Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)
Uno. Cuando camino por la ciudad suelo mirar con ganas. Quiero ver rostros y quiero conjeturar sobre sus vidas. Cuando llega una campaña política, la cartelería añade otro elemento visible: los retratos electorales. Me detengo y miro. ¿Y qué distingo? Ayer domingo estuve en El Puig y en Valencia. En ambas localidades vi el cartel de Francisco Camps. En la capital descubrí el póster de Rita Barberá. Dejo para otro día los carteles de Jorge Alarte, Joan Calabuig, Marga Sanz o Enric Morera, entre otros. Me centraré hoy en Camps y Barberá. Y lo haré valiéndome de una fotografía de la agencia EFE. Podemos jugar a la comparación y al contraste, al original y la copia. O podemos preguntarnos qué es lo real y qué es lo virtual.

Dos. Cuando van a retratarnos adoptamos nuestro mejor cara, nuestro mejor perfil. Adoptamos la pose que más nos favorece. Cuando la fotografía es trascendental, entonces nos ponemos nuestras mejores galas, nos acicalamos, nos empolvamos la nariz, nos damos un toque de color. Pero sobre todo cuando queremos ofrecer los mejor de nosotros mismos nos mostramos sonrientes, incluso campechanos.
La sonrisa franca revela bienestar. Y la actitud suelta, desenvuelta y relajada refuerza una apariencia de cercanía y bonhomía. Todos lo hacemos más o menos: no recuerdo a nadie o a casi nadie que ponga cara de malote cuando el retratista le hace una instantánea. Pero la sonrisa congelada puede ser el rictus de una máscara.
El cartel de Francisco Camps, aquí parcialmente tapado por el propio protagonista, no le favorece. Yo vi ese retrato en grande, al natural y con detalle. La verdad es que daba miedo. Sonreía, sí, pero el esbozo de esa mueca revelaba mucho malestar: quizá la hernia discal, quizá la convalecencia, quizá los disgustos. No sé. El caso es que Camps aparece con una inquietante mirada, con los ojos hundidos, con las cuencas profundas. Alguien que me acompañaba me lo dijo: es la mirada de un vampiro. No, le dije. Son los ojos del dolor. Esas pupilas no sonríen: escrutan o padecen.
En cambio, Rita Barberá aparece monísima en el cartel. Guapa, guapa. Bien peinada, con la permanente reciente, con joyas nada ostentosas, con aspecto relajado, perfectamente maquillada: tanto que han desaparecido los surcos de su cara. Los polvos no puede hacer tanto relleno. Por supuesto, unos retoques de Photoshop obran prodigios. Los dientes imperfectos de Barberá no se tocan, claro. Le dan un aspecto ratonil y simpático. Probablemente, sus asesores le han dicho que esa dentadura es muy valiosa.
Los retratados están sentados delante de sus respectivos carteles. Camps saluda, como todo candidato amado por su pueblo. No tiene que esforzarse: se sabe reverenciado y por eso saluda al modo de las estrellas. Su sonrisa no parece tan enferma como la del cartel, pero entorna los ojos como si un sol o un reflejo abrasadores le molestaran. El resultado es un ademán impostado.
Por su parte, Barberá hace el signo de la victoria, gesto que parece inevitable en campaña electoral. Winston Churchill lo hizo y a partir de él lo repite quien cree estar en una guerra o ganando una batalla. Por eso sonríe, aunque en este caso la mueca aumenta su semblante de roedor.
“Hay mucha gente, pero más rostros aún, pues cada uno tiene varios», decía Rainer Maria Rilke en Los apuntes de Malte Laurids Brigge (1910). «Hay gentes que llevan un rostro durante años. Naturalmente, se aja, se ensucia, brilla, se arruga, se ensancha como los guantes que han sido llevados durante un viaje», añadía.
Es lo que nos pasa a la mayoría: se nos descuelgan los pellejos y se nos agrietan los mohínes. Luego hay otras gentes, concluía Rilke, que «cambian de rostro con una inquietante rapidez. Se prueba uno después de otro, y los gastan”. Los van gastando e incluso los van mejorando.
Eso es lo que pretenden Camps y Barberá: cambiar de rostro para que no se les descuelguen los pellejos y no se les agrieten los mohínes.

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