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Uno. Empecemos con lo obvio. Una persona educada es aquella que tiene información y sabe administrarla. Pero es también aquella que tiene formación y
sabe obrar en consecuencia. O aquella que posee erudiciones y sabe aplicarlas. Pero no basta.
Hace falta un buen preceptor. Una persona educada es aquella que es consciente de sus ignorancias. No es que viva en la infelicidad, sino en la felicidad de la duda, en la dicha del tanteo, de la exploración. No tiene todos los conocimientos, pero sabe cómo obtener las informaciones que le faltan. Pero no basta.
Dos. En un reciente artículo aparecido en El País, Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea, decía lo siguiente:
“Una persona educada debe ser capaz de pensar y escribir con
claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente (…). Una buena educación, además, debe proporcionar una apreciación crítica de las formas en que obtenemos el conocimiento y la comprensión de la sociedad, conocimientos básicos de los métodos experimentales de las ciencias, de los logros sociales, artísticos y literarios del pasado, de las principales concepciones religiosas y filosóficas que han guiado la evolución de la humanidad (…). La educación debería servir también, por supuesto, para adquirir especialización o formación profesional en algún campo del conocimiento. De una persona educada, en fin, se espera que tenga algún conocimiento sobre los problemas éticos y morales, en constante cambio, que pueda ayudarle a formarse un juicio sólido y elegir entre las diferentes opciones”.
El título de la tribuna es sintomático: El valor de la educación. En sí mismo es revelador. La educación no tiene precio, sino valor (ya sabemos que al decir de Antonio Machado es necio aquel confunde valor y precio). En segundo lugar, el título remite voluntaria o involuntariamente a aquel libro del filósofo Fernando Savater que tanto éxito tuvo: El valor de educar. Dicho volumen era una defensa del amor propio, de la autoestima que nos procura la educación. No basta con instruirse, con informarse. Hay que tantear, experimentar, avanzar. Hay que atreverse y hay que saber colmar lo que ignoramos. Sin criterio, las erudiciones son mero adorno, un aderezo improductivo.
Tres. Creo que hay aspectos comunes en lo que defendía Fernando Savater y en lo que ahora proclama atinadamente Julián Casanova, el historiador. Cito de memoria, porque no tengo aquí mi ejemplar del volumen: si no me equivoco, el filósofo acababa su libro con dos cartas que eran los capítulos finales, una dirigida a la madre, maestra de profesión; y otra destinada en este caso a la ministra de Educación, entonces Esperanza Aguirre. Cómo pasa el tiempo. O, mejor dicho, parece que no pasa el tiempo. De su madre tomaba ejemplo; a la ministra le pedía que diera ejemplo…
Casanova y Savater pueden coincidir en un dato básico: si no informamos, si no formamos, si no instruimos, si no educamos, nuestros jóvenes estarán inermes. ¿Y eso cómo se consigue? Con erudición y con criterios; con noticias y con razonamientos. La información bastísima y vastísima no es suficiente. Hemos de saber orientarnos, discriminando. El alud o la avalancha no nos alivian: nos empeoran. En cambio, el refinamiento o la habilidad siempre son selectivos, cualificados. Con esto no quiero decir que haya que formar especialistas, siempre necesarios; lo que quiero decir es que el dato concreto no da el sentido. Hay que saber muchas cosas para poder olvidar lo redundante o lo secundario. Un buen maestro es eso precisamente: un sabio que conoce los logros o los calamidades de la humanidad, un investigador.
Cuatro. Permítanme decir algo trivial. U otra trivialidad más… Lo pasado –lo histórico– no es material de desecho, algo prescindible y poco útil, sino la base de lo que hoy nos rodea. Por muy peritos que seamos, por muy habilidosos que seamos, poco alcanzaremos si ignoramos el fundamento de lo que nos condiciona. Actuaremos con torpeza. ¿Y los historiadores? Pues los historiadores son maestros, propiamente educadores. Si no lo son, si no ejercen como tales, al menos deberían serlo o proponérselo. No somos meros depositarios de datos, sino formadores. Ser críticos significa saber –o estar en condiciones de saber– qué nos pasa o por qué. No se trata de tener muchos datos, sino de acopiarlos bien, de discriminar adecuadamente entre informaciones vastas y bastas.
«Una persona educada», como decía Julián Casanova en el artículo antes citado, «debe ser capaz de pensar y escribir con claridad, comunicar con precisión y pensar críticamente». Y para ello hay un remedio milagroso. Sus efectos no tardan en aparecer y además perduran: leer, leer con abundancia, sobradamente; leer subrayando, interpelando. Si los estudiantes no leen, no hay nada que hacer: pensarán, por supuesto; pero no sé si con claridad. Desde luego, serán incapaces de escribir. ¿Tener ideas sin poder expresarlas? ¿Razonar sin poder exponer? ¿Hay algo más descorazonador o más triste?
Cinco. Domingo, 18 de septiembre. En Abc leo una columna de José María Carrascal titulada La educación, ese foso. No puedo poner enlace en abierto a su versión digital. Pero les puedo resumir el argumento.
La educación está hecha unos zorros. Los bachilleres llegan muy mal preparados y de eso, cómo no, tienen la culpa, los socialistas, los izquierdistas, los reformistas. No sé si también los pedagogos. Si no arreglamos la educación, que es esfuerzo y contenidos –dice José María Carrascal–, está todo perdido.
Leo la columna y me hago cruces (últimamente no me hago más que cruces). Carrascal se atreve a diagnosticar el mal estado de la enseñanza y los pésimos conocimientos de nuestros bachilleres mientras él comete una falta por la que habría que remitirlo al PREU, al preuniversitario. Al menos en un par de ocasiones confunde «deber de» con «deber». Confunde la suposición con la obligación. Por Dios, qué barbaridad: un varón educado y otoñal no puede cometer este desliz. No debe. Un periodista de derechas y superferolítico no puede incurrir en este error. No debe. Pero comete ese desliz e incurre en ese error: merecería ser castigado con la desposesión del título de bachiller. De cara a la pared, con los brazos en cruz aguantando varios ejemplares del Diccionario pahispánico de dudas.
En clase no me pongo estríctisimo con la ortografía y la sintaxis. ¿Por qué razón? Porque sé que los errores abundantes no se corrigen en un plis-plas. Se arreglan con lectura, con mucha lectura. Con paciencia, observando, anotando, registrando. ¿Eso significa que no me importan las faltas de ortografía, por ejemplo? Por supuesto que me importan. Como me molesta una sintaxis descuidada. «Escribir con claridad, comunicar con precisión», decía Julián Casanova. Pues eso.
Ilustración: Fotograma de El profesor chiflado (1963), de Jerry Lewis.

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