La China popular

Mao y Ramonazo. Uno de los personajes secundarios de El dueño del secreto (1994), de Antonio Muñoz Molina, es Ramón Tovar, alias  Ramonazo o Tovarich. De esta novela hemos escrito días atrás. Ahora me detengo en uno de sus caracteres más sobresalientes.

Como el protagonista –y luego narrador– también Ramonazo es un joven que llega a Madrid en 1974. Llega, sí, con muchas expectativas. Ambos proceden del mismo pueblo. Son por tanto paisanos pero, a diferencia del narrador,  es un trabajador manual, decidido a emplearse  en lo primero que se le presente. Tal es tal el ansia.

Ha sido mecánico (aún se le nota el resto de grasa o de tizne en los dedos) y todo en él es achaparrado, fuerte y grueso: desde la cabeza grande hasta sus anchas y ásperas  manos. Es un tipo expansivo, dispuesto a conocer mundo. Sin amilanarse, sin arrugarse. Quiere abrirse paso y camino con rudeza, con una jovialidad que no le hará perder la gran ciudad. Eso cree.

Pero no es esto lo notable; lo significativo es la idea que abraza. Como muchos jóvenes de su tiempo Ramonazo es de izquierdas, concretamente partidario del comunismo en su versión china: es decir, maoísta. Lo llamativo, sí, es el maoísmo que profesa. En esas fechas China era popular. Por ser una república comunista: de ahí que nos refiriéramos a ella como La China Popular. Y lo era también por la simpatía que en tantos jóvenes izquierdistas despertaba dicho experimento político. Yo nunca entendí ese entusiasmo. Pero eso, ahora, es irrelevante.

Durante estos días me he acordado de Ramonazo, pero no sólo por haber releído la novela de Muñoz Molina, sino por la exposición que he tenido la oportunidad de visitar. Corran, vayan a verla, que hoy 27 de marzo acaba. Si están en Valencia y tienen oportunidad, no se la pierdan. En todo caso pueden hacerse con el catálogo, un cuidadísimo texto de pequeño formato que, no sé por qué, me recuerda los libritos de instrucción maoísta de otro tiempo. ¿El título de la Exposición?

De las manos negras al sol rojo. Los carteles de la Revolución Cultural China.

Está en el Centre Cultural de La Nau, de la Universitat de València. Da miedo, mucho miedo. ¿Por qué razón? Pues por la peculiaridad del maoísmo: la experiencia más radical de transformación del hombre, de constitución del hombre nuevo. Nada menos. La Revolución Cultural tuvo por finalidad cambiar la naturaleza humana, una cirugía profunda, una ortopedia política extrema. Los carteles muestran el sol radiante de un nuevo amanecer; muestran el optimismo revolucionario. Dan pánico ese colectivismo asfixiante y esa unanimidad de un pueblo que sigue sin desmayo a su líder, a su Gran Timonel. Parece que estamos en Pekín, no en Beijing.

Recordaba a Ramonazo –pálido reflejo de aquellos guardias rojos–, un Ramonazo que ya había aparecido aquí en otro post (Marxismos); y recordaba también a Federico Jiménez Losantos cuando decía tiempo atrás que había acudido a China para darse un baño de maoísmo. Hace unos meses hablé de él y de su extremismo en otro post titulado precisamente Regreso al maoísmo.

El bar Rioja. Etcétera. Desde hace semanas vivo obsesionado. Leo y leo noticias que en principio no me conciernen. Suelen aparecer en los márgenes de los periódicos, en página par y en un rincón de la plana. Pero las capto de inmediato. ¿Acaso por un interés académico? No: por un interés histórico. Es China y es el cambio de hegemonía. Su ascensión parece imparable. Vaya descubrimiento, dirán.

Al repasar los periódicos, quedo imantado por toda información referida a dicho país: ¿país, continente, civilización? Quedo impresionado por la China popular y su crecimiento y me asombra  el despliegue de los chinos por el mundo: se adueñan pácíficamente de los bienes y los recursos de sus competidores. En muchos sitios, el espacio es ya propiedad de los orientales. El capitalismo amarillo se extiende y el crecimiento económico del país es inaudito. Como si estuviéramos en los albores de la industrialización. Imaginamos cuáles son los costes: explotación y polución medioambiental.

