- mucho más burdas- estarían en consonancia con el tiempo actual donde fallan las inhibiciones.

    No sé si ,como apunta el Sr.Lillo, Torrente es un héroe o un modelo a imitar, pero lo que sí parece claro es que es todo un fenómeno de masas y el director sabe como conseguir sus objetivos.

    Cambiando el tema,estoy metida de lleno en la cuarta temporada de Mad Men. Cuánta adversidad y lecciones de humildad está soportando Don Draper. Cuánta fragilidad hay detrás de esa imagen que nos muestra, veces tengo la impresión de que va a derrumbarse.

  12. jserna

    ¿Cuántas personas quieren asemejarse a José Luis Torrente? No conozco a nadie. Otra cosa es que nos produzca incomodidad –o miedo– la coincidencia: los rasgos del personaje son nuestros y resulta embarazoso descubrir parecidos y parentescos con un tipo tan repulsivo.

    Torno subito.

  13. jserna

    Estoy contentísimo con el Premio Alfaguara de Novela que le han concedido a Juan Gabriel Vásquez. Su novela se titula ‘El ruido de las cosas al caer’. No me la voy a perder, no.

    ¿Vásquez? La pequeña biografía que dedicó a Joseph Conrad es simplemente imprescindible. Hace meses, aquí dije en un comentario esto: “Otra [biografía] es la de Juan Gabriel Vásquez (sí: Vásquez), titulada ‘Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte’. Es un libro lamentablemente breve: inteligente y entusiasta”. En ‘El País’, la entrevista…

    “P. Su propuesta no es la que sigue la mayoría de su generación. ¿Se siente solo?

    R. Tanto como solo…, pero sí tengo vínculos más claros con los escritores de la década anterior, los de los sesenta… Sí, más cerca de Javier Cercas o Alan Pauls que de otros; de los míos, quizá con Mathias Enard. Su Zona es ya una de las grandes novelas de mi generación… Soy un anacronismo; me quedo con Conrad, como puente entre Flaubert y Joyce; aún creo en el lenguaje despegado de la dictadura de la imagen demasiado viva hoy. Y tengo fe en los personajes, seres con muchas aristas, sin ese descreimiento moderno de hoy. Creo a ciegas que el destino individual de alguien que no existe puede decirnos mucho sobre nosotros”.

    http://www.elpais.com/articulo/cultura/novela/ha/sido/empujada/margenes

  14. Marisa Bou

    ¿Cómo olvidar al Neng de Castefa, señor Lillo? Tampoco debe haberlo olvidado el propio Edu Soto, pues ningún otro personaje le ha salido tan redondo. ¡Ah, que buenas temporadas de Buenafuente, aquellas en las que aparecía el Neng. Yo, que odio en la vida real las “discomóviles”, por lo que importunan y ensordecen, y nunca he podido soportar los coches “tuneados”, ni tan siquiera con una raya, encontraba a este personajillo -aunque alto, muy alto- algo tierno y entrañable. Le echo en falta… incluso llevé una temporada el sonido de llamada de mi móvil con su entusiástica frase: “Que pasa, Neeeeeeeeeeeeeng!

  15. aleskander62

    Enhorabuena al Premio Alfaguara.
    Y sobre el miedo:
    Lo contario del amor no es el odio, es el miedo.
    Me voy con Winston y Julia (1984).
    Me voy con Antonio Gamoneda.

  16. jserna

    Don José Luis Torrente, como dice uno de sus partenaires, es una criatura caricaturesca que no puede tener seguidores. Es tan patético, tan antipático y odioso, que difícilmente puede tener imitadores. El Neng era un tipo alucinado pero simpático. Dicho esto, no me confundo: un personaje literario o cinematográfico complejo es una cosa. Don José Luis Torrente es otra. Es como Carpanta. O como las hermanas Gilda: un dibujo de tebeo. Dicho esto con todo el respeto para el cómic.

