Paseo, lectura, jardines. Me faltan pocos días para superar una última prueba académica que tengo el 15 de abril. Todos los materiales que debo presentar ya están prácticamente acabados, impresos y encuadernados. Vivo en estado de vigilia.
He dejado de caminar largas horas, sin destino ni meta, como buen andarín que soy. He dejado de acudir a los jardines, a esos parques públicos a los que voy para sentarme y pensar. Suelo acomodarme en alguno de sus bancos y, como un anciano, disfruto de la luz y de la flora cautiva. Lástima que Valencia sea una ciudad tan ruidosa, con el estrépito del tráfico y el claxon siempre a punto. He dejado de perder el tiempo. Antes así lo hacía de cuando en cuando, con sentimiento impenitente.
Por estar en capilla (como los diestros antes de la faena), he dejado de hacer cosas que me placen, cosas que por sí solas justifican esta alegría que la primavera siempre me produce. Paseo, jardines… Pero sigo leyendo y comprometiéndome con libros futuros. Y sigo escapándome a algún parque para oxigenarme.
Hoy o mañana acudiré a la Feria del Libro. Pasearé por los Jardines de Viveros de Valencia –que son mi infancia y largas horas de lectura entre sol y sombra– y compraré alguna obra que aún no he adquirido. Saludaré a Alejandro y a Lola, en la caseta de la Librería Gaia, y regresaré pronto a esta celda en la que llevo ya muchos meses encerrado. Vivo en estado de vigilia y leo. ¿Qué leo?
Ferran Archilés. Cierro la última página de un poemario excelente: Mala memòria (2011), de Ferran Archilés. Ha obtenido el III Premi de Poesia Manel Garcia Grau, correspondiente a 2010. El título es concreto y ambiguo a la vez.
Es un acierto: Mala memòria. De esa mala memoria estamos hechos y está hecho este libro: de los rastros que dejan ciertos actos humanos y que ahora se enuncian de modo terminante e impreciso. O incluso de las miradas, la simple observación de las cosas: una sencilla ojeada al mundo que rodea al poeta, un mundo que está ahí mismo. Todo es local pero a la vez es universal, con ese trasfondo de cultura saturada y explícita. Aunque, ahora que lo pienso, ojeada es una palabra fea e insuficiente. No es la ojeada lo que predomina, sino la presencia de unos ojos azules. Siempre están ahí y son espejo inaccesible. O eso es lo que yo distingo.
¿Se adhiere la mirada a las cosas que son miradas? ¿Y si es el yo el que mira y es mirado? En la evocación así es. Pero el recuerdo es incompleto. En este libro es frecuente la imagen del marco, de la ventana, de la observación, que a la vez es interior. Es un límite y es una posibilidad. Como el propio cuerpo de la otra, adivinamos: la otra de ojos azules, dueña de un cuerpo que es espacio vacío sobre el que se dejan huellas, casi en un sentido culpable. Huellas y paleta. La imagen del pintor no es rara y aún diría más: es continua aunque implícita la mayor parte de las veces.
Lo voy a releer, que es lo bueno de los libros de poesía: la segunda vez, la impresión no es coincidente o calcada. Me gusta la voz que se expresa en primera persona, que enuncia y calla, que dice mucho en pocos versos. La poesía de Archilés es pura elipsis. O quizá no: no nos habla de los que está fuera de campo, sino de lo que estando dentro del marco apenas es entrevisto o entendido por quien habla.
Javier Marías. Leo Los enamoramientos (2011) y debo frenarme. Debo contenerme. Llevo sesenta y tantas páginas de la novela de Marías y me da pena que esa ficción avance: temo ya que el final llegue. Pero sé que tiene giros
o vuelcos más o menos inesperados: sé que me quedan cientos de páginas para perderme. Ahora mismo, en este post, algo estoy diciendo de la novela de Marías, aunque no mucho, pues debo reservarme para las reseñas que he de remitir: para Mercurio y para Ojos de Papel.
Pero no hay nada que de momento no pueda revelar: el estilo candencioso de Marías se hace creíble en la voz de una narradora, una mujer que trabaja en el mundo de la edición. Y el hilo argumental: hay intriga y hay digresiones que son simplemente divertidísimas. Por ejemplo, las dedicadas a los escritores: Cortezo, Garay Fontina, qué tipos… Pero no es eso lo que me más me llama la atención.
¿Y el arranque? Con ese matrimonio, esas personas felices que despiertan el contento de la narradora. Qué palabra tan bella: el contento. Hay personas que nos confortan, que nos infunden optimismo. Como esa fotografía de la cubierta, qué preciosidad. Pertenece a Elliott Erwitt. Ahora caigo. Tengo en casa un libro dedicado a este fotógrafo de la agencia Magnum. Y ahora lo recuerdo.
Es tan preciso lo que Erwitt dice de su arte. «Uno de los resultados más importantes que se pueden conseguir con la fotografía es hacer reír. Si además se altera la risa con las lágrimas, como ha hecho Chaplin, se logra la conquista más importante. Yo no apunto forzosamente tan alto, pero reconozco que se trata del objetivo supremo».
En parte, eso es lo que nos dice la narradora de Marías. «Hay personas, que nos hacen reír aunque no se lo propongan, lo logran sobre todo porque nos dan contento con su presencia y así nos basta para soltar la risa con muy poco, sólo con verlas y estar en su compañía y oírlas», leo en la novela. ¿Y las lágrimas?
¿Qué pasará cuando esas personas ya no estén? La muerte, otra vez la muerte, como tema dominante y predominante en las novelas de Marías: el acabamiento, la lenta o repentina difuminación. Siento callarme aquí, pero de momento no diré más de Marías. Diré de otros libros que leo y que también me dan contento.