Fabrican de todo y eso que elaboran ya no es una simple copia. Ahora se atreven a producir bienes competitivos y atractivos, apoderándose así de  franjas decisivas del mercado. Quizá me equivoque, pero creo haber leído que uno de cada cuatro automóviles que se fabrican en el mundo es chino. Como creo haber leído que una de cuatro tiendas que abra Inditex en los próximos meses será en aquel territorio. Con los chinos, todo acaba en una cuestión de tamaño, de dimensiones, de índice…

Pero no sólo es lo que hacen o dejan hacer en su tierra. Es lo que hacen fueran de allí. Leo, por ejemplo, que en España hay ya inmensos polígonos de mercancías en manos de sus nuevos propietarios chinos: en esos locales almacenan los objetos de consumo que después serán distribuidos y vendidos en los bazares repartidos por las ciudades. Han aumentado las tiendas, a la vista está, y éstas se expanden ampliando los metros cuadrados de los establecimientos. ¿Cómo? Estos empresarios orientales están dispuestos a pagar altos alquileres o a comprar  los locales: los precios han bajado.

¿Y la financiación? Según declaraba el presidente de la Asociación Empresarial China de Valencia, por ejemplo, sus connacionales no acuden a los bancos: se prestan entre ellos, a través de las redes familiares, para acometer  así sus nuevos proyectos. ¿Cuáles? No sólo la instalación y ampliación de esos bazares. También la obtienen para la rehabilitación y mejora de cervecerías. Pasó el tiempo de restaurants de comida china. Ahora, los orientales hacen sepionet plancha, calamares romana, patatas bravas, un colorista menú de tapas y raciones. Aquí, en mi propio barrio: pestañeas y te pierdes un nuevo bar chino, un nuevo bar con el nombre de su antiguo negocio. ¿Cuáles? Toni, Toni2, Rioja, Rioja2, Bar del Jamón Paco. Etcétera.

Hay en Valencia una cervecería en la que quedo a tomar unas cañas con un par de amigos, amigos que frecuentan este blog. Lo regentan tres jóvenes chinos. Parecen trabajar de sol a sol.  Cuando pasas al lado del establecimiento ya está abierto y allí están cuando te retiras. Por la noche siguen los tres muchachos. En el salón-comedor tienen desplegada una incongruente bandera española. O al menos a mí me parece incongruente. Y disponen de dos inmensos plasmas en los que siempre siguen las incidencias futbolísticas del Barça o de la Roja. Los veo hacer aspavientos patrióticos.

El joven chino que habitualmente nos sirve –el que ejerce de jefe de camareros– es muy amable. Habla trabajosamente el castellano y siempre sonríe, siempre dice que sí con una leve interrogación y siempre atiende con prontitud. Nunca parece cansado y nunca parece odiar al cliente. Ignoramos cuáles son las condiciones de su contrato: si es parte empresarial o sólo laboral. ¿Quién está dispuesto a trabajar tantas horas? Su caso no es único y la obstinación de los chinos parece imbatible. Punto y seguido.
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8 comments

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  1. Marisa Bou

    Sí, doña Isabel, pero ahora se ha convertido al confusionismo, es decir, a crear confusión en todo aquel que le escucha.

  2. Sigue y no acaba

    El bar Rioja. Etcétera. Desde hace semanas vivo obsesionado. Leo y leo noticias que en principio no me conciernen. Suelen aparecer en los márgenes de los periódicos, en página par y en un rincón de la plana. Pero las capto de inmediato. ¿Acaso por un interés académico? No: por un interés histórico. Es China y es el cambio de hegemonía. Su ascensión parece imparable. Vaya un descubrimiento, dirán.

    Al repasar los periódicos, quedo imantado por toda información referida a a dicho país: ¿país, continente, civilización? Quedo impresionado por la China popular y su crecimiento y me asombra el despliegue de los chinos por el mundo: se adueñan pácíficamente de los bienes y los recursos de sus competidores. En muchos sitios, el espacio es ya propiedad de los orientales. El capitalismo amarillo se extiende y el crecimiento económico del país es inaudito. Como si estuviéramos en los albores de la industrialización. Imaginamos cuáles son los costes: explotación y polución medioambiental.

    Fabrican de todo y eso que elaboran ya no es una simple copia. Ahora se atreven a producir bienes competitivos y atractivos, apoderándose así de franjas decisivas del mercado. Quizá me equivoque, pero creo haber leído que uno de cada cuatro automóviles que se fabrican en el mundo es chino. Como creo haber leído que una de cuatro tiendas que abra Inditex en los próximos meses será en aquel territorio. Con los chinos, todo acaba en una cuestión de tamaño, de dimensiones, de índice…

    Pero no sólo es lo que hacen o dejan hacer en su tierra. Es lo que hacen fueran de allí. Leo, por ejemplo, que en España hay ya inmensos polígonos de mercancías en manos de sus nuevos propietarios chinos: en esos locales almacenan los objetos de consumo que después serán distribuidos y vendidos en los bazares repartidos por las ciudades. Han aumentado las tiendas, a la vista está, y éstas se expanden ampliando los metros cuadrados de los establecimientos. ¿Cómo? Estos empresarios orientales están dispuestos a pagar altos alquileres o a comprar los locales: los precios han bajado.