  17. Isabel Zarzuela

    Sr. Serna, quizá usted no lo vea así, pero me parece un acto de valentía por su parte que cuente públicamente que ha ido a ver la última película de ‘Torrente’ y que ha pasado un buen rato con ella en el cine. No es habitual escuchar a ningún intelectual hacer comentarios de este tipo (o de la prensa rosa), ni siquiera en su vida privada.

    A mí también me ha llamado especialmente la atención este fragmento del post: “Él muestra de manera obscena lo que cada uno de nosotros quizá posee o hace de manera reservada. Él verbaliza lo que muchos sueñan o temen o desean. No es un espejo roto. Es un espejo hecho de cachitos, que es algo distinto”.
    No me pregunte por qué, pero me ha venido automáticamente a la cabeza una entrevista que ví/leí (afortunadamente estaba subtitulada en castellano) hace ya unos años a Sartre. En ella decía algo así como que había personas a las cuales ciertos vicios de otros les horrorizaban; sin embargo, esas mismas personas sentían que sí les concernían, por ejemplo, las hazañas de los astronautas: veían en ellos una virtud que si ellos hubieran sido educados de otro modo, si hubieran tenido otra infancia, la hubieran podido desarrollar. Sartre lo que plantea es: “¿por qué tomar a aquel que va a lo mas alto, al que realiza una hazaña?”. La violencia, el crimen, el racismo… “son cosas que no podemos considerar fuera de nosotros”. “Según las circunstancias el hombre es bueno o es malo”.
    Es decir, estamos en un estado de lucha constante con nosotros mismos, por eso ‘Torrente’ “es un espejo hecho de cachitos”.

    Sé que ‘Torrente’ no me va a enriquecer el espíritu, ni me va a transformar en otra, simplemente espero pasar un buen rato en el cine (seguramente para reírme de esa parte de mí misma que temo o detesto).

  18. Alejandro Lillo

    Seguramente tendrá razón, don Justo. Pero es que veo tantos “Torrentes” por la calle que no se bien qué pensar. Evidentemente, ninguno alcanza las cotas del personaje de Segura, pero leñe, más de uno de los que me cruzo a diario encajaría perfectamente en su película.

    Por otro lado, coincido plenamente con lo dicho por doña Isabel en su última intervención. Torrente también gusta por eso, porque expresa con palabras o actos lo que muchos piensan y no se atreven a decir o a mostrar. Eso lo ha captado usted muy bien, sí señor.

  19. jserna

    Sra. Zarzuela, no demuestro valentía viendo ‘Torrente 4’. Digo bien: ‘Torrente 4’. Ha sido el estreno más taquillero: he hecho lo que tantos y tantos espectadores. No todos los presentes eran descerebrados o dementes, no. Había gente normalísima… Me dice, Isabel, que ver esta película no prestigia y hay que tener coraje para admitir en público que uno la ha visto. Bueno, siempre puedes alardear de ser políticamente incorrecto… o de atacar el buen gusto, que es una cosa muy burguesa. Lo que quiero decir es que no hay valentía por mi parte.

    Hablando de gustos, me entretiene Segura por la misma razón que me gusta Andreu Buenafuente: son cómicos, son payasos listísimos que se burlan de sus propias limitaciones físicas, psíquicas o culturales, pero eso sí: haciendo caja. De paso nos instruyen sobre lo peor de nuestra condición o nos ridiculizan. Porque Buenafuente es un ‘showman’ que caricaturiza hasta el extremo valiéndose de retales y desechos de la cultura de masas. Ambos cultivan el esperpento, lo ordinario, lo primitivo. Hemos tratado este asunto en varias ocasiones. Si ponen en el buscador del blog “Buenafuente”, lo comprobarán y recordarán qué decíamos por aquí cuando apareció Rodolfo Chikilicuatre, aquel gran vocalista. ¿Y qué pensar de la Niña de Shrek?

    Pero regresemos a Torrente. El tipo que encarna Santiago Segura es repulsivo, ya digo. El problema, como usted recuerda, es que se nos parece y se parece a los individuos –varones, principalmente— que retrató y deformó el ‘landismo’, aquel cine instintivo y reprimido de los sesenta y setenta. Mezcle el landismo con el descaro, con el desparpajo, con la falta de escrúpulos y sale Torrente.

