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Uno. Permítanme un diagnóstico facilón: el inicio del curso coincide con un síndrome posvacional. ¿En qué consiste? En que estamos abatidos, en que
estamos abúlicos. A todo parece faltarle sentido y nada parece darnos contento.
Si el verano ha ido bien, si ha sido un momento placentero, la razón está clara: el trabajo, las obligaciones, las faenas, la regularidad, la disciplina de septiembre te entristecen. Por otro lado, sientes mala conciencia. ¿De qué me voy a quejar si tengo un empleo, fijo y bien remunerado?, te reprochas. Y eso, justamente, es lo que agrava la pesadumbre, pues de inmediato te culpas diciendo: ¿y si no tuviera trabajo, eh?
Pero para el parado el principio de la temporada tampoco augura nada bueno o mejor: tal como están las cosas, los próximos meses aseguran el desempleo o el subempleo. Y esa persona, que por ejemplo tiene estudios, titulación, habilidad, capacidades, ve cómo se desaprovechan sus conocimientos. Esto es un despilfarro.
Escuchas la radio cada mañana. Yo no tardo ni diez minutos en apagarla. Lees la prensa. Me salto rápidamente los artículos dedicados a la crisis. La prima de riesgo, Grecia, la deuda, etcétera, me deprimen, me provocan reacciones de asombro, de estupor. Siento saturación: no consigo retener la atención en nada de lo que me dicen porque nada parece tener una explicación racional y duradera, por mucho que tantos hablen sentando cátedra.
Cada mañana hay expertos que predicen muy bien lo que ya ha pasado, para equivocarse después en lo que hoy mismo está sucediendo. Si tantos acontecimientos económicos de los últimos meses te resultan indescifrables, entonces no sabes a qué atenerte. Y así estoy: con pasmos y espasmos.
La ventaja de ser historiador es que el conocimiento del pasado te da certidumbre. Tienes la sospecha de que sabes por dónde van a ir las cosas. Así lo he vivido desde que cursé mi primer año de carrera. Con la historia no predices nada, pero esta disciplina académica te proporciona recursos para no asombrarte cada mañana. Pues bien, yo llevo meses desconcertándome. No entendiendo casi nada de lo que nos ocurre. No pongo cara de saber qué pasa. Y por supuesto no dispongo de soluciones que alivien o que nos saquen de este carrusel.
Dos. Menos mal que mis lecturas me enajenan, me quitan de lo que hay. No me refiero a los trabajos académicos que dirijo o que debo revisar. Me refiero a la felicidad de leer, esa que aquí mismo etiqueto. Con dichos libros practico el escapismo o el examen, el autoanálisis o la huida, no sé. Les doy la dieta actual, la que sigo en mi curso rápido de autoayuda.
Por ejemplo, ahora estoy releyendo por cuarta vez Todas las almas (1989), de Javier Marías. Eso sí, en la edición que hizo Alfaguara en 2000. Como estoy repasando ordenadamente sus obras, en estos momentos me toca la novela de Oxford. Según ya dije en Héroes alfabéticos (2008), es Marías quintaesenciado, con su ritmo lento, envolvente, caviloso, observador y humorístico. Ah, las High Tables…
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Estoy disfrutando a la vez de las Confesiones de un joven novelista (Lumen, 2011), de Umberto Eco. Por eximio que pueda ser el novelista, prefiero siempre al ensayista Eco: qué ironía, qué sabiduría. Total, ¿para qué? Todo su arte analítico y toda la semiótica que ha aprendido le sirven para analizarse mejor. También para equivocarse egregiamente. Ya les diré por qué. O les adelanto: confunde la documentación exhaustiva con el efecto novelesco, es decir, con la verosimilitud. Como Julio Verne…
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Me administro igualmente las perlas y las píldoras reflexivas de Carlos Castilla del Pino, sus Aflorismos, que edita Celia Fernández Prieto (Tusquets, 2011). Qué lucidez y qué bondad disfrazadas de mal genio. De hecho, el principal ingrediente de Aflorismos es la autoestima, el amor propio. Es lo que aflora… Si lo pensamos bien y si lo pensamos metafóricamente, es la única enzima que precisamos para vivir.
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Durante estos días vuelvo también sobre un libro del que se extraen muchas enseñanzas: Lo que hacen los mejores profesores universitarios (PUV, 2006), de Ken Bain. Lo leí para otros tareas; ahora regreso para afinarme y refinarme. A ver si aprendo algo. Algún día les contaré anécdotas impagables que el autor detalla. Por ejemplo, por qué no aprendemos Física después de haber cursado un año de Introducción a la Física. Hay alumnos, dice Bain, que aún siguen con una idea del movimiento intuitivamente aristotélica tras meses de clase.
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Pero el libro que aún no he leído y que me sanará es un volumen de Paolo Legrenzi. Tengo confianza en que será así. ¿Su título? Por qué las personas inteligentes cometen estupideces (Ares y Mares, 2011). He depositado muchas expectativas en él: no porque yo me considere inteligente, sino porque me alivia pensar que no estoy solo cometiendo estupideces. Vamos, que tengo grandes compañías. No creo hacer muchas bobadas. Por eso aún confío en aprender algo de provecho.






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