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No les pido que hayan leído ya a Guillermo Busutil. Les pido que se planteen leer lo que él escribe. No se priven de ese placer. Quizá podamos convenir en la precisión de sus relatos y en lo refinado de su prosa. Pongamos un
ejemplo: Vidas prometidas (2011), un volumen de cuentos, género en el que Busutil es maestro. Si no me equivoco, ya va por la segunda edición. Es una buena noticia: publicado el libro en Tropo Editores, corría el riesgo de pasar inadvertido.
Pero no: la calidad de sus retratos, enérgicos, frecuentemente sarcásticos y con un punto de melancolía, merecen ser considerados, apreciados, avalados. Cualquier detalle visto de cerca cobra una dimensión significativa, interesante e incluso monstruosa. Sin forzar el simbolismo de los objetos o de las personas, los seres animados o inanimados adquieren fuerza y universalidad.
«La realidad es el vestíbulo de la imaginación», leemos en una de las historias que Busutil reúne. En concreto, la que lleva por título Los futuros de Voltaire. En sus páginas, el autor habla de un echador de cartas. Y habla del porvenir, de lo que un nigromante puede adelantar o aventurar, pero habla también del amor, de la necesidad de ser amparado, protegido. O deseado.
Somos carne y experimentamos placeres epidérmicos o muy profundos. Pero somos sobre todo seres animados en trance. ¿En trance de qué? De convertirnos en seres inanimados: nuestras expectativas siempre están a punto de cumplirse, de consumarse o de frustrarse. Indistintamente.
Las narraciones de Busutil tratan de la vida cotidiana, del mundo corriente en distintas partes del mundo y en diferentes momentos, en la actualidad o en épocas más o menos distantes. Tratan de individuos aquejados de algún mal, inseguros, frágiles o incluso fracturados. Tratan de seres que tienen partenaires fuertes o resolutivos. Y tratan de gentes con apellidos célebres (Defoe, Voltaire, Poe, Proust, etcétera) que son una carga: la vitola que las ciñe o envuelve y a la vez la soga que las asfixia. ¿O acaso esos linajes insólitos son una suma de posibilidades?
Al final, nuestro yo pugna por hacerse oír, por tener una voz propia y por hacer compatible lo que recibimos con lo nos debemos a nosotros mismos. Un narrador adopta el punto de vista del personaje principal u opta por la primera persona. Nos detalla qué es lo que hacen esas personas en la vida ordinaria. ¿Algo previsible?
En buena medida, los individuos somos predecibles y el comportamiento pregona lo que aún no hemos hecho. Los personajes de Busutil, trazados con economía verbal, con limpidez, no irrumpen protagonizando una gran aventura: simplemente están ahí, in medias res, sobreviviendo a pesar de los familiares, de los amigos, de los conocidos. O sobreviviendo a pesar de las decepciones, de las crisis, de los despidos.
El círculo más estrecho es el espacio de sociabilidad en que se desenvuelven, pero es a la vez el lugar que limita, que incluso ahoga. Pero no hay un más allá liberador. Hay un más acá en el que se empeñan con resultados siempre dudosos. Sus vidas les pesan, pero las expectativas no son menores: no les faltan el coraje para resistir, el valor para emprender, la bonhomía para encarar lo que venga. Y no les falta la ficción, ese recurso que permite escapar del orden o que hace levitar… literalmente.
Porque, en efecto, levitan, como ese personaje femenino que aparece en la ilustración de cubierta: se trata de una mujer que con un simple paraguas desplegado se eleva por encima del ómnibus, el transporte forzado y
cotidiano. En el último cuento hay una referencia explícita a Los paraguas de Cherburgo (1964). Solemos pensar en esa obra como una creación cursi, incluso kitsch. Lo intento, pero no puedo: veo a Catherine Deneuve jovencita y monísima, como un personaje de Julio Cortázar («…nos gustaban los mismos cigarrillos y Catherine Deneuve…»).
En manos de Busutil, la referencia a los paraguas se convierte en lo que originariamente fue: una metáfora de la levedad, de la alegría, de la compostura y de la apostura. Y de la esperanza.
De la esperanza algo irresponsable de los años sesenta que no declina. ¿Ustedes imaginan un porvenir más atractivo? ¿Compartir la vida con Catherine Deneuve, la Catherine Deneuve de 1964, y a los sones de Michel Legrand?
Colofón. El cuento que sirve de motivo para rotular este post es Un paraguas amarillo. Una persona que me escribe privadamente y que me reparte elogios y pequeños reproches pregunta: ¿por qué Mi vida con Catherine Deneuve como título de esta entrada? Me dice que hay otras evocaciones posibles para destacar. Ahora veo que entre quienes glosan el post hay una, dos personas que amablemente me insisten en algo parecido. Con razón. ¿Qué puedo responderles?
Que por supuesto hay otros motivos fundados para escoger. Por ejemplo: la infancia y el colegio, con las fantasías de virilidad y coraje; la adolescencia y la lectura, con las ficciones instructivas de virtud y relato; o la vejez y la experiencia, con la entereza moral de dignidad y valor. Hay tres cuentos que tratan estas enseñanzas y que de entrada no he mencionado. Sobresalen de un conjunto muy valioso en el que el autor no se muestra edificante ni peca de didactismo. Son Estrella sin ley, La siesta de Odiseo y La señorita Margot.
En realidad, he debido privarme de detallar cada una de las historias precisamente porque hay algunas –esas tres entre ellas– que despuntan con mucha calidad: corro el riesgo de anular el efecto que provoca su lectura e incurro ya en la descortesía de dar demasiadas pistas.
Los relatos están separados por unas brevísimas entradas en cursiva. Son como microcuentos. Y son avisos: en el sentido comercial de la palabra. Pero yo no quiero avisarles de lo que se pierden si no los leen: creo haber dado suficientes señales para que disfruten. Y ahora, si me permiten, regreso a mi mundo fantástico: ese en el que habita una Catherine Deneuve jamás existente que Guillermo Busutil me ha hecho recordar y añorar.

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