    Vamos a ver. Pongamos un ejemplo trivial. ¿Por qué Torrente no se cambia de camisa en todo el tiempo de esta cuarta entrega? Algo semejante pasaba en las anteriores. Nuestras madres y nuestras abuelas nos decían que había que mudarse: de ropa interior y exterior. Durante la película, don José Luis Torrente lleva esa camisa amarillenta con motitas o dibujitos, esa que aparece en el fotograma superior. La prenda en sí es simplemente espantosa, con su estética de baratillo: recién salida de los setenta. Imagine el tergal originario… ¿Es que eso ha vuelto, esa moda? Bueno, no exactamente: lo que ha vuelto es el ‘dirty chic’, que es algo más pijo. En cambio, las motitas y los dibujitos de Torrente van agrandándose hasta hacerse inmensos lamparones. Todo él es un churrete grasiento: tal es su desaseo.

    ¿Conocen a alguien que vista así, que no se cambie la camisa en ningún momento? Si no se muda, es porque no le importa lo que piense o huela la gente. En sociedad somos muy sensatos, pero a solas damos miedo… O cuando no consideramos a los demás: cuando somos literalmente unos desconsiderados.

    “A veces sospecho”, decía Adolfo Bioy Casares, “que la gente a solas es loca y que deja de serlo en la conversación. La conversación impone un nivel de sensatez”. Don José Luis Torrente no conversa: monologa sin criterio firme. Este señor parlotea y se abastece de tópicos, de lugares comunes y sólo espera satisfacerse. No trata a los demás, simplemente los emplea como instrumentos. Decía Kant que uno de los logros de la Ilustración es tratar a los otros como fines en sí mismos y no como meros instrumentos.

    Pues bien, el egoísmo primitivo de Torrente le lleva a la máxima desconsideración: para él, todos los individuos son meros instrumentos. Carece de principios, ya lo sabemos. Y vive en la soledad extrema: es una mezcla de ruina física, de desamparo, de falta de valores, de ausencia de coraje. El principal rasgo de esa personalidad patológica es la cobardía absoluta.

    ¿Puede alguien imaginar ser heredero de los bienes de un Torrente fallecido? Es difícil. “Cuando van a leer el testamento de alguien, todos tiemblan”, indicaba nuevamente Bioy Casares, “porque el testamento suele ser lo que resolvió alguien que estaba solo”. No es necesariamente así: el testamento es un instrumento de la convención y de la conversación social. Pero la pregunta no es trivial: ¿qué puede resolver Torrente en su falta de inhumanidad, en la soledad de sus decisiones? El personaje me recuerda el humor gamberro, soez, disolvente que provoca Sacha Baron Cohen con sus Borats y sus Brunos. También son inconcebiblemente asociales y en ellos nos vemos reflejados: son unos adefesios o unos mamarrachos que dan miedo. En algunas cosas son calcaditos a nosotros.

  20. Biblioteca Andreu Buenafuente

    Por cierto, hablamos de Buenafuente y, como siempre, los de ‘El Terrat’ haciendo caja. Anuncian el nuevo libro de Andreu Buenafuente. Por supuesto lo voy a leer.

    hablar-es-gratis_9788408101093.jpg

    Los nuevos monólogos de Andreu Buenafuente, a un precio de crisis.

  21. Isabel Zarzuela

    Don Justo, permítame insistir en mi idea. El acto de valentía no lo destaco por el acto en sí de ver la película. Como usted mismo dice, “he hecho lo que tantos y tantos espectadores”. El quid de la cuestión está en su reconocimiento público. Para nada considero que ver esta película desprestigie -eso lo dicen quienes viven en su torre de marfil, rodeados de impostura y divismo- , y éstos, los que viven en la impostura digo, son los que en ocasiones marcan la pauta de lo correcto desde un punto de vista intelectual.
    ¿No decía Gramsci que la supremacía de un grupo sobre los demás también se manifiesta a través de la dirección intelectual y moral?
    Ahí está la valentía.