Andreu Buenafuente. La televisión suele adocenarnos. Qué verbo tan rebuscado… Pero qué quieren: en tiempos de Belén Esteban hay que ponerse superferolíticos. ¿Y los orgullosamente incultos? Que lean, joer. El listón está bajo y así nos va. Hay que remontar, pues. Cuando digo listón me refiero al nivel que tienen los creadores, al perfil tan bajo de las producciones televisivas. Y me refiero también al nivel ínfimo de los espectadores, pues llegamos en pésimo estado a la hora del prime time: un día de trabajo o de estrés te han dejado desarbolado, con pocas exigencias reflexivas. Buscas simplemente el entretenimiento. ¿O puedes buscar algo de inteligencia?
Salvo para ver los noticiarios, yo he abandonado la tele: tal es el hastío que me produce la programación. Ahora, en estos momentos, contraprogramo con las propias series televisivas (de las que pronto, muy pronto volveremos a hablar). Lo sostuve hace años —casi diez— y lo estoy cumpliendo. Cuando digo que contraprogramamos ya saben a lo que aludo: a Los
Soprano, a Mad Men, a En terapia y a otras que vendrán. Pero no es de ficciones de lo que quiero hablarles ahora.
Quiero hablarles del único programa diario que me da contento, por decirlo con las palabras de Javier Marías. Y quiero mencionar el último libro que El Terrat ha editado, volumen alimenticio en el que se recogen los monólogos de Andre Buenafuente datados entre diciembre de 2009 y el mismo mes de 2010. Se emitieron en dicho programa precisamente.
El título es provocador y falso: Hablar es gratis (2011). De ese enunciado se burla el propio Buenafuente en el prólogo. ¿Gratis? Todo tiene su precio, aunque –como dice el cómico de Reus– «reír a gusto no tiene precio». Los chistes, los juegos de palabras, los malentendidos, la guasa permanente, esa ironía que nos libra del envaramiento. Leer a Buenafuente, como verlo en televisión, es una fiesta. ¿Cuántas veces he hablado –he escrito– de Buenafuente? Me debe una propina, sí. O un saludo.
Pero veo la ilustración de cubierta y me parece el colmo de la autoparodia. ¿Un rostro fotocopiado? Quienes siendo niños descubrimos este ingenio siempre quisimos hacernos una xerocopia de nuestra cara: con la deformidad y con las sombras de esa pose forzada.
En Mad Men asistimos al nacimiento de la prodigiosa Xerox. Yo vine al mundo cuando los publicitarios de Madison Avenue empezaban… O sea, que entiendo a Buenafuente, que sólo es un poco más joven que yo. Lo que vemos no es la persona sino la copia deformada, simple caricatura de un tipo realmente imaginativo arropado por zumbones guionistas.
Y eso se puede leer. ¿A qué esperan?
Colofón. Mala memòria, de Ferran Archilés, tiene la virtud de hacerte espectador, de hacerte partícipe de momentos cotidianos: restos diurnos, podríamos decir. Al poeta le falta luz, una luz que todo lo aclare. Menos mal que es un ser humano y no el ojo de Dios: así, la observación ensaya, prueba. ¿Y con qué ensaya y prueba? Pues con la palabra siempre aproximada y tentativa. Pero el poeta nunca confirma el resultado de su visión. Nos deja la realidad en esbozo, con perfiles escasos. Así es como existimos. Eso es vivir al día.
Los enamoramientos, de Javier Marías. El autor se vale de una narradora, María Dolz, para contarnos una historia que no es lo que parece. O sí. ¿Quién sabe? Marías escribe con brújula, ha dicho alguna vez. Parte de pocas informaciones y sobre ese cimiento escaso levanta coherentemente la historia. Una parte de nuestra vida funciona así: nos apañanamos con cuatro datos y con meras impresiones para creer lo que queremos creer. Llevo ya ciento y pico páginas y no puedo decir a qué nos conduce. La apariencia es objeto de examen, pero no para llegar a la conclusión banal –esa de que las apariencias engañan–, sino para constatar todo lo contrario: ¿por qué nos engañamos a pesar de que las apariencias están claras? Todo acaba siendo lo que parece y, sin embargo, los humanos caemos y recaemos. ¿La muerte nos iguala? No, ya veremos.
Hablar es gratis, de Andreu Buenafuente, es un reflejo de su programa: de sus bromas, de sus chistes, de sus ocurrencias. Sí, pero sólo es un pálido reflejo. Del plató al papel, los monólogos pierden la puesta en escena, la gesticulación, la entonación, los errores, las improvisaciones, las interlocuciones, la música ambiental, esa banda sonora que refuerza las gansadas de Buenafuente. Éste no se cansa de repetir que él no es cronista, que no es periodista, que no es nadie…: que sólo es un cómico. Y tiene razón. Buenafuente encarna muy bien el papel de payaso inocente y algo torpón que revela lo que nadie quiere ver o que levanta las defensas de su entrevistado. Ayer mismo, en su programa televisivo, apareció afeitado. Vamos, sin esa perilla de malvado que luce habitualmente. Estaba hasta guapo. Como además se ha puesto a dieta se le ve tipito: en nada estará filiforme. Y entonces lo tendrá todo: ya sabe engatusar con su labia y pronto con su cuerpo, conservando toda su cabellera. Cómo no voy a envidiarlo: es más joven que yo, pero parece muchísimo más joven. Y encima compro y leo su libro. Me debe una propina. O un saludo.



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