A Alejandro Lillo
» Leer la novela Drácula y escribir una reflexión. Esos fueron los deberes que la hija de José María J., alumna del
Colegio Imperial Niños Huérfanos San Vicente Ferrer de San Antonio de Benagéber, llevó a casa el pasado miércoles. Pero el padre de esta niña de 10 años no ha querido que la alumna haga los deberes y se ha quejado formalmente ante la dirección de este colegio católico. José María califica de «escándalo» y le parece «inaudito que en una escuela católica obliguen a los menores a leer este tipo de libros (…). Cuando el progenitor reparó en el tipo de trabajo que le habían mandado a su hija, «arranqué las hojas con las imágenes del cementerio y de los muertos y lo grapé junto con una nota dirigida a su profesor´´. En el escrito que remitió al colegio, José María se preguntaba si podía estar tranquilo ante lo que le obligaban a leer a la niña, y reflexionaba sobre el tipo de educación que recibe, precisamente en un centro católico de la solera del Colegio Imperial San Vicente Ferrer»
He esperado durante semanas el desarrollo de esta noticia. He aguardado a ver cuál era su resultado. Apareció originariamente en Levante-Emv con un titular bien chocante: «Un padre prohíbe a su hija de 10 años estudiar Drácula por su simbología anticristiana». He esperado y, salvo despiste, no he visto que el propio diario –o algún otro medio– haya dedicado atención a este hecho.
Eso significa que la noticia está en suspenso. Quizá por haber perdido interés informativo. Quizá por estar ya todo resuelto (¿el qué?). O quizá por haberse olvidado los periodistas de este asunto, dejando de seguir al padre, a la niña, al profesor o al Colegio Imperial. Alguien puede responder que todo eso es cierto y a la vez. No sé, no sé.
Tal como se detalló, la actitud censora del padre provocó la oposición de otros profesores o el desconcierto en el propio centro de enseñanza. ¿Había razones para sentir inquietud por la vuelta de Drácula a las aulas? Un progenitor que se opone a que la muchacha lea Drácula debe de ser esclavo de una concepción mojigata y severísima, tendemos a pensar. Si rechaza por anticristiana Drácula, entonces ya puede empezar a administrarle una dieta bien estricta a su hija. Abundan las novelas, las series televisivas o las películas con motivos de esta índole. Por tanto, deberá estar muy atento en su actividad censora. Si consigue imponerle un menú sin proteínas antirreligiosas, será un santo y su hija quedará libre de todo pecado, creciendo en un ambiente de moral estrictísima. De entrada, las reacciones contrarias a la censura parecen razonables: no hay que prohibir, Drácula es un clásico, etcétera.
“Me gustaría hacer lo mismo que las mujeres que se dedican al periodismo: hacer entrevistas, describir lo que he visto, recordar e intentarlo, las conversaciones oídas y transcribirlas con toda fidelidad”, confiesa Mina Murray –luego Mina Harker— en una carta que dirige a Lucy Westenra.
O como añadirá en una entrada de su Diario personal: “…en esa profesión lo esencial es tener memoria; ser capaz de reproducir exactamente cada palabra pronunciada por la persona entrevistada, aunque después fuese preciso mejorar algo el estilo”.
Como podemos ver, las enseñanzas que Mina Harker tiene bien aprendidas son muy sensatas. Los periodistas podrían aplicarse el cuento. Y sobre todo deberían preguntarse lo primero, lo básico.
En las reacciones periodísticas, en la respuesta del profesor y del colegio no he leído lo esencial: que Drácula es una novela inadecuada para una niña de 10 años; que es una novela ardua; que efectivamente trastorna. Y que el papel reservado a las damas en dicha obra es activo e imaginativo, pues registra los cambios que se están dando a finales del siglo XIX. Anuncia alteraciones aún más profundas.
El Conde Drácula tiene tratos lascivos con Mina y Lucy y hay una fortísima carga erótica en dicha obra, una carga no siempre explícita, pero sí perturbadora. Las novelas –las novelas grandes, aquellas que nos conmueven– tienen su edad, su momento y son material muy delicado: nos perturban, en efecto, y nos cambian. ¿Una niña de 10 años leyendo Drácula? La novela es narrativamente compleja, tan compleja como para que sólo la puedan degustar paladares más crecidos, más refinados. Tiene consecuencias morales: entiendo que un padre severo, celoso guardián de la educación de su hija, se alarme. Puede que el progenitor se asuste por la presencia de muertos que sobreviven en la irreligión durante siglos. O puede que atisbe la orgía carnal a la que se entrega el vampiro con muchachas presuntamente inocentes.
Me gusta este caso, este caso de censura. Revela la potencia de las novelas, de ciertas novelas: la capacidad que aún tienen para condicionar nuestros actos, para trastornarnos. Revela también la vigencia de los clásicos: una obra publicada en 1897 todavía escandaliza. Porque quiero pensar que el profesor pasó a sus estudiantes la edición completa de Drácula y no una versión adaptada, depurada. Por lo que leemos en el diario, el padre arrancó las páginas más peligrosas. Sabía lo que hacía: si a esta novela se le quita una página, la amputación es irreparable. Toda ella, compuesta de documentos añadidos, complementarios, es material inflamable: quienes la lean se condenarán, irán al Infierno.
Muchos están allí desde hace un siglo. Allí sigo yo, ardiendo en deseos, en deseos por volver a leerla.
Blogosfera:
Drácula, La biblioteca del hijo
Yo, narrador. La imaginación histórica de los novelistas españoles


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