  22. aleskander62

    Revisando los anteriores libros que escribí, veo, -antes de terminar y repasar los dos nuevos- que la segunda edición de Iconos es mejor que la primera (sólo 4 o 5 pequeños errores), por si alguien tiene curiosidad en leerla. En cuanto a Imágenes falsas está bien editado y el texto correcto, tanto en su 1ª como en su 2ª edición, aunque la segunda incluye un comentario introductorio de Daniel Arenas.
    Gracias a todos.
    ¡Ya tengo casi el poemario y la nueva novelita!

  23. jserna

    Ánimo, aleskander62. Muchos no tenemos ni poemario ni novelita. Nos vamos apañando…

    Aunque, ahora que lo pienso, la semana que viene tengo la fortuna de presentar dos excelentes libros de poemas (jueves 31 de abril en La Casa del Libro de Valencia). Además, el 30 debato con Joan Romero sobre Tony Judt. Es un honor.

  24. jserna

    Desde mi punto de vista, el libro hay que leerlo como un manifiesto pedagógico. Eso es lo que intenté decir en mi reseña para ‘Mercurio’. Hay personas que me son muy cercanas que lo han leído erróneamente, como un tratado doctrinal. Lógicamente se han decepcionado. Hay que leerlo como un texto para adolescentes en el que Tony Judt les detalla lo que no es obvio y lo que puede perderse en este contexto. Hay que disfrutarlo como un aviso para navegantes. Y hay que interpretarlo como el vibrante legado de un moribundo.

  25. José Luis Torrente en Facebook

    Angel Duarte Montserrat
    En mi caso, no he visto la película. Empiezo a estar interesado en ella. Por su discusión y por un dato adicional, casi un pequeño trabajo de campo: el pueblo llano (los quillos y sus aproximaciones, vaya) al que tengo el gusto de conocer está entusiasmado. Recuerda algunos diálogos con fervor. Supongo que porque resumen un ideario del que no puede dar cuenta pública habitualmente. Por el contrario, la gente de bien, que con alguno también trato, se escandaliza. No sé. A ver si este fin de semana me acerco a verla. Pasa que al cine no voy solo. Y mi señora es del segundo de los grupos. Y militante.

    Justo Serna
    No se engañe. La película es zafia. Porque el señor Torrente no es don Limpio, sino lo más zafio. No quiero provocar falsas expectativas…

    Angel Duarte Montserrat
    Entonces, ¿voy o no voy? ¡Piense que si llevo a mi señora, puedo estar arriesgando lo que es una hermosa relación de pareja!

    Justo Serna
    Fui con mi esposa, que no sabe cómo agasajarme. Yo me divertí, pero ella deploró lo zafio del personaje. Le dije que era eso: un zafio hecho con restos reales. No sé. Qué quiera que le diga. Tenga
    cuidado.

    Angel Duarte Montserrat
    Me parece que me quedaré en casa! Saludos

    Justo Serna
    No es mala opción. Siempre se quedará con la duda, que es algo muy cartesiano. Saludos.

    Ángeles Lario
    Vaya, vaya, otro análisis sociológico de interés: Torrente y las esposas, jeje. Daría lugar a interesantes y arriesgadas conclusiones. Alguien debe preservar la pureza de la especie.

    Angel Duarte Montserrat
    Por mi parte, ¡que no quede!

    Justo Serna
    O, como diría José Luis Torrente imitando a los clásicos cinematográficos, alguien tiene que hacer el trabajo sucio en esta ciudad. Por otra parte, las esposas no tienen nada que ver con esto. Vamos, digo yo…

    Ángeles Lario
    jajaja, ésa es la cuestión… ¿quién se apunta primero a hacer el trabajo sucio?

  26. Aviso

    Hoy, a primera hora de la tarde, nuevo post.

    Despedimos, pues, a don José Luis Torrente, al Padre Lucas y al Coronel Gaddafi.

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