Blog de Campaña de El País (Comunidad Valenciana)
Uno. Ah, los tiempos. Cuando vivíamos aletargados por la fatalidad televisiva, cuando creíamos que todo era inamovible, unos jóvenes airados nos dicen que no. Que es posible salirse, convocarse, reunirse, concentrarse, mostrarse y crecerse. Exigen lo inevitable o lo imposible, según. Pero tenemos alguna experiencia, la magra lección de la historia, y sabemos que estos movimientos no siempre pueden mantenerse por mucho tiempo; no siempre tuercen lo inevitable; no siempre imponen su credo.
Momentos interesantes, fértiles y probablemente pasajeros. Al final, la consecuencia acabará frustrando a los más entusiastas, pues todo acto de intervención que se sale de lo previsto, que se alimenta de objetivos más o menos extremados e imaginativos, termina decepcionando a quienes lo iniciaron. Pero esos actos tienen algún éxito parcial o inesperado o indeseado, un triunfo parcial o insólito que los propios protagonistas no aceptan por insuficiente. Releemos a Max Weber y comprobamos que es así.
Dos. Puerta del Sol, Plaza de Cataluña, Plaza del Ayuntamiento, etcétera: tres espacios públicos de Madrid, de Barcelona y de Valencia que efectivamente han sido tomados por numerosos ciudadanos para mostrar y mostrarse, para dictar la ley del número, la que nos hace pasar de la cantidad a la cualidad. Hay momentos en la vida que tienen dicha índole. Suelen ser actos multitudinarios: cuando nos agregamos, cuando nos reunimos, cuando nos congregamos para hacernos copartícipes del hecho festivo, reivindicativo o expresivo de estar juntos.
Estas concentraciones son algo muy antiguo y a la vez algo muy moderno. Son actos teatrales y son efecto del mundo virtual. Son hechos dramáticos y son lo más parecido a un happening. Los protagonistas son la masa y el ministro del Interior: el responsable de la Policía no quiere crear problemas, sino atemperar. Es acusado por la derecha: se le atribuye el plan y se le acusa de no atajarlo. Claro que hay un plan, pero no urdido por ese ministro tan malvado, sino por jóvenes que salen y se salen, jóvenes que se saben personajes de una representación retransmitida y retratada, glosada y observada.
Tres. Las concentraciones son moleculares. Ocurren aquí y allí y además son a la vez fijas e inestables. Elias Canetti analizó los fenómenos de masas como si de organismos vivos se trataran, como si de un cuerpo con cerebro se tratara. Las masas siempre quieren crecer, decía. Mientras se mantienen como multitudes reina en ellas la igualdad. La masa ama la densidad, pero necesita una dirección: no me refiero a un líder, sino a una meta que impida su desintegración. Ahora bien, la masa y sus actos son sobre todo relatos con planteamiento, con nudo y con desenlace. ¿Con final feliz? Las televisiones retransmitiendo y los ojos del mundo entero escrutando…
Hay numerosos jóvenes que están aprendiendo lo que es la democracia, un sistema imperfecto de procedimientos formales. Hemos oído a un portavoz de este movimiento (15-M) decir que son tantos en la plaza que ya no valen los brazos en alto para votar, esos que agitan festivamente: hay que poner urnas para ejercer el derecho, para expresar por escrito las inclinaciones y las decisiones. Pronto elegirán a sus representantes… De momento no hay un dirigente –todavía no–; ni hay un único portavoz. Es una mezcla de anarquía y moderación, antipolítica y morigeración, utopía yrealismo.
Cuatro. Bien mirado, lo que está ocurriendo es muy antiguo –insisto– y remite a nuestros orígenes culturales, históricos: todo acaba en una Plaza. La muchedumbre físicamente reunida; la masa que reclama derechos que en principio no contemplan los representantes de las instituciones.
La multitud está llevando al límite las propias contradicciones del sistema político democrático y nos reta. Porque si esto ocurriera en El Cairo, el desalojo habría empezado a tiros y habría acabado con muertos. Pero todo esto –no lo olvidemos– no tiene solución que a la mayoría contente: la frustración es inevitable. Habrá elecciones el 22 de mayo y el resultado –decepcionante, siempre decepcionante para las expectativas– no confirmará ni corroborará la acción.
¿Continuará?
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