    ¿Y la financiación? Según declaraba el presidente de la Asociación Empresarial China de Valencia, por ejemplo, sus connacionales no acuden a los bancos: se prestan entre ellos, a través de las redes familiares, para acometer así sus nuevos proyectos. ¿Cuáles? No sólo la instalación y ampliación de esos bazares. También la obtienen para la rehabilitación y mejora de cervecerías. Pasó el tiempo de restaurants de comida china. Ahora, los orientales hacen sepionet plancha, calamares romana, patatas bravas, un colorista menú de tapas y raciones. Aquí, en mi propio barrio: pestañeas y te pierdes un nuevo bar chino, un nuevo bar con el nombre de su antiguo negocio. ¿Cuáles? Toni, Toni2, Rioja, Rioja2, Bar del Jamón Paco. Etcétera.

    Hay en Valencia una cervecería en la que quedo a tomar unas cañas con un par de amigos, amigos que frecuentan este blog. Lo regentan tres jóvenes chinos. Parecen trabajar de sol a sol. Cuando pasas al lado del establecimiento ya está abierto y allí están cuando te retiras. Por la noche allí siguen los tres muchachos. En el salón-comedor tiene desplegada una incongruente bandera española. O al menos a mí me parece incongruente. Y disponen de dos inmensos plasmas en los que siempre siguen las incidencias futbolísticas del Barça o de la Roja. Los veo hacer aspavientos patrióticos.

    El joven chino que habitualmente nos sirve –el que ejerce de jefe de camareros– es muy amable. Habla trabajosamente el castellano y siempre sonríe, siempre dice que sí con una leve interrogación y siempre atiende con prontitud. Nunca parece cansado y nunca parece odiar al cliente. Ignoramos cuáles son las condiciones de su contrato: si es parte empresarial o sólo laboral. ¿Quién está dispuesto a trabajar tantas horas? Su caso no es único y la obstinación de los chinos parece imbatible. Punto y seguido.
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  3. imaginarseasisifofeliz

    Sé a qué restaurante se refiere, La Rioja. La verdad es que sorprende la capacidad incansable de trabajo de la gente china. Es una cultura del esfuerzo muy distinta a la nuestra. Sin embargo, a nivel popular siempre se suelen escuchar opiniones negativas respecto a bares y tiendas chinas porque se dice que no pagan impuestos, abren en días festivos, etc. Habría que ver qué grado de verdad tienen estas acusaciones.

  4. jserna

    Hola, Néstor (imaginarseasisifofeliz). Buenas tardes. ¿Qué tal?

    Dos cosas.

    1. El bar Rioja no es la cervecería a la que acudo algunas veces con estos dos amigos. El bar Rioja lo pongo como ejemplo de los varios bares que hay en mi barrio y que actualmente regentan empresarios chinos. Por eso verá que el título de este apartado es ‘El bar Rioja. Etcétera’. El sitio al que acudo es otro pero no quería indicar concretamente su nombre. No tengo inconveniente en decirlo, por otra parte. Es en ese bar en donde he visto la bandera española. Si no me equivoco, en el Rioja también hay enseñas y plasmas. ¿Es así?

    2. No sé el grado de fundamento que tienen las acusaciones que muchos hacen a los negocios chinos. Como usted dice, habría que ver el grado de verdad. Pero fíjese que nos vemos en el terreno de la sospecha. ¿Y por qué se difunde esa acusación? ¿Porque hay base o porque se les ve como rivales imbatibles? ¿La administración fiscal tiene pruebas de algo?

  5. Leda

    Pues a mí me encanta ir al bar Rioja. Está ubicado en una zona muy agradable, tranquila y a la vez concurrida, sin ruidos que entorpezcan una interesante conversación. Cocinan bien y el precio no está mal. Como usted dice, Sr. Serna, el joven chino que nos atiende siempre tiene una sonrisa en la boca. No lo puedo evitar, pero me hacen mucha gracia: su carácter servicial, esa bandera española enooorme sobre la barra, los dos plasmas en el comedor… Y los días de fútbol siempre sacan uno de ellos a la terraza.

    Qué buenos momentos hemos pasado allí.

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